El bosque de los que no envejecen Capítulo 1 — Los árboles enfermos
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Capítulo 1 — Los árboles enfermos

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Un árbol tarda años en morirse y avisa de todas las maneras que sabe.

Amarillea antes de tiempo. Saca hojas más pequeñas. Le sale un chancro, o un exudado oscuro en el cuello, o esos abanicos blancos debajo de la corteza que Nahia ya no necesitaba mirar dos veces. Un árbol enfermo es un expediente que se lee de arriba abajo. Está todo escrito.

Estas doce hayas no habían escrito nada.

Nahia llevaba desde las tres de la tarde arrodillada en la ladera, con el pantalón negro de trabajo cubierto de tierra hasta medio muslo, y no tenía ni una sola línea que poner en el informe.

Copa sana. Fructificación normal para el año.

Corteza sin lesiones, sin fisuras, sin exudados.

Ni un rizomorfo. Ni una brida micelial. Había descalzado el cuello de tres pies distintos con la azada, esperando encontrar el clásico manguito blanco de la armilaria, y debajo de la corteza solo había madera.

Madera correcta, del color que tiene que tener.

Y a cincuenta centímetros de profundidad, las raíces estaban muertas.

No podridas. Muertas. Secas, quebradizas, con esa consistencia de mimbre viejo que se rompe limpio y sin fibra, y cuando se rompían no olían a nada.

Eso era lo que llevaba tres horas sin poder anotar.

La madera muerta huele. La podredumbre blanca huele a champiñón, la parda huele a vinagre y a sótano, incluso una raíz secada por sequía guarda dentro un fondo dulce de savia vieja.

Nahia había metido la nariz en trescientas raíces enfermas en dieciséis años de trabajo y todas olían a algo.

Estas olían a nada. Como una piedra. Como un objeto que nunca hubiera estado vivo.

Se sentó sobre los talones y miró la ladera.

Y ahí estaba lo otro, lo que ya había visto al llegar y que llevaba toda la tarde negándose a mirar de frente, porque no había manera decente de escribirlo.

Los doce árboles enfermos no formaban una mancha.

Formaban una línea.

Un patógeno de suelo avanza como avanza el agua: por donde puede, a saltos, buscando las raíces que se tocan, dibujando un frente sucio con dientes y entrantes. Nahia había cartografiado docenas de esos frentes. Todos eran feos. Todos eran orgánicos.

Aquello era una raya. Doce hayas muriéndose por debajo a lo largo de una línea de unos ciento cuarenta metros, y a dos metros de la línea, a dos metros justos, hayas de la misma edad, del mismo suelo, de la misma pendiente y del mismo acuífero, con las raíces blancas y turgentes como si estuvieran en un vivero.

La enfermedad no se había extendido.

La enfermedad tenía un borde.

Había marcado los doce pies con el GPS y la línea le había salido casi limpia, orientada noreste-suroeste, con tres grados de desviación en ciento cuarenta metros.

Prolongada ladera arriba se metía en la parte vieja del hayedo, y ahí arriba no había nada: ni pista, ni tendido, ni conducción de agua, ninguna de las cosas rectas que hace la gente y que explican por qué a veces un bosque se muere en línea.

Nahia guardó el aparato sin apuntar la orientación. No sabía muy bien por qué.

—¿Y bien?

Aitor Lasa llevaba veinte minutos apoyado en el mismo tronco, en silencio, con la paciencia de la gente que trabaja sola.

Cincuenta años, la cara curtida de estar fuera, el forro polar verde del servicio con el escudo descosido en el hombro.

Cuando Nahia era pequeña, Aitor era ya uno de los mayores: el chaval rubísimo que bajaba en moto a la plaza.

En octubre de 1999 tenía veintitrés años y fue de los que estuvieron nueve días peinando el hayedo con una vara y una linterna, y Nahia lo recordaba subiendo la cuesta al amanecer del tercer día con la cara de alguien que ya sabe lo que va a encontrar, que es nada.

Ahora tenía el pelo blanco y seguía llevándolo igual de mal cortado.

—Y bien, nada —dijo Nahia—. No tengo agente causal.

—Eso no lo puedes poner en un papel.

—No, no lo puedo poner. —Se limpió las manos en el pantalón—. Voy a tener que mandar muestras a Neiker y esperar tres semanas para que me digan que no hay nada. Eso sí lo puedo poner.

Aitor asintió despacio. No preguntó lo que preguntan los ayuntamientos, que es cuánto va a costar. No preguntó nada.

—Los avisos empezaron en abril —dijo Nahia.

—En marzo.

—En el expediente pone abril.

—Empezaron en marzo. —Aitor miraba ladera arriba, hacia la parte alta del hayedo, donde los troncos se juntaban y se acababa la luz—. Yo los di en marzo.

Nahia no dijo nada, porque lo que tocaba decir era que el expediente le había llegado a su mesa de Vitoria en junio, en un correo con doce fotografías y el sello del Ayuntamiento de Ezkairu, y que ella lo había movido de carpeta cuatro veces en cuatro meses.

Que había ido a Ayala, a Orduña y dos veces a Karrantza mientras aquello seguía ahí.

Que había hecho falta un segundo requerimiento, ya con copia a su jefe, para que cogiera el coche.

Y que no tenía nada que ver con la carga de trabajo.

—He tardado —dijo.

—Ya.

—Es que no me apetecía venir.

