El bosque de los que no envejecen Capítulo 24 — La enfermedad
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Capítulo 24 — La enfermedad

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Leire Otxoa no contestó enseguida.

Se levantó, salió al pasillo y volvió dos minutos después con su mochila médica. De un bolsillo interior con cremallera sacó una carpeta de plástico azul con tres folios dentro.

La puso encima del hule y dejó la mano sobre ella.

—Antes de abrir esto tengo que decirte dos cosas.

—Dilas.

—La primera es que contiene información médica de tu madre. No podía enseñártela porque ella me lo prohibió por escrito.

—Y la segunda.

—Que dejó una excepción. Si algún día preguntabas por tu cuenta, tenía que decírtelo.

Levantó la mano de la carpeta.

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El primer folio era un informe de Neumología del hospital de Basurto fechado el 11 de febrero de 2026.

Nahia lo leyó dos veces y, a la segunda, tuvo que dejarlo en la mesa porque los dedos dejaron de sostenerlo.

Fibrosis pulmonar idiopática avanzada. Patrón fibrótico extenso. Deterioro grave de la capacidad de difusión. Insuficiencia respiratoria con el esfuerzo.

—Febrero —dijo.

—Febrero.

—Estamos en noviembre.

—Sí.

—Yo la vi en Navidad, Leire. Estuve aquí el veinticinco de diciembre, comí en esta mesa, discutimos por una tontería y me fui a las cinco de la tarde. Y ya tenía esto dentro.

—Todavía no sabía lo que era. Llevaba meses con tos seca y se fatigaba más de lo normal, pero decía que era la edad. En enero vino a la consulta porque tuvo que pararse tres veces para subir desde la plaza. Las pruebas respiratorias y el escáner confirmaron el diagnóstico en febrero.

Leire pasó el segundo folio.

—Empezó tratamiento antifibrótico en marzo. No la curaba, pero podía frenar el avance. Durante unos meses pareció estabilizarse. En agosto volvió a empeorar y en septiembre ya necesitaba oxígeno para los esfuerzos y por la noche.

—En esta casa no había ningún concentrador.

—Porque no permitió que se lo trajeran. Tenía prescrita la instalación y una botella portátil.

Usaba la botella en el consultorio cuando la obligaba y alguna vez después de bajar del monte.

En casa, no. Decía que si veía el aparato junto a la cama ya no sería capaz de fingir que todavía tenía tiempo.

Nahia se tapó la cara con las dos manos.

Su madre había recorrido durante meses un camino borrado de los mapas con unos pulmones que se endurecían por dentro.

—¿Y siguió subiendo?

—Sí.

—¿Tú lo sabías?

—Supe que subía. No supe para qué hasta ahora. —Leire señaló el informe—. Le dije que cada ascenso podía acabar con ella. Me contestó: «Entonces tendré que subir antes de que no pueda».

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El tercer folio era una hoja normal, de las de recetas, escrita a mano por las dos caras.

Arriba, con la letra apretada de Maddi y la ele mayúscula hecha como un número uno:

Doña Leire Otxoa Zubizarreta, médica de familia de mi cupo.

Yo, Maddi Arregi, en pleno uso de mis facultades, dejo por escrito que no autorizo que se informe de mi diagnóstico ni de mi pronóstico a mi hija Nahia Arregi ni a ninguna otra persona.

Si empeoro y no puedo decidir, quiero que se me trate aquí, en mi casa, y que no se la llame hasta que no haya nada que decidir.

Sé lo que estoy pidiendo y sé que no es justo para ti. Te pido perdón por ponerte en esto.

Y debajo, con otro bolígrafo y una letra más pequeña, una sola línea:

Si algún día ella pregunta por su cuenta, se lo dices. Preguntar es distinto.

Nahia leyó aquello cuatro veces.

—Preguntar es distinto —dijo.

—Sí.

—Llevo trece días en esta casa y no te lo he preguntado hasta esta tarde.

—No.

—Trece días, Leire.

—Trece días —dijo Leire Otxoa, y por fin se le rompió la voz—. Y no sabes lo que ha sido esperar.

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Nahia se levantó, dio dos vueltas a la cocina y volvió a sentarse.

—Ahora dime el número.

—No existe un número exacto para esto.

—El que le diste a ella.

Leire respiró hondo.

—En septiembre había perdido mucha capacidad pulmonar en muy poco tiempo. Cada semana toleraba menos esfuerzo. Le expliqué que podía sufrir una agudización y empeorar en días, o mantenerse varios meses casi igual. Le dije que hablábamos de meses, no de años.

