El bosque de los que no envejecen Capítulo 27 — La culpa
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Capítulo 27 — La culpa

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Nahia lo contó de pie, en la cocina, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, y lo contó como se presenta un informe.

—Voy a decirlo entero y quiero que nadie me interrumpa, porque si me interrumpís me lo vais a rebajar y no quiero que me lo rebaje nadie.

Leire se sentó. Ane ya estaba sentada.

—Primero. El veintidós de octubre de mil novecientos noventa y nueve, a las diecinueve y veintitantos, dentro del hayedo, al otro lado de la línea de los siete mojones, yo pronuncié en voz alta y con el apellido detrás el nombre completo de mi hermana.

—Nahia no se movió—. Y no lo dije una vez.

Lo dije dos, la segunda para que quedara claro.

Y lo dije levantando la voz por encima de un ruido que estaba tapándomela.

Y lo dije con toda la intención de que me entendieran.

—Nahia…

—No he acabado. —Levantó una mano—. Segundo. Yo sabía la norma. Me la había enseñado mi madre desde que tenía uso de razón. No es que se me olvidara: es que la incumplí, en el sitio exacto en el que no se puede incumplir, a la hora exacta en la que no se puede incumplir.

Se agarró más fuerte al respaldo.

—Tercero. Antes de eso yo había dejado que mi hermana entrara sola en ese bosque porque me apetecía castigarla. Tres o cuatro minutos con los brazos cruzados en un prado.

—Nahia, tenías doce años.

—Cuarto y último. —Y ahí se le rompió por primera vez—. Cuando lo dije, aquello me dijo gracias .

La cocina se quedó en silencio.

—Eso no es una interpretación —dijo Nahia—. Eso no es una cosa que me esté contando yo desde la culpa. Es un dato. Se me dio las gracias. Yo entregué a mi hermana y lo que se la llevó me dio las gracias, y me lo agradeció con la cara de mi madre.

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Leire no le discutió los hechos, y a Nahia aquello le pareció al principio una crueldad y después la única cosa decente de aquella tarde.

—Vale —dijo Leire—. Los cuatro puntos son ciertos. No te voy a decir que no dijiste el nombre porque lo dijiste, y no te voy a decir que no lo sabías porque lo sabías.

—Gracias.

—Y ahora te voy a discutir la conclusión, que es lo único que se puede discutir. —Leire puso las dos manos abiertas sobre el hule—. ¿Sabes cuántas veces he tenido delante en catorce años a alguien de doce años que se cree que ha matado a alguien?

—No.

—Nueve. Nueve críos. Y de esos nueve, cinco tenían razón en los hechos.

—Leire fue contando con los dedos—. El que dejó la cancilla abierta y el ganado se metió en la carretera.

La que le dijo a su hermano que subiera al tejado.

El que estaba jugando con el mechero. Todos hicieron lo que dicen que hicieron, Nahia. Los hechos eran suyos.

—Entonces son culpables.

—No lo son, y no es por buenismo. —Leire se inclinó—. Es porque para que haya culpa hacen falta dos cosas y solo tienes una. Hace falta que hicieras algo y hace falta que pudieras haber sabido lo que iba a pasar . Y a ti no te contaron nunca lo que pasaba.

—Me contaron la norma.

—Te contaron que no se hace . —Leire miró a Ane—. Que es lo que este pueblo lleva doscientos años haciendo, y que es lo que a mí me parece un crimen. Sesenta y cuatro casas enseñando a los críos a no decir apellidos de noche y ni una diciéndoles por qué.

Ane Urrutia no levantó la vista de la mesa.

—Tiene razón —dijo—. Esa parte es nuestra.

—Ane, no…

—Que tiene razón, hija. —Ane cerró las dos manos alrededor del bastón—. A ti te dieron una regla sin el motivo. Y una regla sin el motivo la rompe cualquier crío al que le hace falta que le entiendan. Nosotras te dimos la mitad de lo que había que darte y luego tu madre te quitó el resto.

Levantó la cabeza.

—El apellido lo dijiste tú. La ignorancia la pusimos nosotros.

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Nahia estaba abriendo la boca para contestar cuando Leire se levantó, mirando la puerta del pasillo.

—Nahia.

Irati estaba en el vano.

De pie. Descalza. Con el pijama de franela azul y el electrodo colgándole del pecho con el esparadrapo medio despegado y el cable arrastrando por el suelo detrás de ella.

