Capítulo 23 — El precio de Maddi
• • •
Ane Urrutia no la hizo esperar. Nahia llamó a la puerta, y antes de que hubiera acabado de quitarse el anorak ya estaba sentada en la silla de la esquina con un café que no había pedido.
—Te lo voy a contar de una vez y sin pararme, porque si me paro no acabo —dijo Ane—. Y no me interrumpas hasta el final, aunque te dé la gana. ¿Vale?
—Vale.
Ane se sentó enfrente y puso las dos manos alrededor de su taza.
—Tu madre no pidió que te lo quitaran todo.
• • •
—Aquella noche, cuando bajó de arriba contigo, se sentó en esa silla —dijo Ane— y estuvo cuatro horas. De las diez a las dos. Tú dormida en el sofá de ahí dentro, tapada con mi manta de cuadros, con las zapatillas puestas porque no se atrevía a descalzarte.
—¿Y qué hicieron cuatro horas?
—Discutir. —Ane torció la boca—. Yo le decía que no bajáramos. Que lo que había que hacer era ir a la Guardia Civil, y a Bilbao, y al obispo si hacía falta, y armar el ruido más grande que se hubiera armado en este valle. Y tu madre me decía que no.
—¿Por qué no?
—Porque tú no paraste de repetirlo.
Nahia dejó la taza.
—Toda la noche —dijo Ane—. Tú tenías doce años y estabas empapada y no llorabas, y cada dos o tres minutos, dormida y despierta, decías lo mismo. Y no era tengo miedo , ni quiero a Irati , ni no me riñas .
—¿Qué decía?
Ane la miró.
—Decías: la he entregado .
El reloj de la cocina de Ane Urrutia, que iba veintisiete minutos por detrás como todos los relojes de aquel pueblo, dio un chasquido.
— La he entregado yo —repitió Ane—. Eso decías. Y luego decías he dicho su nombre , y luego volvías a empezar. Y tu madre te decía no sabías, cariño, no sabías , y tú le contestabas que sí sabías, que te lo había enseñado ella.
Nahia se tapó la boca con la mano.
—Y a las dos de la mañana tu madre me dijo una cosa que no he podido quitarme de la cabeza en veintisiete años. —Ane apretó la taza—. Me dijo: «Ane, si esta niña se despierta mañana sabiendo esto, dentro de veinte años tengo dos hijas muertas».
• • •
—Bajamos a las cuatro. Te llevaba ella en brazos y yo iba delante con la lámpara.
—¿Y qué pidió?
—Pidió con muchísimo cuidado. —Ane levantó un dedo—.
Eso es lo que quiero que entiendas, hija, porque llevo desde ayer viéndote la cara y sé lo que estás pensando de tu madre.
Tu madre no dijo bórrale la noche . Podía haberlo dicho y no lo dijo.
Se pasó cuatro horas en esta cocina haciendo la frase.
—Dígamela.
Y Ane Urrutia la dijo despacio, con las palabras exactas, con la seguridad de lo que se ha repetido mil veces por dentro:
—«Quítale lo que hizo y lo que significa. Nada más. Que se acuerde del bosque, y de su hermana, y de la cinta amarilla, y de mí, y de que la busqué. Que se acuerde de todo. Solo quítale que fue ella.»
Nahia se quedó quieta.
—Nada más —dijo Ane—. Y el agua contestó que sí.
—¿Y el precio?
—El precio no lo eligió ella.
• • •
—Yo estaba en el segundo escalón, con la lámpara, y lo oí todo —dijo Ane—. El agua le preguntó qué daba, y tu madre contestó lo que contesta cualquiera cuando cree que el amor basta, que es la peor respuesta posible.
—¿Qué contestó?
—«Lo que haga falta.»
Nahia cerró los ojos.
—Yo le grité. —A Ane se le quebró la voz—. Le grité desde el escalón, hija, te lo juro por lo que quieras. Le grité Maddi, pregunta cuánto . Y ella me dijo, sin girarse: «Ane, es mi hija. Da igual cuánto».
—Y le cogió la voz.
—Le cogió el recuerdo de la voz de tu hermana. —Ane se pasó el dorso de la mano por el ojo—. Y no se enteró ahí abajo. Ahí abajo no se nota. Se enteró tres semanas después, un domingo, en su cocina, poniendo una cinta de un cumpleaños.
Nahia abrió los ojos.
—Vino a esta casa aquel domingo por la tarde —dijo Ane—, se sentó en esa silla y me dijo: «Ane, la oigo y no la conozco».
• • •
Nahia estuvo un rato largo sin poder hablar.
Y cuando pudo, le salió lo peor que tenía dentro, porque llevaba veintisiete años criándolo sin saberlo.
—Decidió por mí.
—Sí.
—Tenía doce años y mi madre entró en un sótano y decidió lo que yo iba a saber de mi propia vida.
