El bosque de los que no envejecen Capítulo 6 — El resultado
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Capítulo 6 — El resultado

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La caja de música sonó cerca de medio minuto y se calló.

Nahia la cronometró, con la tapa cerrada y la llave girando en vacío, y apuntó la duración en el cuaderno porque no se le ocurrió otra cosa que hacer con aquello.

A las siete de la mañana la envolvió en un paño de cocina, bajó a la cuadra y la metió en un cajón de fruta debajo del banco.

Sonó dos veces más desde allí abajo aquel día, amortiguada por la madera, y las dos veces duró exactamente lo mismo.

Y después no volvió a sonar nunca.

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La otra caja estaba en el cajón del aparador de la cocina, entre las llaves sin puerta y las pilas gastadas que su madre no tiraba nunca.

Era una cajita de metal de pastillas para la tos, de las antiguas, con la tapa oxidada por una esquina. Nahia la abrió poco después buscando un bolígrafo y estuvo a punto de cerrarla sin mirar.

Dentro había dientes.

Veinte o veinticinco, pequeños, blanquísimos, envueltos por parejas en cuadraditos de papel de fumar, y cada paquetito con una anotación a bolígrafo con la letra apretada de su madre.

N. 61-51. Sept. 93. N. 71-81. Nov. 93. I. 51. Feb. 98.

Nahia los fue sacando y poniéndolos en fila sobre el hule, con las manos frías, y encontró el que estaba buscando sin saber que lo buscaba.

I. 71-81. Abril 99.

Dos incisivos de leche del tamaño de un grano de arroz, envueltos en el mismo papel, guardados durante veintisiete años en una caja de pastillas para la tos.

Los tuvo delante mucho rato.

Después los dejó en fila sobre el hule y se sentó a esperar.

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Jon había dicho que volvía a las seis y llegó a las ocho menos cuarto, con el pelo mojado y sin haber dormido, porque en el cuartelillo se le había caído encima una noche entera de papeles.

Estuvo un minuto de pie delante de la mesa sin decir nada.

—A ver si lo entiendo —dijo por fin—. Usted me está entregando material biológico de Irati de 1999.

—Le estoy entregando los dientes de mi hermana.

—Con fecha escrita por su madre.

—Con fecha y con nomenclatura dental. Setenta y uno y ochenta y uno. Los mismos números que hay en la ficha del consultorio que trajo Leire anoche.

Jon se sentó. Sacó el móvil, hizo cuatro fotos de la fila de paquetitos con una regla al lado, y luego se quedó con los codos en la mesa y la cara entre las manos.

—Le voy a explicar por qué esto es más importante de lo que usted cree —dijo—.

Yo tenía tres hipótesis vivas. La fuerte era la suplantación: una niña parecida, ropa de época, colocada bajo un árbol para que la encontrásemos ayer.

Con esa hipótesis yo puedo trabajar. Puedo detener gente, puedo pedir comisiones, puedo escribir un informe.

—Y ahora no.

—Ahora, si esos dientes son de la niña que está durmiendo arriba, no es que la niña se parezca a su hermana.

—Es mi hermana.

—Es la misma persona. —Jon levantó la cabeza—. Y eso yo no lo puedo meter en ningún atestado.

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Fue Leire la que resolvió el problema del laboratorio, y lo resolvió como se resuelven las cosas en la sanidad rural: llamando a alguien a quien le debía un favor.

—Genética forense de Bilbao no me lo va a coger urgente sin oficio judicial, y el oficio judicial tarda tres días —dijo, con el móvil en la mano y el pie apoyado en el escaño—.

Pero el laboratorio de biología molecular del comarcal me hace un cotejo de parentesco antes de veintiocho horas si le mando las muestras codificadas y no le pongo un nombre encima.

—¿Codificadas cómo? —dijo Jon.

—Con un número. Muestra A, muestra B, muestra C. No van a saber de quién son.

—Eso no vale para un juzgado.

—No vale para un juzgado. Vale para ti y para ella, hoy. Y luego pides la oficial en paralelo y esperas tus tres semanas.

Jon se lo pensó doce segundos.

—Hágalo.

Mandaron tres muestras aquella mañana, en un coche del servicio, por la comarcal recién abierta a un carril: un frotis bucal de la niña, un frotis bucal de Nahia y, en un tubo aparte, uno de los dos dientes.

Jon se llevó también el cepillo del pelo de su madre, del baño de arriba, y dos pelos con raíz de la almohada.

—Para la maternidad —dijo—. Y para cuando la encontremos.

Nadie corrigió el cuando .

