Capítulo 20 — Los golpes
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Jon llamó a la una y veinte y las dos noticias fueron malas.
—La cinta está —dijo—. El técnico la ha abierto, la ha limpiado y ha recuperado un tramo. Los primeros veinte minutos no hay nada: el óxido se ha ido con el limo y eso no vuelve. Del minuto veintiuno al cuarenta y uno se oye, y se oye bien, y es su madre. El resto todavía lo están trabajando.
—Póngamela.
—No puedo.
—Jon.
—Nahia, escúcheme. —Hubo un ruido de fondo, de megafonía—. Estoy en Basurto. Han ingresado a Amaia esta mañana. Cuarenta de fiebre y una celulitis en la pierna que se le ha metido por un rasguño de la dermatitis. Está con antibiótico intravenoso y dicen que responde bien y que en dos días fuera.
Nahia se sentó en el escalón del portal.
—Jon…
—Está bien. Va a estar bien, me lo han dicho dos veces. —La voz se le rompió un poco y la recompuso—. Pero yo hoy no me muevo de aquí, y la copia está en un servidor de la unidad y para sacarla hace falta que la firme yo en persona. Mañana por la mañana la tienen.
—Vale.
—Y una cosa más. —Un silencio—. Nahia, no suba usted sola.
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Subió sola, y eso fue lo primero que hizo mal.
Le dejó una nota a Leire en el hule — rellano sexto mojón, vuelvo antes de las seis; si a las siete no estoy, llama a Jon —, cogió la mochila, la cinta métrica, la cámara, la escala, el saco de escayola de dentista que llevaba desde junio en el maletero para moldes de huellas de fauna, y subió por el camino de las carboneras a las dos y veinte de la tarde.
No se lo dijo a Aitor porque Aitor había dado un paso hacia arriba en aquella pendiente y ya no era una persona a la que se le pudiera contar un plan.
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El rellano estaba tal cual. El bloque de caliza fuera de su asiento, el hueco con el relleno tamizado, la banda de musgo pálido muriéndose al aire.
Y en el barro negro de la vaguada, cuarenta metros por encima, estaban las huellas.
Nahia se paró en seco y estuvo un minuto largo sin acercarse, porque cuando uno ha estudiado dieciséis años un oficio hay cosas que sabe antes de medirlas.
Aquello no lo había hecho ningún animal de la península ibérica.
Se acercó y trabajó algo más de una hora, y trabajó bien, con una calma que después no supo de dónde le había salido.
Longitud. Cuarenta y ocho centímetros y medio. Cuarenta y nueve en la mejor conservada.
Anchura. Diecinueve en la planta, catorce en el talón.
Morfología. Cinco dedos, con el primero más grueso y separado. Bóveda plantar marcada. Talón redondeado. Piel. No pezuña, no almohadilla, no garra. Piel, con las líneas de la dermis visibles en dos de las huellas, como se ven en un molde de un pie descalzo en la arena.
Zancada. Metro noventa y cuatro. Metro noventa y seis. Metro noventa y cuatro.
Nahia se sentó en un tocón con la calculadora del móvil e hizo una estimación orientativa a partir de la longitud del pie. Si aquella cosa conservaba proporciones humanas, cuarenta y nueve centímetros correspondían a unos tres metros y veinte.
La cifra se quedó en la pantalla.
Después midió la profundidad. Cuatro centímetros y medio en un limo saturado en el que sus propias botas del cuarenta hundían dos y en el que ella pesaba sesenta y un kilos.
Y después, porque para eso había subido, hizo el molde. Mezcló la escayola en un cubo de plástico, la vertió, esperó veinte minutos y sacó una pieza de cuarenta y nueve centímetros que pesaba lo que pesa una teja y que era el objeto más aterrador que había tenido en las manos en toda su vida.
Solo entonces se le ocurrió mirar hacia dónde iban.
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Once huellas.
Las contó tres veces y siempre eran once, y las once subían la vaguada en línea, hacia el noreste, con la zancada perfectamente regular.
La número once estaba completa. Los cinco dedos, la bóveda, el talón, cuatro centímetros y medio de profundidad, y el borde limpio.