—Y ella te pidió una cifra.

—Me la exigió. Dijo que la necesitaba para tomar una decisión. —Leire no apartó la mirada—. Le di un intervalo muy aproximado: entre dos y cinco meses si la progresión seguía igual. Probablemente tres. También le dije que podía equivocarme por completo.

Jon se levantó, fue al fregadero, llenó un vaso de agua y no se lo bebió.

—Tres meses —dijo Nahia.

—Tal vez cinco. Tal vez menos de dos. Con esta enfermedad nadie puede prometer una cuenta atrás limpia.

—Pero ella convirtió aquello en una cuenta.

—Sí.

—¿Cuándo te lo preguntó?

—El nueve de septiembre, en el consultorio, a última hora. Me dijo: «Leire, dime cuánto tiempo tengo y dímelo bien, que lo necesito para una cosa». —Leire cerró la carpeta—. Ahora ya sé para qué.

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Nahia encontró el resto aquella misma tarde, en el cuaderno de las descripciones, porque el cuaderno tenía dos partes y ella solo había leído la primera.

Las últimas veinte hojas no hablaban del sonido de su hermana. Eran una investigación.

Su madre había pasado veintitrés años reconstruyendo el caso de 1913 con los medios de una enfermera rural: fotocopias del archivo diocesano de Vitoria solicitadas por carta, dos hojas de un libro de fábrica de la parroquia transcritas a mano, una lista de apellidos del pueblo cruzada con el padrón de 1910, cartas a un archivero de Pamplona que le contestó tres veces y a la cuarta ya no.

Y en el centro de todo aquello, subrayada tres veces con bolígrafo azul y repasada tantas veces que el papel se había abierto, había una frase copiada.

Nahia la leyó y se le paró el aire.

Del libro de difuntos de la parroquia de Ezkairu, año 1924, folio 61 vuelto. Copiado literal:

«…y de esta manera el sobredicho, hallándose el niño devuelto a los suyos por la misericordia de Dios y de la Señora del monte, dio su vida por la vida del niño, y así se cumplió lo que estaba concertado, y murió en gracia.»

Y debajo, con la letra de su madre:

DIO SU VIDA POR LA VIDA DEL NIÑO.

Una vida por otra vida. Eso es lo que está escrito y eso es lo que se cumplió. No dice años. Dice vida.

Yo tengo una vida. Es corta pero es entera y es la única que tengo. No puedo dar más que eso, y si doy todo lo que tengo estoy dando lo mismo que dio él.

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Nahia tuvo delante aquellas seis líneas mucho tiempo.

Después empujó el cuaderno hasta el centro de la mesa, lo giró y se lo puso delante a los otros dos.

—Ahí está —dijo.

—¿Ahí está qué? —preguntó Jon.

—El error.

Leire se inclinó y leyó.

—Nahia, esto es lo que escribiría cualquier cura de mil novecientos veinticuatro.

—Exacto. Un cura no lleva la contabilidad: lleva las almas. Si le hubieran contado que un hombre entregó once años, habría escrito que dio su vida, porque para él es lo mismo y porque suena mejor en un libro de difuntos.

Se echó hacia atrás en la silla.

—El libro de Ane no dice eso. Dice once años, pagados . Con la cifra. En una columna llamada DEVUELTO, dentro de un libro de fiado escrito por una mujer que llevaba las cuentas.

Jon levantó la vista del cuaderno.

—Dos documentos.

—Dos documentos del mismo hecho —dijo Nahia—. Uno lo escribió alguien que apuntaba cantidades y el otro alguien que consolaba a una familia. Y mi madre tenía los dos delante.

—Y eligió el del cura.

—Eligió el del cura porque era el único que le permitía pagar. —A Nahia se le llenaron los ojos y no se los limpió—. Con unos meses por delante y unos pulmones que cada semana le daban menos aire, podía entregar una vida . Lo que no podía entregar de ninguna manera eran veintisiete años.

Se pasó la mano por la boca.

—Mi madre no se equivocó por ignorante. Se equivocó porque necesitaba que la respuesta fuera esa.

Leire volvió a mirar el informe.

—La enfermedad no hizo que empezara —dijo—. Llevaba meses subiendo antes del diagnóstico.

—No. —Nahia apoyó la mano sobre el cuaderno—. La enfermedad hizo que dejara de creer que podía esperar.

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Jon se fue a las siete y volvió a las nueve con el portátil y un archivo nuevo.