—Ya lo sé —dijo Aitor, y siguió mirando ladera arriba.

Eran las seis y veinte. Quedaba hora y media de luz y el sol ya se había caído detrás del cordal: a partir de ahí el valle no se oscurecía, se apagaba, que es distinto.

Nahia empezó a recoger. La barrena, las bolsas de muestra, la cinta métrica, el GPS. Trabajaba deprisa y con orden, cada cosa en su sitio, y a mitad de guardar la mochila se le ocurrió una cosa y se le quedó dentro.

Aitor no le había preguntado por su madre.

En dieciséis años bajando a aquellos valles no se lo había ahorrado nadie.

Se lo preguntaban en la gasolinera de la general y en los ayuntamientos del cordal, con esa amabilidad de pueblo que sabe dónde aprieta: qué tal anda tu ama .

Y lo que querían decir era otra cosa. Querían decir: sabemos que has estado aquí al lado y sabemos que no has subido.

Porque en dieciséis años Nahia había pasado más de cuarenta veces por el desvío de Ezkairu sin coger el desvío de Ezkairu.

—¿Ama está en casa?

Aitor tardó lo justo.

—Hace un par de días que no la veo.

—¿Un par de días?

—Por ahí.

Nahia se quedó con la bolsa de muestras en la mano.

—Aitor.

—Baja tú primero —dijo él—. Yo tengo que cerrar la barrera de arriba.

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El caserío estaba a oscuras y llevaba a oscuras un rato largo, porque en el pasillo hacía el mismo frío que fuera.

Eso fue lo primero que Nahia notó: la temperatura.

Su madre encendía la cocina de leña a las siete de la mañana los trescientos sesenta y cinco días del año, incluso en agosto, incluso con cuarenta grados en la calle.

Lo hacía por costumbre de enfermera, decía: una casa fría es una casa que enferma.

Y aquella casa no había estado fría nunca, porque era la casa en la que Maddi había nacido y de la que no se había mudado en sesenta y ocho años.

La cocina de hierro estaba apagada. Nahia le puso la mano encima. Fría del todo, fría hasta abajo. Fría de dos días.

Encendió la luz.

Todo estaba en su sitio, y ese fue el problema. Un plato boca abajo en el escurridor. El paño doblado. La mesa limpia. La silla metida. Su madre no se había caído, no se había mareado, no había salido corriendo. Su madre había recogido la cocina como se recoge cuando uno se va de viaje.

En el perchero de la entrada faltaban el abrigo verde y las botas altas. Faltaba la bufanda roja, la de lana gruesa que Maddi deshacía cada primavera y volvía a tejer cada octubre con la misma madeja porque decía que era buena lana y que la lana buena no se tira.

Y encima de la mesa de la cocina, sola, en el centro exacto del hule, había una grabadora.

Era la vieja, la de casetes, la de la caja de plástico color hueso que llevaba en aquella casa desde que Nahia tenía uso de razón. Estaba encendida. El piloto rojo latía muy débil, ya casi sin pila, y el motor no sonaba porque no había nada que arrastrar.

La tapa del compartimento estaba abierta.

Dentro no había cinta.

Y al lado, tumbada sobre el hule con el cable del micrófono enrollado, había otra cosa: una grabadora de bolsillo, de las pequeñas, negra, de las que usan los médicos para dictar. Su madre la llevaba en el bolsillo del abrigo desde que Nahia tenía memoria y la usaba para las cosas del consultorio.

Esa también estaba abierta.

Esa también estaba vacía.

Nahia se quedó mirándola un rato largo, más del que quería, con el frío de la casa metiéndosele por la espalda. Luego alargó la mano y la apagó, y el clic sonó en toda la casa.

En la pared, junto a la puerta de la despensa, colgaba el calendario del banco. Octubre. Y el 22 rodeado con boli azul, dos vueltas, apretando tanto que el papel se había abierto por el trazo.

Mañana.

Nahia se apoyó en el marco de la puerta y respiró.

Veintisiete. Mañana hacía veintisiete años, y su madre lo había rodeado como lo rodeaba siempre, con el mismo boli, con la misma rabia.

A Nahia le vino una cosa que llevaba mucho tiempo sin recordar: que de adolescente había arrancado una vez la hoja de octubre y la había tirado a la cocina de leña, y que su madre no le había dicho nada, y que al día siguiente había un calendario nuevo colgado del mismo clavo, comprado esa mañana en el estanco, con el 22 rodeado dos veces.

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Aitor llegó a las ocho y diez, ya de noche cerrada, y se quedó de pie en la cocina sin quitarse el forro polar.

—Esa cocina lleva dos días apagada —dijo Nahia—. Puede que tres.

—Dos. Se fue el lunes por la tarde.

Lo dijo sin más, y Nahia sintió que se le abría algo frío detrás del esternón.

—Hoy es miércoles.

—Ya sé qué día es.

—Se fue el lunes por la tarde —repitió Nahia despacio, midiendo cada palabra como medía las cosas cuando no quería gritar— y tú has estado esta tarde dos horas conmigo en la ladera y me has dicho hace un par de días que no la veo .

Aitor no bajó los ojos. Eso fue lo peor. Le habría dolido menos que bajara los ojos.

—Me pidió que esperara tres días.

—¿Que esperaras?

—Antes de avisar. Me lo pidió ella. —Tragó saliva—. Me dijo: Aitor, si el jueves no he vuelto, avisas tú.

—¿Avisar a quién?