Capítulo 8 — El hermano de Aitor
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El caserío de los Lasa estaba en la ladera de enfrente, en la umbría, y por eso no le daba el sol nunca a partir de octubre.
Nahia aparcó en la campa y vio la luz antes de bajarse del coche.
Era una bombilla desnuda de las de rosca gorda, colgada de un cable trenzado en el vano de la cuadra, encendida a las once y media de la mañana de un día claro.
Se notaba porque la cuadra estaba en sombra y la bombilla hacía un halo amarillo sucio, ridículo, inútil, del color exacto de las bombillas de sesenta vatios que ya no se venden.
Aitor estaba partiendo leña detrás de la casa. Paró cuando la oyó llegar y se quedó con el hacha en la mano.
—Vengo de casa de Ane.
—Ya.
Nahia señaló la cuadra con la cabeza.
—¿Por qué no la apagas?
Y Aitor, que llevaba tres días esquivándola con la habilidad de un hombre que se ha criado esquivando, dejó el hacha clavada en el tajo, se sentó en el poyo de piedra de la fachada y se puso a hablar.
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—Se llamaba Beñat y tenía diez años y yo tenía cinco.
Habló mirando al suelo, con las manos colgando entre las rodillas, en el tono con el que se cuenta una cosa que se ha contado muchas veces por dentro y ninguna por fuera.
—Diecisiete de noviembre de mil novecientos ochenta y uno. Un martes. Cuatro y media de la tarde. Todavía faltaba más de una hora para que anocheciera. Éramos seis críos jugando al escondite en el prado de arriba, el de los Aroztegi, ahí donde empieza la campa antes del hayedo.
—¿Y entró en el bosque?
—Se escondió en el bosque. Tres metros dentro, cuatro. Detrás de la primera haya. Eso lo hacíamos todos.
Se pasó la mano por la boca.
—Y el que contaba era un crío de Otxandio que había venido a pasar unos días a casa de sus tíos. Un forastero. No sabía.
Nahia se sentó en el poyo, a un metro de él.
—¿No sabía qué?
—Que aquí no se dicen enteros.
Aitor levantó la cabeza y por primera vez la miró.
—Los de aquí, cuando buscábamos, gritábamos Beñat .
Solo Beñat . Nos lo habían metido en la cabeza sin explicarnos nada, igual que a ti, igual que a mí, igual que a todos.
Pero aquel se puso en mitad del prado, se hartó de que no saliera y gritó su nombre entero, con el apellido detrás, a pleno pulmón, hacia los árboles.
Se calló.
—¿Y?
—Y se hizo de noche —dijo Aitor—. Se hizo de noche de golpe, a las cuatro y treinta y cinco de la tarde, en tres o cuatro segundos, y todos los críos que estábamos en ese prado nos echamos a llorar a la vez sin saber por qué.
Nahia notó que le subía el frío por los brazos.
Ella conocía aquello. Lo había vivido dieciocho años después, a doscientos metros de allí, con doce años y un Casio verde en la muñeca.
—Yo tenía cinco años y me acuerdo de dos cosas —dijo Aitor—. De que mi madre bajó descalza por la campa. Y de que dentro del bosque, muy adentro, alguien silbó.
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Se levantó y entró en la cuadra, y Nahia lo siguió.
Debajo de la bombilla había un banco de carpintero, unos aperos colgados y una caja de galletas de metal encima de una viga, al alcance de la mano.
Aitor la bajó, la abrió y le dio la vuelta encima del banco.
Cayó una lima.
Una lima pequeña de metal, de las de ajustar, con el mango de madera partido y pegado con cinta, y no cayó nada más.
—Esto era del aitona —dijo—. Y con esto hizo los silbatos, con dos casquillos de escopeta y una moneda de cinco pesetas. Uno para cada uno. Eran gemelos. Los probamos mil veces y a simple vista no se distinguían.
—¿Y cómo sabíais cuál era el de cada uno?
