Capítulo 24
Varios días después, cuando el ritmo del club se ha recuperado y la gala se acerca con una inercia cada vez más difícil de frenar, Astrid Falkenberg se encuentra de nuevo en cocinas.
El servicio ha terminado hace apenas unos minutos y el equipo se ha reorganizado para una de las pruebas del menú.
El ambiente es distinto al del servicio: más introspectivo, pero también un poco más tenso, como si el aire mismo contuviera la respiración ante la proximidad del gran evento.
Han introducido cambios. Cambios que reflejan la mano segura de Mireya, y su capacidad para evolucionar sin perder la esencia.
El entrante ha evolucionado. La vieira ya no se presenta únicamente con el aceite de cítricos; ahora descansa sobre una base más compleja, una gelatina transparente de manzana verde que encapsula un matiz ácido más controlado.
La gelatina tiembla ligeramente bajo la luz de las lámparas, atrapando el reflejo de los focos como un pequeño espejo de sabor.
El granizado ha desaparecido, sustituido por una emulsión ligera que se integra mejor con la textura del molusco, evitando el contraste excesivo que Astrid había señalado en las pruebas anteriores.
El resultado es más armónico, más sutil, una invitación discreta al paladar en lugar de un golpe directo.
El segundo plato también ha sido ajustado.
La lubina mantiene su cocción a baja temperatura, esa que conserva la jugosidad y la tersura de la carne blanca, pero la mantequilla se ha trabajado con un perfil más profundo: ahora incorpora un fondo reducido de espinas tostadas que aporta densidad, menos evidente pero más persistente en boca, un sabor a mar concentrado que se despliega poco a poco.
La naranja sanguina ha sido relegada a un papel casi simbólico, apenas unas gotas que aparecen al final, como un eco, en lugar de un elemento reconocible.
Y gracias a ello, el plato gana en elegancia lo que pierde en obviedad
Mireya Kovács ha defendido esos cambios con una seguridad que Astrid no ha cuestionado.
No porque no pudiera hacerlo, sino porque, en el fondo, reconoce la evolución.
Reconoce el talento, la intuición que hace que Mireya transforme cada plato en algo vivo, en algo que respira más allá de las normas estrictas que ella misma lleva años imponiendo.
De repente, un pensamiento se cuela entre las indicaciones técnicas: el recuerdo del despacho, de los gemidos, del calor que sigue presente en su cuerpo.
Desde entonces, han mantenido un poco las distancias. Y esa decisión, aunque funcional, ha empezado a generar una tensión que de vez en cuando, se palpa en el aire.
La concentración del equipo se pierde al escuchar unos pasos y ver la presencia de Henrik en cocinas. Algo muy poco habitual.
Solo Mateo continúa trabajando, como si negarse a detenerse fuera su forma de reclamar su propio territorio.
—Astrid, ¿puedes salir un momento? —pregunta Henrik.
Astrid percibe el cambio en el ambiente antes incluso de responder. El silencio que se instala no es natural; es frío, demasiado frío. Aun así, asiente sin vacilar.
—Claro.
Se limpia las manos con un paño y abandona la cocina sin mirar atrás, aunque siente los ojos de Mireya clavados en su espalda.
El pasillo está en penumbra, iluminado por una luz indirecta que acentúa la rigidez de sus gestos. En cuanto la puerta se cierra tras ellos, Astrid se vuelve hacia su hermano.
—¿Qué pasa?
Henrik se cruza de brazos, estudiándola.
—Tenemos cancelaciones importantes —anuncia, y esas palabras no suenan precisamente bien.
—¿A qué te refieres?
Henrik exhala despacio antes de responder.
—A que el consejero delegado de Nordhavn Capital, el director del grupo hotelero Skovgaard y dos miembros del patronato cultural que financia parte de nuestras actividades, han rechazado nuestra invitación.
Astrid se queda en silencio. No necesita que le expliquen lo que eso significa.
—Han dicho que no piensan acudir a una gala cuando la directora del club no es fiel a los estándares del Aureum —añade Henrik.
Durante un instante, Astrid no reacciona. Su mente intenta procesar la información, reorganizarla, encontrar un punto desde el que contraatacar. Pero Henrik no le da tiempo.
—¿Has abusado de tu autoridad para tirarte a una empleada?
—¡¿Qué?! —La incredulidad rompe por primera vez la superficie del control de Astrid, y antes de que pueda contenerse, agarra a Henrik por la muñeca y tira de él unos pasos más allá, alejándolo de la puerta de cocinas.
«Hijo de puta», piensa Astrid, y la rabia le quema en la garganta.
—Mira, lo que hagas con tu vida personal me importa poco —aclara su hermano—. Pero no puedes permitir que esto afecte a la imagen del club. Menos ahora, Astrid. Estamos a días de la gala más importante del año y tú… ¿te dedicas a follarte a la cocinera en tu despacho? ¿En serio?
