Capítulo 25
—No me puedo creer que me hayas hecho esto.
La voz de Mireya no se alza, pero vibra con una tensión que resulta imposible ignorar.
El aire frío del aparcamiento se le adhiere a la piel, amplificando cada latido que se le acumula en el pecho y le oprime la garganta.
Mateo se gira hacia ella con el rostro endurecido, como si hubiera estado aguardando ese preciso instante desde hacía horas.
Sobre todo, después de haberlo contado todo.
—¿Hecho yo a ti? No me jodas, Mireya —responde él con rapidez, casi a la defensiva, aunque su mirada no esquiva la de ella.
Ambos se quedan frente a frente, separados por apenas un par de metros que, sin embargo, se sienten como un abismo roto por la traición. Durante unos segundos eternos, ninguno cede. Ninguno aparta la mirada.
Mireya lo observa con una incredulidad que le quema por dentro, intentando reconocer en ese hombre al amigo con el que ha compartido tantas horas entre fogones durante los últimos años.
—¿Tanto problema te genera que tenga algo con Astrid? —le pregunta, directa y sin adornos. Pero detrás de las palabras no solo hay enfado; hay una decepción profunda, una decepción que no tiene idea de si algún día podrá curar.
Mateo niega con la cabeza y exhala con brusquedad.
—No. Lo que me genera problemas es que eso afecte al trabajo. ¿O es que no lo ves? Todo el equipo está pendiente de vuestras miradas, de cómo os buscáis en la cocina.
—¿Todo el equipo, o solo tú?
Mireya se lleva las manos a la cabeza, girando sobre sí misma un instante en busca de aire, de espacio, de algo que le permita procesar lo que está escuchando sin que la rabia le nuble el juicio.
—Por favor… —murmura, volviendo a mirarle—. Que solo pensamos en el menú juntas. Nadie se ha metido a quitarte el puesto, Mateo. Pensaba que eras mi amigo. ¿O es que todo el tiempo que hemos estado juntos solo ha valido para esto?
El frío le sube por los brazos y se le clava en el estómago. Mateo la observa con una expresión que no le reconoce, que nunca le ha visto.
—Y yo pensaba que jamás pasarías por encima de mí —replica él, dando un paso hacia ella—. Compañeros, has dicho siempre, ¿no? Pues no lo estás demostrando. Y el resto del equipo piensa lo mismo. Lars me lo dijo ayer, e Ingrid también está incómoda. No somos idiotas, Mireya.
Ese comentario la golpea con una crudeza demasiado cruel y, de repente, siente claro el nudo en su garganta.
—¿Estás seguro? —pregunta, frunciendo el ceño mientras cruza los brazos sobre el pecho—. Porque que yo sepa, ni Lars, ni Ingrid, ni los demás me han dicho una sola palabra. ¿O es que ahora hablas por todos?
Mateo se encoge de hombros, como si esa ausencia de confrontación directa no significara absolutamente nada.
—Por no molestar. O por no tener problemas con Astrid. ¿Es que no lo ves? Esa mujer es una tirana. Lleva el Aureum como si fuera su feudo personal. Y ahora tú estás en su bando.
Mireya abre la boca para replicar, pero algo en esa afirmación la detiene un segundo. Niega con la cabeza, más despacio esta vez, mientras el corazón le late con fuerza.
—Se nota que no la conoces en absoluto —le dice, sin agresividad alguna, porque está cansada de tener que demostrar las cosas—.
Astrid es exigente, sí, pero también es la que mantiene este sitio a flote.
La que se queda hasta las tantas para asegurarse de que todo vaya bien.
No es una tirana; es alguien que se deja la piel en un trabajo que ama.
Mateo suelta una risa corta y amarga.
—Claro. Y tú te has dejado la piel con ella de una forma muy concreta, ¿verdad? No me vengas con discursos, Mireya.
La frase queda flotando entre ellos, cargada de veneno.
—No tienes derecho a juzgar lo que no entiendes —responde ella, bajando la voz—.Y si te molesta tanto, quizá el problema no sea Astrid, sino que no soportas que alguien más tenga voz en la cocina.
Mateo da un paso atrás, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Vaya. Así que ahora soy yo el problema. Perfecto. Al menos, ahora podremos brillar ante los comensales de la gala sin que vuestros rollos nos distraigan.
La frase cae con una ironía que no deja espacio para más conversación.
Mateo no se detiene. Se gira hacia su coche, quita la alarma y abre la puerta.
Se mete dentro sin mirarla y arranca el motor de inmediato.
Los faros barren el asfalto y el vehículo se aleja, dejando tras de sí un rastro de humo blanco a su alrededor.
Mireya se queda inmóvil, observando cómo las luces traseras se pierden en la distancia. Durante unos segundos, el ruido del motor es lo único que ocupa el espacio.
