El bosque de los que no envejecen Capítulo 7 — Los cuadernos de Ane
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Capítulo 7 — Los cuadernos de Ane

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El sol salió por detrás del cordal como si no hubiera pasado nada, y con el prado todavía blanco de escarcha, Nahia bajó a mirar el suelo debajo de la ventana.

Cuatro horas antes había habido allí una persona hablando con la voz de su madre.

La hierba estaba intacta.

No pisada, no vencida, no marcada. Escarcha uniforme desde el muro de la casa hasta el cerezo, tan lisa que se veían las telas de araña de los espinos cargadas de hielo. Nahia dio la vuelta entera al caserío, despacio, agachándose cada tres metros.

Nada. Ni una huella, ni una brizna doblada, ni un punto donde la escarcha se hubiera derretido por el calor de un pie.

Volvió a la cocina, se sentó y anotó la observación en su cuaderno de campo con la caligrafía y el formato con los que anotaba los datos de un rodal, porque necesitaba encerrar lo que no entendía en un formato conocido:

24-10, 08:15. Sin evidencia física de tránsito en el perímetro de la vivienda. Escarcha continua. Descartado animal grande, descartado humano. Ruido percibido a 04:20-04:35 por dos testigos.

Y debajo, después de mirarlo un rato, escribió una línea más:

Dos testigos independientes.

Porque eso era lo importante. Eso era lo único que impedía que se estuviera volviendo loca: que Leire Otxoa, médica, cuarenta años, la mujer más terca y menos mística que había pisado aquel valle, había estado sentada en el sillón con las dos manos en la boca y lo había oído todo.

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La casa de Ane estaba a la salida del pueblo, la última antes del puente viejo, con una parra sin hojas cubriendo la fachada y las contraventanas pintadas de un verde que ya no se fabricaba.

Le abrió sin preguntar quién era.

—Has tardado menos de lo que pensaba.

Dentro hacía calor. Mucho. La cocina económica estaba a tope y el aire olía a manzana asada. Había un gato viejo, gris, dormido encima de la radio.

—¿Sabía que iba a venir?

—Sé que anoche alguien te llamó por el nombre entero.

Nahia se quedó de pie.

—No se lo he contado a nadie.

—No hacía falta. —Ane señaló una silla—. Anoche, a las cuatro y veinte, todos los perros de este pueblo se callaron a la vez durante un cuarto de hora. Todos. El mío no, porque el mío es un gato y los gatos no hacen ese favor. Siéntate.

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El cuaderno era un libro de cuentas.

Eso fue lo primero que la desconcertó. Nahia había esperado un diario, un cuaderno de tapas de hule, algo íntimo.

Lo que Ane puso encima del hule fue un volumen alto y estrecho de contabilidad comercial, encuadernado en tela negra con las esquinas de piel reventadas, del tipo que usaban las tiendas de ultramarinos para llevar el fiado.

Estaba rayado en columnas.

Y alguien había tachado las cabeceras impresas — DEBE , HABER , SALDO — y las había vuelto a escribir a mano, en tinta marrón, con una letra del siglo pasado:

TOMADO · OÍDO · DEVUELTO

—Este es el cuarto —dijo Ane—. Lo empezó mi bisabuela en mil novecientos seis copiando el tercero, que se estaba deshaciendo. Los tres primeros los tengo, pero no se pueden abrir sin que se caigan las hojas.

—¿Por qué un libro de cuentas?

Ane la miró con algo parecido al respeto.

—Porque eso es lo que es.

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Dieciocho líneas.

Nahia las contó tres veces mientras Ane le ponía un café que no le había pedido.

Dieciocho entradas en ciento ochenta y cinco años, cada una con una fecha en la primera columna, un nombre en la segunda y anotaciones dispersas en las otras tres. La primera era de 1841. La última, de octubre de 1999.

Y todos los nombres estaban mutilados.

No tachados: raspados. Alguien había pasado una cuchilla por el papel encima de cada apellido hasta levantar la fibra y dejar una calva mate, y en cuatro o cinco casos había insistido tanto que había abierto el papel y se veía la página siguiente por el agujero.

1841 — Joxepa ▓▓▓▓▓▓ 1858 — Martin ▓▓▓▓▓ 1874 — Frantxiska ▓▓▓▓▓▓▓

Nahia acercó la lámpara y giró la página, con ese reflejo automático de quien lleva media vida leyendo etiquetas comidas por la humedad.

—Deja eso.

