El bosque de los que no envejecen Capítulo 4 — Irati
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Capítulo 4 — Irati

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La comarcal se cortó a las doce y media en dos puntos; en uno de ellos había tres hayas atravesadas y un poste de media tensión encima.

Jon lo escuchó por la emisora en el borde del hoyo, con el agua chorreándole del gorro, y luego lo repitió para que lo oyeran todos, porque era un hombre que creía que las malas noticias se dan enteras y de una vez.

—Los de carreteras dicen cuatro horas para abrir un carril. Con esta lluvia, seis. El helicóptero de Iurreta no sale con estas rachas y no va a salir hoy.

—Entonces no la bajamos —dijo Leire.

—No la bajamos.

—¿Y la ambulancia medicalizada?

—Está al otro lado del corte.

Leire Otxoa se limpió la frente con el antebrazo, que es lo único que se puede limpiar uno cuando lleva guantes.

Había subido a las siete de la mañana con el operativo, como sube a estas cosas el médico de la comarca cuando hay cuarenta personas en el monte y aviso naranja: a esperar torceduras. Llevaba desde entonces sin sentarse.

—Vale. Entonces me la llevo al pueblo, al consultorio.

—El consultorio tiene una camilla y un armario —dijo Nahia—. Yo tengo una casa con cocina de leña doscientos metros por debajo de la boca de este camino.

Leire la miró por primera vez desde que había llegado, de verdad, y no con la atención práctica reservada a un familiar al que hay que apartar.

Habían ido juntas al colegio del pueblo desde los seis años, en un aula donde dos cursos compartían maestra.

Habían compartido bocadillo, gripes, un primer cigarrillo malísimo detrás del frontón y, en el otoño de 1999, dos semanas de recreos en las que Leire Otxoa había sido la única persona de aquel pueblo que se sentó al lado de Nahia sin decirle nada.

—Tienes razón —dijo—. Vamos a tu casa.

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Bajaron a Irati en camilla de rescate por el camino de las carboneras, seis personas rotando cada cien metros, con la lluvia entrando de lado y el regato ya desbordado por encima de las piedras.

Nahia bajó al lado de la camilla y no miró el suelo ni una sola vez, lo cual, en aquel terreno y con aquella agua, fue una estupidez considerable.

Entraron por la puerta de la cocina a la una y veinte.

Y entonces Nahia hizo la única cosa útil que se le ocurrió, y le llevó veinte minutos: encendió la cocina de leña de su madre.

No sabía. Eso fue lo humillante. Había vivido dieciocho años en aquella casa y no sabía en qué orden se pone la astilla, el papel y el tronco en aquel cacharro concreto; tuvo que agacharse a leer el tiro, probar tres veces, gastar media caja de cerillas y aguantarse las lágrimas cuando el humo le entró por el fallo del tiraje.

A la una y cuarenta la chapa empezó a calentarse.

A las dos, la cocina olía a lo que había olido siempre.

Pusieron a Irati en el escaño largo, junto a la pared caliente, encima de dos mantas térmicas y debajo de otras dos de lana. Leire montó lo que tenía: pulsioxímetro, un monitor portátil de los que se llevan en los avisos, sondas de temperatura, y una bombona pequeña de oxígeno que decidió no usar.

Ane Urrutia no entró en la casa.

Nahia la vio desde la ventana a media tarde, en el camino, con un chubasquero negro que le llegaba a los tobillos y un bastón de madera oscura, mirando el tejado. Estuvo allí de pie quizá diez minutos. Después se fue.

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Los números tardaron dos horas en dejar de parecerle un error a Leire.

—Frecuencia cardiaca veinte. Veintiuno. Veinte. —Estaba de rodillas junto al escaño con el estetoscopio puesto, y hablaba sin levantar la cabeza, como si dictara—. Tú contaste veintidós arriba, ¿no?

—Veintidós.

—Pues ahora está en veinte, y lleva dos horas en veinte.

No sé si eso quiere decir algo. Apúntalo y no pienses en ello.

—Volvió a la auscultación—. Ritmo regular.

Regularísimo. Eso es lo que no me cuadra: con una frecuencia así debería haber inestabilidad, mala perfusión o algún signo de fallo grave. Y no hay nada. Esto va como un reloj.

—¿Y la respiración? —preguntó Jon desde la mesa, donde tenía extendidos el cuaderno, la tablet y tres bolsas de pruebas.

—Cuatro. A veces cinco.

—¿Eso es compatible con la vida?

—Eso es compatible con un anfibio.

Leire se sentó en el suelo con la espalda en la pared y se pasó las manos por la cara.

