El bosque de los que no envejecen
© inepub.com
PRÓLOGO — La noche de los nombres
• • •
La piedra blanca era suya y Nahia la quería de vuelta.
Se la había dado esa misma tarde, en el prado de detrás del caserío, con esa generosidad repentina que le entraba a veces y que se le pasaba igual de rápido.
Era la mejor de su colección: lisa, del tamaño de un huevo de codorniz, tan blanca que parecía que alguien le hubiera quitado el color a propósito.
La había encontrado en el arroyo dos veranos antes y no se la había enseñado a nadie más que a su hermana.
—Toma. Pero es un préstamo.
Irati la había cerrado en el puño y había dicho que no, que los regalos no se prestaban, que eso lo sabía todo el mundo.
A las siete pasadas, cuando Nahia quiso guardarla otra vez en la caja de galletas donde tenía las buenas, Irati dijo que no la tenía. Y luego dijo que sí la tenía pero que no se la iba a dar. Y luego se rio.
Nahia tenía doce años y una hermana de siete riéndose de ella, y dijo lo que se dice a esa edad.
—Eres una pesada. Ojalá no vinieras siempre detrás de mí.
Irati dejó de reírse.
Después echó a correr hacia el hayedo con la piedra en el puño, como corren los niños pequeños cuando quieren que los sigan, con la cabeza vuelta para comprobar que los siguen.
Nahia no la siguió. Se quedó tres minutos en el prado, quizá cuatro, con los brazos cruzados, disfrutando de no seguirla.
Esos tres o cuatro minutos iban a durarle el resto de la vida.
• • •
Cuando entró en el hayedo, la luz todavía era luz.
Eso lo recordaría siempre, y siempre le parecería mentira: había luz.
Suficiente para ver el suelo, para distinguir las hojas de haya de las de castaño, para leer la letra pequeña de la etiqueta de su anorak si le hubiera dado por leerla.
En octubre el hayedo se aclara: la copa ya está medio desnuda y deja pasar una luz que en agosto no pasa, una luz baja y amarilla que entra de lado y se queda dando en los troncos.
Faltaba una hora para que oscureciera. Eso no lo había aprendido de nadie y lo sabía igual: en octubre no se hacía de noche hasta las ocho, y hasta las ocho su madre no salía al portal a llamarlas.
El bosque olía a lo que huele siempre en octubre, a hoja mojada y a tierra que respira, y por encima de los árboles el cielo estaba entero, alto y limpio, sin una nube.
Nahia caminó por el sendero de los madereros llamando a su hermana sin ganas.
—¡Irati!
No pasó nada, claro. Solo el eco corto que hace el hayedo, que no es un eco de verdad sino un sonido que se va apagando entre los troncos como si se lo tragaran.
—¡Irati, que nos van a llamar a cenar!
Nada.
—¡Irati! ¡Que me da igual la piedra, quédatela!
Lo dijo sin pensarlo y en cuanto lo dijo supo que era verdad, y le fastidió que fuera verdad, porque significaba que la que iba a tener que pedir perdón era ella.
Siguió subiendo. El sendero se estrechaba a partir del segundo recodo y se convertía en un camino de agua, de esos que solo existen cuando llueve.
Ahí las hayas eran más viejas. Sus troncos tenían la piel gris y lisa de los animales grandes y las raíces salían del suelo y volvían a entrar como si estuvieran nadando.
—¡IRATI!
Cuatro veces. Cinco. Seis.
No pasó nada las seis veces.
Y entonces se hizo de noche.
• • •
No se puso el sol. Nahia levantó la cabeza porque notó el cambio en la piel antes que en los ojos, y lo que vio no supo decírselo a nadie hasta muchos años después, y ni siquiera entonces le creyeron del todo.
La oscuridad no venía de arriba. Venía de dentro del bosque.
Empezaba entre los troncos, a lo lejos, en la parte alta, y avanzaba hacia ella pasando de haya en haya como pasa el frío por el agua.
Nahia se miró la muñeca, porque fue lo primero que le pidió el cuerpo. El Casio verde que le habían traído los Reyes marcaba las 19:20 y el puntito de los segundos seguía yendo, tranquilo, como si aquello no fuera con él.
Faltaban cuarenta minutos.
El cielo seguía siendo azul. Nahia miraba hacia arriba y veía azul, y miraba hacia delante y veía noche cerrada, y las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo, y tuvo que agarrarse a un tronco porque los ojos le decían dos cosas que no podían caber juntas.
