El bosque de los que no envejecen Capítulo 19 — Los animales
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Capítulo 19 — Los animales

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Nahia se pasó la noche entera trabajando, porque a las tres de la madrugada descubrió que era eso o volverse loca.

Lo que hizo fue lo que había hecho toda su vida cuando un rodal no se dejaba entender: dejó de intentar explicarlo y se puso a clasificarlo.

Cogió una hoja doble del cuaderno de campo, la puso horizontal y trazó dos columnas.

Y las tituló A y B , porque no estaba dispuesta a escribir otra cosa.

Después vació once días de observaciones dentro.

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En la columna A fue poniendo esto:

Ovejas (27-10, ladera este, 40 cab.): se abren 8 m, sin correr, sin balar. Se reagrupan y continúan. El ritmo de los cencerros no se acelera.

Perra pastor (27-10, rellano sexto mojón): se aparta 3 pasos, se detiene de lado, pata levantada, orejas erguidas. No tiembla. No busca al dueño.

Perra pastor (21-10, regato, 3 golpes): se sitúa detrás de la pierna del dueño pero mira arriba, orejas erguidas, cabeza inclinada. Sin temblor.

Aves: silencio total durante el episodio. Reanudan al cesar.

Y debajo, después de mirarlo un rato largo, escribió la conclusión con la letra que usaba para los informes:

Patrón compatible con reacción ante presencia territorial de gran tamaño reconocida y no depredadora. Comparable a reacción de ganado ante maquinaria conocida o ante un macho dominante ajeno. No hay respuesta de pánico. No hay respuesta de huida. Hay cesión de paso.

En la columna B fue poniendo lo otro:

Nueve cánidos (27-10, 21:00-21:40, ocho emplazamientos): todos orientados en dirección opuesta al hayedo. Ninguno ladra. Ninguno gira la cabeza al ser interpelado. No hay señales de comunicación entre los distintos puntos.

Perra pastor (30-10, rellano oeste): se coloca detrás de las piernas del dueño, mira al dueño y no al bosque, orejas planas, temblor fino en tercio posterior.

Aves: silencio total. Idéntico al de la columna A.

Y la conclusión de esta le costó cuarenta minutos y tres versiones, y la tercera fue esta:

Patrón incompatible con una reacción normal ante un animal. Un cánido que detecta una amenaza suele orientarse hacia ella o huir. Estos no hacen ninguna de las dos cosas: permanecen inmóviles, de espaldas, como si mirar fuera lo peligroso.

Y debajo, en la última línea de la hoja, con la mano ya dormida y a las cinco menos veinte de la mañana:

Los animales de este valle distinguen dos cosas. Y no las distinguen por el tamaño ni por el olor. Las distinguen por si conviene mirarlas.

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Se lo llevó a Ane Urrutia a las nueve de la mañana y se lo puso encima del hule.

Ane leyó las dos columnas enteras, despacio, moviendo un poco los labios, con el dedo bajando línea por línea. Tardó ocho o nueve minutos.

Después dejó la hoja, se quitó las gafas y miró a Nahia con una cara que ella no le había visto todavía.

—¿Cuánto has tardado en hacer esto?

—Once días.

—Once días. —Ane volvió a mirar la hoja—. A mí me lo contó mi madre en esta misma mesa y yo tardé sesenta años en creérmelo.

Puso el dedo en la cabecera de la columna A.

—Esta tiene nombre y lo sabes.

—No lo voy a escribir.

—¿Por qué no?

—Porque si lo escribo dejo de medir —dijo Nahia—. Si arriba de esa columna pongo Basajaun, mañana empiezo a meter en la columna todo lo que encaje y a dejar fuera lo que no. Ya me ha pasado con la cantera.

Ane la miró un rato.

—Tu madre decía eso mismo —dijo—. Con otras palabras.

Movió el dedo a la otra columna.

—Y esta también tiene nombre, y este te lo voy a decir yo, porque llevas once días midiéndolo y ya te lo has ganado.

—Dígalo.

Ane Urrutia se echó hacia atrás en la silla.

—A esa se le llama Gaueko —dijo—. Y quiere decir el de la noche . Y no es un animal, y no es un hombre, y no es un muerto, y no está dentro del bosque como está un jabalí dentro del bosque. Es la noche de ahí arriba, y hace una cosa nada más: llamar.

—Llamar cómo.

—Con lo que tú tengas. —Ane se dio un golpecito en la sien, igual que se lo había dado Nahia a Jon en la cantera—.

Con la voz que menos puedas dejar sin contestar.

Por eso a mí me llamaba con mi hijo, a la Kontxi con Beñat y a ti te llama con tu madre.

Y por eso en esta casa no hay espejos desde mil novecientos ochenta y dos.

—Y a Jon con su hija de cuatro años.

—Con la de cuatro, sí. —Ane asintió despacio—. Suele coger la de cuando más falta hacías.

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—Ane, si solo llama, ¿por qué es peligroso?

Y ahí Ane Urrutia dejó las manos quietas encima de la mesa y contestó la cosa por la que Nahia había subido a aquella casa.

—Porque no puede coger a nadie él solo.

—¿Qué?

—Que no puede. —Le dio un golpecito a la hoja del cuaderno—. Tú tienes ahí once días de datos y no tienes ni uno de esa cosa agarrando a nadie. Ni uno. Llama, imita, se pone en un cristal, escribe con agua, te contesta el silbato. ¿Ha tocado a alguien?

Nahia repasó once días en cuatro segundos.

—No.

—No. Y no lo va a hacer, porque no puede. —Ane bajó la voz—. Necesita que se lo demos.

—¿Cómo que se lo demos?

—Necesita que una persona viva diga el nombre entero de otra persona en voz alta, de noche, dentro de su alcance.

