El bosque de los que no envejecen Capítulo 12 — Tres golpes
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Capítulo 12 — Tres golpes

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No se acercó.

Eso fue lo primero que Nahia entendió, y le llevó casi un minuto entenderlo, porque su cuerpo llevaba ese minuto entero pidiéndole que corriera.

Aquello dio un paso, y luego otro, y luego se quedó quieto otra vez.

Se movía por la ladera de derecha a izquierda, cruzándose por delante de ellos, a cuarenta metros, sin reducir la distancia ni una vez.

Iba andando. No acechaba, no rodeaba, no se agachaba.

Andaba, como anda por su casa alguien que va a otro sitio.

Y las ramas seguían sin apartarse.

Nahia se obligó a mirar. Se obligó porque era la única cosa que le quedaba de sí misma: si iba a morirse allí, se iba a morir habiendo tomado datos.

La cabeza quedaba por encima de la primera horquilla de las hayas, situada a unos dos metros setenta.

La figura superaba con claridad los tres metros.

Anchura de hombros imposible de estimar contra el fondo.

Sin cara. Con eso se quedó: no que la cara diera miedo, sino que en el sitio de la cara no había información.

Y el cuerpo cubierto de una masa de líneas verticales verdes y marrones que a ratos parecía pelo y a ratos parecía la corteza de un tronco visto de cerca.

No es él.

La letra desigual de una niña de siete años, apretando el lápiz.

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Las ovejas subían por la vaguada de la izquierda, unas cuarenta, latxas, con el cencerro de la mansa sonando cada tres o cuatro pasos.

Nahia las oyó antes de verlas y pensó, con una certeza absoluta, que iban a estallar. Había visto a un rebaño romper por un perro suelto: se van todas a la vez, en una sola pieza, y no paran hasta el alambre.

No estallaron.

El rebaño siguió subiendo por la vaguada al mismo paso y con el mismo ruido, y al llegar a la altura de la figura hizo una cosa que Nahia no olvidaría: se abrió.

Las de delante se desviaron unos ocho metros hacia la izquierda, sin correr, sin balar, sin levantar la cabeza.

Pasaron. Las siguientes hicieron lo mismo por el mismo sitio.

Y las últimas se volvieron a juntar cuarenta metros más arriba y siguieron su camino como si acabaran de rodear un abrevadero.

Ni una salió corriendo. Ni una se paró a mirar.

—Nahia —dijo Aitor, muy bajo—. Eso es lo que te decía.

—Ya lo veo.

—Ese rodeo lo hacen cuando pasa un tractor.

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Los golpes empezaron cuando la figura llegó al borde del rellano.

Tres. Secos, espaciados, madera contra madera, sobre el tronco de un haya que estaba a unos cincuenta metros en dirección al noreste.

Silencio. Doce, quince segundos.

Y otros tres, en otro árbol, más a la derecha.

Y otros tres, más a la derecha todavía.

Nahia se puso el GPS en la mano sin pensarlo y sacó el hipsómetro. Después de cada serie localizaba el tronco que acababa de sonar, tomaba el rumbo y la distancia aproximada y guardaba el punto con el pulgar tembloroso.

Cinco series. Seis. Nueve.

Al terminar, miró la pantalla con el corazón dándole en la garganta.

Los nueve puntos no estaban en línea.

Formaban un arco.

Un arco abierto, de unos ciento ochenta metros de cuerda, con la concavidad hacia ellos, cerrando por completo la mitad noreste del rellano y el arranque de la vaguada que subía hacia la séptima piedra.

—Aitor.

—Dime.

—Está poniendo una valla.

—No es una valla. —Aitor se había levantado y se estaba echando la mochila al hombro con una calma que a Nahia le pareció obscena—. Es lo que hacía con tu hermana.

—¿Qué?

—Golpea donde no hay que pasar.

