Capítulo 3 — La tormenta
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En la campa del ayuntamiento había cuarenta y una personas y el aliento de todas se veía. Nahia las contó, porque contar era lo único que la mantenía de pie.
Doce ertzainas. Nueve de montaña con los cascos colgando del arnés.
Cuatro bomberos forales. Dos guías con perros de rastro, un pastor belga y una mestiza vieja de color arena que se llamaba Lur.
Y catorce del pueblo: chaquetas de trabajo, mujeres con termos, dos chavales que no paraban de mirar el móvil.
Y jueves.
Nahia se dio cuenta a las siete y cuarto, con el vaso de plástico quemándole los dedos, y tuvo que apoyarse en el capó de un coche.
Si el jueves no he vuelto, avisas tú.
Su madre había elegido el día. No se le había ocurrido pensarlo hasta ese momento: Maddi no había dicho tres días porque tres fuera un número bonito. Había dicho tres días porque contaba hacia el jueves. Hacia el veintidós.
Hacia hoy.
Veintisiete años exactos.
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El jefe de montaña era un hombre pequeño y calvo que hablaba como se escribe un protocolo.
Repartió sectores en una pizarra apoyada en una furgoneta y explicó tres veces lo mismo con las mismas palabras, que es la manera correcta de explicarle algo a cuarenta personas que no han dormido.
—Aviso naranja desde las once. Rachas de ciento diez en cresta. Si yo digo abajo, se baja. No se discute, no se remata el sector, no se dan quince minutos más. Abajo.
Nahia levantó la mano.
Le costó, porque desde los doce años no había vuelto a levantar la mano delante de gente de aquel pueblo.
—Hay una cosa que tienen que saber. —Se oyó la voz demasiado alta y bajó el tono—.
Soy la ingeniera del informe de sanidad forestal.
En la ladera este, entre la cota setecientos noventa y la ochocientos treinta, hay doce hayas centenarias con el sistema radicular muerto.
Copa sana, tronco sano, raíces secas. Están de pie porque no ha hecho viento.
El hombre pequeño la miró con un interés nuevo.
—¿Y con ciento diez?
—Con ciento diez se caen. No se desgajan: se van enteras, con la cepa fuera. —Buscó las palabras con las que se dicen estas cosas para que las entienda todo el mundo—. Un árbol así no avisa. No cruje. Se va y ya está.
—¿Puede marcarme el perímetro?
—Se lo marco ahora.
Lo marcó con la tablet y con una cuerda de balizar, ella misma, subiendo antes que nadie con dos bomberos, y a las nueve menos cuarto el sector estaba acordonado y con un cartel de plástico amarillo.
Aquello iba a resultar, muchos meses después, la cosa más difícil de explicarle a Jon: que la única persona de todo el operativo que sabía que aquel árbol podía caer era ella, y que aun así llegó tarde.
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A media mañana ya sabía dos cosas más, y ninguna le gustó.
La primera se la enseñaron los perros.
Lur trabajaba bien. Cogió el rastro de su madre en el perchero, lo llevó desde el caserío hasta la boca del camino viejo sin dudar, subió la cuesta con la cola alta y pasó junto al fresno torcido del regato, del que Jon se había llevado la tira de lana la noche anterior en una bolsa de pruebas.
Y en el borde del sector balizado, la perra dejó de trabajar.
No es que perdiera el rastro. Nahia había visto perros perder rastros: dan vueltas, se enfadan, vuelven atrás, cortan. Lur no hizo nada de eso. Se paró en seco, levantó la cabeza y se quedó mirando ladera arriba, y luego se sentó.
—Vamos, Lur —dijo la guía—. Bila. Bila.
La perra la miró y volvió a mirar arriba.
El pastor belga llegó veinte minutos después por otra línea de búsqueda, unos cien metros más al norte, y también se paró. Los dos guías compararon los puntos en el GPS y uno de ellos dijo algo sobre corrientes térmicas y humedad, y el otro asintió.
Nahia les dio la razón en voz alta y sacó la tablet, metió las dos coordenadas y las puso encima de su propio trabajo de la víspera.
Los perros se habían plantado sobre la línea. Los dos. Con un error de tres y de cinco metros, respectivamente, sobre una raya que ella había dibujado el día anterior uniendo doce árboles muertos y que nadie más había visto todavía.
