Capítulo 28 — Los años prestados
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Leire Otxoa montó una consulta en la cocina del caserío con un tensiómetro, un pulsioxímetro y una lista de doscientos once nombres impresa en el ayuntamiento.
A las dos de la tarde había visto a cuarenta y seis personas.
Y tenía cuatro cosas que no cabían en ninguna casilla.
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La primera fue el hijo pequeño de los Aroztegi, Ibai, nueve años.
Vino con su madre porque el viernes le habían puesto un cuatro en un control de mates y el crío decía que él no había dado eso.
—Es que no lo hemos dado.
—Ibai, lo has dado en septiembre —dijo la madre—. Y en octubre. Y tienes los deberes en la carpeta con tu letra.
El crío se puso a llorar de rabia, de la rabia concreta de quien sabe que tiene razón.
Leire le pidió el cuaderno y lo hojeó entero, hoja por hoja, con la madre delante.
—Ibai, ¿esto lo has escrito tú?
—Sí.
—¿Y te acuerdas de escribirlo?
El niño estuvo un rato mirando su propia letra, y a Leire se le cambió la cara antes de que contestara.
—No.
Le faltaba todo desde el veinte de septiembre. Siete semanas. Sabía que había ido al colegio y podía decir en qué autobús, pero no se acordaba de una sola clase.
Salieron y Leire escribió en su cuaderno: Ibai A., 9 a. Amnesia retrógrada circunscrita, siete semanas, sin cefalea, traumatismo, fiebre ni crisis. Exploración neurológica normal. Imposible.
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La segunda fue el marido de Bego, Patxi, setenta y un años.
Entró con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y no las sacó hasta que Leire se lo pidió por tercera vez.
La noche anterior eran las manos que Nahia recordaba: anchas, fuertes, con las uñas cortadas al ras y una cicatriz blanca en el pulgar derecho. Aquella mañana parecían las de un hombre de noventa años.
La piel se había vuelto fina y translúcida. Le habían salido manchas oscuras en el dorso y los nudillos sobresalían bajo ella, inflamados, torcidos. Cuando intentó abrir y cerrar los dedos, el índice de la mano izquierda se quedó a mitad de camino.
—No he podido abrocharme la camisa —dijo—. Ni abrir el bote del café.
Leire comprobó la fuerza, la sensibilidad y la temperatura. Después le pidió a Bego las fotografías del verano que guardaba en el teléfono. En una, tomada en agosto, Patxi sostenía un plato con una sola mano y sus dedos no tenían nada de aquello.
Pero las manos no eran lo único.
—Doctora, yo quiero que me diga si me estoy volviendo loco.
—Cuénteme.
—Me acuerdo de cosas que no son mías.
Y las contó. Se acordaba de segar un prado que nunca había sido suyo, con una guadaña y un dolor concreto en el hombro derecho. Se acordaba de una mujer con un pañuelo azul dándole sopa en una cocina que no reconocía. Se acordaba de tener miedo en un cuarto oscuro y de que le doliera un diente.
—Y no son sueños, ¿eh? Yo sé cómo es un sueño. Esto es de las otras.
Leire escribió: Patxi B., 71 a. Envejecimiento brusco de ambas manos, equivalente visual y funcional a dos décadas o más. Pérdida de fuerza y movilidad. Recuerdos autobiográficos ajenos vividos como propios.
Y debajo, después de pensarlo:
Las manos son suyas. Los recuerdos, no.
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La tercera fue Josefa Etxaide, ochenta y nueve años, con una cadera operada dos veces y un andador desde 2019.
Su nieta llamó poco después de las cuatro, gritando por teléfono.
Cuando llegaron, Josefa estaba en el suelo del dormitorio, entre la cama y el armario. Había intentado levantarse para ir al baño y las piernas no la habían sostenido. No tenía una fractura ni señales de haberse golpeado la cabeza, pero parecía haberse encogido dentro del camisón.
La tarde anterior había cruzado la cocina con el andador y había ayudado a doblar unas sábanas. Ahora no podía incorporarse sin que Leire y Nerea la levantaran entre las dos. Los brazos le temblaban. La voz le salía gastada, apenas un hilo.
—Amona, soy yo —dijo Nerea mientras le limpiaba la cara—. Soy Nerea.
Josefa la miró durante varios segundos.
—¿Nerea quién?
Su nieta cerró los ojos.
Leire hizo todas las comprobaciones que pudo allí y pidió una ambulancia. No encontró signos claros de ictus, infección ni una causa capaz de explicar el deterioro de una noche para otra.
En el pasillo, Nerea le agarró la manga.
—Doctora, ayer tenía ochenta y nueve años. Hoy parece que tiene veinte más.
Josefa no volvió a levantarse sola aquel día.
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La cuarta era Maritxu, la mujer del carnicero.
Seguía sin oír por ninguno de los dos oídos desde las 19:38 de la tarde anterior.
En el hospital no habían encontrado una lesión que explicara la pérdida del derecho, el único que hasta entonces conservaba.
