El bocado perfecto Capítulo 23
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Capítulo 23

Mireya permanece inmóvil frente a la puerta del despacho, con la mano suspendida a escasos centímetros de la madera.

No necesita haber escuchado la conversación para saber que algo ha ocurrido.

Hay señales que no se pueden disimular, y la expresión de Mateo cuando se han cruzado antes de que se marchara ha sido demasiado elocuente.

Mireya echa la cabeza hacia atrás e inspira con lentitud antes de asomar la cabeza por la puerta.

—¿Estás ocupada?

Astrid está sentada tras el escritorio, rodeada de documentos, con la atención fija en uno que parece absorberla por completo. Durante un segundo, no reacciona. Después, al levantar la mirada, su expresión se endurece apenas lo suficiente para que Mireya lo perciba.

El suspiro que sigue es revelador, como el de quien se prepara para una batalla que ya ha perdido en su interior.

—No es buen momento —responde Astrid, y el tono es distante. Demasiado distante—. Deberías irte a casa y descansar. Mañana será un día largo.

Mireya entra del todo, cerrando la puerta tras de sí por mucho que Astrid le haya pedido lo contrario.

—Quiero saber qué te ha dicho Mateo —insiste, sin rodeos.

Astrid se lleva los dedos al puente de la nariz, presionándolos como si intentara contener sus nervios a raya.

—¿Tú le has dicho algo? —pregunta Astrid.

Mireya se detiene a medio paso, clavando la mirada en ella.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —replica Mireya, con algo de incredulidad—. Jamás te pondría en esa situación, Astrid. Lo sabes. O al menos deberías saberlo después de todo lo que ha pasado entre nosotras.

Claro que lo sabe. Aun así, se levanta del asiento y rodea el escritorio, apoyándose finalmente sobre el borde. Después, Astrid cruza los brazos como si necesitara construir una barrera física entre las dos.

—No podemos seguir con esto —le dice a Mireya—. Sobre todo, ahora que tenemos que centrarnos en la gala. Los preparativos, los socios, la reputación del club… Todo pende de un hilo, Mireya. Un solo rumor y podría venirse abajo.

Mireya deja escapar una breve exhalación, casi una risa que no contiene ni una pizca de humor. Después, inclina ligeramente la cabeza hacia atrás, como si necesitara procesar lo que acaba de oír desde una distancia mínima, aunque el cuerpo le pide justo lo contrario.

—No estamos haciendo algo malo, Astrid. Somos adultas. Dos mujeres que se desean, que se han entregado la una a la otra. ¿Por qué esto tiene que ser siempre una lucha?

Astrid niega con la cabeza.

—Sí, somos adultas que han puesto en juego la reputación del club y también el equilibrio de las cocinas. Mateo no es tonto, y ahora mismo no puedo permitirme este tipo de distracciones.

El argumento es sólido, coherente con la lógica que siempre ha regido sus decisiones. Pero en la forma en que lo expone hay algo que a Mireya no termina de encajarle, como si esa explicación no alcanzara a cubrir lo que realmente está en juego.

Mireya la observa con atención.

—Se le pasará —responde, refiriéndose a Mateo—. Siempre ha sido demasiado orgulloso con esto de las jerarquías. Cree que el orden en las cocinas es sagrado y que cualquier cosa que lo altere es una amenaza. Pero no va a arriesgar su puesto por un simple chisme.

Mireya da un paso más, acercándose sin prisa, reduciendo la distancia como quien avanza hacia un precipicio que, en el fondo, desea cruzar.

—Yo no lo creo —replica Astrid, esta vez mirándola directamente—. Tu compañero salió de este despacho hecho una furia y temo que… que las cosas se compliquen más de lo necesario. No quiero que esto afecte a tu trabajo, ni al mío.

—No va a decírselo a nadie —afirma Mireya, sin ningún tipo de duda—. Ya le he dejado claras un par de cosas. Le he recordado que todos tenemos secretos y que airearlos no beneficia a nadie.

Astrid abre la boca, sorprendida por esa afirmación.

—¿Y se puede saber por qué has intervenido? —pregunta—. Esto es asunto mío, Mireya. No puedes ir por ahí solucionando mis problemas como si fueras mi protectora.

Mireya reduce la distancia hasta quedar a apenas un paso de ella.

—Porque yo también cuento en esto —responde la chef con claridad—. No soy solo la cocinera que ganó un concurso y que te hace suspirar cuando te apetece. Soy parte de lo que somos cuando estamos solas. Y no voy a quedarme callada mientras intentas apartarme de ti.

Sus manos se alzan hasta apoyarse en el cuello de Astrid.

El contacto es suficiente para obligarla a descruzar los brazos y abandonar esa postura defensiva que había adoptado instantes antes.

Los pulgares de Mireya acarician con lentitud la piel bajo la mandíbula, un roce que envía pequeñas descargas a través del cuerpo de ambas.

—Te repito que no creo que estemos haciendo nada malo —añade Mireya, y su mirada no vacila.

Astrid siente cómo esa proximidad desestabiliza el equilibrio que había intentado reconstruir. Su primera reacción es resistirse. Pero cuando sus ojos caen de nuevo en los de Mireya, esa resistencia empieza a desmoronarse con una facilidad increíble.

