El bocado perfecto Capítulo 26
91%

Capítulo 26

—Es que no entiendo por qué has tenido que sacrificar tu relación con ella porque a tu hermano y a Sebastian les dé la gana.

La voz de Freja irrumpe en el despacho con claridad.

Está sentada frente al ordenador, revisando por enésima vez los listados logísticos de la gala, pero su atención hace tiempo que ha dejado de estar ahí.

Los números y las columnas se han convertido en mero fondo; su verdadera mirada está fija en Astrid, cargada de una preocupación hacia ella que no puede dejar de mostrar.

Astrid mantiene los ojos clavados en los documentos que tiene delante, como si las cifras y los nombres pudieran ofrecerle una estructura más sólida que cualquier conversación emocional.

La taza de café, ya tibia, descansa a un lado, olvidada.

El aroma se ha vuelto acre, casi desagradable, y el líquido oscuro refleja la luz fría de la lámpara del escritorio.

Faltan tres noches.

Tres.

Y a esas alturas, cada decisión parece pesar el doble, como cada error potencial se magnifica hasta volverse amenazante. Y en medio de todo eso, ella ha hecho lo que mejor sabe hacer: reducir su mundo a lo gestionable, a lo controlable, a lo que no le haga perder el equilibrio.

Trabajo.

Orden.

Control.

—Porque no tenía una relación con Mireya, ¿vale? —responde, demasiado rápido. Como si hubiera estado esperando ese momento para justificar algo que, incluso a ella, le suena frágil y hueco.

Freja alza la vista del ordenador y gira ligeramente la silla hacia su amiga. La observa unos segundos en silencio, evaluando no solo las palabras, sino el modo en que las ha pronunciado.

—Eso es lo que te quieres decir —replica Freja, con una calma peligrosa—. Pero las dos tenemos muy claro que es mentira. Lo veo en tu cara cada vez que pronuncias su nombre, Astrid. Lo veo en cómo te quedas callada cuando alguien menciona la cocina o cuando pasas por allí.

El bolígrafo que sostiene se eleva en el aire, señalándola con una precisión casi acusadora.

—Y yo que tú, dejaría muy claro cuáles son mis prioridades, en vez de rebajarte a la petición de dos hombres que no entienden nada de lo que realmente está en juego aquí. ¿Desde cuándo dejas que Henrik y Sebastian dicten cómo debes vivir tu vida sentimental? Sobre todo, ahora que la tienes.

Astrid frunce el ceño, deja la taza de café sobre la mesa y se inclina ligeramente hacia atrás en la silla, cruzando las manos sobre el regazo en un intento de mantener la compostura.

—¿De verdad quieres que me enfrente a ellos cuando lo han dado todo por la gala?

—contesta, conteniendo el tono, aunque un leve temblor traiciona su esfuerzo—.

¿Tengo que recordarte que hemos traspasado fronteras gracias a Sebastian?

Su agenda, sus contactos, su dinero… Todo eso ha hecho posible que el Aureum esté donde está hoy.

No puedo permitirme el lujo de ignorarlos solo porque tú pienses que estoy cometiendo un error.

Freja no se inmuta. Apoya el codo sobre el escritorio, sosteniendo el rostro con la mano.

—No —admite con un leve suspiro—, pero ellos deberían tener un poco de memoria y acordarse de que tú eres quien ha dado al Aureum el estatus que se merece.

Tú has sido la que ha trabajado dieciséis horas al día durante años, la que ha sacrificado fines de semana, vacaciones y vida personal.

No ellos. Ellos llegan, dan órdenes y se van.

Las palabras se le clavan en el pecho. Astrid las recibe sin apartar la mirada, pero algo en su interior se contrae dolorosamente, como si una mano invisible le estuviera estrujando cada uno de sus organos.

—Estatus que yo he tirado por tierra al…

La frase queda incompleta en sus labios. Suspendida en el aire como un veredicto a medias.