—Espere. —Nahia inclinó la hoja hasta que la luz le entró rasante—. En estas dos se ve el relieve. La pluma marcó el papel por debajo y la cuchilla solo se ha llevado la tinta. Si le hago una foto con luz lateral y le subo el contraste, esto se lee.

—Lo sé —dijo Ane—. Por eso he estado a punto de quemarlo cuatro veces.

Nahia levantó la vista.

Ane no estaba enfadada. Estaba esperando, con las dos manos alrededor de su taza, con la calma de una mujer que lleva cincuenta años sabiendo que algún día vendría alguien con una cámara y una idea.

—Tú puedes reconstruir esos apellidos —dijo—.

Puede que hasta los dieciocho. Y el día que los reconstruyas los vas a tener escritos en un teléfono que llevarás encima al salir de esta casa, y algún día leerás uno en voz alta sin darte cuenta de que estás dentro, y esa persona llevará ciento cincuenta años sin salir del bosque, y estará esperando eso.

—Si llevan ciento cincuenta años ahí, están muertos.

—Entonces no pasará nada y te habrás llevado un susto tonto.

Nahia dejó la hoja plana sobre la mesa.

—¿Por qué el de 1841 no está raspado?

Ane cerró los ojos un instante.

—Porque esa fue la primera vez.

—No entiendo.

—Nadie sabía todavía que no convenía dejar los nombres completos por escrito.

—Ane pasó el dedo por la primera línea, por encima del nombre completo y legible de una mujer desaparecida hacía ciento ochenta y cinco años—.

Está entero porque la persona que lo escribió no conocía el peligro. Lo aprendieron después.

—¿Cómo?

Ane le dio la vuelta a la página con dos dedos.

—Alguien lo leyó en voz alta.

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La entrada de 1913 era la única distinta.

Estaba cruzada de esquina a esquina con una raya de tinta gruesa, y encima de la raya, en mayúsculas cuidadas, alguien había escrito una palabra:

REGRESÓ

Nahia notó cómo se le aceleraba el pulso.

—¿Volvió?

—Volvió.

—¿Un niño?

—Once años tenía. Estuvo dentro once años y volvió con once años. —Ane señaló con la uña la tercera columna, la que decía DEVUELTO —. Mira.

Allí, con otra tinta y otra letra, había una sola anotación:

11 a. — pagados.

Nahia la miró un rato.

—Pagados —repitió—. ¿Pagados por quién?

—Eso está en otra línea de este mismo libro.

—Enséñeme la línea.

—No.

—Ane.

—No hoy. —La anciana puso la palma abierta encima de la página hasta ocultarla—.

Si te enseño hoy quién pagó y cuánto le costó, vas a hacer las cuentas esta misma tarde y vas a tomar una decisión antes de saber nada.

Te conozco desde que tenías cuatro años, hija.

Eres igual que tu madre y tu madre ha hecho eso.

Nahia se quedó con la mano en el aire.

—Explíqueme al menos las columnas.

Ane retiró la palma.

— Tomado : el tiempo que el bosque tiene parado. Oído : si se les ha vuelto a escuchar la voz después, y cuándo, y quién. Y devuelto : lo que se ha pagado.

—¿Y por qué la mayoría están en blanco?

—Porque la mayoría no se ha pagado nunca.

Nahia recorrió la columna con el dedo. Diecisiete casillas vacías. Una sola con algo escrito.

—Diecisiete personas.

—Diecisiete que no han terminado de irse. —Ane cogió su taza—. No digo diecisiete muertos. Digo lo que digo.

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Las dos últimas líneas estaban al final de la página, en tinta de bolígrafo, con letra distinta de todas las demás.

11-1981 — Beñat ▓▓▓▓ 22-10-1999 — Irati ▓▓▓▓▓▓

En las dos, la columna de OÍDO estaba llena de anotaciones pequeñas, apretadas, fechadas, algunas con años de diferencia entre ellas.

Al lado de Beñat: oído 3-82 (madre). 11-85 (madre). 6-94 (madre).

Y luego una raya larga. Treinta y un años de raya.

Y después, dos anotaciones con bolígrafo nuevo, la segunda con un negro más vivo:

10-2025 (hermano). 19-10-2026 (hermano).

Nahia se llevó la mano a la boca.

—La de abajo es de hace cinco días.

—De hace cinco días.

—Y la de arriba del año pasado. Aitor.