Astrid sostiene su mirada, intentando mantener la compostura mientras la ira le empieza a recorrer todo el cuerpo.
—No creo que tenga nada de grave mantener una relación —responde Astrid, y después, mira a los ojos de su hermano—. Somos dos mujeres conscientes y adultas. No es un delito.
—Una relación adulta en la que estás favoreciendo el trabajo de Mireya y no el del resto —replica Henrik, casi escupiendo las palabras—.
Es que no te enteras. Mateo vino a verme también, Astrid.
Y está claro que hay favoritismo, cambios en el menú y pruebas que no han pasado por los canales habituales.
¿Crees que los socios no se van a dar cuenta? ¿Qué la gente no hablará?
Henrik se lleva las manos a la cabeza, dando un paso hacia atrás como si necesitara distancia física para no estallar contra su hermana.
—Sabes que la prensa va a venir —añade, con el enfado palpable en el tono de su voz—. Y no nos podemos permitir que empiecen a hacer preguntas. Ni mucho menos ser el cotilleo de la temporada.
Astrid cierra los ojos un segundo. Necesita un instante para reorganizarse, para reconstruir el muro que se ha resquebrajado en cuestión de segundos. La humillación se mezcla con rabia, rabia a que su propio hermano la mire así, que reduzca todo a un error de juicio.
—Entonces, ¿qué sugieres que haga? —pregunta Astrid, y en cuanto la formula, ya sabe cuál será la respuesta. Lo ve en los ojos de su hermano.
Henrik duda un segundo, lo justo para que a ella le dé tiempo a procesarlo.
—Sebastian y yo creemos que lo mejor sería asumir la dirección del evento —expone él—. Al menos de cara a la gala. Tú te mantendrás al margen en lo público y gestionarás la gala desde dentro. Pero la cara visible seremos nosotros.
—Ni hablar —responde Astrid, apretando los puños—. No podéis apartarme del evento más importante del club. He sacrificado años para que el Aureum sea lo que es. No voy a cederlo ahora por un puñado de rumores.
—Podemos y debemos hacerlo —insiste Henrik, y el enfado vuelve a asomar a través de su expresión—.
No nos podemos permitir ningún escándalo.
Ya es bastante que haya conseguido que quienes han cancelado mantengan esto en privado.
¿Sabes lo que me ha costado convencerlos?
¿La de llamadas que he tenido que hacer?
Astrid aprieta la mandíbula.
—Y te pido, por favor, que a partir de ahora te controles un poco —añade él, y la petición, formulada así, le resulta casi insultante, como si fuera una niña a la que hay que regañar—.
Mantén las distancias con Mireya. Al menos hasta que se celebre la gala.
Después, si quieres, haz lo que te dé la gana.
Pero ahora mismo, el club está por encima de tus… impulsos.
Astrid está a punto de replicar, de soltar todo el veneno que lleva dentro —que no es un impulso, que lo que siente va más allá del deseo, que él no tiene derecho a juzgarla—, cuando el teléfono de Henrik irrumpe entre los dos.
—Tengo que atender esto. Es importante.
No espera respuesta, y en un abrir y cerrar de ojos, Henrik se aleja por el pasillo.
Durante unos segundos, el mundo parece reducirse a ese espacio estrecho.
Siente una presión en el pecho, una mezcla de ira y desconcierto que no encuentra salida inmediata.
La rabia hacia Henrik se entremezcla con la frustración hacia sí misma por haber bajado la guardia, por haber permitido que lo personal se filtrara en lo profesional, por desear aún, a pesar de todo, volver a sentir las manos de Mireya sobre su piel.
El club, su refugio, su creación, empieza a escapársele de las manos.
Pero entonces, y casi por inercia, Astrid activa el mecanismo que siempre le ha permitido ser la mujer de negocios que es. Se recompone, endereza los hombros, suaviza la expresión, y reconstruye la máscara que le ha servido durante años.
Cuando abre la puerta de cocinas, el ambiente cambia de nuevo. Las conversaciones se apagan, las miradas se desvían con discreción. Todos perciben que algo ha ocurrido, aunque nadie se atreve a decir ni una palabra.
Astrid entra sin detenerse, retomando su posición como si nada hubiera pasado.
—Necesito que pongáis especial atención a los fallos que puedan surgir a última hora —indica, con suma seriedad—. Repetid la base del segundo plato, quiero probar mejores versiones de la reducción.
No titubea.
El equipo reacciona de inmediato, retomando la actividad. El sonido de los utensilios vuelve a llenar el espacio, aunque la tensión persiste a su alrededor mientras Mireya la observa en silencio.
Sus ojos se encuentran un instante, y en esa mirada breve Astrid lee preocupación, preguntas, quizá un atisbo de dolor. Pero ahora, no puede permitirse responder. Así que, se centra en lo único tangible.
En los platos.
En los tiempos.
En el trabajo.
Porque es lo único que, de momento, sigue bajo su control.