Freja se inclina hacia delante, percibiendo la fisura en su armadura.

—¿Al qué, Astrid? —insiste—. ¿Al qué? Dilo de una vez. No te escondas detrás de excusas.

Astrid abre la boca para responder, pero las palabras no llegan a ella por mucho que lo intente.

Su mente intenta encontrar una formulación que encaje con la imagen que ha construido de ella misma durante años, con la narrativa que le ha permitido sostenerse en pie.

Pero no la encuentra. Y entonces, sin el filtro habitual, sin el control que siempre la precede, lo dice, casi como si le doliera pronunciarlo:

—Al haberme enamorado de mi empleada.

Freja se queda inmóvil un segundo. Después, su expresión cambia por completo. Una sonrisa amplia, casi luminosa, se abre paso en su rostro y después, da una pequeña palmada en el aire, incapaz de contener la reacción.

—¿Ves? —le dice a Astrid, con una mezcla de triunfo y ternura—. No costaba nada reconocerlo. Por fin has confesado que estás enamorada de Mireya. No era tan difícil, ¿verdad?

Pero sí ha costado.

Y mucho.

Astrid lo siente en el instante en que las palabras se instalan en el aire. Como si al pronunciarlas hubiera abierto una puerta que ya no puede cerrar. Una que expone no solo un hecho, sino una vulnerabilidad que lleva tiempo intentando ignorar con todas sus fuerzas.

Aparta la mirada y se lleva una mano a la sien en un gesto leve, casi imperceptible.

El pulso le late con fuerza bajo los dedos.

Porque no es solo reconocerlo. Es todo lo que viene después: las consecuencias, los juicios, la posible pérdida de autoridad, el miedo a que el Aureum se tambalee por algo que ella considera tan íntimo y personal.

En cuanto ha habido un resquicio, una grieta en su aparente inflexibilidad, las reacciones no han tardado en aparecer.

Henrik, con su juicio directo y frío, recordándole sus responsabilidades.

Sebastian, con su lógica estratégica que siempre apesta a sus propios intereses.

Mateo, con su resentimiento disfrazado de profesionalidad herida.

Todos, de una forma u otra, han coincidido en lo mismo: en el error que supuestamente ha cometido.

Astrid traga saliva, sintiendo cómo ese conjunto de voces sigue resonando en su mente, cómo se repiten una y otra vez, alimentando la duda que ya había comenzado a germinar dentro de ella.

Y después, tiene la sensación de que, al final, las reglas no han cambiado tanto como le gustaría creer.

Que cuando una mujer, especialmente una en su posición de poder, se permite desviarse del control, el juicio llega rápido y suele venir acompañado de una necesidad implícita de recolocarla en su sitio.

En este caso, apartándola de lo que más desea.

—No sé qué más decirte, amiga —añade Freja, antes de darle un sorbo a su botella de agua.

Después, la observa con tranquilidad—. Además de que creo que cometes un error dejando que ellos ganen y echando de tu vida a Mireya.

Esa mujer te mira como si fueras la única persona en la sala.

He visto cómo os buscáis con la cuando creéis que nadie os observa.

Hay algo especial ahí, Astrid. No lo tires por la borda solo porque tengas miedo.

Astrid vuelve a centrar la mirada en los documentos, aunque ya no los ve con la misma claridad. Las letras se difuminan y se mezclan con recuerdos de cada uno de los días que ha pasado junto a Mireya.

—No la puedo echar de mi vida —responde Astrid—. Es la chef ejecutiva del club. Trabajamos juntas todos los días. Sería imposible.

La respuesta es técnica. Pero insuficiente, y ambas lo saben.

—Y la dueña de tu corazón —añade Freja, inclinando la cabeza con un matiz juguetón—. Porque ahí sí que la has metido, Astrid. Y bien adentro. Lo llevas escrito en la cara por mucho que intentes disimularlo.

