Capítulo 25 — La confesión de Aitor
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Ane Urrutia abrió la puerta con el pelo suelto y una bata encima del camisón, y no preguntó qué pasaba.
—La que buscaría Aitor es la de los Lasa —dijo—. La tenéis a doscientos metros del puente, en el robledal de arriba.
—¿Cómo?
—El primer mojón de la mano derecha subiendo, en el robledal de encima del puente viejo. —Ane se apoyó en el marco—. Cada casa llevaba una. Los Arregi la sexta, arriba en el hayedo. Los Urrutia la tercera. Y los Lasa la primera, la de abajo, la del puente.
Nahia sintió que se le abría el estómago.
—Ane, el puente es el límite.
—El puente es el límite.
—Si abre esa piedra…
—Si abre esa piedra —dijo Ane Urrutia— el límite deja de estar en el puente.
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No estaba en el robledal.
Estaba en la cuadra de su madre, sentado en el poyo de piedra debajo de la bombilla, y por el aspecto que tenía podía llevar allí dos noches.
Lo vieron desde la campa antes de bajarse del coche: la luz amarilla de sesenta vatios y un hombre de cincuenta años sentado debajo con los codos en las rodillas.
Y delante de él, en el suelo de tierra, había dejado en fila las herramientas de un trabajo que todavía pensaba hacer: una barra de uña de metro y medio, una barra de pico, tres cuñas de haya cortadas a mano, un saco de tierra tamizada y un rollo de cuerda.
Nahia se quedó en el vano de la cuadra.
—No lo has hecho.
—No.
—¿Por qué no?
Y Aitor Lasa levantó la cabeza, y tenía la cara de un hombre que no ha dormido en cuarenta y ocho horas, y contestó:
—Porque no puedo solo.
Bajó la vista hacia las herramientas.
—Hacen falta dos, Nahia. Me lo demostraste tú el martes con cuatro surcos.
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Jon se puso en la puerta y no se movió de ahí en toda la noche.
—Aitor Lasa —dijo—, le voy a leer sus derechos.
Y Nahia hizo, sin pensarlo, el gesto que le había visto hacer a Aitor doce días antes en mitad de una cuesta: alargó la mano y le tocó el brazo a un policía justo después del apellido.
Justo después. No antes.
Jon se quedó con la cartilla a medio sacar.
—Es de noche —dijo Nahia—. Y su madre decía que llegaba a esta cuadra.
Y Aitor, desde el poyo de piedra, con los codos en las rodillas, contestó sin levantar la cabeza.
—Déjale, Nahia.
—Aitor…
—Ya está dicho. —Se pasó las dos manos por la cara—. Llevo cuarenta y cinco años evitando que alguien diga mi nombre entero de noche y mira dónde estoy. Si hay algo ahí fuera, ya me ha oído. Que termine.
Jon no se movió durante tres segundos.
Después sacó la cartilla.
—No hace falta —dijo Aitor.
—Sí hace falta, y me va a dejar hacerlo bien, porque esto es lo único de todo este asunto que yo puedo hacer bien. —Y le leyó los derechos enteros en aquella cuadra, debajo de una bombilla encendida desde 1981—. ¿Lo ha entendido?
—Sí.
—¿Quiere abogado?
—No.
—¿Quiere hablar?
Aitor se pasó las dos manos por la cara.
—Llevo cuarenta y cinco años queriendo hablar.
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Habló una hora y cuarenta minutos y no se detuvo ni una vez, y Jon lo grabó con el móvil encima de un cubo boca abajo.
Lo del mojón lo contó primero y lo contó rápido, porque eso ya lo sabían.
—Empezamos el treinta de agosto del veinticinco. Ella había oído la canción en el lavadero en junio y había oído los golpes en el mismo sitio tres veces en dos meses, y con eso sacó el sector. Yo puse las manos.
—¿Cuántas veces subisteis?