—Porque se los marqué yo. Con esta.
Se sacó el cordón trenzado del cuello y le dio la vuelta al silbato en la palma.
—Nos los cambiábamos sin querer y nos peleábamos por eso todos los días. Y un día cogí la lima del aitona y le hice a mi hermano una muesca en la boquilla, aquí, en el borde de abajo. Una raspadura de nada, de un milímetro. Y él se enfadó y se puso a llorar porque decía que se la había hecho fea.
Levantó el silbato hacia la bombilla.
—El mío está entero. Mira: la boquilla lisa.
Nahia se acercó y miró, y la boquilla de latón estaba lisa.
—¿Y el de Beñat?
Aitor no contestó a eso.
—Teníamos un código —dijo en cambio—. Lo inventó él. Uno largo era estoy aquí . Dos cortos, ven . Tres cortos, corre . Y luego había uno que era la tontería nuestra, la que no sabía nadie porque nos la habíamos inventado un día en la fuente y no se la contamos ni a nuestra madre.
—¿Cuál?
—Dos largos y uno corto. —Aitor sonrió sin ninguna alegría—. Quería decir te he visto y no te vas a enterar . Lo usábamos jugando al escondite. Era el silbido de chulearse.
Cerró la mano alrededor del latón y lo sopesó.
—Cuarenta y cuatro años, Nahia. Mi madre lo oyó tres veces en trece años y a la tercera la ingresaron en Zamudio dos meses.
Yo la acompañé a esa cuadra cientos de noches y no oí nunca nada.
Nunca. Ni un ruido. —Cerró la mano—. Enterré a mi madre en el noventa y ocho convencido de que se había vuelto loca de pena y de que yo iba a acabar igual.
Se colgó el cordón del cuello otra vez.
—Y el ocho de octubre del año pasado subí al sector sexto a mirar unas hayas que estaban raras.
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Nahia se quedó muy quieta.
—Sigue.
—Eran las siete y media de la tarde. Estaba solo, con la perra. Y desde dentro, no muy lejos, a doscientos metros o menos, sonaron dos largos y uno corto.
Se le fue la voz un momento. Volvió.
—Y no fue que sonara parecido. Fue el silbato. El de mi hermano. El gemelo de este, con el mismo latón viejo del aitona.
—¿Y qué hiciste?
—Me caí de culo en la hojarasca y me puse a llorar como el crío de cinco años que se quedó en aquel prado. —Lo dijo sin ninguna vergüenza—. Cuarenta y cuatro años. Cuarenta y cuatro años pensando que mi madre estaba loca, y resulta que mi madre era la única de esta casa que estaba cuerda.
—¿Le contestaste?
—Sí.
—¿Y?
—Y me contestó otra vez. Dos largos y uno corto. —Aitor se pasó las dos manos por la cara—. Y luego, a los diez segundos, sonó otra vez.
—Bien.
—No. —La miró—. No, Nahia. Sonó otra vez, y esa segunda vez tenía una nota de más.
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Salieron de la cuadra porque a Nahia le hacía falta aire.
—Explícame eso —dijo—. La nota de más.
—Dos largos y dos cortos. —Aitor se apoyó en el marco de la puerta—. Y luego otro, desde la izquierda, con tres cortos al final. Y otro desde arriba. En un cuarto de hora oí siete u ocho, todos desde sitios distintos, y todos con una nota de más o de menos. Todos casi bien.
—¿Y el primero?
—El primero estaba bien.
—¿Seguro?
—Nahia, ese silbido lo hemos hecho él y yo cuatrocientas veces en un prado. —Aitor se golpeó el pecho con dos dedos—. Yo sé cómo suena. El primero era él. Los demás eran algo que lo había oído una vez y lo estaba probando.
Nahia miró la campa y las hayas del otro lado del valle.
Lo repitió como quien aprende.
—Aitor.
—Dime.
