Capítulo 18 — La figura que no era Irati
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Lo paró con su propio silbato.
Aitor había dado un paso hacia arriba y Nahia no tenía nada: ni fuerza para sujetar a un hombre de cincuenta años en una pendiente, ni argumento que fuera más fuerte que una voz de diez años diciendo tu nombre desde un escondite.
Lo que tenía era un método.
Le metió la mano por el cuello del forro polar, le sacó el cordón trenzado de un tirón y se puso el silbato de latón en los labios.
Dos largos y uno corto.
El sonido salió flaco, mal soplado, un poco agudo, y a Nahia le pareció que se le oía en todo el valle.
—¿Qué haces? —Aitor se giró—. Nahia, ¿qué…?
—Cállate y escucha.
Arriba, a treinta metros, en el mismo sitio, contestó el silbato.
Dos largos y uno corto.
Y una nota más, pegada al final, muy pequeña, como una tos.
Aitor Lasa se quedó de pie en la pendiente con la boca abierta.
Después se dio la vuelta y empezó a bajar, y bajó los ochocientos metros hasta la pista sin decir una palabra y sin mirar atrás ni una vez, y la perra bajó pegada a su pierna izquierda todo el camino.
En la pista, junto al coche, le tendió la mano.
—Dame eso.
Nahia le devolvió el silbato.
—No lo vuelvas a hacer —dijo él, y se lo colgó del cuello—. Nunca más.
—Ha funcionado.
—Sí. —Aitor abrió la puerta del todoterreno—. Y ahora esa cosa tiene tu manera de soplar.
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La microcinta estaba seca a las seis de la tarde y no la pudieron oír, porque Jon se la llevó a Bilbao.
Se fue a las seis y cuarto, con la bolsa de pruebas precintada en el asiento del copiloto y una cita a las nueve de la mañana del sábado con un técnico de audio forense de la Policía Científica que le debía un favor de hacía ocho años.
—Es la única manera de que se oiga y de que sirva —dijo antes de subirse al coche—. Si la abro yo con un destornillador en la cocina de una casa, la rompo y encima no vale para nada.
—Jon.
—Mañana a mediodía la tendrás, Nahia. Digitalizada, con copia y con un informe que diga que no la ha manipulado nadie.
—¿Y si dice dónde está mi madre?
Jon se quedó con la puerta abierta.
—Entonces mañana a mediodía subimos a por ella —dijo—. Los tres. Con luz.
Se fue. Aquella noche Nahia se quedó en la casa con su hermana y con Leire, y fue la peor de todas.
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Bajó a la cocina a las dos y diez de la madrugada a por un vaso de leche.
Se había quedado dormida en el sillón vestida y se había despertado con el cuello torcido y con hambre, y bajó a oscuras porque llevaba nueve noches bajando a oscuras y se sabía los escalones.
Encendió la luz de la cocina.
Y su hermana estaba de pie junto a la mesa, de espaldas.
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Nahia no se movió.
Estaba en el vano de la puerta con la mano todavía en el interruptor, a cuatro metros, y lo que veía era la espalda de una niña de siete años: el pelo oscuro suelto por los hombros, el pijama de franela azul con estrellas, los pies descalzos en las baldosas.
Su cerebro le ofreció la explicación buena inmediatamente, porque el cerebro es así: se ha levantado, se le ha soltado algún cable, ha bajado sin que la oyeras, tienes que llamar a Leire .
Y le llegó a durar tres segundos.
Los tres segundos que tardó en darse cuenta de dónde estaba la niña.
Estaba de pie en el sitio en el que no se puede estar de pie: en el metro y medio que queda entre la mesa y la ventana, justo delante del cristal negro, con la lámpara de la campana encima.
Con la luz de la cocina encendida, aquella ventana era un espejo. Lo había sido todas las noches de la infancia de Nahia y lo era también aquella.
Y la niña que había delante del cristal no salía en el cristal.
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Nahia se agarró al marco de la puerta con la mano izquierda y se obligó a mirar.
Se obligó porque no se le ocurrió otra cosa que hacer, y porque en algún sitio, muy debajo del terror, seguía habiendo una mujer que llevaba once días tomando datos.
Estatura: un metro veinticinco, aproximadamente. Compatible.
Pelo: oscuro, suelto, hasta el hombro. Compatible.
Pijama: franela azul, estrellas, talla 7. Compatible.
Reflejo en el vidrio a un metro veinte de distancia: ausente.
Sombra sobre la baldosa bajo lámpara cenital: ausente.
Y entonces la figura se movió.
Levantó el brazo derecho, se cerró la mano y se restregó el ojo con el dorso de la muñeca, apoyando la cabeza en el mismo movimiento.
Nahia sintió que se le vaciaba el pecho.