—Está andando —dijo Leire, y le salió una voz rarísima—. Nahia, está andando.

Nadie se movió durante dos segundos.

Después Leire cruzó la cocina en tres pasos, se puso de rodillas delante de la niña y le cogió la muñeca sin tocarle nada más.

—Cariño, ¿cuánto tiempo llevas ahí?

Irati se encogió de hombros.

—Desde que has dicho lo del bosque.

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La sentaron en el escaño, al lado de la cocina de leña, con una manta por encima de las piernas y las zapatillas puestas, y Leire le volvió a pegar el electrodo y no le quitó los dedos de la muñeca en ningún momento.

—Veintiuno —dijo—. Veintidós. Se le ha subido dos.

Nahia se puso en cuclillas delante de su hermana.

—Irati, ¿qué has oído?

—Todo.

—Cariño…

—Que dijiste mi nombre entero en el bosque de noche. —La niña lo dijo tan tranquila que a Nahia se le heló la sangre—. Y que por eso vino la noche a buscarme.

Nahia asintió, porque no le salía la voz.

—Sí.

—Y que llevas mucho enfadada contigo.

—Sí.

Irati se quedó pensando, con la manta agarrada con las dos manos, moviendo un poco los pies debajo.

Y luego dijo:

—Yo también habría contestado.

—¿Qué?

—Si hubiera oído tu voz. —Levantó la cabeza y miró a su hermana a los ojos—. Si yo hubiera estado escondida y hubiera oído tu voz preguntándome una cosa, yo habría contestado. Aunque ama me hubiera dicho que no.

Se lo pensó un segundo más y añadió, muy seria, como quien remata un argumento:

—Y tú eras la mayor. A ti todavía peor, porque a ti te tocaba buscarme.

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Y en ese momento, mientras acababa la frase, le cambió la cara.

Leire estaba a cincuenta centímetros con dos dedos en su muñeca y Nahia a cuarenta, en cuclillas, mirándola de frente, y las dos lo vieron entero.

No se deshizo nada. No se arrugó nada. No hubo nada repugnante y a Nahia le costó después explicarle a Jon que aquello, en realidad, no daba miedo.

Fue como pasar dos fotografías de la misma persona.

La mandíbula se alargó un poco por delante de las orejas y perdió la curva de abajo.

Los pómulos subieron y la cara se quedó más estrecha en el medio.

Los ojos se le hundieron dos milímetros y se le abrió la doble línea del párpado.

El puente de la nariz se hizo un poco más alto y la boca, más ancha y más fina.

Y en el iris izquierdo, en el mismo sitio de siempre, seguía la mancha marrón.

Y en el escaño de una cocina de caserío, con una manta encima de las piernas y las zapatillas de una niña de siete años, apareció durante unos segundos el rostro que Irati habría tenido a los treinta y cuatro.

Nahia lo reconoció al instante: tenía su propia cara en la parte de arriba y la de su madre en la barbilla.

Duró cuatro segundos.

Leire los contó con la voz completamente plana.

—Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Y al cuarto volvió.

El cambio se deshizo con la misma suavidad, en orden inverso, y en el escaño quedó otra vez una cría de siete años con el flequillo mal cortado y la manta agarrada con las dos manos.

Irati se llevó la mano a la mejilla.

—Ay.

—¿Te ha dolido? —dijo Leire.

—No. —La niña frunció el ceño—. Me ha picado. Como cuando te sale un diente.

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Leire Otxoa se sentó en el suelo de la cocina.

Se sentó en el suelo con la espalda contra la pata de la mesa, sacó el móvil, abrió las notas y empezó a escribir, y escribió durante casi un minuto sin decir una palabra.

—Diecinueve treinta y ocho —dijo—. Cuatro segundos, entre las diecinueve treinta y ocho y las diecinueve treinta y ocho más cuatro. Y lo apunto porque no me pienso fiar de mi cabeza dentro de una semana.

—Leire.

—Espera.

—Leire, ¿qué ha sido eso?

Leire Otxoa levantó la cabeza del móvil y formuló la conclusión que llevaba catorce días construyendo.

—Eso ha sido una parte de la cuenta moviéndose.

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Llamaron a la puerta a las nueve menos veinte.

Era Bego, la de los termos, con un pañuelo en la cabeza y sin abrigo. Traía del brazo a Maritxu, la mujer del carnicero, que avanzaba mirando alternativamente la boca de Bego y el suelo.