—Treinta y tres y dos de temperatura central. Con treinta y tres, un niño de siete años tiene escalofríos, taquicardia, confusión y no habla. Aquí no hay temblor, no hay piel marmórea, no hay eritema pernio, no hay lesión por frío en ninguna parte. Las manos están rosas. Las uñas están rosas.

—¿Deshidratación?

—Ninguna. El pliegue vuelve como el de una niña que acaba de merendar.

—¿Desnutrición?

—Ninguna. —Leire se rio, y fue una risa mala—. Percentil cincuenta de peso para siete años. Percentil cincuenta y cinco de talla. Esta niña no presenta signos de haber pasado hambre.

Jon dejó el bolígrafo.

—Es lo que llevo tres horas pensando.

—Dilo.

—Que la ha cuidado alguien.

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Nahia había decidido no discutir con Jon, y se pasó la tarde entera cumpliéndolo con una disciplina que le costó sangre.

Porque Jon estaba haciendo su trabajo, y lo estaba haciendo bien, y era insoportable.

A las cinco de la tarde, con el temporal aún golpeando las contraventanas, había llenado ocho páginas y había construido cuatro hipótesis. Se las expuso a las dos, de pie, sin agresividad, con el tono de un hombre que enseña sus cartas porque necesita que alguien le encuentre el error.

—Secuestro y cautiverio: entonces tendría treinta y cuatro años. La descarta la realidad física que estáis midiendo. Encubrimiento vecinal: que aquí hay gente que sabe algo desde el noventa y nueve y que lo de hoy se les ha ido de las manos. Esa no la descarto.

—¿Y la fuerte?

—Suplantación. Que esta no es su hermana.

Que es una niña que se le parece mucho, con ropa del noventa y nueve, colocada bajo unas raíces por alguien que quería que la encontrásemos hoy.

—Cerró el cuaderno—. Es la que yo escribiría.

Encaja con el barro fresco, con el aniversario y con el pañuelo del fresno.

—El remiendo del codo lo cosió mi madre —dijo Nahia.

—Eso lo dice usted, que es su hija y lleva veintisiete años queriendo esto.

Lo dijo sin crueldad, y por eso dolió.

—Y hay una cuarta —añadió— que no puedo escribir.

Nadie preguntó cuál era.

—Necesito muestras —dijo—. Para lo primero que se abra: comparativa de ADN con usted y con la madre cuando la encontremos.

—Sácalas —dijo Leire—. Frotis bucal y dos tubos. Pero te aviso: si esa niña es hija de Maddi Arregi, el laboratorio te lo va a decir en dos semanas, y en dos semanas tú vas a tener que escribir un informe con eso dentro.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes.

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El hilo rojo lo resolvieron a las seis, sin laboratorio, en la mesa de la cocina.

Nahia subió al cuarto de costura, que era el cuarto de plancha, que era también el cuarto donde su madre guardaba lo que no sabía dónde guardar, y bajó con una bolsa de plástico del supermercado con dos madejas dentro.

Lana gruesa, cardada, teñida en una gama de rojo que ya nadie fabricaba.

Jon puso el fragmento encima del hule, al lado del ovillo, con guantes.

No hacía falta ser criminalista. La lana era la misma.

El mismo grosor irregular, el mismo cardado basto, la misma manera de abrirse en los cabos.

Hasta el tono estaba: uno de esos rojos que tiran a granate y se apagan con el sol, y las dos madejas estaban apagadas con el mismo cansancio que el hilo.

—Es de la bufanda de ama.

—Vale.

—Es de esa lana. Lleva veintisiete años haciéndose la misma bufanda con la misma madeja. La deshace en primavera y la vuelve a hacer en octubre.

Jon no le quitaba ojo al ovillo.

—¿Por qué?

—Porque dice que la lana buena no se tira.

Y Nahia se oyó decirlo, y por segunda vez en dos días notó cómo una frase de su casa se le daba la vuelta en la boca.

Su madre no reutilizaba una madeja por avaricia.

Su madre llevaba veintisiete años deshaciendo y volviendo a tejer la misma lana porque era la lana con la que se había vestido la última noche en que tuvo a sus dos hijas consigo, y porque, si un día tenía que dejar un rastro en aquel bosque, quería que su hija mayor lo reconociera sin dudar.

Nahia salió a la cuadra y estuvo allí seis o siete minutos.

Cuando volvió, Aitor estaba en la puerta.

Se había cambiado de ropa y traía un termo y una bolsa de pan, y llevaba al cuello, sobre el forro polar seco, un silbato pequeño de latón colgado de un cordón trenzado, gastadísimo, con el metal rozado y sin brillo por un lado.

—Para la perra —dijo, porque Nahia lo estaba mirando.

—Nunca te lo he visto usar.

—No lo uso.

