El bosque de los que no envejecen Capítulo 22 — La mujer del agua
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Capítulo 22 — La mujer del agua

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Cuando Nahia se quitó las manos de la cara, en el agua había tres.

La niña de doce años seguía a un paso, un poco a la izquierda, con la mano de adulta apretada contra la boca y el anillo fino en el dedo corazón.

Y ahora, detrás de la niña, había una mujer.

Cuarenta y un años. El pelo oscuro, muy oscuro, recogido en la nuca con una goma. Sin gafas. Un abrigo verde de los de entonces, con los botones grandes, y debajo la bata blanca del consultorio con el bolígrafo en el bolsillo del pecho.

Su madre.

Su madre de antes, la que llevaba las botas en el maletero y bajaba a los caseríos a poner inyecciones, la que hacía los deberes con ella en el hule, la que en las fotos de 1999 salía con esa cara de tener treinta y muchos y aguantar cuarenta cosas.

No estaba tapándole la boca. La mano que tapaba la boca estaba puesta y era suya, con su anillo, pero el brazo no salía de aquella mujer: salía del aire, cortado, como sale una mano de un hombro en una fotografía recortada con tijeras de costura.

Y Maddi Arregi, cuarenta y un años, estaba de pie detrás de su hija de doce con las dos manos vacías, mirando a Nahia.

—Ama —dijo Nahia.

Y desde el escalón, arriba, la voz de Ane Urrutia llegó como un latigazo:

—Ni una palabra más.

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Nahia se tragó lo que iba a decir; le arañó la garganta como una espina.

—Ni un nombre —dijo Ane—. Ni de pila, ni ama , ni hija , ni hermana si vas a decirlo con esa cara. Te lo he dicho arriba: aquí no hace falta el apellido. Aquí basta con que se te note lo que quieres.

—Ane, es mi madre.

—Eso no es tu madre.

—Está ahí.

—Está ahí —dijo Ane, y bajó un escalón—. Y una cosa que está ahí no es una cosa que esté. Doce días llevas midiendo, hija. Mídelo.

Y Nahia, de rodillas en el fondo de piedra seca de una pila de 1911, con la lámpara de aceite temblando en el gancho de la columna, hizo lo que le pedían.

Miró.

Su madre no respiraba.

No es que estuviera quieta. Los tres estaban quietos, y eso ya era imposible, pero lo de su madre era otra cosa: el abrigo verde no se movía, ni el pelo, ni el bolígrafo del bolsillo, y sobre todo no había ese subir y bajar mínimo, ese tic constante de las cosas vivas, que Nahia llevaba diez noches contando cada quince segundos en el pecho de su hermana.

—No respira —dijo.

—No.

—Ninguno de los tres respira.

—No.

—Entonces no están.

—Están —dijo Ane—. Pero no como tú quieres.

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La mujer del fondo apareció después, y Nahia no supo si acababa de aparecer o si llevaba allí todo el rato.

Estaba en el extremo opuesto de la pila, en la parte de la pared del fondo, y estaba sentada.

Sentada en el borde, con el cuerpo dentro del agua desde la cintura, de perfil, con la cara vuelta hacia la pared.

Y en la pared había una puerta.

Nahia levantó la cabeza y miró la pared de verdad, la que estaba a dos metros y medio de sus botas: mampostería enfoscada, gris, con una mancha de salitre y el reflejo tembloroso de la lámpara. No había ninguna puerta. No había vano, ni dintel, ni marca, ni cambio de aparejo.

Volvió a mirar el agua.

Una puerta de madera de dos hojas, con clavos de cabeza cuadrada y un pasador de hierro. Abierta un palmo. Y detrás, oscuridad.

La mujer estaba sentada delante de aquella puerta, de espaldas a la sala, y se estaba peinando.

Se peinaba con la mano abierta, muy despacio, pasándose los dedos desde la coronilla hasta más abajo de donde Nahia podía ver, con un movimiento largo, regular, sin prisa ninguna, y el pelo era negro y le llegaba al agua y el agua no lo movía.

Nahia no llegó a verle la cara.

Tampoco vio lo que había debajo de la línea del agua, y lo agradeció.

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Después la mujer habló, y no habló con la voz de nadie.

Eso fue lo primero que Nahia notó y fue, en aquel momento, un alivio tan grande que casi le dio la vuelta al miedo. Llevaba doce días oyendo a su madre en un prado, a una hija de cuatro años en un túnel, a un niño de diez en una ladera. Llevaba doce días oyendo voces robadas.