Y a partir de la número once no había nada.
Nahia se puso a cuatro patas y peinó el barro negro con la linterna rasante, palmo a palmo, seis metros a la redonda, durante veinticinco minutos.
Un limo saturado registra todo: registra una liebre, registra el bastón de un excursionista, registra la gota que cae de una rama. Registró sus propias rodillas.
No había una huella doce.
No había marca de salto —un salto deja el talón hundido, la punta desgarrada y el barro proyectado hacia atrás—. No había arrastre. No había el retroceso que deja un cuerpo grande al girar sobre sí mismo. No había ni una rama rota ni vencida por encima.
Once huellas que entraban en un sitio y ninguna que saliera.
Y entonces le llegó el olor.
Lana mojada. Denso, tibio, animal. Un olor de establo en enero, de rebaño metido bajo un cobertizo con la lluvia fuera.
Nahia se quedó de rodillas en el barro con la linterna en la mano y no se levantó.
Y dijo, porque de repente le pareció lo más razonable del mundo:
—Yo no voy a decir ningún nombre.
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Los golpes empezaron treinta segundos después.
Tres. Secos. A la derecha, quizá a cuarenta metros, sobre un tronco.
Nahia esperó la valla. Esperó la segunda serie más a la derecha, y la tercera, y el arco de ciento ochenta metros que había cartografiado el martes cerrándole el paso.
No llegó.
Llegaron tres golpes más, en el mismo sitio.
Y luego tres, veinte metros más adelante, en la misma dirección.
Y luego tres, veinte metros más adelante.
Nahia se levantó despacio con el molde de escayola apretado contra el pecho, y estuvo un rato entero en el sitio, entendiendo lo que tenía delante.
El martes, los nueve puntos habían dibujado un arco. Un arco es un no .
Aquello era una recta.
—Vale —dijo—. Vale, vale.
Y echó a andar detrás de los golpes, ladera arriba, hacia el noreste, con el corazón desbocado y el cuaderno en la mano, marcando cada punto con el GPS como si estuviera levantando una linde.
Anduvo ciento sesenta metros y siete series.
Y a la séptima, los golpes pararon.
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Estaba en un claro pequeño, de veinte metros, con una haya vieja en el borde que había perdido media copa en algún temporal antiguo y que tenía las raíces al aire por el lado de la vaguada, descarnadas por el agua, arqueadas sobre el barro como las costillas de algo.
Y en la raíz más gruesa, en la parte alta, encajada en la horquilla que hacía la madera al salir de la tierra, había una cinta amarilla.
Nahia se quedó parada en el borde del claro.
No estaba enganchada. No estaba caída. No estaba enredada en una zarza a la altura de la cintura de una niña de doce años.
Estaba puesta. Doblada en dos, con los dos cabos hacia arriba, metida en la horquilla de la raíz con el cuidado con el que se deja una cosa en una repisa para que no se caiga.
Y estaba limpia.
Veintisiete años de intemperie a ochocientos treinta metros de altitud, con dos metros de precipitación al año, doscientos días de niebla, hielo, hongos, ultravioleta. Una cinta de poliéster de esas de mercadillo se desintegra en un tejado en cuatro veranos.
Aquella tenía el amarillo entero.
Nahia se acercó y se puso en cuclillas, y no la cogió.
La fotografió con la escala desde varios ángulos. Y después miró la raíz.
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La raíz estaba muerta por la parte de fuera y llevaba muerta mucho tiempo, y donde el agua le había ido comiendo la corteza había quedado la madera al aire, gris, seca, con el corte limpio de un lugar por donde alguna vez había pasado una piedra en una crecida.
Un corte transversal.
Un corte transversal en una raíz de haya de ocho centímetros de diámetro, pulido por el agua, mirando al cielo, en el borde de un claro.
Nahia se sentó en el barro, sacó del bolsillo la lupa de su madre y se inclinó encima.
Y a los cuatro minutos empezó a temblarle la mano.
Porque una raíz puede ser un calendario. La madera crece deprisa en primavera y forma una banda ancha y clara; al final del verano crece despacio y forma otra estrecha y oscura. Esa pareja cierra un ciclo anual.