—Sí.
—Ane, yo he construido treinta y nueve años encima de un agujero que me hizo mi madre.
—Sí, hija.
—¡Y no me lo dijo nunca! —Nahia golpeó el hule con la mano abierta y la taza saltó—.
Veintisiete años. Veintisiete años sentada en esa cocina y en la mía sabiendo lo que yo había hecho y sin decírmelo, y dejándome pensar que yo era una cría que se quedó tres minutos en un prado con los brazos cruzados por rabia, ¡que ha sido lo que me he estado contando toda la vida!
Ane esperó a que acabara.
—Tienes toda la razón —dijo—. Y ahora te voy a decir la otra parte, y las dos son verdad al mismo tiempo, y con eso vas a tener que vivir.
—Dígala.
—Que si aquella noche no bajamos a ese lavadero, tú te habrías criado en este pueblo siendo la niña que entregó a su hermana.
—Ane se inclinó sobre la mesa—. En este pueblo, hija.
Donde hay sesenta y cuatro casas y en las sesenta y cuatro se enseña lo mismo.
Sabiéndolo tú, y sabiéndolo tu padre, y acabándolo sabiendo los críos del colegio.
Nahia se miró las manos.
—Tu madre eligió mal —dijo Ane Urrutia—. Y tú estás aquí sentada.
• • •
Volvió al caserío a las once y se puso a buscar. En el altillo del armario del cuarto de costura, medio metro más al fondo que la lata de galletas encontrada el 23 de octubre, descubrió una caja de zapatos cerrada con una goma.
Quince casetes más. Con los cuatro de la lata, diecinueve.
Y un cuaderno.
• • •
Los casetes estaban etiquetados con la letra apretada de su madre y tenían las carátulas de cartulina escritas por dentro.
Nahia los fue abriendo uno por uno encima del hule.
Le llevó tres horas y fue lo más difícil que había hecho en aquellos trece días; ni el puente ni el lavadero le habían llegado a la altura.
Su madre había recurrido a lo que sabía hacer como enfermera.
Había abierto una ficha.
Cinta 1 — Irati, verano 1996. Grabado en la campa. Risa: dos golpes. El segundo más alto que el primero. Acaba en tos. La R le sale suave, casi de bebé. Dice “pero” como “peo”. Cuando se ríe mucho coge aire por la boca y hace un ruido con la garganta.
Cinta 4 — Cumpleaños 1998. Al soplar las velas le sale un gallo. El gallo es en la segunda sílaba, siempre. Voz: fina pero no aguda. Más grave que la de Leire de pequeña. Comparar.
Cinta 7 — Excursión al mar, 1999. Canta las tres notas y la tercera se queda arriba. No baja. Nunca baja.
Nahia leyó las tres primeras y tuvo que salir a la cuadra.
• • •
Y luego se puso a leerlas en orden y descubrió lo que su madre había estado haciendo de verdad, y era peor.
Porque las descripciones cambiaban.
Cinta 1 — anotación de 12-11-1999: Risa: dos golpes. El segundo más alto. Acaba en tos.
Cinta 1 — anotación de 3-10-2004: Risa: dos golpes cortos, el segundo más alto, y una tos. Lo apunté así en el 99. Hoy la he escuchado cuatro veces y no me suena a eso. Me suena a tres golpes. Dejo lo del 99 porque entonces todavía la tenía.
Cinta 1 — anotación de 22-10-2011: He vuelto a leer lo que puse. No sé cuál de las dos cosas escribí bien. Ya no me acuerdo de haberla oído nunca.
Nahia se agarró al borde de la mesa.
Su madre no estaba describiendo un sonido.
Su madre había pasado veintisiete años intentando conservar por escrito algo que también se le escapaba del papel, corrigiendo sus propias notas sin poder saber cuál de sus versiones era la buena, cada vez una copia más borrosa de la anterior.
En la última hoja del cuaderno, sin fecha, con la letra ya mala, había una sola frase.
Ya no sé si estoy escribiendo lo que oí o lo que puse la última vez.
• • •
Jon llegó a las cuatro y veinte de la tarde con una carpeta, un altavoz portátil y un pendrive.
Tenía la cara de haber dormido cinco horas en tres días y tres días de barba.
—Amaia está en casa desde ayer —dijo antes de que nadie preguntara—. Sin fiebre desde el domingo. La pierna, bien.
—Jon.
—Está bien, Nahia. Está bien de verdad. —Se sentó y abrió la carpeta—. Y aquí tengo esto.
Puso encima del hule un folio con un membrete de la Ertzaintza y un párrafo corto.
—El informe del técnico. Microcasete de sesenta minutos, cinta parcialmente delaminada por inmersión prolongada. Se ha recuperado a partir del minuto veintiuno. La digitalización y la cadena de custodia están documentadas. —Levantó la vista—. Puede incorporarse al atestado.
