Capítulo 11 — El mojón
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Lo encontró con una raya y una regla.
El martes por la mañana, en la mesa de la cocina, Nahia abrió el proyecto en la tablet, cargó los doce puntos que había marcado el día que llegó a aquel valle y prolongó la recta de regresión ladera arriba.
Ciento cuarenta metros de línea. Un error de tres grados. Prolongada mil metros, un abanico de incertidumbre de unos cincuenta metros de ancho.
El abanico caía encima de las siete piedras.
Y no encima de las siete: encima de la sexta y la séptima, en el tramo que hay entre ellas, en la zona donde el jueves dos perros de rastro se habían sentado a mirar hacia arriba.
Nahia puso el dedo en la pantalla y se quedó un rato con una sensación que no era miedo ni triunfo, sino la cosa más limpia y más fría que conocía: que llevaba seis días persiguiendo aquello con métodos de campo y que los métodos de campo habían funcionado.
—Aitor.
Él estaba en la puerta desde las nueve, con el termo, sin entrar del todo, como llevaba haciendo toda la semana.
—Dime.
—Vamos a subir a la sexta. Ahora, con luz, y volvemos antes de las cinco.
Aitor no preguntó a qué sexta.
Eso ya fue una respuesta.
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Subieron por el camino de las carboneras y tardaron una hora y cuarenta, porque la cuesta se ponía muy fea a partir de los ochocientos metros y porque Nahia se paró once veces a tomar puntos.
Txiki iba delante, trabajando el terreno, con la nariz baja y la cola tranquila.
El sexto mojón estaba en un rellano, entre dos hayas enormes, en la cota ochocientos treinta, justo por encima de la última de las doce muertas.
Era un bloque de caliza gris, tosco, sin labrar, del tamaño de un perro grande sentado, con la costra blanca del liquen cubriéndole la cara norte.
Y estaba fuera de su sitio.
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Nahia trabajó dos horas y media y no habló casi nada, porque cuando trabajaba no hablaba.
Fotografió antes de tocar. Puso la escala. Midió.
Y lo que fue apareciendo en el cuaderno fue esto:
Uno. La piedra había estado en un asiento, un hueco de asentamiento que dos siglos de peso habían labrado en el suelo mineral, y ese hueco estaba ahí, limpio, vacío, con la forma exacta de la base. La piedra ya no estaba dentro. Estaba treinta y cuatro centímetros al sureste.
Dos. El musgo. En la cara norte del bloque, la mancha de musgo tenía una franja de dos dedos de ancho de un verde distinto, más claro, más pálido: la banda que había estado tapada contra el suelo y ahora estaba al aire, muriéndose.
Nahia la midió. Nueve o diez centímetros de anchura de banda expuesta en la parte alta y dos en la baja.
Tres. Las marcas de palanca. Había cuatro, en la base, dos en el flanco este y dos en el flanco oeste.
En cada lado había una antigua y otra reciente.
Las antiguas tenían los bordes redondeados, liquen crecido dentro de la muesca y el mismo color que el resto de la piedra.
Las recientes conservaban las aristas vivas, polvo blanco de caliza en el fondo y el liquen roto en el borde, con los talos partidos por la mitad.
Cuatro. El relleno. En el hueco de asentamiento, alguien había echado tierra y la había apretado. Y esa tierra estaba tamizada. Nahia cogió un puñado, lo extendió en la palma y no encontró ni una raíz, ni una piedra de más de cuatro milímetros, ni un fragmento de hoja.
Se sentó en el suelo con el cuaderno en las rodillas.
—Aitor, ven aquí.
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—Te voy a decir lo que dicen estas piedras y me vas a decir dónde me equivoco.
Aitor se puso en cuclillas enfrente, al otro lado del hueco.
—Uno. Esto no se movió de una vez. Las marcas antiguas tienen liquen crecido dentro. Un liquen crustáceo coloniza una herida de la piedra muy despacio. Para que hubiera crecido dentro de las muescas hacía falta tiempo. Meses, por lo menos.
—Sí.
—Dos. Las marcas recientes son de hace ocho o diez días. El polvo de caliza sigue atrapado en el fondo y los bordes no han empezado a redondearse. No son de cuando empezasteis a aflojar la piedra. Son del último empujón.
—Sí.
—Del diecinueve.
—Del diecinueve.
—Y tres.
Nahia se levantó, se sacudió las manos y le puso el cuaderno delante.
—Tres. La piedra se movió treinta y cuatro centímetros en línea recta, en dirección ciento treinta y cinco grados, sin girar.
Lo sé porque el hueco de asentamiento tiene la forma de la base y la base ha salido de él en paralelo: los cuatro cantos han hecho cuatro surcos rectos de la misma longitud.
Treinta y cuatro, treinta y cuatro, treinta y tres y treinta y cuatro.
Aitor tenía los ojos en el hueco vacío.
—Aitor, con una palanca no se hace eso.
Silencio.
—Con una palanca y un punto de apoyo mueves una esquina.
La piedra pivota. Sale girando, siempre, y el surco de un canto es más largo que el del otro.
