El bosque de los que no envejecen Capítulo 26 — El intercambio de memoria
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Capítulo 26 — El intercambio de memoria

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Jon se llevó a Aitor a Otxandio antes de que amaneciera, a tomarle declaración en condiciones, con abogado de oficio y con el mapa y la hoja arrancada dentro de dos bolsas numeradas.

—Van a ser seis horas de papel —dijo Jon en la campa, mientras Aitor se subía al coche sin esposas y sin mirar a nadie—. Y luego tendré que soltarlo, porque no tengo base para mantenerlo detenido toda la noche y cualquier juez me lo tumbaría.

—Ya lo sé.

—Pero seis horas son seis horas. —Jon la miró—. Nahia, esta noche ese hombre va a volver a esa cuadra. Y usted es la única persona de este valle a la que va a pedir ayuda para mover otra piedra.

—Ya lo sé, Jon.

—Entonces piense lo que va a hacer antes de que él se lo pida.

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Bajaron al lavadero a las nueve, con el pueblo despierto y una niebla baja que no llegaba a las tejas.

Ane no abrió la boca en todo el camino. Abrió el candado, encendió la lámpara de aceite con dos cerillas porque la primera se le apagó, y se quedó en el escalón de arriba con las dos manos en el bastón.

—Ane.

—Dime.

—Si esto sale mal, no me saque. Déjeme aquí y suba a por Leire.

—Aquí no sale nadie mal —dijo Ane—. Aquí sale la gente más pobre.

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La pila estaba seca. El reflejo estaba lleno.

Nahia bajó los tres escalones, se metió dentro y se puso de pie en el centro, con las botas sobre la piedra desnuda y veinte centímetros de agua negra en el reflejo.

Y al fondo, de espaldas, delante de una puerta que no existía en ninguna pared de aquel pueblo, la mujer se peinaba con la mano.

—He vuelto —dijo Nahia.

—Sí.

—Quiero la noche.

—Ya lo sé.

—Y no puedo elegir lo que pago.

—No.

Nahia respiró tres veces, hondo, preparándose para entrar en agua fría.

—Entonces dejo que el peso elija. Y te lo pregunto ahora: ¿qué recuerdo viene?

La mano del fondo se detuvo.

Por primera vez desde que Nahia había entrado en aquel sitio, el agua se movió sin que nadie la tocara: toda la superficie tembló a la vez.

—Hasta que se lo permites, el peso no elige —dijo el agua—. Ahora ya lo ha hecho.

—Dímelo.

—La última vez que tu madre te abrazó. Septiembre de dos mil cinco, la mañana en que te marchaste a estudiar.

El recuerdo se abrió antes de que Nahia pudiera defenderse: la bolsa de deporte azul, la caja de libros atada con una cuerda, el delantal de Maddi porque había dejado la cocina a medias.

Las dos vueltas de la bufanda. Los brazos de su madre rodeándola en el portal y una frase dicha al oído antes de que llegara el coche.

Nahia se llevó la mano a la boca.

—Después hubo Navidades, llamadas y visitas —continuó el agua—. Te dio la mano en el entierro de tu padre. Te tocó el hombro en la boda de tu prima. No volvió a abrazarte.

—Cállate.

—Eso pesa lo mismo que tu noche.

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Nahia se quedó de pie en aquella piedra seca sin poder tragar.

Lo sabía en el cuerpo. Durante veintiún años, teniendo a su madre a más de una hora de distancia, aquella mañana de septiembre había sido el único sitio al que podía volver cuando necesitaba recordar que Maddi la quería.

Había vuelto muchas veces: en Vitoria, en un piso compartido, con veinte años y una gripe; en la sala de espera de un hospital; en un coche detenido en un arcén; durante una noche mala de hacía cuatro años en la que no había querido volver a ninguna otra parte.

Era su sitio.

—¿Y si digo que no? —consiguió decir.

—Entonces te vas y te llevas la mañana de septiembre y te dejas la noche de octubre.

—Y no sabré nunca lo que hice.

—No.

—Y no podré decidir bien.

—No.

Nahia levantó la cabeza y miró la nuca de la mujer del fondo.

—Sois lo peor que he visto en mi vida —dijo.

—Nunca hemos mentido.

—Que os den.