—Leire, perdona la hora. No oye nada.

Maritxu tenía sesenta y tres años y llevaba sorda del oído izquierdo desde 2015. Con el derecho oía bien. Había hablado con Nahia muchas veces en la tienda sin pedirle que repitiera una sola palabra.

Ahora no reaccionó cuando Leire cerró la puerta a su espalda.

Leire la sentó, se colocó delante y vocalizó despacio.

—¿Me entiendes?

Maritxu negó con la cabeza.

Leire cogió una libreta y escribió: ¿Qué ha pasado?

La mujer leyó y contestó en voz alta, demasiado alta porque ya no podía regularse al oírse.

—Estaba poniendo la mesa. Mi marido ha dicho quieto al perro y, de pronto, se ha acabado todo.

Leire escribió otra pregunta: ¿Dolor? ¿Zumbido? ¿Mareo?

—Nada. Silencio. —Maritxu se tocó primero la oreja derecha y después la izquierda—. Por esta ya no oía. Ahora tampoco por la otra.

Bego sacó el móvil.

—Se le cayó un vaso y ni se volvió. El marido me llamó en cuanto se dio cuenta. Mira.

En la pantalla figuraba una llamada recibida a las 19:38 .

La misma hora en la que Irati había tenido treinta y cuatro años durante cuatro segundos.

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Leire la exploró allí mismo, con Nahia sujetando la lámpara.

Los conductos estaban limpios. Los tímpanos, íntegros. No había dolor, fiebre, vértigo ni ningún signo neurológico evidente. Maritxu no respondía a la voz, al diapasón ni al chasquido de los dedos junto al oído derecho.

Leire escribió: La pérdida del oído derecho es una urgencia. Tienes que ir al hospital ahora.

Maritxu leyó dos veces y miró a Bego.

—Me llevas tú.

Bego asintió.

Antes de salir, Leire volvió a escribir:

¿A qué hora exacta dejaste de oír?

—Cuando se cayó el vaso. Pregúntale a mi marido. Llamó a Bego en ese momento.

Bego levantó otra vez el teléfono: 19:38 .

Maritxu se puso en pie. No oyó la silla rozar el suelo ni la puerta abrirse. Al llegar al umbral se volvió hacia Leire, fijándose en sus labios.

—Esto va a volver, ¿verdad?

Leire no contestó en voz alta. Escribió:

Voy a intentar averiguarlo.

Maritxu leyó, dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo.

Se marchó sin oír los pasos de Bego detrás de ella.

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Cuando se fueron, Leire cerró la puerta y se quedó de espaldas a ella con la mano en el picaporte.

—Nahia.

—Dime.

—Súbeme a tu hermana a la cama y luego bajas, que te tengo que decir una cosa y no la quiero decir dos veces.

Subieron a Irati. Se durmió antes de que le taparan los pies.

Y en la cocina, con Ane todavía en su silla y con la cocina de leña ya bajando, Leire Otxoa se sirvió dos dedos del vino que llevaba catorce días sin tocar y se quedó de pie con el vaso en la mano.

—Yo hasta hoy tenía una teoría de tonta —dijo—. Pensaba que esto era una cosa que le estaba pasando solo a esa niña. Una condición, algo suyo, algo que le habían hecho a ella. Un caso.

—Y ya no.

—Ya no. —Leire dejó el vaso sin haber bebido—. Nahia, esta tarde tu hermana ha tenido treinta y cuatro años durante cuatro segundos. Y en el mismo minuto, a un kilómetro de aquí, una mujer de sesenta y tres ha perdido el único oído con el que escuchaba.

Se pasó la mano por la frente.

—A Irati no le ha aparecido ese tiempo gratis. Mientras ella recibía una parte de lo que le falta, otra persona se ha quedado peor de lo que estaba.

Ane Urrutia levantó la cabeza por primera vez en media hora.

—Si el tiempo está viniendo hacia Irati —dijo Leire—, tiene que estar saliendo de algún sitio. Y llevo trece días midiendo a una sola persona cuando tendría que haber mirado al pueblo entero.

Miró a Nahia.

—¿Cuánta gente vive en este pueblo?

Nahia se quedó helada.

—Doscientos once —dijo Ane.

—Doscientos once. —Leire cogió el vaso y esta vez sí bebió—. Mañana por la mañana quiero la lista, quiero un tensiómetro y quiero un pulsioxímetro, y quiero saber cuántos años tiene cada uno.

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