Y entonces Nahia se acordó de una tarde del verano del noventa y nueve, en la cocina de su casa, con su hermana de siete años sentada en el suelo y su madre planchando, y su hermana diciendo que en el bosque había un señor que daba golpes para avisarle por dónde no, y ella misma con doce años levantando la vista de los deberes para decirle que era tonta.

—Nos ha cerrado el noreste —dijo—. Entonces bajamos por el oeste.

—Bajamos por el oeste.

—¿Y si nos está echando hacia algo?

Aitor se quedó un segundo con la mochila a medio colgar.

—Si nos quisiera echar hacia algo, no golpearía. —Le puso la mano en el hombro y la giró cuesta abajo—. Anda. Y no mires atrás, no por nada raro, sino porque en esta pendiente te vas a romper un tobillo.

Bajaron por el oeste en cincuenta y cinco minutos y no pasó nada en absoluto.

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Aquella noche, a las nueve, Ezkairu se quedó en silencio.

Nahia lo notó desde la ventana de la cocina antes de saber lo que estaba notando: que el pueblo, que a esa hora es un fondo constante de perros contestándose de caserío a caserío, no hacía ningún ruido.

Cogió la linterna y salió a la campa.

El perro de los de abajo, un mastín viejo llamado Zar que llevaba nueve años ladrándole a todo lo que se movía en aquel valle, estaba a cuatro metros de la cancilla, tumbado, con el hocico apoyado en las patas.

Mirando la casa.

Y detrás de él, a doscientos metros, la masa negra del hayedo.

Nahia dio un rodeo hasta ponerse en el otro lado, entre el perro y el bosque, para ver si el animal la seguía con la cabeza.

No la siguió. Ni la miró.

Zar tenía el cuerpo orientado en dirección contraria al hayedo, con una precisión que no tenía nada de casual, y cuando Nahia le habló levantó las orejas y le movió el rabo dos veces sin girar la cabeza ni un centímetro.

Bajó a la carretera. Doscientos metros hasta el primer caserío del pueblo.

El pastor vasco de los Aroztegi, de espaldas al bosque, junto a la puerta.

Los dos perros de caza del carnicero, encerrados en su corral, los dos tumbados contra la pared del fondo, la que da al pueblo.

En la campa del ayuntamiento, el podenco flaco que dormía siempre debajo del banco, sentado en mitad de la plaza, de espaldas a la montaña, mirando la fachada de la iglesia.

Nueve perros en cuarenta minutos.

Los nueve orientados hacia el pueblo.

Nahia volvió a casa y escribió la observación en el cuaderno de campo, y le costó porque le temblaba la mano y porque las palabras que necesitaba no eran palabras de un cuaderno de campo.

27-10, 21:00-21:40. Nueve cánidos, ocho emplazamientos distintos. Sin ladridos ni señales de contacto entre los diferentes puntos. Ninguno huye. Todos orientados en dirección opuesta al hayedo. Ninguno vuelve la cabeza al ser interpelado.

Y debajo:

No están vigilando el bosque. Están negándose a mirarlo.

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La huella la encontró Leire a las once y veinte, y la encontró desde dentro.

Estaba en el cuarto de Irati, de pie, con una taza, mirando la ventana porque el cristal le devolvía la habitación entera y era una manera cómoda de vigilar la cama sin darle la luz en la cara a la niña.

Y en el reflejo había una mancha que no era del reflejo.

—Nahia. Sube.

Era una mano.

Una mano infantil abierta, con los cinco dedos separados, marcada en el cristal con esa nitidez grasa que deja la piel en el vidrio frío. Se veían las yemas, las líneas de la palma, el arranque de la muñeca.

Y estaba por fuera.

Nahia lo comprobó con la yema del dedo y con el extremo del bolígrafo: por dentro el cristal estaba limpio. Sopló y el vaho cubrió la cara interior del vidrio. La huella quedó velada, pero no se borró: seguía al otro lado.

Después abrió la ventana y se asomó.

