El bosque de los que no envejecen Capítulo 9 — Veintisiete minutos
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Capítulo 9 — Veintisiete minutos

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Los silbatos se cortaron todos a la vez.

Nahia condujo los tres kilómetros hasta el caserío a treinta por hora, con las luces largas puestas y la ventanilla subida, mirando la cuneta.

No pasó nada. Cenó de pie en la cocina, subió al cuarto de su hermana, se sentó en el sillón y estuvo hasta las tres de la mañana con el móvil en la mano, con el número de Jon en la pantalla, sin llamarlo.

Tenía que llamarlo. Un guarda forestal acababa de admitirle que llevaba trece meses debilitando el límite de aquel bosque, que había provocado la muerte de doce hayas centenarias en monte de utilidad pública y que había dado los avisos calculando que el informe le tocaría a ella.

Eso era, como poco, un delito contra el patrimonio forestal, y era además el único hecho concreto y punible que había en todo aquel asunto.

No lo llamó.

Se dijo cuatro razones y ninguna era la verdadera. La verdadera era que Aitor Lasa era el único ser humano de aquel valle que sabía por dónde se entraba al sitio donde estaba su madre.

Al final apagó el móvil y anotó la hora en su cuaderno de campo, porque era lo que hacía cuando no quería pensar. Y debajo, en la línea siguiente, escribió: segundo dato que oculto .

Jon pasó el domingo en el comarcal peleándose con el juzgado de guardia por el oficio de la prueba oficial y con el gabinete de prensa por una foto de la cavidad que había aparecido en un digital de Bilbao. Llamó tres veces. Nahia le dijo tres veces que todo estaba tranquilo.

Leire llevaba tres días viviendo en aquella casa y el viernes había tenido que ponerlo por escrito: paciente pediátrica en observación domiciliaria continuada, imposibilidad de traslado por criterio clínico, cobertura de las consultas de Ezkairu y Ubide por el médico de refuerzo de Otxandio.

Lo firmó el coordinador de la comarca a las dos horas y sin preguntar nada, porque la mitad del Servicio Vasco de Salud llevaba dos días hablando de la niña de las raíces y nadie quería su nombre en aquel expediente.

—Y esto me lo van a renovar mientras nadie mire —dijo Leire, doblando el papel—. Y el día que alguien mire, se acaba. Así que a mí no me digas que todo está tranquilo, que yo la que firma soy yo.

Y entonces, el domingo por la mañana, tocaron a misa.

Ezkairu tenía misa los domingos a las once y el campanario tocaba a las diez y media.

Aquel domingo el campanario cumplió: tocó cuando la torre marcaba las diez y media, con la puntualidad de un mecanismo de cuerda al que le dan cuerda todos los sábados.

El problema fue la gente. Los que llegaron mirando la hora en el móvil llegaron a las once en punto y se encontraron la iglesia a medio llenar y a don Ignacio en la puerta sin sotana.

Los que llegaron mirando su reloj de pulsera llegaron veintisiete minutos después y se encontraron la misa empezada.

A las once y media había once personas discutiendo en el pórtico.

Nahia bajó al pueblo a las doce a comprar pan y se encontró con eso: un corro de gente comparando relojes.

—El del ayuntamiento también.

—Y el mío.

—El horno de mi casa. Y el vídeo.

—Yo he cambiado la pila el jueves.

Nahia se quedó al borde del corro con la barra de pan debajo del brazo y sacó el móvil.

12:03.

Miró el reloj de la fachada del ayuntamiento.

11:36.

Y se le paró algo dentro del pecho, porque acababa de hacer la resta sin querer.

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Se pasó las cuatro horas siguientes midiendo, y fue lo primero que la hizo sentirse útil desde que había llegado a aquel valle.

Montó el experimento en la mesa de la cocina como montaba una parcela de muestreo: con criterio, con réplicas y con un control.

Instrumentos con referencia externa. El móvil, que sincroniza con la red. El GPS de mano, que coge la hora de los satélites. El registrador de datos que llevaba en la mochila para las estaciones de humedad, que también tiene GPS. La emisora de Jon.

Los cuatro daban la misma hora. Los cuatro coincidían con el reloj del hospital comarcal, con el de la gasolinera de la general y con la hora oficial del observatorio, que consultó por internet.

Instrumentos que miden por sí solos. El reloj de la torre.

El del ayuntamiento. Su reloj de pulsera.

El del coche. El microondas del caserío.

El despertador de la mesilla de su madre.

Los dos relojes de pared del bar. El horno.

Y el reloj de cuerda del pasillo, que llevaba parado desde el jueves y al que Nahia dio cuerda a la una y veinte solo para ver qué hacía.

Todos, sin excepción, iban veintisiete minutos por detrás.

No veintiséis. No entre veinticinco y treinta. Veintisiete, en los diez.

—Nahia, es el cambio de hora.

Lo dijo Leire, y lo dijo con un alivio que le duró cuatro segundos, porque era domingo y aquella madrugada habían atrasado los relojes.

—Ya lo he pensado.

—Los móviles se cambian solos y los de pared los cambia la gente. Y aquí hay medio pueblo que se acuerda del domingo siguiente.

—Leire, eso explica por qué nadie se ha dado cuenta hasta hoy. —Nahia le puso la tablet delante, con la tabla hecha—. Y no explica nada más.

—¿Por qué no?

—Porque el cambio de hora son sesenta minutos y esto son veintisiete. —Le señaló la columna con el lápiz—. Y porque el reloj de la torre lo cambió don Ignacio ayer por la tarde con una llave y una escalera, delante de tres personas, y está en veintisiete igual que los otros.