—Anoche una cosa que estaba en mi prado repitió una frase de mi madre con la entonación exacta. Y hace once minutos me acabas de decir que a ti te lo repiten con una nota de más.
—Sí.
—¿Y por qué a ti mal y a mí bien?
Aitor abrió la boca y la volvió a cerrar.
Y en la cara de aquel hombre, en un segundo y medio, Nahia vio pasar el cálculo entero: la pregunta, la respuesta, el susto y la decisión de no decirla.
—Porque lleva un año practicando —dijo Nahia por él.
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Fue entonces cuando lo pilló, y no fue con una confesión. Fue con una fecha.
—Aitor, ¿cuándo movisteis la piedra?
—El diecinueve. Hace cinco días. Ya lo sabes.
—No te he preguntado cuándo la movisteis. Te he preguntado cuándo la aflojasteis.
Silencio.
—El treinta de agosto —dijo—. De este año.
—No.
—Nahia…
—No. —Nahia sacó el móvil, abrió la carpeta del expediente y se lo puso delante de la cara, y le habló como le hablaba a un ayuntamiento que le discutía un informe—.
Los avisos de las hayas los diste tú en marzo.
Marzo de dos mil veintiséis. El expediente municipal pone abril porque el ayuntamiento tardó un mes en tramitarlo, pero la primera anotación tuya es del once de marzo.
—Vale.
—Y en marzo esos árboles ya tenían la copa rara. Eso quiere decir que las raíces llevaban muriéndose meses antes, porque un haya centenaria con el sistema radicular necrosado tarda de seis a diez meses en manifestarlo arriba. Es de primero de carrera, Aitor. La copa es el último sitio donde se ve.
Aitor miró al suelo.
—Y aparte de eso —dijo Nahia, y aquí le tembló la voz por primera vez— tú acabas de decirme, hace tres minutos, que el ocho de octubre del año pasado oíste el silbato de tu hermano. Después de cuarenta y cuatro años de nada. Justo ese día. Subiendo a mirar unas hayas que estaban raras.
Levantó la cabeza.
—Las hayas ya estaban raras el año pasado.
—Sí.
—Aflojasteis esa piedra en dos mil veinticinco.
—El treinta de agosto del veinticinco.
—Trece meses.
—Trece meses.
—¿Y quién la movió el diecinueve?
Aitor tardó en contestar y contestó mirando el hacha clavada en el tajo.
—Yo la aflojé. Aflojar, sí. Con la palanca y la cuña, y yo tapé el hueco y yo dejé la piedra de manera que no se notara.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Moverla no la moví.
—Aitor.
—Que no la moví, Nahia. —Levantó la voz por primera vez en toda la mañana—. Yo subí con ella el diecinueve y le dije que no lo hiciera. Se lo dije en la cara, delante de la piedra. Y bajé. Y ella se quedó.
Nahia se apoyó en el capó del coche porque le hacía falta.
—Trece meses —repitió—. Habéis tenido eso medio abierto trece meses. Y tú has estado subiendo a hablar con lo que hay dentro, a silbarle, todo este año, mientras me mandabas a mí requerimientos por correo para que viniera a hacer un informe de sanidad forestal.
—Yo no te mandé nada. Los requerimientos los manda el ayuntamiento.
—Diste los avisos tú. Sabías que si dabas los avisos me tocaría a mí, porque este valle es mi zona desde hace dieciséis años. —Nahia lo miró—. Me trajiste tú.
Aitor no lo negó.
Se quedó de pie en la campa, con la bombilla amarilla encendida a su espalda a mediodía, y dijo la única verdad completa de toda aquella mañana:
—Necesitaba que hubiera aquí alguien que no se callara.
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Debería haberse ido a las cinco.
Se quedó porque comieron pan y queso de pie en la cuadra y porque le hizo repetir la historia dos veces más, buscándole las costuras, y no le encontró ninguna.
