Capítulo 5 — La casa que esperaba
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—La subimos —dijo Nahia.
—No.
—Leire, lleva ocho horas en un escaño de madera.
—Lleva ocho horas en un escaño de madera pegado a la única pared caliente de esta casa, con dos mantas térmicas y a metro y medio de mí. —Leire no levantó la vista del monitor—. Yo no muevo a una paciente con veinte pulsaciones para que esté más mona.
—Arriba hay una cama hecha.
Aquello sí le hizo levantar la vista.
—¿Hecha?
—Hecha.
Leire estuvo callada un momento. Después miró el techo, como si pudiera ver a través de él.
—Vale —dijo—. La subimos. Pero la subimos entre las dos, despacio, y yo duermo en el sillón de ese cuarto. Y una cosa más.
—Dime.
—Deja de mirarla como si fuera a desaparecer si parpadeas. Llevas ocho horas sin comer y con la ropa mojada, y si te caes tú, aquí arriba nos quedamos dos enfermas y una carretera cortada.
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Jon se marchó a las diez con las bolsas de pruebas en el maletero: la tira de lana, el fragmento de liquen, un raspado del barro de la cocina, los frotis bucales y la ropa de la niña, cazadora incluida, cada cosa precintada y etiquetada con su letra de mayúsculas.
Bajaba a dormir cuatro horas al cuartelillo y volvía a las seis.
Aitor se fue detrás de él sin que nadie le pidiera que se quedara y sin ofrecerse a hacerlo.
En la casa quedaron Nahia, Leire e Irati.
Nahia llevaba veintisiete años sin abrir aquella puerta, y no chirrió.
Eso fue lo primero. Las bisagras estaban engrasadas. Nahia se quedó con la mano en el pomo, en el pasillo, mientras sostenían a su hermana entre las dos y el olor salía del cuarto: madera, jabón y la lavanda que su madre metía en bolsitas de tul entre la ropa doblada.
No olía a cerrado. No olía a polvo, ni a humedad, ni a esa cosa dulzona que tienen las habitaciones de los muertos.
Olía a un cuarto en el que alguien había estado esa semana.
La colcha era la amarilla. Las cortinas, limpias. Sobre la almohada, el conejo de tela al que Irati le había arrancado una oreja de un tirón en 1997 y al que Nahia le había dicho que ya nunca sería lo mismo.
En el escritorio, los lápices estaban afilados. Todos. Con esa punta larga y limpia que solo sale del sacapuntas de manivela.
—Dios —murmuró Leire.
Acostaron a la niña. Leire le colocó los sensores, comprobó el ritmo, la tapó, y luego se quedó un rato mirando el cuarto de pie en el centro de la alfombra, con las manos en los bolsillos de la bata, sin decir nada.
—Yo pensaba que era un altar —dijo Nahia—. Toda mi vida he pensado que era un altar y que mi madre estaba enferma.
—Esto no es un altar.
—No.
—Un altar no tiene los lápices afilados. —Leire se agachó y levantó la colcha por la esquina, y miró las sábanas, y las volvió a dejar—. Nahia, las sábanas están limpias. No lavadas y guardadas: limpias y puestas. Esta cama está hecha para que alguien se meta en ella.
Nahia abrió el cajón de la cómoda.
Pijamas.
Doblados en tres montones, con esa geometría de armario de enfermera. Cogió el de arriba y lo desplegó: un pijama de franela azul con estrellas, talla 7.
Con la etiqueta puesta.
Debajo había otro, de algodón, talla 7, de una cadena de ropa infantil que había abierto tienda en Bilbao hacía tres o cuatro años. Y otro, más viejo, talla 7, de unos grandes almacenes que habían cerrado en 2011. Y otro. Y otro.
Nahia los fue sacando y poniéndolos encima de la cama, uno al lado del otro, y no paró hasta que no quedó ninguno.
Once pijamas.
Once pijamas nuevos, sin estrenar, de once años distintos, todos de la talla 7.
Su madre había estado comprando ropa para una niña de siete años durante veintisiete años.
—Nahia —dijo Leire desde la puerta—. Siéntate.
—Estoy bien.
—Siéntate ahora mismo o te siento yo.
Nahia se sentó en el suelo, con la espalda contra la cómoda y los once pijamas extendidos encima de la cama de su hermana, y lloró por primera vez desde que había llegado a aquel pueblo.
Le duró cuatro minutos.
Después se levantó y siguió abriendo cajones, porque llorar era una cosa y entender era otra, y ella solo sabía hacer la segunda.
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La caja de cartón estaba en el altillo del armario, detrás de las mantas.
Pesaba. Nahia la bajó con las dos manos, la puso en el suelo y la abrió, y dentro había calendarios.
De los de pared, de los de banco y de farmacia y de taller mecánico, de los que se regalan en enero y nadie guarda. Estaban apilados por orden, del más nuevo al más viejo, y todos tenían la hoja de octubre por fuera.
