El bosque de los que no envejecen Capítulo 21 — El lavadero cerrado
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Capítulo 21 — El lavadero cerrado

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El lavadero estaba detrás de la iglesia, en la parte de abajo, en un rincón al que no se llegaba por ninguna calle: se bajaba por unas escaleras de piedra sin barandilla que salían del muro del cementerio y que la gente del pueblo usaba de atajo hasta que dejaron de usarlas.

Estaba tapiado.

No cerrado: tapiado. Alguien había levantado un tabique de bloque de hormigón en el vano de entrada, mal, deprisa, con la mezcla rebosando las juntas, y había dejado una abertura del tamaño de una puerta pequeña, cerrada a su vez con una chapa de hierro y una cadena.

—Esto lo hizo mi madre en el ochenta y dos —dijo Ane—. Con mi tío y con el aita de Aitor. Un domingo por la mañana, con el pueblo en misa.

—¿Y el ayuntamiento no dijo nada?

—El ayuntamiento era mi primo.

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Ane abrió el candado con una llave larga que llevaba en el bolsillo del delantal.

Antes de tocar la cadena, se giró.

—Tres cosas y luego entras. La primera: aquí dentro no se dicen nombres. Ninguno. Ni de pila.

—Ane, el nombre de pila no…

—El nombre de pila fuera no sirve. Aquí dentro puede bastar. —Ane la miró—. Esto no es el bosque, hija. Esto no funciona con nombres, sino con lo que tú quieres. Si pronuncias uno para pedir que te devuelva a esa persona, con el deseo ya tiene bastante.

Nahia se guardó las manos en los bolsillos.

—La segunda.

—La segunda es la luz. —Ane sacó del cesto una lámpara de aceite pequeña, de latón, y una caja de cerillas—. Aquí se entra con esto. Nada de linternas, flashes ni teléfonos usados como luz. Nada de eso blanco.

—¿Por qué?

Y ahí Ane Urrutia le dio la primera explicación de aquellos once días que a Nahia le pareció, por dentro, sólida.

—Porque una llama se mueve —dijo—. Se mueve todo el rato y no se está quieta ni un segundo, y entonces lo que hay en el agua tiembla y no se llega a formar.

—Prendió la cerilla—. Y una luz eléctrica no se mueve nada.

Da una luz igual, igual, igual. Y entonces el agua tiene tiempo de terminar el dibujo.

Nahia vio subir la llama en el pábilo.

Y por primera vez desde que había llegado a aquel valle, oyó una regla que no le sonó a superstición.

Le sonó a tiempo de exposición.

—Y la tercera —dijo Ane, colgándose la lámpara del dedo—. La tercera es la mujer que se peina en el agua. Es una lamia.

Nahia esperó, pero Ane no añadió nada.

—¿Y qué hace?

—Guarda lo que la gente deja en el agua. Recuerdos, voces, cosas que uno pierde y todavía pesan. Si le pides que te devuelva algo, no quiere dinero ni sangre: se queda con otro recuerdo tuyo que pese lo mismo.

—¿Elijo yo cuál?

—No. Tampoco lo elige ella. Lo decide el peso. Hasta que permitas que el peso elija, ni siquiera la lamia sabrá qué recuerdo viene al otro lado.

—¿Y cuando lo sepa?

—Si preguntas antes de que lo tome, tendrá que decírtelo. Si no preguntas, solo descubrirás qué falta cuando ya no esté.

Nahia miró la puerta tapiada.

—¿Eso fue lo que hizo mi madre?

—Tu madre entró aquí conmigo el veintitrés de octubre de mil novecientos noventa y nueve, a las cuatro de la mañana, contigo en brazos.

Nahia se agarró a la chapa de la puerta.

—¿Conmigo?

—Contigo dormida. —Ane empujó la puerta—. Y salió contigo a las seis. Tú te despertaste en tu cama y no te acordabas de nada, y eso es lo único que sé y lo único que le prometí a tu madre que no te contaría nunca.

—¿Y por qué me lo cuenta?

Ane entró la primera.

—Porque tu madre ya no está para pedirme nada.

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Dentro no olía a cerrado.

Eso fue la primera cosa que no encajó. Un edificio tapiado en 1982 tiene que oler a moho, a excremento de murciélago, a piedra podrida. Aquello olía a jabón y a flores pasadas, un olor limpio y ligeramente dulce, como huele un ramo al tercer día.

Y no había polvo.

Nahia pasó el dedo por el pretil de la primera pila y lo sacó limpio. Lo hizo dos veces más en dos sitios distintos y lo sacó limpio las tres.

El suelo bajaba en tres escalones hasta una pila rectangular de siete metros por dos, de piedra, con las losas inclinadas de lavar todavía en su sitio y las marcas de setenta años de nudillos, de jabón y de uñas gastadas en el borde.

Ane colgó la lámpara de un gancho de la columna central y se apartó.

—Ahí lo tienes.

La pila estaba seca.

Seca del todo. Nahia bajó los escalones y se metió dentro, y el fondo era piedra desnuda, con la tierra fina de los sitios cerrados en los rincones, con dos hojas secas y con el desagüe libre. Golpeó con el nudillo. Sonó a piedra hueca. Metió la mano en el desagüe y la sacó con polvo.

Se agachó y apoyó las dos palmas en el fondo.

Frío, áspero y seco.

—Está seca, Ane.

—Sí.

—Está seca desde hace décadas.

—Sí.