Guardó la tablet y no se lo enseñó a nadie, y aquella fue la primera vez en su vida profesional que escondió un dato.
La segunda cosa se la enseñaron las personas.
Los de fuera gritaban el nombre completo.
Los bomberos, los de montaña, los ertzainas jóvenes: ¡Maddi Arregi! , a pleno pulmón, cada treinta o cuarenta metros, que es lo que hay que hacer en una batida y lo que enseñan en todos los cursos.
Los del pueblo, no.
Los del pueblo gritaban ¡Maddi! . Solo ¡Maddi! .
Y no era uno. Era el carnicero, y las dos mujeres de los termos, y el hombre de la casa de abajo que tenía ochenta años y había subido igual, y los chavales de veinte que no paraban de mirar el móvil. Todos. Sin ponerse de acuerdo, sin mirarse, sin que nadie diera ninguna instrucción.
Nahia se pasó una hora comprobándolo, porque era lo que sabía hacer: observar una población y anotar la frecuencia de un carácter.
Cuarenta y una personas. Catorce de Ezkairu. Ninguna de las catorce dijo un apellido en toda la mañana.
Y a ella tampoco le salió.
Eso fue lo peor. Que se dio cuenta a las once menos cuarto, con la garganta ya destrozada de gritar, de que llevaba cuatro horas llamando a su madre por el monte y de que ni una sola vez había dicho Arregi , y de que nadie se lo había pedido, y de que no sabía por qué.
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El frente no llegó. Se cayó encima.
A las once y veinte el cielo estaba blanco y quieto y hacía un calor impropio, un bochorno de agosto en octubre que a Nahia le estaba dando dolor de cabeza.
A las once y veinticinco el hayedo entero se puso a sonar, todo a la vez, de arriba abajo, como si alguien hubiera abierto un grifo en la cresta.
Y entró.
No hubo rachas de aviso ni ese minuto de aire frío que precede a las tormentas de verano.
Pasó de no moverse una hoja a ciento y pico kilómetros por hora en menos de lo que se tarda en cerrar una mochila.
El agua llegó de lado. Un rayo cayó tan cerca que el trueno no vino después, vino con él, y las radios se llenaron de ruido blanco.
—¡ABAJO! —La voz del jefe de montaña se coló entre dos ráfagas—. ¡TODOS ABAJO! ¡SECTORES AL CAMINO Y ABAJO!
Nahia bajaba con Jon y con Aitor por el borde del perímetro balizado, agarrándose a los troncos, con el agua metiéndosele por el cuello y las botas resbalando en la hojarasca, y llevaba en la cabeza una sola idea muy sencilla y muy egoísta: mi madre lleva tres noches ahí arriba y hoy es veintidós .
Entonces el bosque hizo un ruido que Nahia no había oído nunca.
No fue un crujido. Fue un desgarro largo y grave, de tela mojada rasgándose, con un chasquido dentro, y después un golpe que se sintió en las plantas de los pies antes que en los oídos.
Los tres se quedaron parados.
—Ha caído una —dijo Aitor.
—Ha caído una de las mías —dijo Nahia.
Y echó a andar hacia arriba, cuesta arriba, contra la orden y contra el viento, y no fue una decisión: fue el cuerpo, que llevaba veintisiete años esperando la ocasión de subir en vez de bajar.
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Era la más grande de las doce.
Un haya de metro veinte de diámetro que llevaría allí doscientos años, tumbada de través en la ladera, con las ramas altas clavadas en el suelo y la copa deshecha.
Se había ido entera, como Nahia había dicho que se iría: no se rompió el fuste.
La cepa había salido del suelo y estaba levantada del revés, un muro de tierra y raíces de cinco metros de alto que ahora hacía de pantalla contra el agua.
Debajo, donde había estado el sistema radicular, se había abierto un hoyo.
Nahia se acercó por el lado de sotavento y lo primero que pensó, con la parte estúpida del cerebro, fue: la tierra no está mojada .
Llovía a mantas. Llevaba veinte minutos lloviendo a mantas. La ladera entera era una lámina de agua marrón bajando, la hojarasca flotaba, el regato de abajo ya sonaba a crecida.
Y el interior del hoyo estaba seco.
Seco de polvo. Seco de sitio cerrado. La tierra de las paredes tenía ese color claro de la tierra que no ve el agua nunca, y las raíces finas colgaban del techo intactas, sin barro, sin arrastres.