—Cuarenta y una. —Lo dijo sin pensar—. Cuarenta y una entre agosto del veinticinco y el diecinueve de octubre. Aflojábamos un dedo cada vez, dos como mucho, y tapábamos el hueco con tierra pasada por el cedazo para que no se viera la calva.
—¿Y las hayas?
—Las hayas empezaron a ponerse raras a los dos meses, en otoño. —Aitor miró al suelo—. Y en marzo di los avisos.
—Sabiendo que me tocaba a mí.
—Sabiendo que te tocaba a ti.
Nahia se apoyó en el marco de la cuadra.
—¿Por qué, Aitor?
—Porque tu madre se estaba muriendo y yo no me fío de mí. —Y por primera vez la miró de frente—. Yo sabía que cuando ella se muriera, yo me iba a quedar solo delante de aquella piedra. Y quería que hubiera aquí alguien que me lo impidiera.
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Después contó el diecinueve, y lo contó despacio.
—Subimos a las cinco y media. Ella con la mochila y la bufanda, yo con la barra. Movimos la piedra en veinte minutos: treinta y cuatro centímetros al sureste, dos palancas, y conté yo.
Se paró.
—Y luego le dije que no.
—Ya nos lo has dicho.
—No os lo he dicho bien. —Aitor tenía las manos entre las rodillas y no paraba de abrirlas y cerrarlas—.
Yo no le dije no lo hagas . Yo le dije espera a mañana .
Le dije vamos a bajar, vamos a dormir, y mañana subimos los dos .
Y ella me dijo: «Aitor, la tercera noche tiene que caer el veintidós.
Si no empieza hoy, es dentro de otro año, y yo no tengo otro año».
—¿Y qué hiciste?
—Bajé.
Aitor se quedó callado un momento.
—Bajé cien metros y me senté en un tocón, y estuve nueve minutos sentado en ese tocón. Los conté después, con el reloj del coche. Nueve.
Levantó la cabeza.
—Y volví a subir.
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—Entré detrás de ella —dijo—. No sé cuánto. Me pareció un cuarto de hora y a lo mejor fue una hora, con eso ya sabes lo que pasa ahí dentro. La llamé sin apellido, muchas veces. Vi las botas de ella en el barro negro y las seguí.
—¿Y?
—Y a los cuarenta pasos las botas de ella dejaron de ir hacia arriba.
Nahia se quedó muy quieta.
—Iban hacia mí —dijo Aitor—. Del revés. Como si hubiera dado la vuelta. Y las seguí, y me trajeron al mojón otra vez. Y las volví a seguir, y otra vez al mojón.
—El sitio que se repite.
—Cuatro veces —dijo Aitor—. A la cuarta me senté en la piedra y me puse a gritar y no salió nada de mi boca. Nada, Nahia. Yo abría la boca y no sonaba. Y entonces sonaron tres golpes muy cerca, detrás de mí, y me di la vuelta y había un camino.
—¿Un camino?
—Un camino de bajada que no existe. —Aitor sonrió sin ninguna alegría—. Lo bajé en once minutos. Once, del rellano a la boca del camino viejo, cuando yo tardo cuarenta y cinco. Y salí a la carretera a las siete de la tarde con el sol todavía puesto.
—Te echaron.
—Me echaron. —Aitor asintió despacio—. A ella la dejaron entrar. A mí me sacaron por la puerta de servicio.
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Y entonces vino la parte que Nahia no esperaba, y vino sin que nadie la pidiera.
—Y después fui a tu casa.
Nahia levantó la cabeza.
—El diecinueve por la noche —dijo Aitor—. Con las botas puestas. Entré por la puerta de la cocina, que ella dejaba sin echar la llave desde siempre, y me quedé de pie en las baldosas sin saber qué hacer. Me estuve un cuarto de hora.
—El barro.
—El barro.
—Ese barro estaba blando el veintiuno, Aitor. Dos días después.
—Ya lo sé.
—¿Cómo que ya lo sabes?
—Porque volví el veintiuno. —Aitor se frotó los ojos con la base de las manos—. Volví el miércoles por la mañana, antes de subir contigo a la ladera. Y volví por la cinta.
