Capítulo 14 — El hombre del bosque
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—Antes de entrar ahí os pongo una regla, y no es negociable.
Leire estaba en el pasillo, delante de la puerta del cuarto, con los brazos cruzados y la espalda contra la pared, y la dejó clara mirando primero a Jon y después a Nahia.
—No se pregunta quién te cogió . No se pregunta era un hombre , ni tenía pelo , ni te hizo daño . Nada que contenga la respuesta dentro de la pregunta.
—Leire, yo llevo veinte años tomando declaraciones —dijo Jon.
—A adultos. —Leire no se movió—. A un crío de siete años le metes una idea en una pregunta y puede devolvértela como si fuera un recuerdo. Después ya no hay forma fiable de separar lo que vivió de lo que le sugeriste. Se llama contaminación y no siempre tiene marcha atrás.
—Vale.
—Y una cosa más, que no es una regla, es una advertencia. —Leire se apartó de la pared—. Esa niña quiere agradarte a ti más que a nadie en el mundo. Llevas seis días sujetándole la mano. Va a decirte lo que crea que tú necesitas oír. Así que ándate con muchísimo cuidado con la cara que pones.
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Empezó Jon, con el cuaderno cerrado encima de la rodilla, sentado en el suelo para no estar por encima de ella.
—Irati, ¿me puedes contar todo lo que recuerdas desde que te fuiste corriendo del prado? Todo, desde el principio, sin dejarte nada. Aunque te parezca una tontería.
Irati estaba sentada en la cama con la manta hasta la cintura, con el conejo de una oreja en el regazo, y contestó como contestan los críos: con lo pequeño.
—Se me metió una piedra en la zapatilla.
Jon no cambió de cara.
—Vale. ¿Y luego?
—Y luego no me la saqué porque estaba enfadada, y me dolía. —Se encogió de hombros—. Y luego me escondí detrás de un árbol gordo para que Nahia se pensara que no me encontraba. Y luego se hizo de noche muy rápido.
—¿Cómo de rápido?
—Como cuando apagas la luz.
—¿Y qué hiciste?
—Me puse a cantar.
Nahia, en la silla, se clavó las uñas en la palma de la mano y no hizo ningún ruido.
—¿Por qué te pusiste a cantar?
—Porque estaba oscuro —dijo Irati, con una lógica perfecta—. Y porque quería que Nahia me oyera y viniera a buscarme.
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—¿Y después?
—Después vinieron dos.
Jon abrió el cuaderno por fin.
—Cuéntame eso.
—Vinieron dos y uno llegó antes.
—¿Y cómo eran?
Irati lo pensó, y se puso a explicarlo con las manos, que era su manera.
—Uno era muy alto y no se le veía la cara y olía a oveja mojada. —Levantó los dos brazos por encima de la cabeza—. Tenía pelo por todo, y hojas, y musgo en los brazos. Como un tronco pero andando.
Nahia sintió el mismo frío que la acompañaba todas las noches de aquella semana.
Y le salió sin poder evitarlo, sin darse cuenta de que estaba rompiendo la primera regla:
—Irati, ¿ese fue el que te cogió?
Leire se movió en el sitio.
Pero la niña ya estaba contestando, y contestó ofendida, con esa indignación instantánea de los críos cuando un adulto no se entera de nada:
—No.
—Cariño…
—Que no. —Irati apretó el conejo—. Él no me cogió. Él no dejaba que me encontraran.
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La entrevista duró cuarenta y cinco minutos y salieron con muy poco, y ese poco fue lo peor.
Porque Irati no tenía una explicación. Tenía trozos.
Recordaba despertares. No podía decir cuántos ni cuánto duraban: decía «ratos» y decía «a veces» y una vez dijo «como cuando te despiertas de noche y no sabes si es por la mañana».
Recordaba tener frío en los pies y no tener hambre nunca, y le pareció importante contar eso último dos veces, porque a los siete años no tener hambre nunca es lo más raro que le puede pasar a un cuerpo.
Recordaba los golpes. Tres, y luego tres, y luego tres. Y que cuando sonaban cerca era bueno y cuando sonaban lejos era malo.
Recordaba agua. Agua corriendo por algún sitio, «pero no de arroyo, de dentro».
Y recordaba la otra cosa.
—¿Cómo era la otra? —preguntó Jon.