Y se quedó, sobre todo, porque Aitor se puso a explicarle en el banco, con un lápiz y una tabla, cómo se afloja un mojón sin que se note: la palanca, la cuña de madera, el hueco relleno con la misma tierra tamizada, la calva de liquen que ella había reconocido en su cocina.
Y fue a media explicación, con el lápiz de él en el aire, cuando a Nahia se le ocurrió la pregunta.
—Aitor, una cosa. La otra noche, en mi cocina, cuando yo iba a decir el apellido de mi madre, tú me tapaste la boca prácticamente. Y luego a Jon le tapaste la emisora en la cuesta.
—Sí.
—Mi cocina está a doscientos metros del lindero y a cuatro kilómetros de los mojones.
Aitor dejó el lápiz encima de la tabla.
—¿Y?
—Y si eso solo alcanza ahí arriba, en la cocina de mi madre da igual lo que yo diga.
Aitor tardó en contestar.
—¿Tú sabes hasta dónde alcanza?
—No.
—Yo tampoco. —Se pasó la mano por la nuca—.
Ane no lo sabe. En ese libro no está escrito.
En este pueblo lo que se dice es no de noche , y punto, y no se dice no de noche en el hayedo .
Nadie ha puesto nunca una raya en el suelo, Nahia, porque para poner la raya alguien tendría que haberse quedado del lado equivocado a ver qué pasa.
Cogió el lápiz otra vez.
—Y mi madre decía que llegaba a la cuadra.
—¿A esta cuadra?
—A esta cuadra. —Aitor señaló la bombilla con el lápiz, sin mirarla—. Por eso la luz.
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Se hizo de noche a las ocho menos diez, con la lentitud de siempre, sin adelantar un minuto. Nahia lo comprobó dos veces en el móvil, porque desde el jueves comprobaba esas cosas.
A las ocho y veinte, cuando ya estaba oscuro y Nahia tenía las llaves en la mano, se oyó el primer silbido.
Vino de arriba.
Dos largos y uno corto.
Aitor se quedó blanco. Nahia lo vio en la cara antes de entender lo que había oído, y luego lo entendió y se le heló la sangre, y en esa fracción de segundo hizo lo único que sabía hacer.
—El silbato. ¿Dónde tienes el silbato?
Aitor se llevó la mano al cuello y lo sacó a medias: el latón, el cordón trenzado, dentro de su puño.
—Aquí.
—¿Y el de tu hermano?
Aitor no contestó, y no le hizo falta, porque los dos sabían dónde estaba el de su hermano.
Sonó otra vez.
Dos largos y uno corto. Idéntico. Perfecto.
—Es él —dijo Aitor, y echó a andar hacia la campa.
—Aitor, no.
—Es él, Nahia, ese es el nuestro, ese es…
Y entonces sonó el tercero.
Vino de más a la derecha, de detrás del hórreo, mucho más cerca de la casa que del bosque.
Dos largos. Y dos cortos.
Aitor se paró en seco en mitad de la campa.
El cuarto llegó de la izquierda, desde el camino del cementerio, con tres cortos al final.
El quinto, de arriba otra vez, con dos largos y uno corto y una nota más, muy pequeña, casi pegada, como una tos.
Después de eso vinieron más y Nahia dejó de contar de dónde, porque venían de todas partes, uno detrás de otro, rodeándolos despacio a la distancia de siempre, y todos eran casi el silbido de dos hermanos en un prado en 1981, y ninguno estaba bien.
Aitor se había quedado quieto en el centro de la campa, con el silbato apretado en el puño y la mano en la boca, y no lloraba.
Estaba escuchando.
Estaba escuchando con todo el cuerpo, girando la cabeza, descartando, esperando otro.
Y Nahia entendió, ahí de pie junto a un coche con las llaves en la mano y aquello sonando alrededor de una casa, que ese hombre iba a seguir subiendo a aquel bosque hasta que uno de ellos sonara bien.
Y que era ella la que iba a tener que impedírselo.
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