Capítulo 2 — El sendero borrado
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Nahia había dicho que lo denunciaría por la mañana.
Estuvo veinte minutos sentada en el suelo de la cocina con el trozo de liquen en la mano y luego cambió de opinión, que es lo que ocurre cuando el barro que tienes delante debería estar seco y no lo está.
Aitor llegó antes que la Ertzaintza y se quedó de pie junto a la puerta, sin sentarse.
El agente llegó a las diez y cuarto y lo primero que hizo fue quitarse el gorro.
—Jon Etxeberria. —Le dio la mano a Nahia con la puerta todavía abierta y el frío entrando detrás de él—. Siento venir a estas horas.
Cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años, la cara ancha y cansada de quien lleva veinte años haciendo turnos partidos, y una manera de mirar la cocina que a Nahia le gustó: no paseó la vista por los muebles ni por el suelo ni se detuvo en ella.
Miró la cocina de leña apagada. Después el perchero. Después el calendario.
Sacó una tablet y un bolígrafo, y siguió usando el bolígrafo.
—Cuénteme desde el principio y sin ordenarlo. Ya lo ordeno yo.
Nahia se lo contó. La casa fría. Las botas, el abrigo, la bufanda. La grabadora encendida con el compartimento abierto y sin cinta. El calendario. Y, al final, arrodillándose otra vez junto a la pata de la mesa con la linterna del móvil, el barro.
Jon se agachó a su lado con un gruñido y estuvo un buen rato mirándolo sin tocarlo.
—Usted dice que esto no puede estar así de blando.
—Con once días secos, no.
—¿Y esto? —Señaló con el bolígrafo el fragmento blanco, que Nahia había dejado sobre un papel de cocina doblado, con el cuidado de quien no ha guardado una prueba en su vida y lo ha visto hacer en la televisión.
—Es un liquen. Crece en siete piedras de la parte alta del hayedo. En ningún otro sitio del valle.
—¿Está segura de eso?
—Es mi trabajo estar segura de eso.
Jon apuntó algo. Y Aitor, de pie en el vano, sin haberse sentado en toda la noche, miraba el papel de cocina.
Nahia lo vio de refilón y le pareció que se había quedado muy quieto. Pero es que Aitor siempre estaba muy quieto.
—¿Móvil?
—Ahí. —Nahia señaló la balda de la entrada. Un teléfono de teclas, apagado, con el cargador enrollado al lado, ordenado.
—No se lo llevó.
—Mi madre no se lo lleva nunca. Dice que si te llevas el teléfono al monte, el monte se entera.
Lo dijo sin pensar, con la naturalidad con que se repiten las frases de casa, y solo cuando ya estaba dicha se dio cuenta de que era una frase rarísima y de que llevaba toda la vida oyéndola sin escucharla.
Jon no la anotó.
Se levantó, fue hasta la mesa y le dio la vuelta a la grabadora con dos dedos, como se le da la vuelta a un bicho muerto.
—Esto estaba encendido.
—Encendido y sin cinta.
—¿Su madre grababa cosas?
—Grababa. —Nahia se oyó a sí misma decirlo y le pareció mentira que fuera una novedad para ella—. No sé qué. Desde siempre.
—Entonces aquí hay una cinta en alguna parte —dijo Jon—. O se la llevó ella, o se la llevó alguien.
Escribió las dos posibilidades, una debajo de la otra, y las numeró.
Aitor no se movió.
—¿Última persona que la vio?
—Yo —dijo Aitor desde el vano—. El lunes. Sobre las seis y media de la tarde. En la boca del camino viejo, subiendo.
—¿Y no dio parte?
—No.
—¿Por qué?
—Porque me pidió tres días.
Jon levantó la cabeza y miró a Aitor durante cuatro o cinco segundos largos, sin ninguna hostilidad, con la paciencia de quien acaba de encontrar el sitio exacto por donde va a abrir el paquete.