Se lleva las manos al rostro y presiona los ojos con fuerza, intentando contener el torbellino que ha creado un huracán en su interior.
«Esto se está yendo de las manos», piensa, con una claridad que le resulta incómoda.
La amistad con Mateo, que creía sólida, ahora se ha agrietado de una forma que le duele muchísimo.
Cuando Mireya se gira, ve a Astrid aparecer desde la salida del club. Su figura se recorta contra la luz cálida, elegante incluso en la penumbra del aparcamiento. Sin embargo, su expresión es muy difícil de leer desde la distancia.
Mireya deja caer las manos y da un paso hacia ella.
—¿Podemos hablar? —le pregunta.
Astrid avanza unos metros más antes de frenar. Cuando lo hace, su mirada se posa sobre Mireya con una frialdad que no le había visto en los días anteriores, con esa distancia profesional que se empezó a derretir entre besos robados y caricias urgentes.
—Será mejor que no lo hagamos y dejemos las cosas estar, por favor —responde Astrid. La frase es limpia, sin titubeos. Y precisamente por eso, es tan dañina.
Mireya da un paso más, acortando la distancia entre ellas.
—¿De verdad vas a tirar lo nuestro a la basura por la rabieta de un niñato? —suelta.
—¿Y qué es exactamente lo nuestro… —pregunta Astrid, girándose hacia ella— …además de follar en lugares donde nunca lo deberíamos haber hecho?
La frase no busca herir a Mireya en absoluto, pero su efecto es inmediato. Porque le golpea rápido, en el centro del pecho, despertando un calor incómodo y una punzada de vergüenza.
Mireya se queda sin respuesta por un instante. No porque no tenga nada que decir, sino porque no esperaba ese golpe tan directo, en un aparcamiento frío y hostil.
Durante unos segundos, el mundo parece contraerse a ese intercambio de miradas, mientras Astrid se aparta un mechón de pelo de la cara.
—No es solo eso y lo sabes —responde Mireya, dando otro paso—. Esto es algo más, Astrid. Lo es desde la primera vez que nos miramos, más allá de las órdenes en la cocina. Y lo siento cuando estamos juntas, aunque sea solo probando un nuevo plato. No me digas que para ti no significa nada.
Astrid retoma el paso, pasando a su lado con la intención clara de marcharse, pero Mireya reacciona antes de que pueda alejarse y la agarra por la muñeca con firmeza.
—Sabes de sobra que no solo follamos, Astrid —insiste Mireya, obligándola a detenerse y a girarse hacia ella.
Sus dedos siguen alrededor de su muñeca, sosteniéndola con una necesidad que no intenta disimular—.
Me basta con mirarte a los ojos para saberlo.
Y también con ver cómo te has comportado con Noah estos días.
—Eso solo fue… —comienza Astrid, pero se interrumpe.
—¿Qué? —la apremia Mireya sin soltarla. Da un paso más, obligándola a sostenerle la mirada. Y en ese cruce, encuentra lo que estaba buscando.
Astrid vacila. Y Mireya lo ve. Ve la contradicción entre la frialdad de sus palabras y la calidez que aún late en el fondo de sus pupilas. Ve el miedo cubierto por esa armadura que pocas veces se ha permitido quitar, el deseo que lucha por no desbordarse.
—El Aureum es toda mi vida, Mireya —confiesa Astrid, con la tristeza tomando forma en sus ojos—. He luchado demasiado por este sitio como para ponerlo en peligro por… por lo que sea que haya entre nosotras. ¿De acuerdo?
Mireya siente cómo algo en su interior se desplaza, se recoloca con dolor, como si intentara encajar esa afirmación con los recuerdos de las últimas semanas.
—Así que será mejor que nos centremos en la gala —añade Astrid—, y en nada más. No podemos permitirnos distracciones. Ni rumores. Ni que el resto del equipo tenga razones para cuestionarnos.
Astrid la mira unos segundos más. Ya ha tomado la decisión. Se libera del agarre, y sus dedos rozan los de Mireya un instante de más, como si el cuerpo traicionara a la voluntad.
Cuando se marcha, Mireya permanece en el mismo sitio, con la mano aún suspendida en el aire, como si no terminara de asumir que el contacto ha desaparecido. El frío del aparcamiento se le mete muy adentro, calándole hasta los huesos y mezclándose con un vacío que le oprime el pecho.
Respira hondo, pero el aire no llega al fondo de sus pulmones, porque de repente, su mundo se ha desmoronado como un castillo de naipes.
No es solo lo que Astrid ha dicho. Es lo que no ha podido negar en esa vacilación, en esa mirada que ha compartido con ella. Es la certeza de que, a pesar de todo… sabe que está cometiendo un error al no ir tras de ella.