—No era una cosa. —Irati frunció el ceño—. Era la oscuridad.
—¿La oscuridad?
—Sí. Pero venía.
Jon dejó el bolígrafo quieto.
—¿Y qué hacía?
—Ponía caras.
—¿Qué caras?
—De ama —dijo la niña—. Muchas veces de ama. Y de Nahia.
Nahia se quedó absolutamente inmóvil en la silla.
—Y una vez de la señorita Miren, la del colegio. Y una vez de aitite. —Irati bajó la voz un poco—. Y me llamaban y yo casi iba, ¿eh? Casi voy dos veces.
—¿Y por qué no fuiste?
La respuesta de su hermana pequeña volvería a Nahia cada vez que alguien la llamara por su nombre en la oscuridad:
—Porque no olían bien.
—¿Cómo?
—Que ponen la cara bien y la voz bien. —Irati se llevó el conejo a la nariz, sin darse cuenta de lo que estaba haciendo—. Pero no huelen. Ama huele a cebolla y a jabón, y yo la conozco así. Y esas no huelen a nada.
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Al salir al pasillo, Nahia cerró la puerta y se apoyó en la pared.
—Se me ha escapado.
—Se te ha escapado —dijo Leire.
—Lo siento.
—Ha salido bien de milagro, porque te ha corregido a ti en vez de darte la razón. Si te hubiera dado la razón, ese hombre del bosque sería su secuestrador para siempre y lo diría en un juzgado con dieciocho años.
Leire se frotó los ojos con el pulgar y el índice.
—Y ahora te voy a decir yo lo que no me gusta, y no tiene nada que ver con vosotros dos.
—Dime.
—Que lleva seis días diciendo cosas que encajan.
—¿Y eso es malo?
—No es normal. —Leire señaló la puerta con la cabeza—.
Nahia, esa niña me ha descrito hoy, con palabras de siete años, un cuadro clínico coherente.
Sueño fragmentado sin orientación temporal.
Sonido de agua conducida. Y el dolor de oídos que anoche comparó con bajar un puerto en coche: síntomas compatibles con un cambio brusco de presión.
—Sigue.
—A los siete años la memoria es muy moldeable.
Los niños completan huecos, mezclan imágenes y cambian detalles, sobre todo después de preguntas repetidas.
—Leire la miró—. Esta niña no se ha contradicho ni una vez en seis días.
Eso no demuestra que comprendamos lo que le ocurrió, pero sí que no está improvisando una fantasía para agradarnos.
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Volvieron a entrar a las siete, cuando Irati los llamó. Estaba incorporada en la cama y parecía inquieta.
—Nahia.
—Dime, cariño.
—Quita eso.
Estaba mirando la mesilla.
En la mesilla había una lámpara pequeña encendida, el pulsioxímetro, una caja de gasas y un vaso de agua que Leire le había llenado hacía diez minutos.
—¿La lámpara?
—No. El vaso.
Nahia miró el vaso. Era un vaso de cristal grueso de los de la cocina de su madre, lleno hasta un dedo del borde.
—¿No tienes sed?
—Sí. Pero está muy lleno.
Y ahí Nahia sintió que se le abría el suelo, porque seis horas antes había estado sentada en la cocina de una mujer de ochenta y muchos años que le había explicado por qué en su casa no había espejos desde 1982.
Lo que devuelve, deja pasar.
Cogió el vaso, salió al pasillo, vertió la mitad en el lavabo y volvió con él a medias.
Irati bebió un trago y se quedó con el vaso entre las manos, mirando el fondo.
—Así está bien —dijo.
Luego levantó la cabeza y miró la esquina de la habitación que quedaba entre el armario y la ventana, donde no había nada. La observó cuatro o cinco segundos con una cara que no era de miedo. Era de cálculo. La de un crío que comprueba si el perro sigue atado.
—Cariño, ¿qué miras?
—Nada. Ahí no puede entrar.
—¿Quién no puede entrar?
Irati se acabó el agua.
—Es que ya sabe que he salido —dijo, y le devolvió el vaso vacío con las dos manos—. Antes no lo sabía y ahora sí.
—¿Desde cuándo lo sabe?
Irati respondió sin darle ninguna importancia, con el mismo tono con el que habría dicho que se le había caído un juguete detrás de la cama:
—Desde que me llevasteis al puente.
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