Capítulo 1 — Los árboles enfermos #2
—A la Ertzaintza. A ti.
—A mí. —Nahia soltó una risa que no era una risa—. A mí la segunda.
—Nahia.
—Mi madre tiene sesenta y ocho años y lleva dos noches fuera de casa en octubre, y esta va a ser la tercera, y tú te has quedado de brazos cruzados porque ella te lo pidió.
—Sí.
—¿Y no se te ocurrió que a lo mejor una mujer que te pide tres días es exactamente una mujer a la que no hay que darle tres días?
Aitor no contestó.
Fuera, en el prado, un perro empezó a ladrar y paró enseguida.
—Mañana por la mañana lo denuncio yo —dijo Nahia—. Se llama Maddi. Maddi Arre…
—No.
Fue rápido, casi un manotazo en el aire, y a los dos les sorprendió por igual. Aitor se quedó con la mano medio levantada, mirándola, y algo en su cara se recolocó a toda prisa, con la torpeza de quien acaba de hacer un gesto que no sabe explicar.
—No hace falta que lo digas así —murmuró—. Ya sé quién es.
Y miró la ventana. No a Nahia: la ventana. El cristal negro con la cocina reflejada dentro y, detrás del cristal, el prado, y detrás del prado la masa del hayedo, que a esas horas no se veía pero se sabía que estaba.
—Está lloviendo —dijo.
Nahia se giró. El cristal estaba seco. Llevaba once días sin llover en todo el valle, y ella lo sabía con la exactitud aburrida con que lo sabe la gente que trabaja con suelos: había medido la humedad del horizonte superficial aquella misma tarde, tres veces, y las tres le había salido un número seco.
—No está lloviendo, Aitor.
Él parpadeó como parpadea alguien al que despiertan en un sitio que no es su cama.
—Va a llover —dijo—. Mañana. Viene un frente. —Se pasó la mano por la boca—. Perdona. Estoy cansado.
Y aquello, que era verdad, fue lo único que dijo en toda la noche que a Nahia no le sonó a mentira.
• • •
Cuando se fue, Nahia se sentó a la mesa de la cocina y estuvo mucho rato sin hacer nada.
Después, porque no sabía hacer otra cosa, empezó a mirar el suelo.
Lo encontró junto a la pata izquierda de la mesa: una mancha oscura del tamaño de una mano abierta, y a metro y medio, hacia la puerta, media huella de tacón.
Barro.
Nahia se puso de rodillas y encendió la linterna del móvil.
Era barro negro. Negro de verdad, no pardo, no rojizo: negro de materia orgánica, ese fango de turbera con las partículas finísimas y ese brillo graso que deja el humus saturado, con dos o tres granos de arena clara dentro, arrastrados desde más arriba.
En el pueblo no había barro de ese en ninguna parte.
Ella lo sabía porque lo había cartografiado.
En el fondo del valle el suelo era pardo, franco, de aluvión, sobre calizas.
Ese barro negro solo aparecía por encima de los ochocientos cincuenta metros, en las vaguadas encharcadas de la parte alta del hayedo, en cuatro o cinco hoyas pequeñas que ni siquiera venían en la cartografía del Gobierno Vasco.
Su madre había subido hasta arriba.
Nahia acercó la mano.
Y entonces la retiró, porque lo que se le acababa de ocurrir era una idiotez, y aun así se quedó con la mano suspendida a un palmo del suelo, sin tocar.
Once días sin llover. Dos días de casa fría, con las ventanas cerradas y una humedad ambiente que ella misma habría estimado a ojo en un cincuenta por ciento largo.
Aquel barro tenía que estar seco. Tenía que estar convertido en una costra gris que se levantara con la uña.
Nahia apoyó el dedo.
Cedió.
Estaba blando. Estaba fresco. Estaba igual que está el barro que ha entrado esa misma tarde en la suela de una bota.
Y eso solo podía significar dos cosas, y las dos eran malas.
O su madre había vuelto a casa aquella tarde, mientras ella estaba en la ladera, y se había vuelto a marchar sin encender la cocina y sin llamarla.
O el que había entrado en aquella cocina no era su madre.
Se apartó de culo sobre las baldosas, con el corazón dándole en la garganta, y se quedó así, sentada en el suelo de la cocina de su madre, respirando por la boca, hasta que la parte de su cabeza que llevaba dieciséis años midiendo cosas volvió a ponerse en marcha y le dijo lo de siempre: examina antes de concluir .
Volvió. Acercó la linterna.
Y dentro del barro, medio hundido, había un fragmento pequeño, no mayor que una uña, de una costra blanca y rugosa.
Nahia lo cogió con dos dedos y lo puso a la luz.
Un liquen crustáceo. Talo blanco tiza, apotecios diminutos, saxícola.
Lo conocía. Lo había determinado hacía once años para un anexo que no leyó nadie, y se acordaba porque el resultado no tenía ningún sentido: un liquen que coloniza caliza expuesta debería estar en las cuarenta o cincuenta peñas del valle, y estaba en siete piedras.
Siete mojones viejos en la parte alta del hayedo, alineados de manera que desde cada uno se veía el siguiente.
En ningún otro punto. Había subido un sábado de mayo a comprobarlo, peña por peña, y había bajado sin encontrar ni un talo más.
Bajó también sin pasar por el pueblo: cogió la pista en dirección contraria y condujo hasta Vitoria, y su madre estuvo aquel día a hora y media andando de ella y no lo supo nunca.
Y para arrancar un trozo así, del tamaño de una uña, entero, con la costra levantada por debajo, no bastaba con rozar la piedra al pasar.
Había que haber estado moviéndola.
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