Capítulo 16 — La voz de su hija
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Volvió porque era policía. Eso fue todo.
Nahia lo entendió mucho después, cuando ya no servía de nada entenderlo: que a Jon Etxeberria no lo llevó de vuelta al túnel la curiosidad, ni el valor, ni la incredulidad. Lo llevó una cosa mucho más tonta y mucho más suya, que era que llevaba veinte años sin dejar una amenaza sin documentar.
Aquello era una amenaza. Su nombre, en una pared, en el escenario de un delito medioambiental. Y él había salido de allí a las dos de la tarde con siete fotos hechas con el móvil, movidas, sin escala y con el flash reventando el brillo del agua.
A las cinco y media la llamó Aitor.
—El coche de Jon está en la pista de la cantera.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo estoy viendo. —Un silencio corto—. Nahia, mi reloj marca las cinco y media. Desde el domingo, aquí ya es de noche cuando marca las seis y veinte. En la hora buena son veintisiete minutos más.
—Voy.
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Subieron los dos cuando sus relojes atrasados marcaban las cinco y cuarenta y cinco, con las linternas de frontal, los cascos que Jon había pedido prestados y la perra. Nahia iba delante hasta la boca del túnel y a partir de allí no.
El coche estaba en la pista con las puertas cerradas.
En el suelo, junto a la boca, había un trípode pequeño de los de aficionado y un foco portátil todavía encendido, tirado de lado, iluminando las zarzas.
Y no había nadie.
—¡JON! —gritó Nahia, y le salió con toda la garganta—. ¡JON!
El eco se le devolvió del túnel dos veces, más apagado.
Aitor se agachó, cogió el foco y lo apagó.
—Nahia. Escúchame una cosa antes de entrar y no discutas, que no hay tiempo.
—Le habló muy rápido, muy claro—. Ahí dentro, si oyes a alguien, tú puedes contestar.
Puedes decir estoy aquí , puedes decir sube , puedes decir ya voy , y hasta puedes gritar Jon .
Lo que no puedes hacer nunca es decir un nombre con su apellido detrás.
Ni el tuyo, ni el mío, ni el de él, ni el de tu madre. Ni contestando a una pregunta.
—Ya lo sé.
—No lo sabes hasta que lo tienes encima.
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Lo oyeron a los ochenta metros de galería y era una niña.
Nahia paró en seco y la mano de Aitor le llegó al hombro medio segundo después.
Venía de más adentro. De más allá del punto donde ellos habían encontrado las botas aquella mañana. Y era una voz de cría pequeña, muy pequeña, cuatro o cinco años, con ese temblor de las que llevan un rato llorando y ya casi no pueden.
— Aitaaa.
Nahia sintió que se le levantaba la piel de los brazos.
— Aita, que no encuentro la salida.
Y luego, y esto fue lo que le dejó el frío dentro durante meses, la voz añadió, con un hipo:
— Aita, ven que me pica.
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Lo encontraron treinta metros más adelante, arrodillado en el limo.
Jon Etxeberria estaba de rodillas en dos dedos de agua, con el frontal apagado, con el móvil apretado contra el pecho con las dos manos y la boca abierta.
Y estaba temblando de una manera que Nahia no había visto temblar a un hombre nunca.
—¡Jon!
—Es Amaia —dijo, sin girarse—. Es Amaia.
—Jon, mírame.
—Es mi hija. Es la voz de mi hija, es exactamente la voz de mi…
—¡JON!
Nahia lo agarró de las dos solapas del anorak reflectante, le puso la cara a diez centímetros de la suya y le habló con la calma urgente que se reserva para alguien al borde de un tejado.
—Su hija está en Otxandio con fiebre. Su hija está a veintiséis kilómetros de aquí al otro lado de un puente. Su hija no ha estado nunca en este agujero.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabe?
—Lo sé perfectamente. —Y ahí Jon hizo una cosa horrible, que fue reírse—. Lo sé desde el primer segundo, Nahia, no soy idiota. Llevo aquí ocho minutos sabiéndolo.
—¿Y entonces por qué está de rodillas?
Jon se quedó callado.
—Porque le contesto —dijo.
Y adentro, en la oscuridad, la niña volvió a llamar.
— Aita. Aita, ¿estás ahí?
Y Jon Etxeberria, con la boca cerrada y los ojos apretados y las dos manos alrededor de un teléfono sin cobertura, contestó desde el suelo:
—Sí, cariño. Aquí estoy.
— No te veo.
—Ya lo sé.
— ¿Cómo me llamo?
Nahia notó cómo se le paraba el corazón.
Y Jon abrió la boca.
Lo vio coger aire, vio la primera sílaba formarse en su lengua y lo vio detenerse en el mismo punto en que ella se había detenido cinco noches antes, frente a una ventana, con la palabra ama en la boca.
—Amaia —dijo.
Y luego, con los dientes apretados y la cara chorreando:
—Te llamas Amaia y nada más. Y no te voy a decir nada más en toda mi vida.
