Capítulo 15 — La cantera
• • •
—Le voy a proponer una cosa y quiero que se la tome en serio —dijo Jon el jueves a las ocho de la mañana, con un mapa impreso sobre el capó del coche patrulla—. Vamos a intentar explicarlo mal.
—¿Mal?
—Al revés. —Puso el dedo en el mapa—. Yo llevo una semana intentando explicar lo imposible y no puedo. Así que hoy vamos a hacer lo contrario: vamos a coger la parte que sí tiene una explicación de mierda, normal, humana, y la vamos a resolver. Aunque solo sea para poder escribir un folio.
—¿Y qué parte es esa?
—Los árboles. —Jon golpeó el papel—. Usted vino a este valle porque se estaban muriendo doce hayas. Y en este valle hay una cantera abandonada.
Nahia se inclinó sobre el mapa.
La cantera de Ezkairu estaba a novecientos metros del sexto mojón, en la misma ladera, cuarenta metros más abajo. La habían cerrado en 1994.
Y ella lo sabía. Lo había puesto en su propio informe preliminar, en el apartado de posibles focos de contaminación, y lo había puesto en tercer lugar y con dos líneas, porque cuando lo escribió en junio le había parecido lo de siempre.
Se apoyó en el capó y se sintió idiota.
—Jon.
—Dígame.
—Que tiene razón usted, y llevo ocho días sin mirar lo único que tenía delante.
• • •
Subieron a las nueve y media con Aitor, que conocía el camino, y con dos monos de trabajo, dos linternas de frontal y un detector de gases que Jon había pedido prestado a los bomberos forales.
La cantera era un anfiteatro de caliza gris de unos ciento cincuenta metros de frente, con el suelo lleno de zarzas y de charcos de un color que Nahia no le gustó desde el primer segundo.
Y estaba llena de basura.
No de restos abandonados una vez, sino de la que se acumula durante treinta años en un sitio donde nadie mira.
Nahia se pasó dos horas inventariándola y salió con la libreta hecha una vergüenza:
Setenta cubiertas. Un tractor desguazado sin motor.
Once bidones de doscientos litros, siete de ellos abiertos y volcados, con restos de un residuo negro y viscoso que parecía fuelóleo mezclado con aceite usado.
Dos montones de placas antiguas de fibrocemento rotas, probablemente con amianto, en un pueblo con niños, a la vista y sin señalizar.
Baterías de coche. Un frigorífico. Y en el fondo, en la esquina noreste, medio hundida en el suelo, la cuba de un baño de garrapaticida para ovejas, de las antiguas, de las que se usaban con organofosforados y, antes, con compuestos arsenicales.
—¿Esto es delito? —preguntó Jon.
—Puede serlo. Tendrá que determinarlo Medio Ambiente. —Nahia miró alrededor—. Pero es una barbaridad desde siempre.
• • •
El túnel estaba detrás del montón de cubiertas y Aitor lo encontró porque lo conocía.
Era una galería de desagüe, de las que se abren en una cantera para que no se le inunde el fondo: un metro sesenta de alto, ochenta de ancho, entibada con maderas podridas en los primeros metros y luego roca desnuda. Bajaba con una pendiente suave y por el suelo corría un hilo de agua de dos dedos.
Jon metió el detector de gases y esperó.
—Oxígeno bien. No hay sulfhídrico. No hay metano.
Se lo enganchó al pecho para que siguiera midiendo durante todo el recorrido.
—Entonces entramos.
—Entramos yo y usted. —Jon miró a Aitor—. Usted se queda en la boca y si no salimos en cuarenta minutos, llama.
Aitor no discutió. Se sentó en una piedra de espaldas al túnel, con la perra a los pies y el silbato por dentro del cuello.
• • •
Anduvieron ciento veinte metros y Nahia hizo lo que sabía hacer.
Fue midiendo el rumbo cada veinte pasos con la brújula, calculando la distancia con su paso calibrado y comprobando la pendiente con el clinómetro. A los ciento veinte metros se detuvo y le dio la vuelta al cuaderno para que a Jon le quedara del derecho.
—Estamos aproximadamente aquí.
—¿Y aquí es dónde?
—A unos cincuenta metros por debajo del rellano del sexto mojón.
—Le puso la linterna encima del croquis—.
Y esta agua viene de allí. Va al revés de como pensamos: no es que la cantera desagüe hacia el bosque, sino que la galería drena el acuífero del rellano y lo trae hasta aquí.
Y por el camino pasa por debajo del vertedero.
—Traduzca.
—Que treinta años de bidones volcados y de una cuba de garrapaticida han estado lixiviando hacia una galería que pasa por debajo de las raíces de mis doce hayas.
—Nahia se pasó el antebrazo por la frente y se manchó de barro—.
Jon, esto es un envenenamiento. Esto es un envenenamiento de manual y lo tengo aquí en tres horas de trabajo.
Jon bajó los ojos al hilo de agua.
—Entonces ya está.
—No.
—Nahia.
—No, Jon. Escúcheme, que esto es importante y es lo único que le voy a poder poner en un papel bien.
—Se puso en cuclillas al lado del agua—.
Esto explica que en esa ladera haya árboles enfermos.
Explica el deterioro de fondo, explica la clorosis que se ve en las fotos de abril, explica por qué los renuevos van mal desde hace años. Yo esto lo firmo mañana.
—Pero.
—Pero una pluma de contaminación se difunde.
