Capítulo 13 — La fotografía
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Los sobres estaban en el aparador de la cocina, en el cajón de abajo, debajo del mantel de las fiestas.
Eran sobres de banco. Doce o trece, de esos alargados con la ventanilla de plástico, con el nombre de una caja de ahorros que ya no existía, y dentro de cada uno había fotografías.
Su madre lo ordenaba todo así: las facturas médicas entre las recetas de cocina, las llaves sin puerta con las pilas gastadas, y treinta años de familia dentro de sobres de nómina.
Nahia se sentó a las siete y media de la mañana con un café y los fue vaciando encima del hule.
Tardó cuatro minutos en darse cuenta.
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Faltaba gente.
No es que hubiera pocas fotos de Irati; había muchas, cuarenta o cincuenta, y estaban enteras. El problema estaba en las otras. En las de grupo. En las de las fiestas del pueblo, en las de las bodas, en las de la salida del colegio.
En quince fotografías había agujeros.
Recortes hechos con tijeras pequeñas, de esas de costura, siguiendo el contorno de una persona: una silueta vacía en mitad de un grupo, dejando ver el hule por detrás, y a veces con un trozo de hombro ajeno cortado de más porque el contorno pasaba por encima.
Nahia las fue poniendo en fila.
En una comida de cuadrilla de los años cincuenta faltaba alguien en el extremo derecho.
En una procesión, alguien de la tercera fila.
En una foto de la escuela de 1971, con cuarenta críos en cuatro filas, había un hueco en la segunda y las cabezas de los dos vecinos estaban intactas, así que quien la había recortado tenía un pulso extraordinario y muchísimo cuidado.
Y en una foto en color, de las cuadradas con borde blanco, había una familia delante de un caserío.
Un hombre, una mujer con un abrigo de cuadros y un niño de unos cinco años, rubísimo, con las rodillas peladas, sentado en un poyo de piedra.
A la izquierda del niño no había nadie. Había un hueco con la forma de otro niño más alto.
Y sobre el hombro derecho del pequeño, encima de la lana del jersey, cortada por la muñeca, se había quedado una mano.
Una mano infantil abierta, con los cinco dedos separados.
Nahia apoyó el dedo sobre el hule, al lado de la fotografía, y lo dejó allí un rato.
Kontxi Lasa había intentado recortar a su hijo mayor de aquella fotografía con unas tijeras de costura.
Y no había podido acabar, porque para quitar la mano tenía que cortar el hombro de Aitor.
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La otra la encontró en el último sobre, y era una foto suya.
Estaba fechada a bolígrafo por detrás con la letra de su madre: Nahia 17 — junio 2004 .
Se reconoció sin ningún placer. Diecisiete años, el flequillo horroroso de aquel curso, una camiseta de tirantes, sentada a esa misma mesa de esa misma cocina con un libro de selectividad abierto y una cara de estar hasta arriba.
La foto la había hecho su madre desde la puerta de la despensa, con flash, sin avisar, y Nahia se acordaba incluso de haberle gritado.
Detrás de ella estaba la ventana de la cocina. La de siempre. La que da al prado.
Era de día, así que el cristal no reflejaba casi nada. Casi.
En el ángulo inferior izquierdo del vidrio, en la parte donde el marco hace sombra y el reflejo se ve, había una figura pequeña.
Nahia acercó la lámpara, y luego el móvil con el zoom, y luego cogió del cuarto de costura la lupa de su madre.
Una niña. De espaldas. Pelo oscuro suelto por los hombros. Estatura, comparada con el travesaño del marco, de un metro veinte o veinticinco.
Y no podía ser un reflejo del prado, porque el prado quedaba a la izquierda del encuadre y la imagen la situaba dentro de la cocina, entre la ventana y la mesa, a dos metros y medio detrás de la silla de Nahia.
Nahia dio la vuelta a la fotografía con las dos manos.
Debajo de Nahia 17 — junio 2004 , con otro bolígrafo y con la letra más apretada, su madre había dibujado un símbolo.
Un rectángulo bajo, con la base plana y la parte de arriba redondeada, y encima cuatro trazos verticales cortos y paralelos.
Una piedra bajo la lluvia.
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Ane la miró tres segundos y se sentó.
