El bosque de los que no envejecen Capítulo 17 — El sendero repetido
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Capítulo 17 — El sendero repetido

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La microcinta llevaba veinte horas secándose en un estante de la cocina, dentro de una fiambrera abierta y sobre varias capas de papel absorbente.

A Nahia le quedaban cuatro horas de espera y no podía pasarlas quieta.

Así que a las nueve de la mañana del viernes subió con Aitor a la vaguada del sexto mojón a hacer la cosa que llevaba dos días queriendo hacer y que no se había atrevido: seguir las botas de su madre desde donde se acababa el rastro de la galería.

Le dijo a Leire que tardarían dos horas. Volvieron a las cuatro y cuarto de la tarde.

Y de aquellas siete horas y cuarto Nahia no supo cuántas habían transcurrido de verdad.

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Empezaron bien.

Las botas de su madre salían de la boca alta del túnel —había una segunda salida, un respiradero por el que Maddi había subido y por el que ellos no cabían— y aparecían en el limo del regato pequeño que bajaba hacia el rellano.

Rumbo cuarenta y cinco. Noreste. Hacia arriba.

Nahia trabajó: marcó cada punto con el GPS, contó los pasos en voz baja para obtener una segunda medida independiente y anotó el rumbo de la brújula cada veinte pasos.

Y por si acaso, porque llevaba diez días en aquel valle y ya no se fiaba de nada, marcó el punto de partida a la vieja usanza.

Sacó del bolsillo un pañuelo de tela blanco de los de su madre, con la inicial bordada en una esquina, y lo ató a la rama baja de un haya joven que crecía torcida junto al regato, con un nudo doble y bien apretado.

—Ese es el cero —dijo—. Cualquier cosa que pase, ese es el cero.

Aitor miró el pañuelo y apretó los labios.

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Anduvieron una hora y cuarenta minutos y no pasó nada raro.

La ladera subía, las hayas se hacían más gordas, el suelo se volvió más blando y más negro y a Nahia le empezaron a aparecer las vaguadas encharcadas de las que había salido el barro de la cocina de su madre.

Las botas del treinta y siete seguían delante, claras, algunas con agua dentro de la huella.

A las once y diez llegaron a un haya enorme junto a un regato pequeño.

Con un pañuelo blanco atado a la rama baja.

Nahia se detuvo.

—Aitor.

—Ya lo veo.

—Es el mío.

—Ya lo veo.

Nahia se acercó y lo cogió con la mano. Nudo doble. La inicial bordada en la esquina, una M pequeña de hilo azul.

Miró el GPS.

Doscientos ochenta metros del punto de partida. Rumbo cuarenta y cuatro. Desnivel acumulado, ciento diez metros.

Miró su cuaderno. Mil novecientos veinte pasos contados, todos hacia arriba, sin un solo tramo de bajada.

Miró la ladera hacia abajo, y abajo estaba el valle, y estaba lejos.

—El GPS dice que estamos a doscientos ochenta metros del punto de partida —dijo, y se oyó la voz completamente plana—. Mis pasos dicen que hemos recorrido mil quinientos. Y este árbol dice que estamos en el sitio donde empezamos.

—Sí.

—Tres instrumentos y tres respuestas.

—Sí.

—Aitor, dos de los tres tienen que estar mintiendo.

Y Aitor Lasa, guarda forestal, cincuenta años, se apoyó en el tronco de aquel haya y dijo la frase más útil que le dijo nadie en toda aquella semana:

—O ninguno.

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Lo repitieron.

Lo repitieron porque Nahia lo necesitaba y porque Aitor no se opuso, y esa fue probablemente la decisión más estúpida de todo el mes de octubre.

La segunda vez cambiaron el rumbo: subieron por el este, dando un rodeo enorme, con el sol a la derecha y sin perder de vista la cresta. Cincuenta y cinco minutos y el mismo árbol.

La tercera vez subieron sin apartar los ojos del suelo, siguiendo las botas de su madre paso a paso, y Nahia iba grabando con el móvil en la mano, un vídeo continuo, sin cortes.

Cuarenta minutos.

Haya. Regato. Pañuelo.

Nahia paró el vídeo y lo miró allí mismo, en cuclillas, con Aitor tapándole la pantalla del sol.

Cuarenta minutos y once segundos de grabación, sin un solo corte, sin un solo salto de imagen. Se veía el suelo, se veían las huellas, se veía la subida. En el minuto treinta y ocho aparecía el haya y el pañuelo.