—El técnico ha vuelto a pasar la cinta esta mañana —dijo, y se sentó sin quitarse el abrigo—. Le pedí una segunda vuelta con reducción de ruido, porque había una cosa que no cuadraba: la cinta era de sesenta minutos y el audio terminaba en el cuarenta y uno. Una grabadora de estas no se para sola.

—¿Y?

—Hay cuatro minutos y veinte segundos más. —Jon abrió el archivo—. No se paró. Se la guardó en el bolsillo del abrigo y siguió andando. La tela lo tapaba y por eso no apareció en el primer pase.

Puso el altavoz en el centro de la mesa.

—Nahia, escuche esto sentada.

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Lo primero fueron cuatro minutos de tela.

Un roce sordo y continuo, acompasado a una respiración demasiado corta para aquella subida. La hojarasca sonaba lejos, al otro lado del abrigo.

De vez en cuando, Maddi hablaba para sí, con esa costumbre de la gente que vive sola.

— …treinta y dos… treinta y tres… treinta y cuatro… treinta y cinco. Aquí.

Silencio. Un ruido de rodillas en el barro.

— Vale. Vale, cariño. Aquí estoy.

Nahia se agarró al borde de la mesa.

— Han sido veintisiete años y he tardado veintisiete años y lo siento. Lo siento, hija. He venido todos los años y no sabía dónde había que ponerse.

Una inspiración larga que no consiguió llenarle los pulmones.

— Voy a hacerte una cosa y no te vas a enterar de nada. Te vas a despertar y va a estar tu hermana, y no le vas a decir que fue ella, ¿me oyes? Eso no se dice nunca. Eso no lo sabe nadie más que yo y la Ane.

Leire se llevó la mano a la boca.

Entonces la voz de Maddi cambió de tono. Se volvió práctica, casi clínica.

— Y ahora lo que me preocupa, que lo pongo aquí porque no se lo puedo decir a nadie.

Un roce.

— No es la puerta. Es lo que intentará pasar detrás de ella.

Jon detuvo el archivo sin querer y lo reanudó enseguida.

— Yo llevo trece meses subiendo a este sitio y aquí arriba hay dos cosas, y una me señala y la otra me llama con la voz de mis hijas. Y la que me llama está más fuerte que en septiembre del año pasado. Antes lo hacía mal. Ahora lo hace bien.

Silencio. Viento.

— Y si yo abro esto y ella sale, queda abierto hasta que se pague. No sé cuánto tiempo será. Y mientras esté abierto, esa cosa podrá acercarse al pueblo, y en el pueblo hay críos.

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Después vinieron los tres golpes.

Sonaron lejos, amortiguados por la tela del bolsillo, pero se distinguieron los tres y el espacio regular entre ellos.

La respiración de Maddi se detuvo.

— Ya está —dijo muy bajo—. Ya está, ya te oigo.

Un ruido de tela. Se había levantado.

Luego, tan bajo que Jon tuvo que subir el volumen al máximo y aun así hubo que oírlo dos veces, Maddi Arregi dijo lo último que quedaba en aquella cinta:

— Aitor, si esto lo estás oyendo tú, escúchame bien. Yo he abierto la mía porque es la mía y porque me toca a mí. La de tu hermano no.

Dos segundos de silencio.

— No abras otra piedra. Pase lo que pase. Aunque lo oigas. Aunque lo veas.

Otra pausa.

— Con una abierta esto llama. Con dos entra.

Clic.

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La cocina se quedó en un silencio extraño, con el altavoz encendido, el archivo terminado y el cursor inmóvil al final de la barra.

Nahia fue la primera en moverse.

Cogió el móvil y llamó a Aitor.

Sonó nueve veces y saltó el buzón.

Volvió a llamar. Nueve veces. Buzón.

—Leire.

—¿Qué?

—¿Cuándo has visto a Aitor por última vez?

Leire se quedó pensando y perdió el color mientras lo hacía.

—El viernes.

—Hoy es lunes.

—El viernes por la tarde, cuando bajasteis de la cuesta. —Leire ya se estaba levantando—. No ha venido a esta casa ni el sábado, ni el domingo, ni hoy. Y llevaba doce días apareciendo dos veces al día con el termo.

Jon cerró el portátil.

—El coche del servicio estaba esta mañana en la campa del ayuntamiento —dijo—. Lo vi al pasar. Con la barra de luces y todo.

—Entonces no ha salido del valle —dijo Nahia.

—No.

Nahia miró la ventana negra.

Después se levantó, cogió el anorak del respaldo de la silla y se lo puso.

—Jon, ¿usted sabe dónde está la segunda piedra?

—No.

—Ane sí.

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