Aquella no era de nadie.

Era el ruido de aquel sitio: la gota que caía en algún desagüe, el eco corto que hace una nave de piedra, el arrastre del agua en una losa inclinada. Todo eso puesto en orden hasta que significaba palabras.

—Has traído la lámpara —dijo el agua.

Nahia no fue capaz de contestar en el primer intento.

—Sí.

—La trajo tu madre y la trajo la madre de la vieja. Siempre traéis la lámpara.

—Me han dicho que con la otra luz se ve mejor.

—Se ve mejor —dijo el agua—. Por eso no la traéis.

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Nahia se puso de pie en el fondo de la pila.

Le costó, porque le temblaban las rodillas y porque, en el reflejo, el agua negra le cubría veinte centímetros de las botas. Las botas seguían secas. Se puso de pie y se limpió las manos en el pantalón, y luego hizo la cosa más suya que hizo en todo aquel mes de su vida.

Sacó el cuaderno de campo.

—Vale —dijo—. Vamos a hablar.

Y la mano que se peinaba se detuvo a mitad del movimiento.

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—Aquí hay una noche que es mía —dijo Nahia—. El veintidós de octubre de mil novecientos noventa y nueve, entre las siete y veinte de la tarde y las cuatro de la mañana. Me falta un trozo. Sé dónde empieza y sé dónde acaba y lo de dentro no está.

—Está aquí.

—¿Entero?

—Entero.

—¿Y me lo puedes devolver?

—Sí.

Nahia notó cómo se le aceleraba el pulso y se obligó a respirar dos veces antes de seguir.

—¿A cambio de qué?

—De otro.

—De otro recuerdo.

—De otro que pese lo mismo.

Nahia apuntó eso. Apuntó literalmente eso, con el lápiz, de pie en el fondo de una pila vacía: pago = recuerdo de peso equivalente .

—Vale. Entonces te lo elijo yo.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no lo elijo yo tampoco —dijo el agua—. Lo elige el peso.

—Explícame eso.

—No tengo que explicártelo.

—Ya lo sé. —Nahia levantó la cabeza—. Te lo estoy pidiendo.

Hubo un silencio, y en el silencio la gota cayó tres veces.

—El centro de una noche de casi nueve horas que te partió la vida en dos —dijo el agua— pesa lo que pesa. Y de lo que hay dentro de ti, algo pesa igual. Yo no lo busco. Se viene.

—¿Y qué es?

—Todavía no lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—El peso no elige hasta que se lo permites.

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Nahia cerró el cuaderno con el pulgar dentro.

—No.

La mano del fondo empezó a moverse otra vez, despacio, desde la coronilla.

—No acepto —dijo Nahia—. No acepto un intercambio sin saber el precio. Eso no lo hace nadie. Eso no se firma ni por una casa.

—Nadie firma nada aquí.

—Pues no acepto igual.

—Entonces vete.

—No me voy.

—Entonces quédate. —La mano subió, bajó—. El agua no tiene prisa.

Y Nahia, que llevaba doce días perdiendo todas las discusiones de su vida contra un valle, perdió también aquella, y la perdió por lo mismo por lo que se pierden todas: porque tenía razón y no le servía de nada.

—Necesito saber qué me vas a quitar —dijo, y le tembló la voz por primera vez—. Necesito saberlo. Si me quitas a mi hermana entera, si me quitas quién soy, si me quitas… No puedo pagar a ciegas. Es que no puedo. Yo no sé hacer eso.

Y entonces la mujer del fondo dejó de peinarse.

Y el agua, con la gota y el eco y el arrastre de las losas, dijo la única frase que Nahia Arregi supo que no le perdonaría a aquel sitio:

—Tu madre aceptó sin preguntar cuánto pesaba una voz.

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Nahia se quedó sin aire.

—¿Qué has dicho?

—Lo has oído.

—¿Qué voz?

Silencio.

—¿Qué voz? —Y le salió un grito, y el grito rebotó en las cuatro columnas y volvió—. ¿QUÉ VOZ?

La gota cayó dos veces.

—La que vino a buscar todos los octubres —dijo el agua—. Veintisiete.

Nahia se llevó la mano a la boca.

Sé la letra. Ya no sé cómo sonaba.

—Ella entregó una voz —dijo, y no era una pregunta.