Y en el minuto uno, al principio, cuando ella había hecho la panorámica de salida, se veía perfectamente el mismo árbol, con el mismo pañuelo, desde el otro lado.

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Fue entonces cuando Aitor sacó la navaja.

—Se acabó.

—Espera.

—No, Nahia. —Cortó la rama entera, quince centímetros por debajo del nudo, con dos tajos—. Se acabó. Nos vamos.

Guardó la rama con el pañuelo atado en el bolsillo lateral de la mochila, cerró la cremallera y se echó la mochila al hombro.

—Por el oeste. Andando. Sin medir nada.

—Aitor, si nos vamos ahora perdemos el rastro de mi madre.

—Tu madre entró aquí hace once días. —Se giró y la miró—. Y aquí dentro tú y yo hemos andado cinco kilómetros en cuatro horas para acabar en el mismo árbol. Piensa lo que eso quiere decir de once días.

Nahia abrió la boca y no le salió nada.

—Vamos.

Bajaron.

Y a los diez minutos, en una revuelta del camino, Nahia levantó la cabeza porque le entró la luz de otra manera.

Un haya joven, torcida, junto a un regato pequeño.

Y en la rama baja, atado con un nudo doble, un pañuelo blanco con una M bordada en hilo azul.

—Aitor.

Él se paró. Contempló el árbol un segundo largo. Después se descolgó la mochila del hombro, abrió la cremallera del bolsillo lateral y metió la mano.

Sacó la rama cortada.

Con el pañuelo atado.

Con el nudo doble.

Con la M bordada en hilo azul.

Nahia se acercó al árbol y comparó. Comparó el hilo, comparó la inicial, comparó la trama de la tela y comparó el borde deshilachado del dobladillo, que estaba roto por el mismo sitio en los dos.

Eran el mismo pañuelo.

Y estaban los dos.

—No es un camino que se repite —dijo, y le tembló la voz por primera vez en toda la mañana—. Es un sitio que se repite.

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El primer silbido llegó a las tres y veinte de la tarde, cuando llevaban más de dos horas intentando bajar por el oeste y ya se veía la pista de la cantera al fondo.

Dos largos y uno corto.

Aitor se paró como si le hubieran dado.

—Sigue andando —dijo Nahia—. Sigue andando, Aitor.

—Es el bueno.

—Sigue andando.

El segundo llegó de la izquierda, más cerca, con dos cortos al final.

El tercero, de arriba, con tres.

El cuarto tenía la nota pegada, la que sonaba como una tos.

Y luego vinieron seis o siete más, de todas partes, desafinando cada uno a su manera, y Nahia agarró a Aitor del brazo por encima del codo y tiró de él cuesta abajo, y él se dejó arrastrar, torpe como un borracho, mirando hacia atrás, contando.

—Cuatro malos —dijo—. Cinco. Seis.

—Aitor, camina.

—Es que el primero era el bueno, Nahia. El primero era él.

Txiki iba delante, trotando cuesta abajo, tranquila.

Nahia lo comprobó dos veces, porque desde el martes lo comprobaba cada vez que le entraba el miedo, y las dos veces vio lo mismo: la perra iba por delante, con la cola normal, sin mirar atrás.

Sin temblar.

Aquello le sostuvo el pulso durante ochocientos metros.

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Y a ochocientos metros, en el último rellano antes de la pista, la perra se paró.

Se dio la vuelta. Volvió sobre sus pasos, pasó entre las piernas de Nahia sin rozarla y se metió detrás de las de Aitor, pegada a la pantorrilla izquierda.

Y desde allí levantó la cabeza y lo miró a él.

No al bosque.

A él.

Nahia se quedó sin aire.

—Aitor.

—Ya lo sé.

—Aitor, la perra está…

—Ya lo sé.

Txiki temblaba. Le temblaban las patas de atrás con un temblor fino y continuo, de esos que no se ven de lejos, y tenía las orejas planas contra la cabeza y no le quitaba los ojos de la cara a su dueño.

Y entonces, de arriba, muy cerca, a treinta metros o menos, en el silencio absoluto de un hayedo sin pájaros, habló un niño.

No cantó. No gritó. No lloró.

Habló, con una voz clarísima de crío de diez años, tranquila, en el tono con el que se le dice a un hermano pequeño que ya se puede salir del escondite:

—Aitor, ya puedes venir.

Y Aitor Lasa dio un paso hacia arriba.

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