Del fondo del túnel no llegó ninguna respuesta.
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Lo sacaron entre los dos, sujetándolo cada uno por un brazo. Cuando alcanzaron la boca, el reloj atrasado de Nahia marcaba las seis y media; en la hora de red eran las seis y cincuenta y siete y fuera ya era de noche.
Jon se sentó en una piedra al lado del coche y estuvo cuatro o cinco minutos con la cabeza entre las manos. Después levantó la cara.
—¿Cómo lo sabía?
—¿Cómo sabía qué?
—Cómo sabía esa cosa que a mi hija le pica. —Tenía los ojos rojos—. Amaia tiene dermatitis atópica. Le pica de noche, se despierta, y desde que tenía dos años, cuando se despierta y no me ve, dice eso. Dice aita, ven que me pica . No lo sabe nadie más que su madre y yo.
Nahia se apoyó en el capó del coche.
Y ahí, en la pista de una cantera, con la noche ya encima y una perra sentada mirando el pueblo, hizo lo único que sabía hacer: pensar hasta que el razonamiento se le sostuviera de pie.
—Jon, ¿su hija ha estado alguna vez en Ezkairu?
—Nunca.
—¿Ni de paso? ¿Ni en el coche?
—Nunca. Yo empecé en esta comarca en marzo. Ella no ha cruzado ese puente en su vida.
—Entonces esa cosa no ha oído nunca a su hija.
Jon la miró.
—No puede haberla oído —dijo Nahia—. No la ha oído por el bosque, no la ha oído por el pueblo, no la ha oído por una ventana. Y aun así ha puesto su voz con el tono exacto, y ha usado una frase que solo conocen dos personas.
—Entonces de dónde la ha sacado.
—De usted.
Jon se quedó con las dos manos en las rodillas.
—Le ha sacado la voz de la cabeza —dijo Nahia—. No la está imitando: la está leyendo. Y hay una prueba, y es la que más me asusta de todo lo que hemos visto esta semana.
—Diga.
—Esa voz era de una niña de cuatro o cinco años.
Jon se quedó absolutamente quieto.
—Su hija tiene siete —dijo Nahia—. Usted me lo dijo el jueves en mi cocina. Siete y doce.
—Siete y doce.
—Y esa de ahí dentro tenía cuatro. —Nahia señaló el túnel con la barbilla—. Esa no era su hija de ahora. Era la de cuando le tenía miedo a la oscuridad, le picaba y lo llamaba desde la cama. La que usted tiene guardada.
Aitor, de pie a dos metros, resopló.
—Entonces no le hace falta el nombre —dijo.
—No le hace falta el nombre para engañarte —dijo Nahia—. Le hace falta el nombre para quedarse contigo. Son dos cosas distintas y hasta hoy yo las tenía mezcladas.
Se sentó en la piedra, al lado de Jon.
—Y eso quiere decir que conocer a la gente no basta. Tampoco fijarse en los detalles, ser listo o estar avisado. —Se oyó decirlo y le sonó fatal, pero continuó—. Siempre va a llegar con la voz que más le cueste ignorar. Porque la elige de dentro.
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Bajaron unos minutos después, con los tres vehículos en fila y los faros puestos.
En el cruce del cementerio, Jon paró en el arcén y se bajó, y Nahia lo vio por el retrovisor de pie en mitad de la carretera con el móvil en la mano y el brazo caído.
Se bajó y fue hasta él.
—¿Qué pasa?
Jon le dio el teléfono sin decir nada.
En la pantalla había un registro de llamadas. La última entrada figuraba como recibida.
Jon (móvil) · recibida · 18:51 · duración 0:27
Su propio número. Su propio nombre, el que él mismo se había puesto en el contacto de su tarjeta, con la palabra móvil entre paréntesis.
No figuraba como perdida, sino como atendida. Duración: veintisiete segundos.
Nahia levantó la vista.
—A las dieciocho cincuenta y uno usted estaba dentro.
—A las dieciocho cincuenta y uno yo estaba de rodillas a ciento diez metros de la boca —dijo Jon—. Sin cobertura. Con el móvil en las manos. No sonó, Nahia. No contesté ninguna llamada. Le juro que ese teléfono no hizo nada.
Nahia le devolvió el aparato.
—Hay una cosa buena —dijo, y le costó decirla con la cara seria—. Su reloj va bien.
—¿Qué?
—Ese registro pone las dieciocho cincuenta y uno, y esa es la hora de verdad. Cuando eso pasó, mi reloj marcaba las dieciocho veinticuatro. —Nahia se subió la manga y le enseñó la esfera—. Su móvil toma la hora de la red. Va bien. Va veintisiete minutos por delante de todo lo demás de este valle.
Jon miró la pantalla.
—Entonces la llamada me la hicieron desde dentro del pueblo.
—La llamada se la hicieron desde el otro lado.
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