La habían mandado de vuelta con tratamiento, seguimiento urgente y una hoja en la que se repetía tres veces la palabra súbito .
Bego la llevó de nuevo al caserío. Maritxu observó los labios de Leire durante toda la exploración y contestó leyendo las preguntas escritas en un cuaderno.
¿Oyes algo?
Maritxu negó con la cabeza.
¿Ni tu voz? ¿Ni los golpes?
Volvió a negar.
Antes de marcharse escribió debajo, con letra grande:
Echo de menos hasta el ruido de la nevera.
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Se reunieron a las diez de la noche, en la cocina, con la mesa despejada.
Leire, Nahia, Ane y Jon.
Aitor no.
—Lo he llamado seis veces —dijo Jon—. Y he pasado dos veces por su casa.
El coche del servicio está en la campa y la bombilla de la cuadra, encendida.
—Se sentó—. Ayer a las nueve me dijo por radio que iba a patrullar el lindero de arriba abajo toda la noche porque no se fiaba, y a mí me pareció lo más sensato que había oído en catorce días.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces no ha vuelto a dar posición.
Se oyó la nevera arrancar.
Nahia pensó en la frase de Maritxu.
—Sigamos —dijo—. Si a las doce no ha dado señal, subimos.
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Leire puso su cuaderno en el centro del hule y arrancó tres hojas. En las tres había hecho lo mismo: una columna con el nombre, una con la edad, una con lo observado y otra con la fecha.
—Cuarenta y seis personas vistas hoy —dijo—. Diecinueve con algo que no estaba antes. Catorce con pérdidas que puedo fechar o comparar con un estado anterior documentado.
—¿Todos han perdido? —preguntó Jon.
—Todos. No hay un solo caso de mejora. —Leire fue señalando las líneas con el bolígrafo—. Memoria. Oído. Fuerza. Movilidad. Olfato. Años añadidos al cuerpo de golpe. A nadie le ha dado nada que no tuviera. A todos les falta algo o les sobra deterioro.
—Entonces el tiempo no se está moviendo de unos a otros —dijo Nahia.
—No.
Miró las manos de Patxi en la fotografía del teléfono, la letra de Ibai en un cuaderno que no recordaba haber escrito, a Josefa preguntando quién era su nieta.
—Lo está sacando.
Leire asintió.
—En una extracción te quedas con menos. Esto hace lo mismo, solo que no siempre saca la misma cosa.
—¿Y qué comparten los diecinueve?
—El pueblo —dijo Leire—. Solo el pueblo.
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Intentaron medirlo entre las once y las doce menos cuarto, y Nahia impuso una regla antes de empezar:
—No vamos a llamar veinte años a las manos de Patxi ni otros veinte al cuerpo de Josefa. Eso sería inventar una equivalencia. Solo sumamos tiempo que haya desaparecido de forma literal y que podamos acotar.
Leire separó las hojas.
Las siete semanas de Ibai entraron completas: estaban escritas en su cuaderno y ausentes de su memoria.
Entraron los periodos borrados de otras seis personas: meses de una relación, semanas de trabajo, días de un ingreso, un verano entero que una mujer podía demostrar mediante fotografías y no encontraba en ninguna parte de sí misma.
Entraron también las pérdidas sensoriales con una hora de inicio conocida, contadas únicamente por el tiempo que llevaban activas.
Maritxu aportaba poco más de un día, no los once años que llevaba sorda del otro oído.
El deterioro de Patxi y Josefa quedó fuera del cálculo porque era real, pero no podía convertirse honestamente en una cifra.
Nahia sumó solo lo que podía defender.
Lo hizo tres veces.
—Ocho años y siete meses —dijo al final—. Como mínimo. Sin contar las manos de Patxi, ni el empeoramiento de Josefa, ni cinco casos que sabemos que existen pero no podemos medir.
Jon miró la cifra.
—Casi nueve años arrancados entre gente que no ha aceptado nada.
—Casi nueve años retenidos —corrigió Ane, muy bajo.
Nahia levantó la cabeza.
—¿Retenidos?
Ane no contestó todavía.
Leire cogió el lápiz.
—La deuda de Irati son veintisiete años.
Escribió 27 .
—Y el pueblo lleva puestos casi nueve.
Escribió debajo − 8 años y 7 meses .
—Si esto descuenta, quedarían algo más de dieciocho.
El lápiz permaneció encima del papel.
Algo más de dieciocho años era una cantidad distinta. Una mujer de treinta y nueve podía entregarlos y seguir teniendo una vida. A los cincuenta y siete o cincuenta y ocho se trabaja, se anda, se ríe. Se puede ver crecer a una niña de siete años.
Aitor podía entregarlos y quedarse cerca de los sesenta y nueve.
Algo más de dieciocho, repartidos entre…
—No —dijo Ane Urrutia.
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Llevaba callada dos horas.
Se levantó, salió al pasillo y volvió con una bolsa de plástico del supermercado que había traído del pueblo y que llevaba toda la noche a los pies de su silla.