—Ya hablaremos usted y yo de eso —dijo, y volvió al cuaderno.
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A las once menos veinte, Jon cerró el bolígrafo con el pulgar.
—Mujer de sesenta y ocho años, dos noches, monte y temporal mañana. Eso es búsqueda urgente y se activa esta noche. Dos patrullas ahora y a las siete unidad canina y los de montaña.
—Quiero subir ahora.
—Ya me lo imaginaba. Por eso vamos a subir ahora. —Se puso el gorro—. Hasta la boca del camino viejo y el punto donde la vio él. Nada más. Y de noche, en monte, el que manda soy yo, aunque el monte sea suyo.
Salieron los tres a las once. Aitor abrió el todoterreno del servicio y del asiento de atrás bajó de un salto una perra pequeña, negra y blanca, de pastor vasco, con las orejas demasiado grandes para su cabeza.
—Txiki —dijo Aitor, y la perra se le pegó a la pierna izquierda y ya no se movió de ahí.
La noche estaba parada.
Nahia lo notó en cuanto se apagaron los motores. Ni una brizna de aire. Las hojas de los chopos del prado, que a cualquier hora de octubre están dándole la lata a alguien, colgaban como si estuvieran pintadas. El humo del tubo de escape subía derecho y se quedaba flotando a la altura de sus caras.
—Esto es el frente —dijo Aitor—. Antes de que entre, se para todo.
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El camino viejo arrancaba doscientos metros por encima del último caserío, entre dos avellanos, y no parecía un camino. Parecía una interrupción del monte.
Jon iluminó el suelo con la linterna de mano.
—¿Esto adónde sube?
—A ningún sitio —dijo Aitor—. Se acaba a los cuatrocientos metros. Los carboneros lo usaban. Hace cien años.
Nahia se paró.
Llevaba la tablet en la mochila porque llevaba la tablet a todas partes, y la había encendido dos veces aquella tarde para consultar la cartografía del expediente. Se la sacó y buscó, con los dedos torpes por el frío, hasta la carpeta que había preparado en junio y no había abierto hasta aquel día.
—Aitor.
—Dime.
—En el plano municipal del noventa y seis este camino existe.
Ninguno de los dos dijo nada.
—Con trazo discontinuo y con el nombre puesto: camino de las carboneras . —Deslizó el dedo—. En la revisión de dos mil tres no está. Ni en el visor del Gobierno Vasco, ni en el catastro. No es que aparezca como abandonado. Es que no aparece.
—Los municipales están mal hechos.
—Los municipales están mal hechos —repitió Nahia despacio—. Pero para que algo desaparezca de un plano tiene que ir alguien y quitarlo.
—O dejar de ponerlo.
—Es lo mismo.
Jon los miraba a los dos, quieto, con la linterna apuntando al suelo.
—Yo por aquí he andado toda mi vida —dijo Aitor— y aquí nunca ha habido un sendero. Un paso de ganado, un rastro de leñadores, lo que quieras. Sendero, no.
Y ahí fue cuando Nahia decidió que iba a callarse.
No porque le creyera. Porque no le creía, y porque en ese momento entendió que la manera de saber cuánto le estaba mintiendo no era discutir con él, sino subir la cuesta detrás de él y mirar.
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La encontró casi un kilómetro más arriba, seiscientos metros más allá de donde el camino, según Aitor, se acababa.
Fue por pura deformación profesional: Nahia no iba mirando el suelo, como Jon, ni la línea de los árboles, como Aitor. Iba mirando los troncos a la altura de la vista, que es donde la gente le hace cosas al monte.
Un haya joven, de unos cuarenta centímetros de diámetro, con un bulto raro en la corteza a metro y medio del suelo. La corteza había crecido alrededor de un objeto y se lo había ido tragando por los bordes, como se traga un alambre de espino o una placa de coto.