—Ane levantó un dedo—. Entero. Con el apellido.

El nombre de pila no le sirve de nada, y escrito no le sirve de nada, y leído por dentro no le sirve, y él mismo diciéndolo con la voz de tu madre tampoco le sirve.

Tiene que salir de la boca de una persona.

—Y entonces esa persona queda…

—Entregada. —Ane se quedó con el dedo en el aire—. Esa es la palabra que está en el libro. Entregada.

Nahia echó la espalda contra el respaldo y se le fue un poco la cabeza.

—Ane, mi madre nos enseñó eso a las dos. A mí y a mi hermana. Desde que éramos pequeñas.

—Sí.

—Nos lo enseñó sin explicarnos por qué.

—Así se lo enseñaron a ella y a todos. —Ane se levantó a mover la plancha del fuego—. Sesenta y cuatro casas hay en este pueblo, hija, y en las sesenta y cuatro se enseña lo mismo y en ninguna se explica nada. Se dice aquí no se dicen enteros , y el crío se lo aprende y ya está.

Se dio la vuelta con el trapo en la mano.

—Y ahora te voy a hacer yo una pregunta a ti, y quiero que te lo pienses bien antes de contestarme.

—Dígala.

—El veintidós de octubre del noventa y nueve, en ese bosque, de noche. —Ane la miró desde el fogón—. ¿Qué dijiste exactamente?

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Nahia abrió la boca para contestar y descubrió, con un vértigo físico, que no lo sabía.

—Llamé a mi hermana.

—¿Cómo la llamaste?

—Grité Irati . Muchas veces. Seis o siete.

—Eso ya me lo has dicho. Después.

—Después… —Nahia se quedó parada—. Después vino una voz que era mi madre y no era mi madre y me preguntó a quién buscaba.

—¿Y tú qué contestaste?

—Contesté a mi hermana .

—Y luego.

Y ahí estaba.

Ahí estaba el sitio, y Nahia lo notó como se nota con la lengua el hueco de un diente: un borde, una encía lisa, y detrás nada. No una niebla ni un recuerdo confuso ni una escena borrosa. Un corte.

Se acordaba de la cinta amarilla en la zarza.

Se acordaba de las siete piedras y del liquen áspero.

Se acordaba del frío entrándole por dentro de la ropa al cruzar y del ruido de sus zapatillas llegándole medio segundo tarde.

Se acordaba de la canción de su hermana parándose en mitad de la tercera nota.

Y después se acordaba de la mano de su madre oliendo a cebolla y a jabón apretándole la boca, y de una bufanda roja, y de bajar la cuesta con la cara aplastada contra una lana que picaba.

Entre las dos cosas no había nada.

No estaba oscuro. No estaba lejos. No estaba difícil.

No estaba.

—Ane. —Le salió la voz rara—. Ane, ahí no hay nada.

—Ya lo sé, hija.

—No es que no me acuerde. Es que no está. Es como si a mi madre le hubieran… —Se paró—. Es como si a esa parte le hubieran quitado el sitio.

Ane Urrutia dejó el trapo encima de la cocina económica y volvió a la mesa.

Se sentó despacio, con las dos manos en el bastón, y por primera vez en once días no dijo no hoy .

Dijo:

—Mañana te llevo al lavadero.

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Nahia bajó de allí a las once y media con la cabeza en otro sitio, y por eso hizo lo que hizo aquella tarde, y por eso lo que encontró la partió por la mitad.

Se puso a escuchar la cinta otra vez.

La cuarta. La gastada. La de la etiqueta despegada y vuelta a pegar dos veces, con el aislante negro sujetando la grieta de la carcasa: Irati — voz .

La había oído cuatro veces en ocho días y la había oído siempre igual: con la grabadora en el hule de la cocina y ella sentada enfrente. Aquella tarde, con Irati dormida arriba y Leire durmiendo en el sillón, la puso otra vez.

Su hermana contando que en el colegio les habían puesto una peli.

Su hermana con el diente que se movía y que no se quería tocar.

Su madre, muy bajito, casi para sí: sigue, hija, sigue hablando .

Y la canción, al final, la tonta, la de las tres notas que subían y no bajaban.

Nahia la paró, rebobinó y se quedó mirando la carcasa un rato.

Y entonces se fijó en que la caja de plástico tenía dentro una carátula.

No la había sacado nunca. Era una hoja de cartulina doblada, de las que vienen con los casetes vírgenes, con las líneas impresas para escribir los títulos. Nahia abrió la caja, la sacó con dos dedos y la desplegó.

Por delante no había nada.

Por dentro, en el espacio en blanco, con la letra apretada de su madre y con la ele mayúscula hecha como un número uno, había cinco líneas.

La primera era la letra de la canción. Los tres versos tontos que Irati se inventaba y le cambiaba cada semana, copiados con cuidado, con las palabras separadas para no perderlos.

Una para el agua, dos para el musgo, tres para la que no viene, cuatro para el que da los golpes.

Y debajo, con otro bolígrafo, con la letra más pequeña y más apretada, una línea sola:

Sé la letra. Ya no sé cómo sonaba.

Nahia leyó aquello cuatro veces.

Después puso la cartulina encima del hule, se levantó, fue al fregadero, se agarró al borde con las dos manos y se quedó así mucho rato, mirando por la ventana el prado y el hayedo y el cielo de octubre.

Su madre había gastado aquella cinta hasta romperla.

Su madre había pegado la etiqueta dos veces y le había puesto aislante negro a la grieta.

Su madre se había sentado en aquella cocina veintisiete octubres a escuchar treinta y cinco minutos de una niña de siete años hablando de un diente que se movía.

Y no la reconocía.

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