Todos tenían el 22 rodeado con boli azul, dos vueltas.
Nahia los fue pasando con las manos cada vez más torpes. 2025. 2024. 2023. 2022. Y así hasta el fondo: 2002, 2001, 2000. El último era el de 1999, y ese no tenía nada rodeado.
Veintiséis. Faltaba el de 2003, y sabía por qué: lo había arrancado ella con dieciséis años y lo había metido en la cocina de leña, y su madre no le dijo nada y al día siguiente había un calendario nuevo colgado del clavo.
Veinticinco octubres rodeados.
Y no los había guardado por nostalgia. Los había ordenado como un registro: con la hoja del mes correcto por fuera, dentro de una caja etiquetada a rotulador con una sola palabra en la esquina.
OCTUbrES.
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Las cintas estaban en el mismo altillo, en una lata de galletas danesas.
Cuatro casetes, con la letra apretada de su madre en la etiqueta.
Irati, 1996. Cumpleaños, 1998. Excursión al mar, 1999. Irati — voz.
Nahia tuvo la cuarta en la mano un rato largo antes de entender qué era lo que le chirriaba.
No era el título.
Era el estado de las cintas.
Las tres primeras estaban como están los casetes que se guardan: la carcasa turbia, la etiqueta amarilleada, la cinta enrollada y quieta.
La cuarta estaba destrozada. El plástico rayado en los cantos, la etiqueta despegada por una esquina y vuelta a pegar dos veces, y en la ventanilla se veía la cinta marrón mate, sin brillo, con ese aspecto pelado que solo tienen las cintas que se han pasado por los cabezales cientos de veces.
Y en un lateral, cruzando la carcasa, un trozo de cinta aislante negra sujetando una grieta.
Su madre no había guardado aquella cinta.
Su madre la había gastado.
Nahia bajó a la cocina con la lata contra el pecho, puso la cuarta cinta en la grabadora del hule y se quedó con el dedo encima de la tecla mucho tiempo.
Luego la apretó.
Un chasquido. Estática. Y después, en la cocina fría de su madre, a la una y veinte de la madrugada, con veintisiete años de retraso, se oyó una niña de siete años cantando una canción de tres notas que subían y no bajaban.
Nahia se tapó la boca con las dos manos.
No la reconoció.
Esa fue la cosa peor de aquella noche, peor que los pijamas, peor que los calendarios: que no reconoció la voz de su hermana .
Se acordaba de su cara con precisión de fotografía, del olor de su pelo, de la forma de sus rodillas con costras.
De la voz no. La voz le llegó nueva, ajena, como la de una niña cualquiera en un parque cualquiera.
Escuchó los treinta y cinco minutos enteros.
Irati contaba cosas. Que en el colegio les habían puesto una peli. Que el gato de los de abajo tenía siete gatos dentro. Que se le movía un diente de abajo y que no se lo quería tocar porque le daba grima.
Nahia paró la cinta.
Abril. El diente se le había caído en abril; lo había leído aquella misma tarde en una casilla rellenada por su madre. Aquella grabación era de marzo, o de febrero, o de una tarde cualquiera del último invierno en que su hermana tuvo dientes que se le movían.
Su madre había etiquetado la cinta sin fecha. La única de las cuatro sin fecha.
Volvió a darle al play.
Y de fondo, de vez en cuando, se oía a su madre pasando páginas, y una vez se oía a Maddi decir, muy bajito, casi para sí: sigue, hija, sigue hablando .
Nahia rebobinó y volvió a oír esa parte cuatro veces.
Su madre no estaba grabando a una niña.
Su madre estaba haciendo acopio.
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Volvió arriba a las dos y diez con la lata y una idea que le rondaba y no cuajaba, y se puso a mirar los dibujos de la estantería.
Había una treintena, sujetos con chinchetas y ordenados sin criterio: casas con humo, montañas, un tractor, dos niñas cogidas de la mano junto a un río. En el del río, en una esquina, sentada sobre una piedra, una mujer con el pelo hasta el suelo se peinaba con la mano.
Y a Nahia le volvió, con una nitidez absurda, que su hermana hablaba de esa mujer. Que decía que estaba en el lavadero viejo. Que su madre le contestaba que eran cuentos de las viejas y que ella, desde la mesa, se reía de su hermana.
Detrás del dibujo había una fecha: 15-9-99 .
Cinco semanas.
El siguiente era distinto.
Ocupaba la hoja entera y estaba hecho con presión, con el lápiz negro repasado tantas veces que había abierto el papel en dos sitios. Troncos verticales, muy juntos. Y entre ellos, de arriba abajo de la hoja, una figura enorme sin cara, con el cuerpo cubierto de rayas verdes y marrones.
Al lado de la figura, mucho más pequeño, un círculo negro con dos puntos blancos dentro.
