El bosque de los que no envejecen Capítulo 10 — La frontera
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Capítulo 10 — La frontera

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El laboratorio llamó a primera hora del lunes, y no llamó para dar un resultado. Llamó para quejarse.

—El viernes me salió una cosa que no tiene sentido, así que el sábado lo repetí con un segundo diente, otro kit y otra técnica que no sabía lo que buscaba —dijo una mujer con acento de Barakaldo y sin haber dormido—.

Y me ha vuelto a salir lo mismo. Perfil idéntico.

Y el frotis es de alguien que está vivo ahora mismo, porque yo he visto la calidad de ese ADN y eso sale de una boca, no de un archivo.

—Ya.

—Oiga, ¿la muestra C de dónde ha salido?

—De una caja de pastillas para la tos —dijo Nahia.

La mujer de Barakaldo colgó a los cuatro segundos.

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Y luego fue Leire la que exigió el traslado.

Eso fue lo que a Nahia le costó más aceptar de todo aquel lunes: que la que quiso sacar a su hermana del valle no fue Jon, ni la Diputación, ni el digital de Bilbao que llevaba dos días publicando fotos de la cavidad con la palabra milagro en el titular.

Fue Leire Otxoa, a las diez y media, en la cocina, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla.

—Nahia, escúchame como médica y no como amiga.

Esa niña lleva cuatro días en una cama con una bradicardia de veinte y yo la estoy monitorizando con un aparato de avisos y un pulsioxímetro de farmacia.

No tengo analítica. No tengo imagen. No sé si tiene el corazón bien, no sé si tiene el hígado bien, no sé qué le está pasando en el cerebro con cuatro respiraciones por minuto y no lo voy a saber en esta cocina ni con la mejor voluntad del mundo.

—Está estable.

—Está estable para lo que yo puedo medir .

Que es casi nada. —Leire apretó el respaldo—.

Y te voy a decir la frase que llevo cuatro noches sin decirte: si esta niña se muere en esta casa por algo que en Txagorritxu se arreglaba con una analítica y una eco, yo me quedo sin colegiación y tú te quedas sin hermana.

Y de las dos cosas, la segunda es la que no tiene arreglo.

Nahia miró la cocina de leña.

—Vale.

—Vale.

—Pero voy yo dentro.

—Vas tú dentro.

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La ambulancia medicalizada llegó a la una y veinte, por el carril que habían abierto el domingo, y era una UVI móvil de verdad, con dos técnicos, una enfermera y un médico de emergencias llegado desde Bilbao cuyo nombre Nahia no retuvo.

Cargaron a Irati a las dos menos cuarto.

Iba dormida. Leire le había puesto una vía y le había cambiado la ropa por un pijama limpio de los del cajón —el de franela azul con estrellas, talla 7, al que le había quitado la etiqueta con unas tijeras de costura— y encima, porque en la ambulancia iba a hacer frío, le había puesto un abrigo de paño gris que estaba colgado en el armario de la habitación, nuevo, con la etiqueta de cartón todavía sujeta a la manga con una brida de plástico.

Nahia se acordaría de eso el resto de su vida.

De que le quitó la brida con los dientes.

De que el abrigo no lo había estrenado nadie.

Salieron a las dos en punto. Jon iba detrás con el coche patrulla y Aitor detrás de Jon, en el todoterreno del servicio, sin que nadie se lo hubiera pedido.

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Nahia iba sentada en la banqueta lateral, de espaldas al sentido de la marcha, con la mano en el barandal de la camilla.

Bajaron la cuesta del cementerio. Pasaron la recta de los prados. El médico cantaba números que la enfermera apuntaba en una tablilla, y todos eran los de siempre: veinte, cuatro, treinta y tres y dos.

Y a doscientos metros del puente viejo, el monitor cambió de sonido.

Nahia lo notó antes de entenderlo, porque llevaba cuatro días viviendo con aquel ruido: el intervalo entre pitidos se abrió.

—Diecisiete —dijo el médico.

Ciento cincuenta metros.