Aitor llegó a su lado. Jon un segundo después, resoplando.
—Es una cámara —dijo Nahia, y no reconoció su propia voz—. Las raíces han crecido alrededor de un hueco.
—Eso no lo hacen las raíces —dijo Aitor.
—No. No lo hacen.
Se agachó y metió la linterna.
Y no había marcas de pico. No había marcas de pala.
No había tierra removida, ni compactada, ni un solo canto colocado por una mano humana, ni el escalón que deja siempre una excavación por muy bien que se rellene.
Las raíces no atravesaban el espacio: lo bordeaban.
Lo habían bordeado durante décadas, engordando alrededor de un vacío que ya estaba allí, como engorda la corteza alrededor de una chapa de la Diputación.
Nahia movió la linterna hacia el fondo.
Y allí, tumbada de lado sobre la tierra clara, con las rodillas dobladas y una mano debajo de la mejilla, había una niña.
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Lo supo antes de verle la cara.
Lo supo por la cazadora.
Era una cazadora acolchada de color berenjena con las mangas de rayas, de esas que se compraban en el mercadillo de los sábados en Otxandio, y tenía en el codo derecho un remiendo de tela vaquera cosido a máquina con hilo que no pegaba.
Ese remiendo lo había cosido su madre en la mesa de la cocina una tarde de octubre de 1999, refunfuñando, con la radio puesta, mientras Nahia hacía los deberes enfrente y le decía que había quedado fatal.
Había quedado fatal.
Seguía quedando fatal.
—Dios mío —dijo Jon detrás de ella.
Nahia se lanzó al interior. Alguien la agarró del anorak y ella se soltó de un tirón. Avanzó de rodillas por el hueco, y el ruido del temporal se quedó fuera de una manera que no era normal, como si el agujero tuviera puerta.
La niña tenía siete años.
No siete años de estatura ni siete años aproximados. Siete años: la cara todavía redonda por abajo, el flequillo mal cortado en casa, la boca entreabierta, las pestañas larguísimas. El pelo suelto y enredado por detrás, sin coleta.
Sin cinta.
Nahia miró aquel pelo suelto y por un instante, un instante puro y espantoso, vio una zarza a la altura de su cintura y una mano de doce años desenrollando una cinta amarilla, y se le fue el suelo.
La ropa no estaba deteriorada. No estaba comida de moho, ni desteñida, ni apelmazada. Las zapatillas seguían teniendo el velcro con pelusa. Las uñas eran uñas de niña que juega.
Y la mano de arriba, la que no tenía debajo de la mejilla, estaba cerrada en un puño pequeño y apretado.
De entre los dedos salía un hilo.
Un hilo de lana roja, gordo, cardado, de esa lana de madeja que ya casi nadie usa.
—Irati —dijo Nahia.
Lo dijo sin apellido, y en ese momento no supo por qué le pareció importante decirlo así. Tardaría nueve días en entenderlo.
Detrás de ella, Jon se había quedado de rodillas en el barro, en el borde del hoyo, con el agua cayéndole por la cara.
—Tiene la edad de la mía —dijo.
Nadie le contestó.
Nahia acercó dos dedos al cuello de su hermana, con el cuidado con que se toca lo que uno sabe que va a estar frío.
No estaba frío.
Contó. Necesitó cuarenta segundos para creerse el número, y luego otros cuarenta para volver a contarlo.
—Está viva —dijo—. Está viva. Aitor, está viva, tiene pulso, tiene…
Se le rompió la voz y volvió a empezar, con la disciplina absurda de la gente que informa.
—Veintidós. Veintidós pulsaciones por minuto.
Fuera, el temporal arrancó una rama en alguna parte y la tiró contra el suelo.
Y entonces la niña abrió los ojos.
Los abrió despacio, sin sobresalto, con la calma de quien lleva mucho rato oyendo hablar y decide por fin participar.
Eran los ojos de su hermana. Eran exactamente los ojos de su hermana, con esa mancha marrón en el iris izquierdo que Nahia se sabía de memoria y que llevaba veintisiete años sin poder describirle a nadie.
Irati la miró.
No con miedo. Con la paciencia de una niña a la que le han contado ya el final del cuento.
Y dijo:
—Ama ha abierto la puerta.
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