Nahia acercó la linterna del móvil y rascó el musgo con la uña.
Era una chapa metálica, doblada por abajo, comida de óxido, sujeta con dos clavos que el árbol había hundido casi dos centímetros. Se leía poco. Se leía lo justo.
SENDA DE LAS CARBONERAS
Y debajo, en un renglón más pequeño, medio devorado por la madera:
DIPUTACIÓN FORAL · SEÑALIZACIÓN DE SENDAS · 1999
Nahia se quedó mirándola mucho rato.
Jon llegó por detrás y la iluminó desde el otro lado.
—Bueno —dijo—. Pues sí había sendero.
—Había sendero, estaba señalizado y lo pagó la Diputación. —Nahia hizo tres fotos, con flash y sin flash, y luego una cuarta con la mano al lado para la escala—. Y el año que lo señalizaron es el año que se llevaron a mi hermana.
Detrás de ellos, Aitor apagó la linterna.
Nahia no se giró para mirarle la cara. Se lo prohibió a sí misma, y aquella pequeña disciplina le costó más que todo lo demás de la noche.
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A partir de la chapa, el camino se estrechaba y empezaba a subir de verdad.
Jon iba delante. Cada cierto tiempo se llevaba la emisora al hombro y daba posición, con esa voz plana y aburrida que ponen los que hablan por radio, y a Nahia le sonaba bien, le sonaba a mundo normal, a gente despierta en una oficina en algún sitio con luz.
Faltaban unos doscientos metros para el primer regato cuando Jon apretó el pulsador.
—Comarcal, aquí Etxeberria. Estamos en el camino de las carboneras, cota seiscientos cuarenta, seguimos subiendo. Recuerdo que buscamos a Maddi Arre…
Aitor le puso la mano encima de la emisora.
No fue un gesto brusco. Fue peor: fue rapidísimo y exacto, como el de un hombre que aparta el mango de una sartén del borde de la placa antes de que un niño la tire al suelo, un movimiento que se hace mil veces y ya no se piensa.
Jon se quedó con el pulgar en el botón.
—¿Perdone?
—Ahí no hace falta el apellido —dijo Aitor.
—¿Cómo dice?
—Que ellos ya saben a quién buscamos. Están escuchando doce personas. No hace falta ir diciendo el nombre entero por el monte de noche.
Hubo un silencio de esos que se oyen.
Jon miró la mano de Aitor sobre la emisora hasta que Aitor la quitó.
—Comarcal, seguimos subiendo. Cambio. —Soltó el pulsador—. Le voy a pedir un favor, Lasa. La próxima vez que quiera decirme algo, me lo dice con la boca.
—Perdona.
—No pasa nada.
Y siguieron subiendo.
Pero Nahia se quedó tres pasos atrás, con el corazón latiéndole en un sitio raro, haciendo lo único que sabía hacer bien, que era contar.
Dos veces.
Dos veces en cuatro horas. La primera en la cocina de su madre, con las manos de Aitor y la ventana negra y la lluvia que no caía. La segunda ahora, en mitad de la cuesta, sobre la emisora de un policía.
Dos observaciones no son una casualidad. Dos observaciones son el principio de algo.
Y lo que más le inquietaba no era que Aitor lo hubiera hecho.
Era que las dos veces lo había hecho antes del apellido. No después. No a mitad. Justo antes, con el margen exacto, como quien lleva media vida calculando ese margen.
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El trozo de bufanda apareció en el regato, atado a un fresno joven que crecía torcido sobre el agua.
Fue Txiki la que se paró primero. Aitor levantó la linterna y allí estaba: una tira de lana roja, de un palmo, gorda, cardada, de esa lana de madeja que ya casi nadie usa.
Nahia la reconoció antes de acercarse. Habría reconocido esa lana en una foto en blanco y negro.
—Es de la bufanda —dijo, y le salió la voz rara.