—Entonces qué estoy…

Y Nahia levantó la cabeza y se calló, porque acababa de mirar la pared.

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La pared del fondo era de mampostería enfoscada y estaba a dos metros y medio, y en ella, a la altura de sus rodillas, se movía una luz.

Una luz temblona, amarilla, deshecha en manchas, subiendo y bajando en la pared con un ritmo lento y desigual.

El reflejo de una lámpara de aceite en una superficie de agua.

Nahia se giró.

Debajo de ella, entre sus botas, la pila estaba llena hasta veinte centímetros del borde.

Negra. Quieta. Con la llama de la lámpara temblando encima, y con las cuatro columnas del porche puestas boca abajo dentro, y con el techo, y con el gancho.

Nahia miró sus botas.

Estaban en el fondo de piedra. Secas.

Miró el agua. Sus botas estaban dentro del agua hasta la caña.

Se agachó y bajó la mano abierta.

La palma tocó piedra seca.

Y en el reflejo, la mano entró en el agua, y la superficie se abrió alrededor de la muñeca, y salieron tres círculos concéntricos que se fueron ensanchando hasta el borde y volvieron.

Nahia se quedó a cuatro patas en el fondo de una pila vacía mirando cómo se le mojaba el brazo en un sitio donde no había nada.

Y se acordó de la cocina de Ane sin un solo espejo y de una mujer de ochenta y siete años explicándole que vivía así desde mil novecientos ochenta y dos.

Lo que devuelve, deja pasar.

No era una frase bonita. Era una definición. Y estaba metida hasta el codo en ella.

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Después hizo lo único que sabía hacer.

Sacó el móvil.

—No —dijo Ane.

—Sin flash y sin usarlo como linterna. Cuatro fotos y lo guardo.

Ane apretó la boca y se agarró al bastón con las dos manos.

Nahia hizo cuatro fotos: la pila desde arriba, la pila desde dentro, la pared del fondo con el reflejo temblando y su propia mano apoyada en el fondo.

Y luego se sentó en el escalón y las miró.

En las cuatro fotografías, la pila estaba seca.

En las cuatro. En la de la pared no había ninguna luz temblando: había una pared enfoscada iluminada de lado por una lámpara de aceite. En la de la mano se veía una mano apoyada en piedra seca, con dos hojas al lado.

Nahia levantó la vista.

Delante de ella, a un metro, había siete metros de agua negra reflejando un techo.

Volvió a mirar la pantalla. Piedra seca.

Y volvió a levantar la vista. Agua.

Repitió el gesto cuatro o cinco veces —la pantalla, el agua, la pantalla, el agua—, hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que dejar el teléfono en el escalón.

Porque acababa de entender una cosa, y era la peor de las doce últimas jornadas, y no tenía nada que ver con el miedo.

Ella podía medir la línea de doce árboles muertos.

Podía medir veintisiete minutos en diez relojes.

Podía contar veintisiete anillos sin verano en una raíz descarnada, y podía calcular la altura de una cosa a partir de una huella de cuarenta y nueve centímetros, y podía demostrar con la geometría de cuatro surcos que hicieron falta dos personas para mover una piedra.

Doce días. Doce días de instrumentos correctos y de conclusiones honestas.

Y allí abajo, en aquella pila, había llegado por fin al sitio donde su oficio se acababa.

—No sale en la foto —dijo, y le salió una voz de niña.

—No —dijo Ane.

—Ane, si no sale en la foto yo no lo puedo demostrar.

—No.

—Entonces yo no puedo saber si está pasando.

Y Ane Urrutia, de pie en el escalón de arriba, con la lámpara de aceite temblándole en la mano, contestó lo que llevaba doce días esperando contestar.

—Hija, tú no has venido aquí a saber. Has venido a acordarte.

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Nahia se levantó del escalón y se metió otra vez en la pila.

Se puso de pie en el centro, sobre la piedra seca, con veinte centímetros de agua negra en las botas, y se quedó mirando hacia abajo, hacia su propia cara puesta al revés en aquella superficie inmóvil.

Se vio. Treinta y nueve años, el pelo recogido de cualquier manera, tres noches sin dormir, el anorak de trabajo, la lámpara temblando por encima del hombro.

Y detrás de su cara, en el agua, había otra.

Estaba a un paso, un poco a la izquierda, un poco más abajo porque era mucho más baja, y era una niña de doce años con un anorak azul y el pelo cortado a lo bruto, y tenía los ojos abiertísimos y la cara sucia de tierra.

Nahia no se giró. Aprendió aquella noche que no hacía falta girarse.

Y no era eso lo que la partió.

Lo que la partió fue la mano.

La niña de doce años tenía una mano apretada contra la boca. Una mano que le tapaba los labios y le empujaba la cabeza hacia atrás, una mano grande, de adulta, con un anillo fino en el dedo corazón y las uñas cortas de trabajar.

Y a la niña se le veían los ojos por encima de los dedos, y estaba intentando hablar.

Nahia se llevó las manos a la cara y no pudo respirar durante mucho rato.

Porque conocía ese anillo. Lo había visto todos los días de su infancia mientras su madre removía una olla, sujetaba una gasa, apretaba un vendaje o batía la masa de un bizcocho.

Y porque acababa de entender, veintisiete años después, que aquella noche su madre no le había tapado la boca para castigarla ni para obligarla a callar.

Se la había tapado para impedir que pronunciara una palabra más.

Y para lo único que importaba ya era tarde.

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