Cinco metros y setenta hasta el suelo de la campa.

Nahia lo sabía sin medirlo, porque de cría se había tirado desde aquella ventana al montón de hierba seca dos veranos seguidos y su madre no se enteró nunca.

Fachada de mampostería enfoscada, lisa, sin bajante, sin parra, sin viga, sin repisa.

La ventana más cercana estaba a tres metros y medio a la izquierda.

No había andamio, ni escalera, ni tierra removida abajo.

Volvió dentro, cogió el móvil e hizo once fotos con la escala del cuaderno pegada al cristal.

Y entonces hizo lo que no quería hacer.

Se acercó a la cama, con mucho cuidado, y le sacó a su hermana la mano izquierda de debajo de la manta.

La midió.

Después midió la huella.

Ocho centímetros y medio de anchura de palma, desde el arranque del pulgar hasta el borde del meñique, en ambas.

Y el meñique de la huella tenía la última falange desviada hacia dentro, unos quince grados, igual que el meñique de su hermana, igual que el de su madre, igual que el suyo.

—Nahia. —Leire tenía la voz completamente plana—. Esa niña no se ha levantado de esta cama en cinco días. Tiene el pulsioxímetro y los electrodos conectados. Para ponerse de pie tendría que desconectarlos o arrastrar el monitor, y habría saltado alguna alarma. No ha saltado ninguna.

—Ya lo sé.

—Yo he estado en esta habitación toda la noche.

—Ya lo sé, Leire.

—Entonces dime qué estoy mirando.

Nahia dejó la mano de su hermana debajo de la manta y le puso la manta bien.

—Estás mirando la mano de mi hermana —dijo—. Por fuera.

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Irati despertó a las doce y diez y estuvo despierta treinta y un minutos.

Se las encontró a las dos mirando el cristal y no preguntó nada, y eso fue lo que a Nahia le puso la piel de gallina: que no preguntó nada.

—Cariño. ¿Tú has tocado esta ventana?

Irati miró la huella.

—No.

—¿Seguro?

—Es mía —dijo la niña—. Pero no la he tocado ahora.

Leire se sentó despacio en la silla.

—¿Y cuándo?

Irati se quedó pensando, con la manta hasta la nariz, y se encogió de hombros.

—Cuando estaba debajo.

—¿Debajo de dónde, cariño?

—Debajo. —Se lo pensó otra vez y se puso a explicarlo con las manos, como explican los críos, poniendo una palma horizontal encima de la otra—. Cuando el señor me pone debajo. Es como una manta de tierra, pero no aprieta.

Nahia se arrodilló al lado de la cama.

—¿Qué señor?

—El de los golpes.

—El que da los golpes en los árboles.

—Sí. —Irati bostezó—. Es muy alto y no habla. Da tres y luego espera, y luego da tres.

—¿Y por qué te pone debajo?

Y su hermana pequeña, que tenía siete años y que llevaba veintisiete sin cumplir ocho, contestó lo evidente:

—Porque la noche me encuentra la voz.

Nahia notó que se le cerraba la garganta.

—Irati…

—Yo estoy callada —dijo la niña, y ahí se le puso la cara de niña que se defiende de una acusación—.

Yo estoy callada casi siempre, ¿eh? Pero a veces se me olvida y canto.

Y entonces la noche me oye la voz y viene, y el señor me pone debajo antes de que llegue, y se me tapan los oídos y me duelen mucho.

Se llevó las dos manos a las orejas.

—Como cuando bajas en coche del puerto.

Leire tenía la tablilla en las rodillas y no estaba escribiendo.

—¿Y cuántas veces te ha puesto debajo? —preguntó Nahia, y le salió un hilo de voz.

Irati lo pensó.

Contó con los dedos, abrió las dos manos, las volvió a cerrar y volvió a empezar, y a la cuarta vez se aburrió y las dejó caer encima de la manta.

—Muchas.

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