Ese gesto lo había visto cinco veces en ocho días. Se lo había visto a su hermana cada vez que despertaba, siempre igual, el dorso de la muñeca contra el ojo derecho y la cabeza yéndose hacia el hombro, y era el gesto que su hermana hacía con cuatro años, y con seis, y en un vídeo familiar de 1998.
Pero lo hizo mal.
No mal de imitación. Mal de tiempo.
El movimiento era continuo, pero el orden estaba roto. A Nahia le llevó un par de segundos entenderlo, y cuando lo hizo le entraron ganas de vomitar.
El brazo empezó a subir antes que el hombro. La mano llegó al ojo antes de que la cabeza comenzara a inclinarse, y el codo se dobló después, como si cada parte del cuerpo reprodujera el mismo recuerdo con unas décimas de diferencia.
Estaba haciendo el gesto desde el final .
Como un reflejo mal sincronizado.
—Irati —dijo Nahia.
Y la figura empezó a girarse.
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Se giró con el hombro derecho abriéndose primero, y a Nahia le dio tiempo a ver el arranque de la mandíbula y el borde de una oreja pequeña.
Y en ese momento, en la cabeza de Nahia Arregi, en el mismo instante, se cruzaron dos frases.
Una era de una mujer de ochenta y muchos años en una cocina con un gato encima de la radio: lo que devuelve, deja pasar .
Y la otra era una cuenta: con la luz encendida esa ventana es un espejo, y si apago la luz, deja de serlo .
Nahia apagó la luz.
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La cocina se quedó negra y en el negro no había nada.
No hubo golpe, carrera ni chillido. Se apagó la lámpara y se acabó. Lo único que Nahia oyó fue su propia respiración y la nevera arrancando.
Se quedó con la mano en el interruptor, en la oscuridad, contando.
Diez. Veinte. Cuarenta.
Casi un minuto después, cuando sus ojos se habían hecho a la oscuridad y empezaba a distinguir el rectángulo gris de la ventana contra la noche de fuera, vio que en el cristal había algo.
Vaho.
Un óvalo de vaho, del tamaño de una cara, a la altura de una cara, en la cara interior del vidrio.
Y dentro del óvalo, escrito con el dedo, con letras de trazo torpe y ancho:
DI SU NOMbrE.
Nahia no gritó y no encendió la luz.
Se quedó en la puerta de la cocina de su madre, en la oscuridad, delante de aquellas tres palabras, y contestó muy tranquila, con una calma que le duró justo lo que duró la frase:
—No.
El vaho tardó menos de un minuto en desaparecer y se fue desde los bordes.
Cuando ya no quedaba nada, Nahia encendió la luz.
La cocina estaba vacía. La silla en su sitio. El vaso boca abajo en el escurridor. Y en el suelo de baldosa, delante de la ventana, no había ni una marca, ni una huella, ni una gota de agua.
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Subió corriendo.
Leire estaba dormida en el sillón. Irati estaba en la cama con la manta hasta los hombros, los electrodos pegados, los cables en su sitio y el monitor haciendo su gota lenta. Veinte pulsaciones. Cuatro respiraciones.
No se había movido.
Y el pijama que llevaba puesto era el de franela azul con estrellas.
Nahia se sentó en el borde de la cama y estuvo un rato con las manos en la cara.
Después, porque necesitaba tocarla, le metió la mano por debajo de la manta para buscarle los dedos.
Y le encontró el bolsillo.
El abrigo de paño gris estaba colgado en el respaldo de la silla desde el lunes, pero Nahia le había cosido el bolsillo del pijama con una puntada floja el miércoles, porque la niña no soltaba la piedra ni dormida y era mejor que la llevara encima que debajo de la almohada.
Metió dos dedos.
Y los sacó.
—Leire.
—Mmm.
—Leire, despierta.
Leire se despertó de un salto.
—¿Qué pasa?
Nahia sacó la piedra blanca del bolsillo del pijama de su hermana y la puso en la palma abierta de Leire Otxoa.
Leire cerró la mano.
Y la volvió a abrir enseguida.
—¿Qué es esto?
—Dímelo tú.
—Nahia, esto está caliente.
—Ya lo sé.
—Está a la temperatura de un cuerpo sano. —Leire se la pasó de una mano a la otra—. Quizá un poco más.
Y se giró hacia la cama, y le puso el dorso de la mano en la frente a la niña, y luego en el cuello, y luego le miró la sonda de temperatura del monitor.
—Treinta y tres y dos —dijo—. La niña sigue a treinta y tres y dos.
Las dos se quedaron mirando la piedra.
Una piedra de arroyo, lisa, blanca, del tamaño de un huevo de codorniz, que llevaba tres días en el bolsillo de una niña que estaba casi cuatro grados por debajo de lo normal.
Y estaba caliente como una taza.
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