—¿Cuánto hay?
—Diecinueve minutos y cuarenta segundos. —Jon conectó el pendrive al altavoz—. Nahia, es su madre y está sola y está hablándole a usted. Se lo digo antes para que no la coja de sorpresa.
Leire, que estaba de pie junto a la cocina de leña, se sentó.
—Ponla —dijo Nahia.
• • •
Lo primero que salió del altavoz fue viento.
Viento y una respiración corta, de mujer mayor que sube una cuesta, y el roce del micrófono contra tela.
Y después la voz de su madre, en un tono que Nahia no le había oído nunca: bajo, práctico, sin ninguna emoción, el tono con el que su madre le explicaba a una familia lo que había que hacer con un enfermo.
— …y esto es la cinta cinco, domingo, cuatro de octubre. Estoy en el rellano. Aitor no está conmigo, hoy no ha subido.
Un silencio. Un ruido de mochila.
— Lo he encontrado.
Nahia se llevó las dos manos a la boca.
— Lo he encontrado y estoy segura, y lo pongo aquí porque si me pasa algo quiero que quede dicho por mí y no por otro.
El corredor está en el sector sexto y no está donde yo creía.
No está debajo del mojón. Está a treinta y cinco pasos al noreste, en la vaguada, donde el barro es negro.
Ahí es donde golpea. Golpea siempre en el mismo sitio y yo he tardado veintiséis años en darme cuenta de que no me estaba avisando. Me estaba señalando.
Un ruido de papel.
— Cuento tres golpes cada vez que llego y tres cuando me voy.
Un silencio.
— Y hay una cosa más que no me atrevo a apuntar y la apunto igual. En una raíz del claro hay una cinta amarilla del pelo. Puesta, doblada, con los cabos para arriba, como si alguien la hubiera dejado en una repisa. Y está limpia, Irati. Está entera.
Otro silencio, más largo.
— Yo no la he tocado. La he estado mirando veinte minutos y no la he tocado, porque si la cojo ya no está puesta, y mientras esté puesta alguien la ha puesto ahí para que la vea el que suba.
Jon paró la grabación con el pulgar y miró a Nahia.
—Siga —dijo Nahia.
• • •
— Voy a poner las cuentas, porque quiero que estén.
Y ahí la voz de su madre cambió y adquirió el tono exacto de un parte.
— Ella entró el veintidós de octubre de mil novecientos noventa y nueve. Hoy faltan dieciocho días para los veintisiete años. Cuando la saque, habrá que pagar todo el tiempo que haya pasado, y eso es lo que voy a pagar.
Silencio.
— El desaparecido de mil novecientos trece estuvo dentro once años y salió, y en el libro de las Urrutia dice «once años, pagados». No dice quién ni dice cómo. Ane no lo sabe, y yo llevo veinte años buscándolo en el archivo de la parroquia y en el de Vitoria y no está.
Un ruido de viento largo.
— Así que lo hago con lo que tengo. Yo tengo lo que me queda, y lo doy todo, y me parece que eso tiene que valer, porque no se puede dar más que todo.
Leire cerró los ojos.
— Y si no vale…
La voz se paró.
Se paró durante siete segundos, y en esos siete segundos solo se oyó el viento en el hayedo y la respiración de una mujer de sesenta y ocho años sentada en un rellano a ochocientos treinta metros de altitud.
Y después su madre dijo:
— He encontrado el corredor. No sé si lo que me queda bastará.
Un clic.
La cinta seguía corriendo, pero no había nada más.
• • •
Nadie habló durante un rato.
Después Nahia se levantó, fue al aparador y volvió con una caja de cartón de zapatos y la puso encima de la mesa, al lado del altavoz.
—Jon, ¿usted sabe qué es esto?
—No.
—Diecinueve cintas y un cuaderno donde mi madre lleva veintisiete años apuntando cómo sonaba mi hermana. —Le quitó la goma—. Corrigiéndose. Sin poder saber cuál de sus propias notas era la verdad.
Se sentó.
—Y esa mujer, que no podía acordarse del sonido de su hija porque lo entregó por mí, subió sola a un rellano con una grabadora a decir no sé si lo que me queda bastará .
Mantuvo la vista en el altavoz.
—Leire.
—Dime.
Nahia levantó la cabeza. La voz le salió tan fría que apenas la reconoció como propia.
—Cuando mi madre ha dicho «lo que me queda», tú has cerrado los ojos. No te ha sorprendido.
Leire no contestó.
—Ella sabía cuánto tiempo le quedaba —continuó Nahia—. Y tú también, porque eras su médica y llevas doce días en esta casa callándotelo.
Leire Otxoa se quedó blanca.
—Te lo estoy preguntando ahora —dijo Nahia—, no como su hija.
—¿Entonces como qué?
—Como la persona que va a tener que hacer esa cuenta.
• • •