Cuando la oscuridad la alcanzó, dejaron de cantar los pájaros.
No poco a poco. A la vez. Como si alguien hubiera puesto una mano encima de todo el bosque.
Nahia se quedó muy quieta en mitad del camino de agua, con doce años, en un sitio donde había jugado quinientas veces, y por primera vez en su vida entendió lo que querían decir las viejas del pueblo cuando hablaban del hayedo bajando la voz, como si el hayedo pudiera oírlas.
Y en ese silencio, arriba, muy arriba, oyó cantar a su hermana.
Era la canción tonta que Irati se inventaba y le cambiaba la letra cada semana, siempre igual de mal, siempre con la misma melodía de tres notas que subían y no bajaban:
Una para el agua, dos para el musgo, tres para la que no viene…
Nahia soltó el aire y se echó a reír de puro alivio, una risa fea, temblona.
—¡IRATI, TE VOY A MATAR!
La canción no se paró. Siguió, tranquila, a lo lejos, subiendo hacia la parte de los mojones.
Nahia empezó a correr.
• • •
Encontró la cinta amarilla a mitad de la cuesta.
Estaba enganchada en una zarza, a la altura de su cintura, y era la cinta con la que ama le ataba a Irati el pelo por las mañanas porque Irati no se dejaba hacer trenzas.
Nahia la desenganchó y se la enrolló en la mano dos veces.
Notó que le temblaba y le pareció una tontería que fuera por una cinta.
Más arriba dejó de haber sendero.
Delante de ella, medio comidas por el musgo, había siete piedras que llevaban allí desde siempre.
Piedras de mojón, grandes como perros sentados, colocadas de manera que desde cada una se veía la siguiente, y todas con la misma costra blanca por encima, áspera al tacto, como si alguien las hubiera pintado hacía mucho tiempo con una brocha mala.
Nahia las conocía. Todos los críos de Ezkairu las conocían y ninguno sabía por qué sus madres les decían que hasta ahí y ni un paso más, y todos habían dado ese paso alguna vez sin que ocurriera nada.
Estaba a punto de darlo cuando sonaron los golpes.
Tres. Secos. Muy cerca, a su derecha, en un tronco. El sonido de una piedra grande contra madera viva.
Nahia se giró.
Entre las hayas, a unos treinta metros, había alguien de pie.
No era un hombre. Era demasiado alto para ser un hombre y estaba demasiado quieto, y lo peor no fue eso: lo peor fue que empezó a moverse, y al moverse las ramas no se apartaban. Pasaba entre ellas y las ramas seguían donde estaban, como si el que sobraba en aquel sitio fuera el bosque y no él.
Llegó un olor a lana mojada, denso, animal, un olor de establo en invierno.
Nahia hizo lo único que puede hacer una niña de doce años.
Cruzó la línea de las piedras y echó a correr hacia la canción de su hermana.
• • •
Al otro lado, el frío era distinto.
Le entró por dentro de la ropa, no por fuera, y el ruido de sus propias zapatillas contra las hojas le llegaba con medio segundo de retraso, como si alguien fuera pisando detrás de ella en el mismo sitio pero un poco más tarde.
—¡Irati! ¡Irati, ven!
La canción seguía sonando arriba. Ya sin letra. Solo las tres notas que subían y no bajaban.
Y entonces habló su madre.
—Nahia.
Venía de la izquierda, de entre los troncos, a diez o doce metros, y era la voz de ama. Era exactamente la voz de ama. El mismo cansancio en la primera sílaba, la misma manera de acabar el nombre hacia abajo, como si la estuviera llamando desde la cocina para que bajara a cenar.
A Nahia se le vencieron las rodillas de puro alivio.
—¡Ama! ¡Ama, no la encuentro, se ha subido y no la encuentro y yo le he dicho una cosa fea, y…!
—Nahia. —Ya no estaba a la izquierda. Estaba delante, detrás de tres o cuatro hayas, sin que Nahia la hubiera oído moverse—. ¿A quién buscas?
Y hubo algo en aquello, algo pequeñísimo, una astilla clavada en el minuto, que Nahia notó y no supo nombrar.
Porque ama no preguntaba esas cosas. Ama sabía a quién buscaba. Ama tenía dos hijas y las dos estaban fuera de casa, y sabía perfectamente cuál de ellas se había perdido. Lo que ama decía en la oscuridad no era ¿a quién buscas? , era ven aquí ahora mismo .