Jon se puso los guantes antes de tocarla. Aitor no la tocó. Se quedó a metro y medio, con la linterna levantada, iluminándola para los demás.
—Esto es bueno —dijo Jon—. Esto quiere decir que pasó por aquí y que iba dejando marcas. La gente que se pierde no deja marcas. La gente que sabe adónde va, sí.
—No —dijo Aitor.
—¿No qué?
—Que no es una marca de paso.
Se acercó por fin, pero solo con la luz.
—Una marca de paso se ata en la rama que da a donde vas, y se dejan las puntas colgando hacia delante, para que cuando vuelvas a mirar sepas por dónde seguir.
Y se pone cada cincuenta o cien metros. Esta es la única que hemos visto en un kilómetro.
Está atada a la cara del árbol que da al valle.
Y las puntas caen hacia abajo, hacia nosotros.
Se calló un segundo.
—Está puesta para que la vea el que sube. No el que sigue.
Nahia se acercó a mirarla de cerca y se le puso la carne de gallina por un motivo distinto del que le tocaba.
El nudo.
Dos vueltas, un cruce, y el cabo pasado por debajo antes de apretar.
Se lo había visto hacer mil veces a su madre en el cuello de las gasas, en los vendajes del brazo de los críos del pueblo, en las bolsas de la compra, en las cuerdas del tendedero.
Era el nudo de las enfermeras de antes: el que aprieta al tirar y se suelta con un dedo.
Su madre no había atado aquello para dejar un rastro.
Lo había atado para decirle a alguien: no sigas .
Y ese alguien —Nahia lo supo con una claridad que le dio ganas de sentarse en el suelo— era la única persona a la que Maddi le había pedido tres días.
Levantó la vista hacia Aitor.
Aitor estaba mirando el nudo con la linterna en alto y la cara de un hombre que acaba de recibir un mensaje con dos días de retraso.
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Y entonces, arriba, sonaron los golpes.
Tres.
Secos, espaciados, con la misma pausa entre ellos, madera contra madera o piedra contra madera; no un chasquido de rama, no un corzo, no una piña cayendo. Tres golpes que alguien da porque quiere que se oigan.
Venían de ladera arriba, muy adentro, quizá a trescientos metros, quizá a cien; en un hayedo de noche la distancia es una opinión.
Jon apagó la linterna por instinto y luego volvió a encenderla, molesto consigo mismo.
—¿Eso qué es?
Nadie contestó.
Nahia se quedó escuchando con la boca abierta, esperando el eco, y lo que la asustó no fue el sonido.
Fue el inventario.
No había viento. Los chopos del prado seguían pintados allá abajo y allí arriba tampoco se movía una hoja: no había nada que golpeara nada.
No había pájaros. Ni un mochuelo, ni un cárabo, ni el chillido de las lechuzas del pajar, que se oía desde el caserío todas las noches de su infancia.
Y estaba Txiki.
La perra no ladraba. Tampoco gruñía, ni tenía el pelo del lomo levantado, ni las orejas atrás.
Se había puesto detrás de la pierna izquierda de Aitor, muy pegada, y desde ahí miraba hacia arriba con las orejas tiesas y la cabeza inclinada, atenta y tranquila, igual que miraba al coche del veterinario cuando entraba en la campa: sin miedo. Con respeto.
Un animal que no ladra a algo que está a cien metros en su monte, de noche, es un animal que ya sabe qué es.
Nahia se giró hacia Aitor para decírselo.
Y se le secó la boca.
Porque Jon tenía la mano en el cinturón, y ella tenía el pulso a ciento veinte, y estaban los dos mirando la oscuridad de arriba sin entenderla.
Aitor no.
Aitor había bajado la linterna y estaba mirando el suelo, con los ojos cerrados, y respiraba despacio, y tenía la cara de un hombre al que le acaban de confirmar una cosa que llevaba un año esperando confirmar.
No estaba asustado.
Estaba aliviado.
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