De la bolsa sacó un volumen alto y estrecho, encuadernado en tela negra, con las esquinas de piel reventadas.
Lo abrió por el final.
—Esto no es el registro de los nombres —dijo—. Es el libro de lo que puso el pueblo. Se llevaba aparte y en otra letra. No os lo he traído antes porque no quería que hicierais la resta que acabáis de hacer.
Buscó una página y colocó el volumen girado sobre el hule.
Era una lista de vecinos escrita a pluma en dos columnas, con una cifra al lado de cada casa. Cuarenta y tantas líneas. Casa de Aroztegi, 4 a. Casa de Zubialde, 2 a. y medio. La de Bengoetxea, 6 meses.
Todas estaban tachadas con una sola raya horizontal.
En la parte superior, con la letra grande de la mujer que llevó las cuentas en 1913, había un encabezamiento de cuatro palabras:
LO QUE PUSO EL PUEBLO
Y debajo de la última línea, con otra tinta:
Devuelto todo el día que pagó Fermin. Sumaba 11 años menos 2 meses.
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Nahia leyó aquello sin respirar.
Once años menos dos meses.
Casi lo mismo que los once años que Fermin pagó entero y de una vez.
Y el pueblo había recuperado todo cuando él pagó.
—Ane. Esto quiere decir…
—Que lo del pueblo no es un pago. Es una garantía. —Ane apoyó un dedo en las líneas tachadas—. El bosque se queda con ella mientras el durmiente está fuera y la deuda sigue abierta. Sirve para mantener la puerta, no para comprar la salida.
—O sea que no descuenta.
—Ni un día.
Leire miró la resta que acababa de escribir.
—Entonces no faltan dieciocho años.
—No.
—Faltan veintisiete.
—Los veintisiete enteros —dijo Ane—. Lo que ofreció tu madre abrió el corredor, pero no pagó la deuda. Lo que está perdiendo el pueblo mantiene a Irati fuera, pero tampoco la paga. No hay nada amortizado, hija. Solo una puerta abierta y doscientas once personas puestas de fiadoras sin saberlo.
La explicación cabía en una frase y, aun así, Nahia necesitó repetirla dentro de su cabeza.
El pueblo no estaba pagando a Irati. Estaba garantizando una deuda que seguía intacta.
—¿Y se les devuelve? —preguntó Jon.
Ane señaló las rayas de 1913.
—Si Irati vuelve dentro y se cierra el corredor, sí. Si alguien paga los veintisiete años completos, también. Si el límite se rompe antes de que ocurra una de esas dos cosas, nadie sabe qué parte puede quedarse así para siempre.
Nahia pensó en Josefa mirando a su nieta sin reconocerla.
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Nadie habló durante mucho tiempo.
Jon se levantó y miró por la ventana negra con las manos en los bolsillos. Leire se quedó con los codos en la mesa y las manos en el pelo. Ane cerró el volumen y le pasó la palma por encima de la tela dos veces.
Nahia permaneció sentada, muy quieta, con la hoja cuadriculada delante y el lápiz al lado.
Y sin querer, porque llevaba treinta y nueve años sin poder evitarlo, hizo la cuenta.
Veintisiete años.
Aitor tenía cincuenta y su hermano llevaba dentro cuarenta y cinco: nadie podía asegurar que tuviera suficiente futuro para sacar a Beñat, y la deuda de Irati no se podía dividir.
Ane tenía ochenta y siete. Bego, sesenta y ocho.
Ezkairu era un pueblo envejecido, doscientas once personas que ya estaban entregando algo sin haber elegido hacerlo.
Y ella tenía treinta y nueve.
Treinta y nueve más veintisiete son sesenta y seis.
Sesenta y seis era una edad. Una mujer mayor, con otro cuerpo y menos futuro, pero una mujer que estaba. Que veía. Que oía. Que podía encender una cocina de leña y sentarse junto a una niña de siete años el día que cumpliera ocho, y nueve, y catorce, y veinte.
Nahia levantó la cabeza y miró a los otros tres. Tardó dos segundos en entender la parte peor.
No era la única a la que le salía la cuenta.
Leire tenía cuarenta años y estaba sana. Jon tenía cuarenta y cuatro. Los dos podían ofrecer veintisiete años y conservar una vida después.
Y los dos estaban en aquella cocina porque habían querido estar.
Nahia bajó la mirada al lápiz. Entendió lo que le tocaba y por qué le tocaba a ella, y no tuvo nada que ver con la aritmética.
Jon tenía tres hijos, entre ellos una niña de siete años que dormía a veintiséis kilómetros. Leire era la única médica de la comarca y todavía tenía décadas de trabajo por delante.
Ninguno de los dos tenía una hermana en aquella cama.
Si ella no lo decía primero, alguno de ellos podía ofrecerse. Lo haría por el pueblo, por Ibai, por Maritxu, por Patxi y por Josefa, y sería un gesto decente que no le correspondía pagar.
En aquella cocina, a tres personas podía salirles la cuenta sin que el pago significara una muerte casi segura.
Y solo una de las tres tenía algo que comprar.
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