El bosque de los que no envejecen Capítulo 9 — Veintisiete minutos #2
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Capítulo 9 — Veintisiete minutos #2

Se llamaba Bego, tenía sesenta y ocho años y era la que había subido a la batida con dos termos de café y los había repartido en vasos de plástico.

—Hija, oye. Que dicen que andas preguntando por lo del otoño del ochenta y uno.

—¿Quién lo dice?

—Aquí lo dice todo el mundo todo. —Bego le apretó el brazo—.

Y esta noche, sin poder dormir, me he acordado de dos cosas.

Que aquella semana se hizo de noche pronto todos los días, que lo comentábamos en la fuente.

Y que las vacas de mi padre no querían subir a la campa.

Se plantaban en la cancilla y no había manera.

Nahia no movió un músculo.

—Bego, ¿cuántos días?

—Cinco. O seis. —La mujer se encogió de hombros—. Yo tenía veintitrés años, hija, y me acuerdo porque mi padre estuvo una semana echando pestes de las vacas y luego se le pasó y no se volvió a hablar de eso nunca más.

Se le arrugó la cara.

—¿Estás bien? Te has puesto blanca.

Nahia fue capaz de contestarle que estaba bien, y de darle las gracias, y de subirse al coche.

Y entonces se quedó veinte minutos con las manos en el volante y sin arrancar, porque el otoño del ochenta y uno fue el otoño en que se llevaron a un niño de diez años y, durante cinco o seis días, la noche se adelantó.

Igual que en octubre de mil novecientos noventa y nueve.

• • •

Irati despertó a las nueve y diez de la noche, y despertó de verdad.

Nahia estaba en el sillón. Leire, en la silla, con la tablet en las rodillas. Y la niña se movió en la cama —se movió, giró la cadera, subió una rodilla, cosas de cuerpo vivo— y abrió los ojos y dijo:

—Tengo sed.

Leire se levantó tan rápido que tiró la tablet al suelo.

Bebió media taza de agua sola, sujetándola con las dos manos, y luego miró a Nahia por encima del borde.

Y se echó a llorar.

No de miedo sobrenatural. Lloró como llora una niña de siete años: fuerte, con la boca abierta, con hipo, con los mocos, agarrándose a la manta.

—Quiero a ama.

—Ya lo sé, cariño.

—¿Dónde está ama?

—La estamos buscando.

—¡Que quiero a ama! —Golpeó la manta con las dos manos y, cinco segundos después, se había calmado con esa brusquedad de los críos. Se quedó hipando y mirando la habitación.

Miró la estantería. Miró el conejo con una oreja. Miró la lámpara y las cortinas y la mancha de humedad del techo que tenía forma de perro.

—Es mi cuarto —dijo.

—Es tu cuarto.

—¿Y por qué está todo bien?

Nahia no supo qué contestar a eso, y tardó mucho tiempo en entender que era la pregunta más terrible que le había hecho nadie en toda su vida.

• • •

Y después, la niña la miró a ella.

La miró de arriba abajo, con esa falta absoluta de piedad que tienen los críos, con el ceño fruncido, estudiándole la cara como un dibujo mal copiado.

—¿Por qué eres tan mayor?

—Irati…

—Es que eres muy mayor. —Se incorporó un poco—. Tienes la cara de la ama de Leire.

Leire, detrás, hizo un ruido con la garganta.

—Tú tienes doce años —dijo Irati.

—No, cariño.

—Sí. Tienes doce y yo tengo siete y en abril tengo ocho.

Nahia se sentó en el borde de la cama y le cogió la mano, y su hermana se dejó.

—Irati, escúchame. Ha pasado mucho tiempo.

—¿Cuánto?

—Mucho.

—¿Como un verano?

—Más.

La niña se quedó callada, procesándolo con el ceño fruncido, y luego dijo la única cosa que a Nahia la partió por dentro del todo:

—Es que no te la quería dar.

—¿Qué?

—La piedra. La blanca. —Irati bajó la cabeza y se puso a estrujar la manta—. Me la diste y luego la querías otra vez y yo no te la quise dar y me fui corriendo. Y ya sé que me toca castigo.

Y ahí Nahia Arregi, treinta y nueve años, ingeniera de montes, se echó al suelo de rodillas junto a la cama de su hermana pequeña y lloró sin intentar esconderse de Leire.

Porque para su hermana, aquello había pasado esa tarde.

Porque aquellos tres o cuatro minutos que Nahia se había pasado en el prado con los brazos cruzados disfrutando de no seguirla, y sobre los que había construido veintisiete años de vida, para Irati eran una discusión de hace un rato por la que le tocaba castigo.

—No te toca castigo —consiguió decir—. No te toca ningún castigo. Nunca.

• • •

Estuvo despierta diecisiete minutos.

En los últimos, empezó a hablar más despacio y a mirar hacia la ventana, y Leire dijo en voz baja que la frecuencia estaba bajando otra vez.

—Irati, cariño, mírame.

—Está oscuro.

—Sí. Es de noche.

—No. —La niña seguía mirando el cristal negro—. Está oscuro pronto.

Nahia miró a Leire.

—Cariño, ¿tú sabes qué día es hoy?

Y su hermana giró la cabeza en la almohada y contestó, sin dudar, con la seguridad tranquila de un crío que te corrige la hora del recreo:

—Viernes.

Nahia sacó el móvil y buscó, con el pulgar torpe, un calendario de 1999.

El veintidós de octubre de 1999 fue viernes.

Su hermana no estaba confundida. Su hermana estaba contestando bien.

Nahia se levantó y cogió de la cómoda el calendario del banco que había subido del pasillo, el de 2026, con el 22 rodeado dos veces con boli azul.

Se lo puso delante.

—Mira. Esto es hoy. Domingo veinticinco de octubre.

Irati miró el papel un buen rato.

Después alargó el dedo, muy seria, y lo puso encima del 22.

—Todavía no ha terminado.

—Irati, el veintidós fue el jueves. Han pasado tres días.

—Todavía no ha terminado —repitió la niña. Y bostezó, y se le cerraron los ojos, y añadió, ya con la voz de irse—: Es que ama no ha llegado.

Le costó dormirse quince segundos.

Y en la cocina, debajo de ellas, el reloj de cuerda del pasillo, al que Nahia había dado cuerda a la una y veinte de aquella tarde, dio nueve campanadas.

• • •