Leire se quedó con la boca abierta un momento.

—Es una avería de la red eléctrica, entonces. Los relojes de red se desfasan con la frecuencia.

—El mío es de pila. El de la torre es de cuerda. El del coche va con la batería del coche. El GPS y el móvil van con satélites y esos van bien. —Nahia cerró la tablet—. No hay ninguna avería que pueda hacer esto.

—Vale.

—Y hay algo peor.

Cogió su reloj de pulsera, lo puso en hora con el móvil, con los segundos cuadrados, y lo dejó en el centro del hule.

—Mira.

A las tres y media, el reloj de pulsera de Nahia iba nueve minutos por detrás del móvil.

A las cuatro y media, dieciocho.

A las cinco y veinte, veintisiete.

Y a las once de la noche, cinco horas y media más tarde, seguía yendo veintisiete. Ni veintiocho, ni treinta.

—No es que se atrasen —dijo Nahia, y se oyó la voz muy tranquila y muy rara—. Es que aquí dentro los relojes tienen que ir veintisiete minutos por detrás. Si los pones bien, vuelven. Si los dejas, se quedan.

Cogió el cuaderno y escribió una línea en la primera página, en mayúsculas, del tipo de línea que se escribe para uno mismo.

A PARTIR DE HOY, TODAS LAS HORAS DE ESTE CUADERNO SON LAS DEL MÓVIL.

Y a partir de aquel domingo, cuando alguien de aquel valle le dijo una hora, Nahia le sumó veintisiete minutos por dentro y no se lo dijo a nadie.

Leire se sentó despacio.

—Nahia.

—Ya lo sé.

—Veintisiete.

—Ya lo sé, Leire.

Ninguna de las dos dijo años .

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A las seis de la tarde Nahia hizo la cosa que después le dio más miedo de todo aquel domingo: coger el coche y salir del pueblo con el reloj de pulsera veintisiete minutos por detrás.

Tardó una hora en encontrar el borde, y lo encontró donde no quería encontrarlo.

Bajó por la comarcal con el móvil en el soporte y el reloj de pulsera en la mano izquierda, parando cada trescientos metros a comparar. Los primeros dos kilómetros, veintisiete minutos de diferencia, estable. Después del cruce del cementerio, veintisiete. En la recta de los prados, veintisiete.

Y en el puente viejo, el de piedra, el de un solo arco que cruza el río a la salida del valle, con el pretil comido de musgo y la fecha de 1782 en la clave, el reloj de pulsera de Nahia dio un salto.

Se puso en hora.

Solo. En dos segundos. Como si alguien lo hubiera ajustado.

Nahia dejó el coche al otro lado, se bajó con el corazón golpeándole las costillas y retrocedió andando, sin apartar los ojos de la esfera. Al pasar de nuevo por la mitad del arco, el reloj perdió los veintisiete minutos de golpe.

Lo cruzó cuatro veces andando, con el reloj en la mano, adelante y atrás, y las cuatro veces ocurrió lo mismo en el mismo punto: en la mitad del arco, sobre el agua.

El límite no era el pueblo.

El límite era el puente.

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Ya de vuelta, en la plaza, se le acercó uno de los dos chavales que habían estado en la batida del jueves mirando el móvil.

Tenía veintitrés años, trabajaba de camarero en el bar y se llamaba Unai.

—Perdona. Tú eres la hija de Maddi, ¿no?

—Sí.

—Que la he visto esta mañana.

Nahia se quedó con la llave del coche en la mano.

—¿Qué?

—A tu madre. Esta mañana, a las nueve y algo, en el poyo de la fuente.

—El chaval hablaba deprisa, incómodo—. Y yo pensaba que la estabais buscando y todo el mundo dice que no aparece, así que se lo he dicho a mi ama y mi ama me ha dicho que me calle y que no diga tonterías, pero yo la he visto y he hablado con ella.

—¿Qué te dijo?

—Que si el bar abría antes de las diez. Y le dije que no, que a las diez, y me dijo que vale. —Se encogió de hombros—. Ha sido eso. Cinco segundos.

Nahia respiró.

—Unai, escúchame bien. ¿Cómo iba vestida?

—Con un abrigo verde. Y llevaba una carpeta de esas duras debajo del brazo, azul.

—¿Y el pelo?

—Oscuro. Recogido.

—¿Gafas?

El chaval frunció el ceño.

—No. Gafas no.

Nahia notó cómo se le enfriaban las manos.

Su madre llevaba gafas de lejos desde 2004 y las llevaba puestas todo el día. Su madre tenía el pelo blanco desde los cincuenta y cinco años y no se lo teñía.

Y la carpeta azul dura era la carpeta de enfermería con la que iba a la ikastola en mayo a pesar y a medir a los críos del pueblo, y llevaba diez años en el aparador de la cocina porque su madre se jubiló en 2016.

—Unai, ¿tú qué edad tienes?

—Veintitrés.

—Entonces tú a mi madre la conoces con el pelo blanco y con gafas.

—Sí, claro. La conozco de toda la vida, me ponía las vacunas.

—¿Y esta mañana no te ha extrañado?

El chaval se quedó pensando, y Nahia le vio cambiar la cara.

—Joder —dijo—. Pues no.

Se quedó callado un rato.

—Pues no, ¿eh? No me ha extrañado nada.

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Y luego, cuando Nahia iba hacia el coche, la mujer de los termos la cogió del brazo.