—Ella entregó una voz.

—¿Por qué?

—Eso no es mío.

—¿Y qué pidió a cambio?

—Eso tampoco es mío. —El agua se movió por primera vez, un temblor mínimo en toda la superficie—. Eso lo tiene la vieja.

Nahia se giró hacia el escalón.

Ane Urrutia estaba de pie con las dos manos en el bastón y la cara de una mujer de ochenta y siete años a la que le acaban de quitar la última cosa que le quedaba por callar.

—Mañana —dijo Ane.

—Ane…

—Mañana, hija. Con luz y en mi cocina. Que esto no se cuenta aquí abajo.

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Y entonces el agua le hizo el regalo, y el regalo fue lo peor de todo.

Nahia había vuelto la cabeza hacia el escalón y en ese momento, desde la pila, a su espalda, salió una risa.

Una risa de niña.

Corta, de dos golpes, con un gallo en el segundo y un final que se iba para arriba y se cortaba en seco porque a la dueña se le había acabado el aire y le había dado la tos.

Nahia se quedó de piedra en el fondo de aquella pila.

Y lo que le pasó no fue reconocerla.

Lo que le pasó fue peor, y fue instantáneo, y fue lo que la tiró al suelo: que en el mismo segundo en que la oyó, supo dos cosas al mismo tiempo.

La primera, que aquella risa era su hermana.

No que se pareciera: que era. Que era el ruido que hacía Irati en el sofá cuando le hacían cosquillas en el cuello, y en la cocina cuando su madre le ponía la nata en la nariz, y en el prado, aquella misma tarde, cuando cerró el puño con la piedra blanca dentro y se rio de ella.

Y la segunda, que Nahia no había vuelto a oír aquel sonido en veintisiete años, y que no lo había echado de menos ni una sola vez.

Porque no se puede echar de menos lo que no se sabe que se tiene.

Se acordaba de la cara de su hermana. De su voz hablando, ahora sí, porque había una cinta. De sus rodillas con costras y del olor de su pelo y de la manera en que se le subían los calcetines.

De la risa no.

De la risa no se había acordado nunca, en veintisiete años, ni una vez, y no lo había notado, porque un agujero así no se nota: se nota lo que falta, no lo que falta de lo que falta.

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Se sentó en el fondo de la pila con la espalda contra la losa inclinada.

Y en aquel momento, en aquella postura, con la lámpara temblando y la mujer del fondo peinándose otra vez despacio, Nahia entendió lo que había estado haciendo su madre.

Veintisiete octubres subiendo al hayedo a oír una voz.

Veintisiete años bajando a aquella pila.

Y una cinta gastada hasta romperla, con la etiqueta pegada dos veces y un trozo de aislante negro sujetando la grieta.

Su madre podía oír a su hija. Podía oírla en aquella agua y podía oírla en una grabadora de casetes encima de un hule.

Y al levantarse de la silla no se llevaba nada.

Escuchaba treinta y cinco minutos, y al acabar sabía la letra y no sabía cómo sonaba, y al octubre siguiente volvía a subir, y volvía a bajar aquí, y volvía a oírla, y volvía a irse con las manos vacías.

Veintisiete años oyendo a su hija y sin poder recordarla.

—Hijos de puta —dijo Nahia al agua, muy bajo—. Hijos de puta.

—Nunca hemos mentido —dijo el agua.

—Ya lo sé. Eso es lo que sois.

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Se levantó. Le costó cuatro intentos.

Y antes de subir los tres escalones hizo una última pregunta, y la hizo porque era ingeniera y porque una ingeniera, cuando tiene delante un sistema, busca la salida barata antes que la heroica.

—Una cosa más.

La mano no se detuvo.

—¿Hay alguna manera de que mi hermana se quede fuera y no lo pague nadie?

—Sí.

Nahia sintió que le daba un salto el corazón.

—¿Cuál?

Y la mujer del fondo, sentada de espaldas frente a una puerta que no existía en ninguna pared de aquel pueblo, contestó sin dejar de peinarse:

—Que no se quede.

Nahia se quedó un segundo con la boca abierta.

Después subió los tres escalones, cogió a Ane Urrutia del codo y subió las escaleras de piedra del cementerio, a la luz gris de un mediodía de Todos los Santos, y no volvió a hablar hasta que llegaron arriba.

Tardó cinco días en entender aquella respuesta.

Y cuando la entendió, ya la había contestado.

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