Astrid pone los ojos en blanco, dejando escapar un suspiro que apenas disimula su agitación interior.

No responde a eso. No puede hacerlo sin entrar en un terreno que no está preparada para gestionar en este momento.

El mero hecho de pensar en Mireya le provoca un nudo en el estómago, una mezcla de anhelo y culpa que le resulta nueva y desconcertante.

Retoma uno de los documentos como si el simple gesto de leer pudiera devolverle el control perdido mientras sus ojos recorren las líneas sin absorber su contenido.

Pero Freja no ha terminado. Se cruza de brazos y continúa.

—¿Vas a hablar con ella o no? No puedes dejar las cosas así. ¿Qué le dijiste? ¿Que todo había acabado? ¿Que era solo un error?

Astrid levanta la vista despacio. La sostiene unos segundos, evaluando la intención que hay detrás.

—No sé qué voy a hacer —admite, encogiéndose de hombros con un gesto que delata su cansancio—. Ahora mismo solo quiero centrarme en comprobar que todo está en orden para la gala. Los proveedores, el menú, la distribución de mesas… Hay mil detalles que pueden salir mal. ¿De acuerdo?

Hace una pausa breve, lo justo para reforzar la idea.

—Y será mejor que no insistas.

Freja la observa en silencio durante unos segundos más. Después asiente, aunque su expresión deja claro que no está convencida en absoluto.

—Como quieras. Pero no creas que esto se acaba aquí. Eres mi amiga y no voy a quedarme callada viendo cómo te equivocas.

Vuelve al ordenador, pero el ambiente ya no es el mismo.

Astrid también baja la mirada, intentando retomar el trabajo.

Sus manos se mueven con la precisión habitual, pero su mente no responde con la misma eficacia.

Las líneas se emborronan y, entre ellas, aparece siempre el mismo rostro: el de Mireya, con sus ojos brillantes y su voz reclamando algo más que encuentros furtivos.

Porque ahora hay algo que no puede ignorar.

Lo ha dicho.

Lo ha reconocido.

Y eso cambia las cosas.

No de cara a los demás.

Sino de cara a sí misma.

Mireya ya no es solo una variable que puede gestionar dentro del contexto del club.

Ya no es únicamente la chef con la que comparte decisiones y no estuvo de acuerdo en muchos momentos, ni la mujer con la que ha cruzado límites físicos en rincones prohibidos del Aureum.

Es algo más profundo, algo que se le ha metido bajo la piel y que despierta sensaciones que creía que jamás llegaría a sentir.

Algo que no encaja en ninguna de las estructuras que Astrid ha construido durante años para sostener su mundo ordenado y predecible.

Y esa falta de encaje la desestabiliza. Siente un calor incómodo en el pecho, un anhelo que le impide concentrarse. Recuerda el tacto de su mano en la muñeca, la urgencia en su voz, la forma en que sus miradas se entrelazaron como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

Se detiene un segundo, con el bolígrafo suspendido sobre el papel. Respira hondo. Intenta centrarse en las columnas de números, en las fechas, en cualquier cosa que no sea el recuerdo de unos labios contra los suyos en la penumbra.

Pero la imagen de Mireya aparece sin pedir permiso, y al final, le hace cerrar la carpeta sin más.

Freja levanta la vista de nuevo, aunque no dice nada. Solo la mira con esa paciencia que solo tienen las verdaderas amigas.

Astrid Falkenberg, la mujer que siempre ha tenido claro cada paso que daba, se encuentra ahora en un punto que no sabe cómo gestionar.

Un lugar donde el control no es suficiente.

Donde la lógica no basta. Donde cada decisión implica perder algo valioso: ya sea la estabilidad del Aureum, el respeto de su círculo o la posibilidad de algo real con la mujer que ha conseguido meterse de lleno en su corazón sin apenas esfuerzo.

Y ahora mismo, no tiene claro qué de todas esas cosas está dispuesta a sacrificar.