Es geometría, no es opinión. Para sacar un bloque de setecientos kilos de su asiento en traslación pura hacen falta dos palancas trabajando a la vez en los dos flancos, a compás, con alguien que cuente.
Se agachó y puso la mano en la muesca del flanco oeste.
—Y aquí hay dos. Una a cada lado. Frescas las dos, con el liquen roto igual de fresco en las dos.
Levantó la cabeza.
—Mi madre tenía sesenta y ocho años y pesaba cincuenta y cuatro kilos. Y aunque hubiera tenido treinta y hubiera sido albañil, no se puede estar en los dos lados de una piedra al mismo tiempo.
Aitor Lasa se quedó en cuclillas mirando el hueco vacío mucho rato.
Después se sentó del todo en la hojarasca, con la espalda contra el bloque de caliza que había ayudado a sacar de su sitio, y por primera vez desde el miércoles no intentó arreglarlo.
—Conté yo —dijo—. A la de tres.
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Nahia no gritó. Se le ocurrieron cuatro cosas que decirle y no dijo ninguna, porque de repente le pareció que gritarle a aquel hombre era como gritarle a un perro que ya se ha mordido la pata.
—¿Por qué me has estado mintiendo seis días?
—Porque si lo sabías, lo cerrabas.
—Ya.
—Y si lo cerrabas, se quedaba dentro. —Aitor tenía las manos abiertas sobre las rodillas, mirándolas—. Tu hermana está en una cama, Nahia. La tuya salió. La mía sigue ahí.
—Aitor…
—Yo he tenido cuarenta y cinco años una bombilla encendida en una cuadra y ni un solo día en el que pudiera hacer algo.
Ni uno. —Levantó la cabeza y tenía los ojos secos—.
Y el año pasado, por fin, resulta que sí.
Que hay una manera. Que es una barbaridad y que le va a costar la vida a alguien, pero que hay una manera. Dime tú qué habrías hecho.
—Lo mismo —dijo Nahia.
Y era verdad, y decirlo fue lo más humillante que hizo en toda aquella semana.
—Pero habría buscado la forma de asumir yo el precio. No de cargarlo sobre el pueblo.
Aitor la miró.
—¿Qué pueblo?
Y ahí Nahia se dio cuenta de que él no lo sabía.
De que Aitor Lasa, que había contado a la de tres, no tenía ni la más remota idea de que en el pueblo, ahí abajo, todos los relojes iban veintisiete minutos por detrás.
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Iba a explicárselo cuando la perra dejó de trabajar.
Fue muy rápido. Txiki venía olisqueando la base del bloque, se detuvo, levantó la cabeza y se apartó tres pasos hacia la izquierda. No corrió. No ladró. No agachó las orejas. Se puso de lado, mirando ladera arriba, y se quedó quieta con una pata delantera medio levantada.
Se había hecho a un lado y esperaba, dejando libre el paso entre los troncos.
—Nahia. —La voz de Aitor era muy baja y muy tranquila—. No te muevas.
—¿Qué pasa?
—No te muevas y no mires a la izquierda todavía.
Nahia sintió el frío subirle por la nuca y la parte de atrás de los brazos.
Y luego, porque era incapaz de no hacerlo, miró.
Entre las hayas, a unos cuarenta metros, ladera arriba, había algo de pie.
Era demasiado alto.
Eso fue lo único que su cabeza consiguió procesar en los primeros dos segundos: no que fuera oscuro, ni ancho, ni peludo, ni ninguna de las cosas que le habría dicho a Jon en un atestado.
Que era demasiado alto. Que la línea de su cabeza estaba por encima de la primera horquilla de las hayas, y esa horquilla la había medido ella misma con el hipsómetro al llegar, y estaba a tres metros y veinte del suelo.
Y estaba quieto.
—Aitor.
—Ya lo veo.
—Aitor, eso mide más de tres metros.
—Ya lo sé.
Nahia tenía las llaves en el bolsillo y el coche a cuarenta y cinco minutos cuesta abajo, y todos los músculos de las piernas le estaban pidiendo lo mismo a la vez.
—Voy a correr.
—No.
—Aitor, voy a correr.
—Nahia, escúchame. —Él seguía inmóvil, hablando sin volver la cabeza, con la voz de un hombre que da instrucciones en un incendio—. No corras. Mira a la perra.
—¿Qué?
—Mira a la perra. Ahora. Mírala a ella y no a eso.
Y Nahia, porque no se le ocurrió nada mejor, obedeció.
Txiki seguía de lado, con la pata levantada y las orejas tiesas. No tenía el pelo del lomo erizado. No enseñaba los dientes. No tenía el rabo entre las patas.
Estaba esperando.
—¿Lo ves? —dijo Aitor—. Cuando viene el otro, esta perra se me pone detrás de las piernas y me mira a mí. No mira al bosque: me mira a mí. Y tiembla.
—Y ahora no tiembla.
—Y ahora no tiembla.
Aitor soltó el aire despacio.
—El día que la veas temblar, entonces corres. Y corres cuesta abajo y no contestas a nada de lo que te llame por el camino, aunque sea tu madre.
Arriba, entre las hayas, aquello dio un paso.
Y las ramas no se apartaron.
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