Nahia dudó un segundo.
Un segundo entero.
Y en ese segundo, arriba, la canción se paró.
No se alejó. No se apagó. Se paró en mitad de la tercera nota, la que subía, y dejó el bosque tan callado que Nahia oyó latir su propia sangre en las orejas.
Se le rompió algo dentro del pecho.
—¡A mi hermana! —gritó, con la garganta arañada.
Y la voz se movió. No anduvo: cambió de sitio. Ahora estaba a la derecha, a seis metros, sin que se hubiera oído una hoja.
—¿Cómo se llama?
Nahia cogió aire para contestar.
Y entonces sonaron los golpes otra vez.
Tres, encima de ella, contra el tronco del haya que tenía al lado, tan fuerte que le vibró el suelo y se le soltó un poco de corteza en el hombro.
Y no como los de antes. Los de antes habían sonado espaciados, con su pausa entre uno y otro, con esa educación que tienen las cosas que avisan. Estos se pisaban entre ellos.
Nahia no entendió nada.
Solo entendió que con aquel ruido encima no se la iba a oír.
Así que levantó la barbilla, tomó más aire, y lo dijo despacio y separado y bien pronunciado, como se le dice un nombre a un adulto que no está entendiendo, como se lo repetía a la mujer de la ikastola cuando iba a recoger a Irati, con toda la aplicación de una niña que necesita que la entiendan a la primera:
—¡IRATI ARREGI! ¡BUSCO A IRATI ARREGI!
El bosque tembló.
No fue el viento ni un ruido. Fue el suelo, la madera, el aire, todo a la vez, un estremecimiento larguísimo y bajo que le subió por los pies hasta los dientes.
Algo salió disparado a su espalda —algo negro, largo, que no pisaba— y cruzó hacia arriba, hacia el sitio donde se había parado la canción, tan rápido que Nahia solo lo entendió cuando ya había pasado.
Y detrás, un segundo después, pasó el otro. El alto. El del olor a lana mojada. Pasó tan cerca que le movió el pelo, y no la miró, y Nahia comprendió con una claridad espantosa, con una claridad que no le correspondía a su edad, que aquellos dos no iban a por ella.
Iban a por lo mismo.
Y uno de los dos iba a llegar primero.
• • •
Su madre la encontró de rodillas en las hojas, del lado bueno de las piedras, sin saber cómo había vuelto a cruzarlas.
La ama de verdad. La que venía sin abrigo, con la bufanda roja mal puesta y una linterna que temblaba, y que no preguntó a quién buscaba porque ya lo sabía.
Nahia abrió la boca para decírselo todo.
Maddi le tapó la boca con la mano.
Fue tan rápido y tan fuerte que a Nahia se le fue la cabeza hacia atrás. La mano de su madre olía a cebolla y a jabón y estaba helada, y los ojos de su madre, encima de la linterna, no eran los ojos de una mujer asustada.
Eran los de una mujer que llega tarde a un sitio donde ya ha estado.
—No —dijo Maddi—. Ni una palabra. Ni un nombre. Ninguno. Nunca más aquí dentro. ¿Me has oído?
Nahia asintió con la mano de su madre todavía en la boca.
La cinta amarilla se le soltó de los dedos y cayó sobre las hojas, y ninguna de las dos la vio caer, y allí se quedó.
Maddi la levantó del suelo agarrándola por el anorak, de un tirón, y empezó a bajar hacia el pueblo sin correr, muy derecha, alumbrando siempre el camino y nunca los árboles.
A mitad de la cuesta, arriba, en la parte de los mojones, alguien volvió a cantar.
Las tres notas que subían y no bajaban.
Era la voz de Irati. Exactamente la voz de Irati, hasta el gallo que le salía siempre en la segunda, y se iba alejando hacia dentro del bosque despacio, sin prisa ninguna, como se va algo que ya tiene todo el tiempo del mundo.
Maddi no se giró.
Le apretó la cabeza contra su hombro con la mano abierta y siguió bajando.
Y Nahia, con doce años, con la cara aplastada contra la lana de una bufanda roja, entendió una cosa que después se le olvidaría durante veintisiete años:
que aquello, fuera lo que fuera, había aprendido a decir el nombre de su hermana.
• • •