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Ane Urrutia llamó a la puerta a las cinco de la tarde.

Esta vez entró.

Tenía ochenta y muchos años y era menuda, seca, con el pelo blanco recogido con horquillas de verdad y una manera de andar con el bastón que no era de apoyarse, sino de ir midiendo el suelo.

Se quitó el chubasquero en el recibidor, lo colgó ella misma en el perchero, se limpió los zapatos en el felpudo con cuatro golpes secos y solo entonces miró hacia dentro.

—Buenas tardes —dijo—. Vengo a ver a la pequeña.

Nahia se puso delante de la escalera.

—¿Por qué?

—Porque llevo veintisiete años sin verla y no me quedan tantas tardes.

Subieron. Leire iba detrás.

Ane se paró en la puerta del cuarto y estuvo un momento largo mirando a la niña dormida en la cama, con la manta hasta los hombros y el pecho subiendo cada quince segundos.

No dio un paso atrás. No se llevó la mano a la boca. No dijo Dios mío , ni no puede ser , ni ninguna de las siete u ocho cosas que había dicho todo el mundo que había entrado en aquella habitación en las últimas veinticuatro horas.

Lo que hizo fue asentir una vez, despacio, como se asiente cuando un tren llega a la hora prevista.

Después dijo:

—Está entera.

—¿Cómo dice? —dijo Leire.

—Que está entera. —Ane seguía mirando a la niña—. A veces no vuelve todo.

Y ahí Nahia sintió que se le erizaba la piel de los brazos por debajo del jersey.

—¿A veces?

—Sí.

—¿A veces vuelven?

Ane se apoyó en el bastón con las dos manos.

—Muy pocas veces.

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Bajaron a la cocina y Ane se sentó a la mesa sin que la invitaran, en la silla de la esquina, que era la silla de Maddi.

Aitor había llegado hacía media hora y estaba de pie junto a la ventana con una taza en la mano.

Ane no lo saludó al entrar. Ahora lo miró.

—Aitor.

—Ane.

—¿Qué piedra movisteis?

La taza no se movió. Eso fue lo que a Nahia le quedó grabado: que la taza no se movió ni un milímetro, y que un hombre al que acaban de preguntarle algo así debería haber derramado algo.

—No sé de qué me hablas.

—Sí sabes.

—Ane…

—Yo te vi bajar el diecinueve por el prado de Aroztegi a las seis y media, con la ropa mojada y sin haber llovido —dijo Ane con tono de quien recita una lista de la compra—. Y llevabas las botas negras hasta la caña. Ese barro solo está arriba.

Leire miró a Aitor.

Jon dejó el bolígrafo encima del cuaderno y no lo volvió a coger.

—Le dije que no —dijo Aitor.

Fue todo lo que dijo. Cuatro palabras, en voz baja, a la ventana.

—Ya lo sé —contestó Ane—. Y aquí estamos.

Nahia dio un paso hacia él.

—Aitor, ¿qué piedra?

Y Aitor hizo una cosa que Nahia no le había visto hacer nunca en treinta y nueve años: se echó a temblar. Le empezó por la mano de la taza, le subió al hombro y le llegó a la mandíbula, y tuvo que dejar la taza en la repisa y agarrarse al alféizar.

—Mañana —dijo—. Mañana os lo cuento todo. Os lo juro. Pero no de noche.

—¿Por qué no de noche?

Aitor no apartó los ojos del cristal negro.

—Porque de noche esto oye.

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El resultado llegó a las once y cuarenta de la noche, por correo electrónico, con el asunto en minúsculas: cotejo urgente muestras A-B-C .

Leire lo abrió en la tablet de Nahia, en la mesa de la cocina, con la lámpara de la campana encendida y los demás alrededor.

Leyó por encima, deprisa, con los ojos saltando de línea en línea, y luego volvió al principio y lo leyó otra vez.

—Vale —dijo—. Vale, vale, vale.

—Leire.

—A y B. La niña y tú. —Se aclaró la garganta—. El perfil es compatible con hermanas de padre y madre. Índice de… da igual el índice. La probabilidad supera el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento.

Nahia asintió. Ya lo sabía. Lo sabía desde que le había visto el remiendo del codo.

—Y A y C —dijo.

Leire levantó la vista de la pantalla.

—A y C coinciden en los veinticuatro marcadores, Nahia.

La cocina de leña dio un chasquido.

—El diente y la niña tienen el mismo perfil genético. —Leire dejó la tablet en la mesa como si pesara—. Eso que hay durmiendo arriba es la misma cría a la que se le cayó ese diente en abril de mil novecientos noventa y nueve.