Nahia se separó del marco.
—¿Qué cinta?
—La de la grabadora de tu madre.
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Lo contó mirando a Jon, no a ella, y Nahia entendió que lo hacía por piedad.
—Ella grababa todo. Todo. Llevaba más de un año subiendo con la grabadora de bolsillo en el abrigo, y en casa pasaba las grabaciones a casetes grandes y guardaba las microcintas. La última todavía seguía dentro de la grabadora pequeña, encima del hule, al lado de la grande.
—¿Y por qué se la llevó?
—Porque en esa cinta salía yo.
Silencio en la cuadra.
—Salía yo con nombre y apellido —dijo Aitor—, diciendo lo que habíamos hecho, y salía la fecha, y salían las cuarenta y una veces.
Y yo el miércoles por la mañana estaba tan muerto de miedo que solo se me ocurrió eso: entrar en la casa de una mujer desaparecida y abrir las dos grabadoras.
La grande no tenía casete. En la pequeña encontré la microcinta y me la llevé.
Dejé las dos tapas abiertas y la grande encendida porque me temblaban las manos y no acerté con la tecla.
Nahia se llevó la mano a la boca.
—Y la perdiste en la galería.
—La perdí el veintiuno a mediodía, cuando subí al respiradero a ver si podía entrar por ahí, antes de bajar a buscarte a la ladera. —Aitor levantó la cabeza y por fin la miró—. Nahia, yo he estado trece días delante de ti oyéndote decir que alguien había entrado en la cocina de tu madre.
—Sí.
—Y era yo.
—Sí.
—Y te he visto la cara cuando lo decías.
—Sí, Aitor. —Nahia notó que le temblaba la voz de rabia y no hizo nada para pararla—. Y me has visto la cara cuando pensaba que a lo mejor mi madre había vuelto a casa y se había ido sin llamarme.
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Jon miró la pantalla del móvil y comprobó que seguía grabando.
—Aitor, ¿qué más tiene?
—¿Cómo?
—Que qué más tiene. —Jon no había movido los pies del vano de la puerta en una hora—. Lleva una hora y media contando lo que ya sabíamos o lo que se podía demostrar. Un hombre que confiesa así deja siempre una cosa fuera. ¿Qué más tiene?
Aitor bajó la vista a las herramientas del suelo.
Después se levantó, fue al fondo de la cuadra, quitó una teja suelta del faldón bajo del tejado y metió la mano.
Y sacó dos papeles doblados.
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El primero era un mapa.
Un plano dibujado a lápiz sobre una hoja de papel milimetrado, con la letra de Maddi. La curva del hayedo, el regato, el rellano, y siete cruces numeradas del uno al siete, con las cotas apuntadas al lado y con los rumbos entre cada dos.
Nahia lo miró treinta segundos y le salió, sin querer, un ruido de admiración.
—Esto es un levantamiento.
—Es de ella.
—Esto está bien hecho, Aitor. Lo hizo con brújula y cuenta de pasos, y cerró el polígono. —Nahia pasó el dedo por los rumbos—. Mi madre no era una señora con una idea. Había aprendido a levantar un mapa.
Y el segundo papel era una hoja de cuaderno.
Rayada en columnas. Con el borde izquierdo desgarrado, con los tres agujeros de la costura reventados.
Arrancada.
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Nahia se sentó en el poyo de piedra porque las rodillas le dijeron que se sentara.
Era una hoja del libro de Ane. La misma cuadrícula, la misma tinta marrón en las cabeceras: TOMADO · OÍDO · DEVUELTO .
Y en el centro, una entrada de 1913 que ella no había visto nunca, porque no estaba en el libro.
1913 — Fermin ▓▓▓▓▓▓▓
En TOMADO , una raya.
En OÍDO , una raya.
Y en DEVUELTO , con la letra de la mujer que llevaba las cuentas en 1913:
11 a. dados por él. Enteros y de una vez.