Y Ane Urrutia, desde el escalón de arriba, con la lámpara temblándole en la mano, dijo lo único que dijo en toda la mañana:

—Hija, tú tienes que subir esta noche a un robledal con un hombre que tiene un hermano dentro. Y no puedes subir sin saber lo que hiciste tú.

Nahia cerró los ojos.

Y dijo:

—Sí. Acepto. Cógelo.

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No hubo ningún ruido.

Ni destello, ni frío, ni presión, ni la sensación de que algo se marchara. Nahia permaneció dos segundos de pie en el fondo de la pila, con los ojos cerrados, esperando a que le doliera algo.

Y luego se abrió el veintidós de octubre de 1999 y ya estaba dentro.

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Tiene doce años y la cinta amarilla enrollada dos veces en la mano izquierda, y ha cruzado la línea de las siete piedras hace un minuto y medio, y el frío le está entrando por dentro de la ropa en vez de por fuera.

Y la canción se acaba de parar en mitad de la tercera nota.

Y en el silencio, la voz de su madre pregunta desde detrás de tres o cuatro hayas, muy tranquila:

— ¿A quién buscas?

—¡A mi hermana!

Le sale rota, arañada, con toda la garganta.

Y la voz se mueve. No anda: cambia de sitio. Ahora está a la derecha, a seis metros, sin que se haya oído una hoja.

— ¿Cómo se llama?

Y Nahia, doce años, en la oscuridad, con la cinta del pelo de su hermana enrollada en el puño, coge aire para contestar.

Y entonces suenan los golpes.

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Ahí estaba.

Maddi no había pedido que le borraran nueve horas limpias. Había hecho desaparecer el puñado de segundos que rodeaba el nombre y, con ellos, el significado de todo lo que vino después.

Lo peor no era que los golpes aparecieran. Era comprender que siempre habían estado allí.

Los llevaba en la cabeza desde 1999. Eran la única parte de aquella noche que nunca había perdido, y la había reconstruido una y otra vez del mismo modo: algo enorme golpeó los árboles y después se llevaron a su hermana.

Y ahora, de rodillas en una pila seca, los oye otra vez.

Y los oye bien.

Suenan encima , muy cerca, contra el tronco del haya que tiene al lado, tan fuerte que le vibra el suelo y se le desprende un poco de corteza sobre el hombro. Y se pisan entre ellos. Sin pausa. Sin el espacio ordenado que habían tenido los de antes de cruzar las piedras.

Veintisiete años oyéndolos y nunca se le había ocurrido lo único que había que pensar.

No son un aviso.

Son un ruido.

Alguien está haciendo ruido para que no se oiga otra cosa.

Y Nahia, doce años, con la garganta destrozada y su madre preguntándole a seis metros cómo se llama su hermana, reacciona como una niña educada a la que un adulto no ha entendido y a la que, además, un ruido le está tapando la voz.

Levanta la barbilla.

Toma más aire.

Y lo dice más alto.

—¡IRATI ARREGI! ¡BUSCO A IRATI ARREGI!

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Nahia Arregi, treinta y nueve años, cayó de rodillas en el fondo de una pila de piedra y se quedó a cuatro patas.

Porque el bosque temblaba.

Porque a su espalda algo negro, largo y sin pasos salía disparado hacia arriba y pasaba junto a ella. Cuatro metros más adelante se detenía apenas un instante y la oscuridad adquiría bordes.

El abrigo verde. El pelo oscuro recogido con una goma. Los mismos ojos, la misma boca, las dos manos abiertas a los costados.

Su madre entera.

Y sonriendo.

Maddi no sonreía así. Sonreía con la mitad de la boca y con los ojos antes que con los labios. Aquello lo hacía con toda la cara a la vez, uniforme, sin una sola arruga, como un dibujo.

Y no olía a nada.

Nahia, con doce años, no supo explicar qué fallaba. Solo notó que el aire delante de su madre estaba vacío: no había cebolla, jabón, lana ni olor a cocina. No había nada que oler, y eso era lo más antinatural que había sentido en su vida.

La sombra con la cara de Maddi la miró.

— Gracias.

Después volvió a estirarse, negra y sin pasos, y siguió ladera arriba hacia el lugar donde se había detenido la canción.

Un instante más tarde pasó el otro. El alto. El del olor a lana mojada. Le movió el pelo al cruzar tan cerca, no la miró y se interpuso entre ella y la cuesta antes de lanzarse detrás de la sombra.