Del centro hacia fuera, Nahia contó doce anillos completos. Doce parejas normales, con su madera clara y su madera oscura, con su borde cerrado. Doce años. Una raicilla que había empezado a crecer y había vivido doce años como vive todo.
Y a partir del trece había veintisiete líneas más.
Las contó tres veces y siempre eran veintisiete, y al principio pensó que ahí no había nada raro, y por eso estuvo cuatro minutos midiéndolas con la lupa antes de entender lo que tenía debajo del dedo.
Porque una línea de final de año se reconoce sin dudar. Llega la madera oscura, se aprieta, se acaba y corta : al otro lado empieza de golpe la madera clara del año siguiente. Es un borde. Se ve como se ve el filo de un papel.
Y aquellas veintisiete no cortaban.
Aquellas veintisiete eran finas, sí, y se veían, y engañaban.
Pero entraban y salían suave por los dos lados, sin madera oscura, sin apretar, sin cerrar nada.
Y eso tiene un nombre que se enseña a todos los alumnos de dendrocronología para que no se equivoquen al datar: se llaman falsas rayas .
Son las pausas que hace un árbol cuando le da un susto en mitad del verano, una tormenta, un frío de tres días, y luego sigue.
Veintisiete falsas rayas seguidas.
Veintisiete pausas.
Y ni un solo final.
No aparecía ninguna de las señales que Nahia conocía en raíces comparables del valle: ni la del temporal del noventa y nueve, ni la de la sequía de 2012, ni la del granizo de tres años atrás. Nada de eso había llegado allí.
Aquella raíz llevaba veintisiete años haciendo madera de primavera.
No había cerrado el año ni una sola vez. En aquel sitio el crecimiento nunca había entrado en la fase tardía que cierra la estación. El otoño no había llegado a aquella madera.
Nahia soltó la lupa y se quedó sentada en el barro negro con las dos manos abiertas encima de las rodillas.
—Veintisiete —dijo—. Veintisiete tomados.
TOMADO · OÍDO · DEVUELTO.
Su hermana no estaba en un sitio donde el tiempo pasara despacio. Estaba en un lugar donde el año no acababa nunca, y aquella raíz había dejado veintisiete pausas, una por cada año robado, en el único idioma que Nahia Arregi sabía leer.
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Levantó la vista hacia la cinta amarilla.
Y le vino.
No le vino como un recuerdo. Le vino como le viene a uno el nombre de una calle: de golpe, entero, sin esfuerzo, con la certeza absoluta de haberlo sabido siempre.
Estaba oscuro. Tenía doce años. Tenía la cinta enrollada dos veces en la mano izquierda y la mano le temblaba y le parecía una tontería que le temblara la mano por una cinta.
Y la voz de su madre, que no era su madre, estaba detrás de tres o cuatro hayas, y le había preguntado a quién buscaba.
Y ella había gritado ¡A mi hermana! .
Y entonces —esto era lo nuevo, esto era lo que no estaba, esto era lo que llevaba veintisiete años no estando— la voz había vuelto a preguntar.
Muy tranquila. Muy cerca. Con el cansancio de ama en la primera sílaba.
—¿Y cómo se llama?
Nahia se llevó las dos manos a la boca.
Se acordaba. Se acordaba de haberlo oído, se acordaba de que le había parecido una pregunta rarísima, se acordaba de haber pensado, con doce años, en medio del terror, pero si ama sabe cómo se llama .
Y se acordaba de haber abierto la boca.
Y se acordaba del principio.
De la primera sílaba. De haber empezado a decirlo despacio y separado y bien pronunciado, como se le dice un nombre a un adulto que no está entendiendo, con toda la aplicación de una niña que necesita que la entiendan a la primera.
I—
Y ahí estaba el borde.
Ahí estaba la encía lisa y rosa y sana, y detrás nada.
Nahia se quedó en el barro delante de una raíz con veintisiete primaveras y una cinta amarilla que no se había podrido, empujando con toda la fuerza de su cabeza contra un sitio donde no había nada que empujar, sabiendo por primera vez con absoluta certeza dos cosas.
Que aquella noche había contestado a la pregunta.
Y que alguien le había quitado el resto.
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