Jon se levantó, salió al portal y estuvo fuera cuatro o cinco minutos.

Cuando volvió tenía la cara mojada y no era de lluvia.

—Mañana a primera hora pido la oficial —dijo—. Genética forense, cadena de custodia, oficio judicial, la comparativa completa. Con los dientes, con el cepillo, con todo. Y va a tardar tres semanas y va a decir esto mismo.

—¿Y qué vas a escribir mientras? —dijo Leire.

—No lo sé.

—Jon.

—No lo sé, Leire. —Se sentó y se pasó las manos por la cara—. Llevo veinte años escribiendo informes y no hay una casilla para esto.

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La voz empezó a las cuatro y veinte de la madrugada.

Nahia no estaba dormida. Estaba en el sillón del cuarto de su hermana, con una manta encima y los ojos abiertos, mirando cómo se movía el pecho de Irati cada quince segundos, y llevaba así hora y media cuando la oyó.

Venía de fuera.

Venía del prado.

—Nahia.

Se incorporó.

—Nahia Arregi.

Y era su madre.

No se parecía a su madre. Era su madre: el cansancio en la primera sílaba, la manera de acabar el nombre hacia abajo, y el apellido detrás, dicho entero, con esa formalidad de broma que usaba Maddi cuando estaba harta y la llamaba por lo civil.

Nahia se levantó y fue a la ventana.

No se veía nada. El prado estaba negro y el hayedo detrás, más negro.

—Nahia Arregi, sal.

Se estaba moviendo. La voz venía de la esquina de la cuadra, y luego de más allá del cerezo, y luego de detrás del hórreo: rodeaba la casa despacio, a paso de persona, siempre a la misma distancia, como si estuviera dando vueltas alrededor de un límite que no podía cruzar.

Leire se despertó.

—¿Qué es eso?

—Cállate.

—Nahia, ¿eso es…?

—Cállate, Leire, por favor.

—Nahia Arregi. Estoy aquí. Ábreme.

Y Nahia abrió la boca.

Es lo que nadie le iba a poder explicar nunca, ni a Jon, ni en un informe, ni a sí misma: que no fue miedo, y que no fue estupidez.

Fue que su madre llevaba cinco noches en el monte con sesenta y ocho años, y que llevaba veintisiete años sin dormir por su culpa, y que la estaba llamando desde el otro lado del cristal.

Nahia tenía el aire ya en la garganta y la boca abierta y la palabra ama montada en la lengua.

Y entonces le vibró el teléfono en el bolsillo.

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Fue un zumbido corto y tonto, de notificación, y la sacó de allí como se saca a alguien de debajo del agua.

Nahia miró la pantalla con la boca todavía abierta.

Buzón de voz · ama · 19 oct 18:52 · recibido ahora

El repetidor del cordal llevaba averiado desde el fin de semana anterior, con esa avería intermitente que en aquel valle ya no le extrañaba a nadie, y el temporal del jueves lo tiró del todo.

Lo levantaron el viernes por la tarde, pero la cobertura del caserío siguió entrando y saliendo durante horas.

El mensaje que su madre había dejado el lunes a las siete menos ocho, veintidós minutos después de que Aitor la viera subir por la boca del camino viejo, había estado cuatro días dando vueltas por algún servidor y cayó en aquel teléfono a las cuatro y veintitrés de la madrugada del veinticuatro de octubre.

Nahia le dio al altavoz porque le temblaban las manos.

Un roce de tela. Viento. La respiración de una mujer que sube una cuesta.

Y después la voz de su madre, deprisa, bajito, con la boca muy cerca del micrófono:

—Nahia. No voy a poder explicártelo. Escúchame solo esto y no lo olvides: si me oyes llamarte desde los árboles, no contestes. Aunque sea yo. No contestes.

Un clic.

El mensaje duraba once segundos.

Nahia se quedó de pie en mitad del cuarto de su hermana con el teléfono en la mano, y Leire estaba sentada en el sillón con las dos manos en la boca, y por la ventana no entraba ningún ruido en absoluto.

Silencio en el prado.

Cuatro segundos. Cinco.

Y entonces, desde el otro lado del cristal, a la altura de una persona de pie, muy tranquila, la voz de su madre dijo:

—Si me oyes llamarte desde los árboles, no contestes.

Y lo dijo con la misma entonación. Exactamente la misma. La bajada en árboles , la pausa antes de no contestes , hasta el roce de la respiración al final.

No lo repitió como quien se burla.

Lo repitió como quien aprende.

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