—¿De dónde has sacado esto?
—Del sobre de mis diecisiete años. —Nahia puso la fotografía en el hule del revés, con el símbolo hacia arriba—. Y esto lo ha dibujado mi madre. Dígame de dónde lo copió.
Ane fue hasta la cocina económica y se quedó de espaldas, con las manos cerca del calor, más tiempo del necesario.
—Lo copió de mi cuaderno.
—¿Cuándo?
—Muchas veces. Tu madre se sentó en esa silla en la que estás tú una tarde de cada mes durante veintisiete años.
Nahia soltó el aire.
—Entonces mi madre se sabía ese libro de memoria.
—Mejor que yo.
Ane volvió a la mesa y le dio la vuelta a la fotografía. Miró la ventana, el ángulo del marco, la figura de espaldas. Y no se sobresaltó.
—Yo también tengo dos de estas —dijo—. Una de mi tía en la fuente, del cincuenta y cuatro, con un niño en el agua que no estaba. Y otra de la primera comunión de mi hijo.
—¿Qué son?
—Antes de contestarte, quiero que te quites una cosa de la cabeza.
—Ane le puso un dedo sobre la mesa—. Esto no es un muerto.
Aquí no hay ninguna niña muerta paseándose por tu cocina en dos mil cuatro, ni un alma en pena, ni nada de eso.
No estoy hablando de fantasmas y no quiero que salgas de mi casa pensando que sí.
—Entonces qué.
—Filtraciones.
—Explíquemelo.
Ane se tomó unos segundos antes de intentar explicarlo.
—Ahí dentro están, hija. Están ahora . No están en el pasado: están ahora, y están quietos. —Movió la mano por encima del hule—. Y a veces, donde hay agua o hay cristal o hay algo que devuelve, se ve un pedazo de ahí dentro en vez de verse lo de aquí. Como cuando se cruzan dos emisoras en la radio.
—Un reflejo no reproduce lo que no está delante.
—Ya lo sé. Por eso lo apuntamos.
Nahia se pasó las manos por la cara.
—Ane, ha aparecido una huella de mi hermana por fuera de una ventana de la segunda planta.
—Ya me lo ha dicho Leire.
—A cinco metros y setenta del suelo.
—Ya.
—¿Y eso también es una filtración?
—Eso es el cristal —dijo Ane—. Y por eso en esta casa no hay espejos desde mil novecientos ochenta y dos, y por eso mi madre tapaba el lavadero con una tabla, y por eso mi bisabuela escribió lo que escribió en la primera página de ese libro.
—¿Qué escribió?
Ane la miró.
— Lo que devuelve, deja pasar.
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Fue después de comer cuando puso el cuaderno encima de la mesa, y esta vez lo abrió ella y lo abrió en la página que Nahia le había pedido cuatro días antes.
La raya de tinta gruesa cruzando la línea de esquina a esquina. La palabra REGRESÓ en mayúsculas cuidadas. Y en la columna de DEVUELTO , con otra tinta y otra letra: 11 a. — pagados.
Y al margen, pequeñito, en el borde de la hoja, el mismo símbolo que su madre había copiado por detrás de una fotografía de 2004: el rectángulo de base plana y los cuatro trazos verticales encima.
—Ese dibujo, ¿qué es?
—El nombre de la ley. —Ane pasó el dedo por al lado, sin tocarlo—. Es lo único que se escribe entero en ese libro. Los nombres de la gente se raspan; esto no, porque esto no viene si lo llamas. Esto ya está.
—¿Y qué ley?
—La que cobra.
Ane se quedó con las dos manos abiertas sobre la página.
—El desaparecido de mil novecientos trece estuvo dentro once años y salió. Once años exactos, hija. En la columna de DEVUELTO pone que fueron pagados, y lo apuntó mi bisabuela. Esa línea es la única razón por la que yo no he quemado esto todavía.
—Ane, dígame quién pagó.
Y Ane Urrutia, que llevaba cuatro días negándose, cerró el cuaderno con la palma abierta encima y dijo la frase que Nahia no consiguió quitarse de encima nunca:
—Alguien pagó, y volvió con la misma cara y la misma voz y los mismos recuerdos.
Levantó la cabeza.
—Pero no volvió a tener la misma edad.
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