Y encima de la figura grande, escrito con letras desiguales de niña de siete años, apretando:
NO ES ÉL
Nahia le dio la vuelta al dibujo. No había fecha.
Volvió a ponerlo del derecho y se acercó a la lámpara. Entonces vio que había algo más, abajo, en el borde, medio tapado por una chincheta y escrito en letras más pequeñas, casi escondido:
EL QUE LLAMA NO TIENE CARA
Nahia se quedó muy quieta.
Su hermana de siete años había dibujado dos cosas en ese papel. Y había escrito no es él encima de la grande, la que daba miedo, la que ocupaba toda la hoja.
No era una acusación. Era una aclaración: la figura grande quedaba apartada de la culpa y el dibujo señalaba a otra cosa.
—No es él —dijo Nahia, en el cuarto de su hermana, a las dos y veinte de la madrugada—. Entonces, ¿quién?
Detrás de ella, en el escritorio, empezó a sonar la caja de música.
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Era la azul, la de la bailarina pintada en la tapa.
Nahia la había roto ella misma en el noventa y ocho por darle demasiada cuerda, y su hermana había llorado dos días, y su madre había prometido arreglarla y no la había arreglado nunca porque no se podía: el muelle se había pasado y la llave giraba en vacío.
Estaba abierta.
La bailarina daba vueltas despacio, torcida, y la melodía salía a trompicones, más grave de lo que Nahia recordaba, con notas que faltaban.
Leire estaba dormida en el sillón con la cabeza apoyada en el respaldo y la boca abierta. Irati seguía en la cama, en la misma posición, con la manta hasta los hombros.
Nahia se acercó al escritorio.
Miró la llave lateral.
No se movía.
Cerró la tapa con dos dedos y la sostuvo apretada.
La música siguió sonando dentro de la caja.
Nahia apartó la mano y retrocedió hasta la ventana. Se quedó allí con la espalda contra el cristal frío y el corazón en la garganta, contando, porque los números todavía obedecían.
Treinta y un segundos.
A los treinta y uno, la caja se calló.
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Salió al pasillo, bajó a la cocina, se bebió un vaso de agua de pie en el fregadero y se obligó a construir la lista de explicaciones posibles.
Una: se había pasado el muelle al revés y llevaba veintisiete años tenso, y la vibración de subir a la niña por la escalera lo había liberado. Improbable, pero posible.
Dos: Leire se había levantado sin darse cuenta y la había abierto. Absurdo.
Tres: había alguien más en la casa.
Nahia dejó el vaso, cogió la linterna grande de la balda y recorrió la planta baja habitación por habitación: la sala, la despensa, el cuarto de costura, la cuadra. Movió el picaporte de la puerta de atrás y estaba echada por dentro. Las ventanas, cerradas.
Y al pasar por el recibidor, mirando por el cristal de la puerta, vio el prado.
Había parado de llover.
El agua brillaba encima de la hierba y por encima de los prados, a doscientos metros, la masa del hayedo era una cosa negra sin fondo, más negra que el cielo.
En el lindero, de espaldas, había una niña.
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Nahia no gritó.
Se lo agradecería el resto de su vida, aquello: que en el momento en que le hizo falta, su cuerpo se quedó quieto y su cabeza se puso a trabajar.
La figura era pequeña. Uno veinte, uno veinticinco. Estaba de espaldas, justo donde acaba el prado y empiezan las primeras hayas, con la cabeza un poco inclinada hacia un lado, como quien escucha.
Tenía el pelo oscuro, suelto, por los hombros.
Y llevaba una cazadora acolchada de color berenjena con las mangas de rayas.
Nahia sintió cómo se le abría el estómago.
Porque aquella cazadora no estaba en el lindero.
Aquella cazadora estaba dentro de una bolsa de pruebas transparente, precintada, con una etiqueta escrita a mano, en el maletero de un coche patrulla aparcado en la campa del ayuntamiento, a cuatro kilómetros de allí.
Subió la escalera de dos en dos sin hacer ruido, entró en el cuarto y encendió la luz.
Leire se despertó con la rapidez de una médica de guardia.
—¿Qué pasa?
Nahia no le contestó. Estaba mirando la cama.
Irati seguía allí. Dormida. La manta hasta los hombros, la mano izquierda debajo de la mejilla, el pecho subiendo cada quince segundos.
—Nahia, ¿qué pasa?
—¿Ha salido de esta cama?
—¿Qué? No. No se ha movido, llevo aquí toda la…
—¿Te has dormido?
Leire tardó medio segundo en contestar, y ese medio segundo fue una respuesta.
Nahia volvió a la ventana y apartó la cortina.
El prado estaba vacío.
Doscientos metros de hierba mojada brillando bajo un cielo que empezaba a abrirse, y el lindero negro, y nada de pie en él.
—¿Qué has visto? —dijo Leire detrás de ella.
Nahia abrió la boca.
Y en ese momento, en el escritorio, a su espalda, la caja de música empezó a sonar otra vez.
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