—Aitor —dijo Ane—. Su madre lo oyó tres veces en trece años y se murió sin que él oyera nada, porque él no oyó nada nunca. Cuarenta y cuatro años creyéndose que su madre estaba loca. Y el otoño pasado vino a esta cocina, se sentó en esa silla en la que estás tú, y me dijo que lo había oído él.

Nahia miró la línea de Irati.

Oído 10-99 (madre). 10-2000 (madre). 10-2001 (madre).

Y así, año tras año, siempre en octubre, siempre (madre) , hasta 2025.

Veintisiete anotaciones.

Nadie más la había oído nunca. Solo Maddi.

Todos los octubres, veintisiete veces, su madre había subido al hayedo y había oído la voz de su hija, y luego había bajado a aquella cocina y se lo había dicho a aquella mujer, y aquella mujer lo había apuntado en la columna de OÍDO de un libro de fiado de ultramarinos.

—Ella nunca me lo dijo —murmuró Nahia.

—No.

—Veintisiete años y nunca me dijo que la oía.

Ane dejó la taza en el platillo con mucho cuidado.

—¿Y qué querías que te dijera, hija? ¿Que tu hermana estaba viva ahí arriba y que no se la podía sacar?

—Por primera vez desde que Nahia había entrado en aquella casa, la voz de Ane Urrutia se le rompió por una esquina—.

Tú te ibas a ir a estudiar. Te fuiste. Fue lo único bueno que le pasó a esa mujer en veintisiete años.

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Nahia estuvo un rato sin poder hablar.

Después señaló las anotaciones del OÍDO con el dedo, porque había una cosa que le chirriaba y que no era emocional.

—Aquí hay un problema.

—Dime.

—Si mi madre oyó a Irati veintisiete veces, y era de verdad Irati, entonces Irati estaba consciente y llamando desde el noventa y nueve.

Y ayer una cosa que estaba en mi prado imitó a mi madre perfectamente.

—Nahia se dio un golpecito en la sien—. No puede ser lo mismo.

O son voces de los que están dentro, o son imitaciones de lo que hay fuera.

No pueden ser las dos cosas en la misma columna.

Ane la miró un rato largo. Y sonrió, y fue una sonrisa mala, cansada, de vieja.

—Ahora entiendo por qué te fuiste tan lejos —dijo—. Eso mismo pregunté yo a mi madre con veinte años y me llevé una bofetada.

—¿Y cuál es la respuesta?

—Que no lo sabemos. —Ane cerró el libro—.

Esa columna no dice se le oyó . Dice oído .

Ni tu madre ni yo ni las cuatro mujeres que llevaron este cuaderno antes de mí hemos podido saber nunca cuál de las dos cosas estábamos escribiendo.

Por eso está en el libro. Por eso está fechado.

Para que algún día alguien como tú pueda mirar ciento ochenta y cinco años seguidos y encontrar la diferencia.

Nahia tenía delante el volumen cerrado sobre el hule.

Ciento ochenta y cinco años de datos tomados por cinco mujeres que no sabían qué estaban midiendo, guardados en columnas, con fecha y observador.

Era, se le ocurrió con un escalofrío, una serie temporal.

Era lo que ella le pedía a un becario.

—Déjeme el libro.

—No.

—Ane, déjeme el libro. Puedo cruzarlo con los partes meteorológicos, con las fechas de las talas, con el catastro, con…

—He dicho que no. —Ane puso las dos manos encima de la tela negra—. De esto hay ocho volúmenes: los tres antiguos y cinco más repartidos entre las tres casas. Los vas a tener todos, te lo prometo. Pero no hoy y no en esta casa.

—¿Por qué?

—Porque hoy tienes que ir a otro sitio.

Ane se levantó, cogió el bastón y fue hasta la puerta de la cocina, y desde allí, sin volverse, dijo:

—Vete a ver a Aitor Lasa. Ahora, con luz. Y no le preguntes por la piedra: eso te lo va a contar él y te lo va a contar mal.

—¿Y por qué le pregunto?

Ane abrió la puerta. Entró el frío.

—Pregúntale por la luz.

—¿Qué luz?

—La de la cuadra de su madre. —Ane la miró por encima del hombro—.

Kontxi Lasa dejó una luz encendida en aquella cuadra en noviembre del ochenta y uno y no la apagó nunca.

Ni cuando la ingresaron, ni cuando la enterramos.

Todavía está encendida, hija. Cuarenta y cinco años pagando la factura de una bombilla.

Cargó el peso en el bastón.

—Pregúntale por qué no la apaga. Y luego, cuando te lo haya dicho, pregúntale otra vez qué piedra movieron.

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