Y se lo metió por dentro del cuello, con un gesto rápido, igual de rápido que el gesto con el que le había tapado la emisora a un policía.

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Jon salió al portal a las siete a hablar por teléfono, y volvió con la cara de otro hombre.

—Mi mujer —dijo, sin que nadie le preguntara—. Que la carretera de Otxandio también está cortada y que la niña tiene fiebre.

—¿Cuántos años tiene? —dijo Leire.

—Amaia siete. Y el mayor doce. —Se guardó el teléfono, miró el escaño y apartó la vista deprisa, incapaz de sostenerla—. Siete y doce.

Se oyó el temporal en las contraventanas.

Doce y siete.

Nahia tuvo que agarrarse al respaldo de una silla.

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Fue Leire la que rompió la tarde, y no de la manera en que Nahia esperaba.

A las ocho y veinte, con Irati dormida y el monitor haciendo su ruido de gota lenta, Leire se puso de pie.

—Necesito una cosa del consultorio.

—Está cerrado.

—Tengo llave, soy la médica.

—Leire, ¿qué necesitas?

—Su ficha.

Nahia no entendió.

—El consultorio de Ezkairu no está informatizado hasta el dos mil ocho. Todo lo de antes está en carpetas de cartón en un armario metálico del cuarto de atrás. —Leire ya estaba metiendo los brazos en el anorak—. Las revisiones escolares de los años noventa las hacía la enfermera del pueblo.

Nahia lo entendió entonces.

Las hacía su madre.

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Volvió a los cuarenta minutos, empapada, con una carpeta beis metida dentro de una bolsa de basura.

La abrió sobre el hule, entre el termo y las bolsas de pruebas, y la letra que salió de dentro le dio a Nahia un golpe en el pecho que no esperaba: la letra pequeña y apretada de su madre, con la ele mayúscula hecha como un número uno, rellenando casillas de un formulario de Osakidetza con fecha de mayo de 1999.

ARREGI, IRATI. 7 años. Revisión escolar 2.º de Primaria.

Talla. Peso. Agudeza visual. Audición.

Y una casilla de odontología con un dibujito de una boca, y dentro del dibujito, dos aspas y una anotación a bolígrafo:

Faltan 71 y 81 (caídos abril). 31 y 41 sin erupción.

—Traduce —dijo Jon.

—Los dos de leche del medio de abajo, setenta y uno y ochenta y uno. Se le cayeron en abril del noventa y nueve. —Leire estaba muy pálida—. Y treinta y uno y cuarenta y uno, que son los definitivos que van en ese hueco, sin erupcionar. Eso escribió en mayo, cuando… cuando Maddi le hizo la revisión.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que en octubre del noventa y nueve tenían que estar fuera.

Un incisivo central inferior permanente tarda de uno a seis meses en aparecer.

Seis, a lo bestia. Es de los dientes más puntuales que hay en el cuerpo humano.

—Cogió la linterna de exploración y un depresor—. Nahia, ven aquí y no me toques.

Se arrodilló junto al escaño.

Con dos dedos, con un cuidado insoportable, le bajó el labio inferior a la niña.

Nahia se agachó y miró.

Estaban los laterales. Estaba el canino. Estaban las muelas.

Y en el medio, abajo, donde tenían que estar los dos dientes que se le habían caído a su hermana en abril de 1999, había un hueco.

Encía lisa. Rosa. Cerrada. Sana.

Ninguna señal de erupción.

Leire apagó la linterna y se quedó de rodillas en el suelo de la cocina, con el depresor todavía en la mano.

—Veintisiete años —dijo—. Veintisiete años y no le ha salido un diente.

—Leire.

—Puedo explicarte una bradicardia. Puedo explicarte una hipotermia rara, un trastorno metabólico que no conozco, hasta puedo aceptar que alguien encontrara una niña parecida y le pusiera un chándal del noventa y nueve.

—Levantó la cabeza y miró a Jon, no a Nahia—.

Pero el desarrollo no se falsifica con ropa vieja.

La dentición es un calendario. Una enfermedad o la desnutrición pueden retrasarla; no detenerla veintisiete años.

A un niño desnutrido y encerrado en un sótano durante todo ese tiempo le salen los dientes .

Se puso de pie despacio, agarrándose al escaño.

—A esta no.

Fuera, el temporal tiró algo metálico en la campa y lo arrastró un par de metros.

—Esa niña no ha crecido —dijo Leire Otxoa, la mujer que había venido a aquella casa a impedir que nadie dijera tonterías—. No es que no haya crecido de estatura. Es que no ha pasado el tiempo por dentro de su cuerpo.

Y luego, con una voz que a Nahia le sonó a la de una cría de seis años en un patio, añadió:

—Nahia, esto es Irati. Esto es Irati de verdad.

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