Nahia comprendió entonces que aquellos dos iban a por Irati. Y uno tenía que llegar primero.

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Después, el recuerdo se desordenó en hojas, barro y una cuesta que no sabía cómo había bajado.

Y luego llegó una mano que olía a cebolla y a jabón, helada, aplastándole la boca de lado con los dedos hundidos en la mejilla, y unos ojos encima de una linterna que no eran los de una mujer asustada.

—No. Ni una palabra. Ni un nombre. Ninguno. Nunca más aquí dentro. ¿Me has oído?

Y ella, con doce años, con la mano de su madre en la boca, intentando decir una cosa y no poder.

Intentando decir ya lo he dicho .

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Nahia estuvo mucho rato a cuatro patas en el fondo de la pila.

Cuando pudo levantar la cabeza, la mujer del fondo se estaba peinando otra vez, despacio, y en el agua ya no había nadie detrás de ella.

—Él no venía a por mí —dijo.

—No.

—Los golpes no eran para asustarme. Eran para taparme la voz.

—Sí.

—Lo estaba intentando. —A Nahia le salió una risa horrible, de las que no son risa—. Ese bicho de tres metros estaba muy cerca, golpeando un árbol con todas sus fuerzas para que no se me oyera, y yo levanté la barbilla y hablé más alto para que me entendieran.

—Sí.

—Y luego me quitó el camino.

—Sí.

—Se me puso delante para que no subiera.

—Corrió —dijo el agua—. Llegó antes.

Nahia se sentó en el fondo, con la espalda contra la losa inclinada.

—Y la escondió.

—Y la escondió.

Y ahí, en aquel sótano, Nahia Arregi entendió por fin lo que su hermana de siete años había escrito con lápiz negro, apretando el papel debajo de una figura enorme y sin cara.

NO ES ÉL.

Y lo que había escrito más abajo, más pequeño, medio tapado por una chincheta, para que no se lo leyeran.

EL QUE LLAMA NO TIENE CARA.

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Subió los tres escalones sola y salió a las escaleras del cementerio, y la niebla ya se había levantado y hacía un sol pálido de noviembre.

Se apoyó en el muro y estuvo un rato respirando.

—¿Estás? —dijo Ane.

—Estoy.

—¿Lo tienes?

—Lo tengo entero. —Nahia se pasó las manos por la cara—. Dios, Ane. Lo tengo entero y no se me va a ir nunca más.

Y entonces, porque era ingeniera y porque llevaba catorce días comprobándolo todo, hizo la única cosa que le quedaba por hacer.

Fue a buscar lo que había pagado.

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Empezó por el recuerdo.

La última vez que mi madre me abrazó. La mañana en que me marché a estudiar.

El hecho seguía allí. Sabía que había ocurrido porque la lamia acababa de nombrarlo y porque su propia vida conservaba la marca de aquel día.

Pero al intentar encontrar el lugar no apareció nada. ¿El portal? ¿La cocina? ¿Junto al coche? No podía verlo. Tampoco estaban la bolsa azul, la caja de libros, el delantal ni las dos vueltas de la bufanda.

Nahia se agarró al muro con las dos manos y siguió buscando.

El abrazo.

Nada.

Solo quedaba una frase: mi madre me abrazó antes de que me marchara a estudiar . Una frase verdadera que podía repetir y firmar, pero que ya no conducía a ningún sitio.

Detrás, donde durante veintiún años había existido un lugar al que regresar —el olor del delantal, la lana contra la barbilla, la mano abierta de Maddi apretándole la cabeza—, había una encía lisa.

Y las últimas palabras.

Su madre le había dicho algo al oído antes de soltarla. Nahia sabía que lo había repetido dentro de la cabeza durante una gripe, en un arcén y en una sala de espera; era lo que sacaba cuando ya no le quedaba nada más.

Se llevó las dos manos a la boca.

—Ane.

—Dime, hija.

—Ane, sé que me dijo algo.

Ane Urrutia dejó el bastón apoyado en el muro y le puso una mano en el brazo, y no le dijo que se le pasaría, y no le dijo que fuera valiente, y no le dijo nada de eso.

Le dijo:

—Ya lo sé. A tu madre le pasaba con la risa.

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