Y debajo, al margen, con otra tinta y otra mano, más tarde:
Subió con 23 y bajó con 34. La madre tardó en reconocerlo al entrar en casa. En el libro de la parroquia le pusieron que dio la vida.
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Nahia levantó la cabeza.
—Aitor.
Él no contestó.
—Aitor, mírame.
—Nahia…
—¿Cuándo arrancaste esta hoja?
Y Aitor Lasa, guarda forestal, cincuenta años, se quedó de pie en mitad de la cuadra de su madre debajo de una bombilla de sesenta vatios y dijo la verdad.
—En febrero.
—De este año.
—De este año. —Se le fue la voz—. Ane me dejó los ocho volúmenes tres días en enero para que yo se los copiara a máquina, porque ya no ve. Y encontré eso.
—Y lo arrancaste.
—Lo arranqué.
—¿Por qué?
—Porque decía años. —Aitor abrió las manos—. Porque decía once años y decía enteros y de una vez , y decía que ese hombre subió con veintitrés y bajó con treinta y cuatro. Y eso no es dar una vida, Nahia. Eso es una cuenta.
Nahia se puso de pie.
—Tú lo sabías.
—No.
—¡Tú lo sabías, Aitor! A mi madre probablemente le quedaban tres meses y tú tenías esta hoja en el tejado de tu cuadra desde febrero, y esta hoja dice que se paga en años y que se pagan exactos, ¡y tú la dejaste subir!
—¡Yo me dije que no era eso!
Le salió como un grito, y en aquella cuadra el grito sonó horrible.
—¡Yo me dije que no era eso! —Aitor se golpeó el pecho con la mano abierta, dos veces—.
Me lo dije en febrero, y en marzo, y en agosto, y me lo dije el diecinueve sentado en aquel tocón nueve minutos.
Que a lo mejor el de mil novecientos trece pagó de más.
Que a lo mejor el cura tenía razón y la vieja se equivocó al apuntarlo.
Que a lo mejor con querer mucho bastaba.
Se quedó con la mano en el pecho.
—Que a lo mejor.
Y luego, mucho más bajo:
—Nahia, yo he tenido cuarenta y cinco años una bombilla encendida en esta cuadra. Si esa hoja decía la verdad, no sé si puedo pagar a mi hermano. Beñat lleva dentro cuarenta y cinco años. Yo tengo cincuenta. Nadie puede prometer que le queden otros cuarenta y cinco.
Nahia se quedó sin voz.
Acababa de hacer la cuenta también, sin querer, en tres segundos.
Cuarenta y cinco años de deuda. Un hombre de cincuenta.
Podía entregarse entero y aun así no saber si bastaría.
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Y entonces, desde el robledal de encima del puente viejo, sonó un silbato.
Dos largos y uno corto.
Perfecto.
Los cuatro se quedaron helados en aquella cuadra. Aitor cerró los ojos, se llevó el puño a la boca y negó con la cabeza una y otra vez, rechazando a un niño que insistía desde fuera.
—No —dijo—. No. No. No.
El segundo silbido llegó con la nota de más.
Y después, del robledal, de la campa, del camino del cementerio, de detrás del hórreo y de encima del tejado de la cuadra, empezaron a hablar.
— Pillado, y no te enfades.
Nahia se agarró al brazo de Jon.
— Pillado, y no te enfades.
— Pillado, y no te enfades.
Eran muchas. Diez, veinte, más. Todas la misma frase, todas la voz de un niño de diez años, todas con el mismo tono de burla cariñosa de un hermano mayor que acaba de encontrarte detrás de un árbol en un prado de 1981.
Y algunas la decían mal.
Una decía y no te enfades, pillado . Otra se comía la pausa. Otra la decía perfecta pero con la voz de un hombre de cincuenta años, y era la de Aitor, y él la oyó y se dobló por la cintura como si le hubieran dado.
Y la última, la que sonó más cerca, la que sonó al otro lado de la pared de la cuadra, a un metro de la espalda de Nahia, la dijo entera y la dijo bien.
Con la voz de Nahia.
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