Va por donde va el agua, hace dedos, hace lenguas, tiene los bordes sucios.
—Levantó la cabeza—. Y lo que yo tengo arriba es una raya de ciento cuarenta metros con dos metros de margen.
A dos metros de un árbol muerto hay uno sano bebiendo del mismo acuífero.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que la cantera ha estado matando el bosque, y que eso es culpa nuestra y es asqueroso y hay que arreglarlo. —Nahia se levantó—. Pero la línea recta no la ha hecho la cantera.
• • •
Lo encontraron a la vuelta, a los sesenta metros de la boca, porque a la vuelta iban con la linterna baja.
Primero fue la lana.
Una hebra roja, de dos centímetros, enganchada en una punta de alambre que salía de una entibación podrida a la altura de la cadera. Gorda, cardada, de esa lana de madeja que ya casi nadie usa.
Jon la metió en una bolsa sin decir nada.
Después fueron las botas.
Había un tramo de veinte metros donde el suelo era limo depositado, blando, y estaba pisado. Muchas veces y en dos direcciones. Nahia se puso de rodillas y las iluminó de lado, y se le quedó la garganta seca.
Una suela de taco profundo, número treinta y siete o treinta y ocho, con el dibujo de flecha en el talón y una muesca de desgaste en el borde exterior del izquierdo.
—Esas son las botas de mi madre —dijo—. Compró dos pares iguales en Otxandio en el veintitrés porque estaban de oferta. El otro par está en la cuadra de casa y tiene esa misma muesca en el mismo sitio, porque pisa mal desde que se operó de la rodilla.
—¿Y las otras?
Porque había otras.
Una bota de monte grande, del cuarenta y tres, con el taco cuadrado, pisando por encima de las de su madre en el sentido de la salida.
Nahia se quedó mirándolas mucho rato y no dijo lo que estaba pensando.
Ese fue el tercero.
• • •
La microcinta estaba tres metros más allá, en el borde del hilo de agua, medio enterrada en el limo, con un canto asomando.
La vio Jon.
Se puso los guantes, la sacó con dos dedos y la levantó a la luz de los dos frontales.
Era una microcasete, de las pequeñas, de las de grabadora de bolsillo. La carcasa estaba llena de barro. La cinta se veía por la ventanilla, marrón, quieta, con una vuelta suelta.
Y en el lomo tenía una etiqueta blanca, empapada, con la tinta corrida pero legible, escrita con la letra apretada de su madre y con la ele mayúscula hecha como un número uno.
Cuatro palabras.
SI SALE, ESCUCHA ESTO
Nahia alargó la mano.
—No —dijo Jon, y la apartó con el antebrazo—. No.
—Es de mi madre.
—Y está empapada y llena de limo. Si usted la mete ahora mismo en una grabadora, puede desprenderse la capa magnética y no oiremos nada nunca.
—La colocó en un recipiente rígido de pruebas, sin cerrarlo de forma hermética, y escribió la hora—.
Primero se seca. Veinticuatro horas como mínimo, a temperatura ambiente, sin sol ni calor directo.
Después se abre la carcasa, se limpia y se reproduce en una máquina que no sea la de su madre.
—Jon.
—Nahia, es de las dos cosas: o la oímos mañana o no la oímos nunca.
Y Nahia Arregi, que llevaba ocho días midiendo un valle imposible con instrumentos correctos, tuvo que reconocer que aquel hombre tenía razón, y fue una de las cosas más difíciles que hizo aquella semana.
• • •
Volvieron hacia la boca en silencio.
A los veinte metros de la salida, con la mancha de luz de fuera ya a la vista, Jon paró.
—Nahia.
—¿Qué?
—Alumbre la pared de la izquierda.
Nahia giró el frontal.
La roca estaba mojada, como toda la galería, con esa película de agua que baja de la fisura y resbala hacia el suelo.
Y en la película de agua, a la altura de sus caras, había letras.
No estaban rayadas en la piedra. No estaban pintadas. Estaban hechas de agua: canales finos, de un par de milímetros, por los que el hilo corría formando el trazo, brillando bajo la luz, moviéndose.
JON ETXEBERRIA
Nahia levantó la mano y no la llegó a tocar.
Porque acababa de ver la otra cosa, la que hizo que se le pusieran los brazos de gallina hasta la nuca.
El agua bajaba por toda la pared hacia el suelo, como baja el agua desde que existe el agua.
Y dentro de las letras, subía.
Subía por el trazo de la J y bajaba por el de la O y volvía a subir por la N, dibujando el nombre entero una y otra vez, contra la pendiente, con la tranquilidad de una cosa que dispone de todo el tiempo del mundo.
Jon Etxeberria se quedó mirando su propio nombre escrito con agua en la pared de un túnel.
Y dijo, con una voz que Nahia no le había oído nunca:
—Eso está escrito.
—Sí.
—No está dicho. Está escrito. —Se giró hacia ella y tenía la cara de un hombre que se agarra a un clavo—. Usted me dijo que Ane dice que escrito no cuenta. Que hace falta que alguien lo diga en voz alta. ¿Eso es así o no es así?
—Eso es lo que dice Ane.
—Contésteme usted.
Y Nahia, que no tenía ninguna manera de saberlo, que llevaba ocho días sin poder verificar una sola de las reglas de aquel valle, hizo lo que había hecho toda su vida profesional cuando no tenía datos.
—No lo sé —dijo—. Y usted esta noche no sale de casa.
• • •