—Catorce.

—¿Qué está pasando? —dijo Nahia.

Cien metros.

—Once. Diez. —El hombre se inclinó sobre la niña—. Frena un poco.

—Nueve.

Cincuenta metros. Nahia veía el pretil de piedra por la ventanilla trasera, el musgo, el arco.

—Seis. Cinco. Para. ¡Para!

El técnico frenó en mitad del puente.

Y el pitido se paró.

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Lo que pasó después duró cuarenta y un segundos y Nahia lo vio entero desde medio metro.

El médico no perdió un instante. Comprobó la carótida con dos dedos, miró el trazado, pidió los electrodos y dijo asistolia alto y claro. La enfermera ya estaba abriendo el paquete cuando Leire, que iba delante, se coló atrás por el hueco entre los asientos.

—No la toquéis —dijo Leire.

—¿Cómo?

—No la toquéis. Marcha atrás. ¡Marcha atrás!

—Señora, esta niña está en parada.

—¡MARCHA ATRÁS!

Y Nahia hizo lo único que se le ocurrió, que fue gritarle al técnico la única cosa que un técnico obedece, que es una orden:

—¡Saca la ambulancia del puente!

El técnico metió la marcha atrás.

La UVI móvil retrocedió doce metros con las puertas cerradas y la sirena apagada, y a los ocho metros, en la pantalla, en un silencio que Nahia recordaría como el silencio más largo de su vida, apareció un complejo.

Y a los diez segundos, otro.

Y a los quince, otro.

El médico se quedó con el paquete de electrodos en las manos, arrodillado en el suelo de su propia ambulancia, mirando el monitor.

—Ritmo sinusal —dijo la enfermera—. Once. Trece. Dieciséis.

—Veinte —dijo Leire—. Se queda en veinte.

Y se sentó en el suelo, entre la camilla y la puerta, y se echó a llorar sin ningún ruido, con los brazos alrededor de las rodillas.

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Hicieron dos comprobaciones más, porque Jon Etxeberria necesitaba que las cosas se repitieran antes de escribirlas y el médico solo aceptó con una condición: no volverían a provocar una parada completa.

La segunda vez avanzaron a diez por hora con el monitor a la vista y retrocedieron en cuanto bajó de quince, todavía a más de cien metros del arco.

La tercera lo hicieron andando: el técnico y el médico llevaron la camilla a pulso, despacio, con Leire al lado, y se dieron la vuelta cuando la frecuencia cayó a cinco, a unos treinta metros del puente.

Nahia caminó junto a ellos sin apartar los ojos del monitor.

Las tres aproximaciones dibujaron el mismo perfil: la frecuencia empezaba a bajar a unos doscientos metros y descendía de manera continua conforme se acercaban al arco. En la primera había llegado a cero justo sobre su mitad. En las otras dos volvió a subir en cuanto retrocedieron.

El médico se apoyó en la ambulancia, se quitó los guantes y estuvo un rato mirando el río.

—Yo esto no lo voy a firmar —dijo.

—Nadie le está pidiendo que lo firme —dijo Jon.

—Yo llevo dieciocho años trabajando en emergencias.

—Ya.

—Dieciocho.

—Ya lo sé.

El hombre se quedó callado un momento.

—¿Ese puente qué tiene?

Y Nahia, desde el estribo, con el reloj de pulsera en la mano izquierda y veintisiete minutos de atraso en la esfera, contestó lo único que sabía con certeza:

—Que ahí dentro los relojes van bien.

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Volvieron al caserío a las cuatro y diez.

Subieron a Irati a su cuarto entre cuatro personas y la acostaron, y cuando Leire le empezó a quitar el abrigo de paño gris, la niña se movió.

—Espera —dijo Nahia.

Porque había visto el bolsillo.

El bolsillo derecho del abrigo, que era un abrigo nuevo, sin estrenar, comprado por su madre en algún momento de los últimos veintisiete años y colgado en aquel armario con la etiqueta de cartón sujeta con una brida que Nahia había cortado con los dientes hacía dos horas.

Estaba abultado.

Nahia metió dos dedos.

Y sacó una piedra blanca, lisa, del tamaño de un huevo de codorniz, tan blanca que parecía que alguien le hubiera quitado el color a propósito.

Se le doblaron las piernas y se sentó en el suelo con la piedra en la mano.

—Nahia. —Leire estaba al otro lado de la cama—. Nahia, ¿qué es eso?

—Es mía.

—¿Qué?

—Es mía. La encontré yo en el arroyo con diez años y se la di a ella la tarde del veintidós y luego se la quise quitar.

—Nahia la tenía en la palma abierta y no podía dejar de mirarla—.

Irati la llevaba cuando desapareció. La cazadora con la que apareció está precintada en una bolsa de pruebas en el cuartelillo de Otxandio.

Leire salió al pasillo.

La oyeron marcar y hablar. Volvió a los dos minutos, muy pálida.

—Jon dice que la bolsa está en el armario de custodia. Cerrada. Con el precinto intacto y su firma.

—¿Y la piedra?

—No figura en el inventario. Hay una cazadora, un jersey, un pantalón, dos zapatillas y dos calcetines. —Leire se apoyó en el marco—. Jon dice que revisó los bolsillos y estaban vacíos. Que lo miró él, que lo apuntó él y que se acuerda porque le extrañó.

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Irati abrió los ojos a las cinco y veinte y estuvo despierta veintiséis minutos, que fue el rato más largo desde que había salido de debajo del árbol.

Bebió. Preguntó por su madre. Pidió que le quitaran la vía y que le encendieran la lámpara pequeña.

Y luego, sin que nadie le hubiera preguntado nada, dijo:

—No me llevéis otra vez a ese sitio.

Nahia le cogió la mano.

—No, cariño. No te vamos a llevar.

—Es que ahí no estoy.

—¿Cómo?

—Que ahí no estoy —repitió la niña, con esa paciencia de crío que explica algo obvio a un adulto lento—. Cuando me habéis llevado al puente, yo no estaba.

—¿Y dónde estabas?

Irati lo pensó. Se le arrugó la frente. Y contestó despacio, buscando las palabras una por una, como quien traduce:

—En el sitio donde la noche no puede verme.

Leire dejó de escribir en la tablilla.

—Irati —dijo Nahia, muy suave—. ¿Qué noche?

Y su hermana pequeña, siete años, veinte pulsaciones por minuto, la miró con una cara completamente tranquila y contestó:

—La que llama.

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Jon subió a las siete de la tarde con una carpeta y se sentó en el escalón del pasillo, fuera del cuarto, porque no quería hablar delante de la niña.

—No la puedo sacar del valle —dijo—. Eso ya lo sabemos los cuatro. Así que se me acaban de caer casi todas las opciones normales.

—¿Qué opciones?

—Ingreso hospitalario, custodia de menores, evaluación forense, comparecencia.

Tal como funciona todo eso, acaba pasando por el otro lado del puente o por meter aquí a media administración.

—Abrió la carpeta y volvió a cerrarla sin mirarla—.

Y a partir de mañana me va a llamar gente.

Servicios sociales. Un juez. Dos periódicos.

Y todos van a tener razón, y yo no voy a poder decirles que no indefinidamente.

—Jon.

—En el expediente esa niña es una menor de identidad no acreditada localizada en monte, y va a seguir siéndolo mientras yo pueda. Sin nombre. Sin apellido. Sobre todo sin apellido.

Nahia sintió un escalofrío por la espalda.

—Y el traslado de hoy no ha existido. He hablado con el médico y no lo va a firmar, y la enfermera y los técnicos van a poner un aviso anulado por mejoría. Se me puede caer el pelo por eso.

Se levantó y miró hacia la puerta del cuarto de Irati.

—Y esta semana yo no piso ese bosque de noche, y usted tampoco. —La miró—. Y quiero que se lo diga a Aitor Lasa, porque a mí no me va a hacer caso.

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