—No puedo permitirme esto, Mireya… —murmura.

—¿El qué exactamente? —pregunta Mireya, y obliga a Astrid a enfrentarse a algo que no puede resolver con lógica ni con ningún tipo de estrategia—. ¿El deseo? ¿El placer que sientes cuando te toco? ¿O el hecho de que, por primera vez, alguien te ve más allá de ser la jefa de un club pijo?

Astrid abre la boca, pero no encuentra una respuesta. Su mente intenta organizar argumentos, construir una explicación coherente, pero algo se lo impide. La cercanía de Mireya, el calor de sus manos, la forma en que su propio cuerpo reacciona… todo eso interfiere, nublando su razón.

El control, su control, empieza a resquebrajarse una vez más.

Mireya percibe ese momento exacto en el que la resistencia cede. El equilibrio de poder se desplaza. Y Mireya toma la oportunidad.

Se inclina apenas y, cuando sus labios se encuentran, el contacto es intenso. Astrid responde con una urgencia que la sorprende. Sus manos encuentran la cintura de Mireya y la acercan más, como si la distancia —por mínima que sea— resultara de pronto insoportable.

Sus lenguas se mezclan de inmediato y siente el latido del corazón en las sienes.

Mireya percibe la transformación en Astrid con una claridad física. Los dedos de la mujer se clavan en la cintura de Mireya, atrayéndola hasta que sus cuerpos se pegan por completo, y un gemido bajo escapa de la garganta de Astrid, amortiguado por la boca de ella.

La gala, el equipo, Mateo… todo queda relegado a un segundo plano, reducido a un rumor lejano.

Mireya mantiene las manos en su cuello y, sonriendo, empuja a Astrid contra el borde del escritorio. Los papeles se arrugan bajo su peso y un bolígrafo cae al suelo. Astrid abre la boca para protestar, pero la mirada de Mireya la silencia antes de que pueda pronunciar una sola palabra.

—Siéntate —le ordena.

Astrid obedece casi sin pensarlo, separando ligeramente las piernas.

El corazón le late con fuerza contra las costillas.

Mireya se coloca entre sus muslos abiertos, le desabrocha el botón de los pantalones y los baja junto con la ropa interior hasta la mitad de sus piernas, lo justo para tener acceso a ella.

Después, Mireya se arrodilla lentamente frente a ella, sin apartar la mirada.

Sus manos suben por las piernas de Astrid, separándolas un poco más, exponiéndola por completo.

El sexo de Astrid ya brilla, hinchado y húmedo, y Mireya se lame los labios con placer, como si hiciera siglos que no prueba ese delicioso bocado.

—Me encanta que, por mucho que intentes negarlo, siempre estés tan mojada para mí… —murmura Mireya con una sonrisa.

Astrid intenta responder, pero el roce de la lengua de Mireya sobre su clítoris la corta en seco.

Un gemido ahogado escapa de su garganta.

Mireya repite el movimiento, esta vez más lento, saboreándola con devoción, como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera memorizar cada pliegue del coño de su jefa.

Las manos de Astrid se aferran al borde del escritorio.

Intenta mantener la compostura, la espalda recta, la expresión controlada, pero Mireya no se lo permite.

Su lengua se vuelve más insistente, trazando círculos alrededor del clítoris, alternando con succiones que hacen que las caderas de Astrid se sacudan involuntariamente.

—Dios… Mireya… —susurra Astrid.

Mireya sonríe contra su carne caliente. Una de sus manos abandona el muslo de Astrid y baja hasta su propio pantalón.

Mete la mano y desliza dos dedos entre sus pliegues, encontrándose empapada y resbaladiza.

Mireya gime contra el sexo de Astrid mientras empieza a masturbarse, sincronizando el ritmo de su lengua con el de sus propios dedos.

El doble placer la impulsa. Su boca se vuelve más voraz, recogiendo cada gota de excitación de Astrid. Esta arquea la espalda, empujando las caderas hacia delante, buscando más contacto, y Mireya responde introduciendo dos dedos en su interior.

Astrid suelta un gemido más alto, que intenta ahogar mordiéndose el labio inferior.

—Más despacio… —suplica, aunque su cuerpo pide justo lo contrario.

Mireya no le hace caso. Por el contrario, acelera el ritmo de sus dedos dentro de Astrid, follándola con movimientos profundos mientras su lengua sigue atormentando el clítoris hinchado sin descanso.

Al mismo tiempo, sus propios dedos entran y salen de su sexo con mayor urgencia, frotando su clítoris con el pulgar en círculos rápidos, persiguiendo su propio placer mientras lleva a Astrid al límite.

—Joder… no puedo… —jadea Astrid, quebrada por el placer—. Es demasiado, Mireya. Me estás matando.

Mireya levanta la mirada sin dejar de lamerla.

—Puedes y vas a hacerlo —responde Mireya contra su carne, arrancando otro gemido profundo a Astrid—. Quiero sentir cómo te corres en mi boca, cómo te derramas toda para mí. No te guardes nada.

Astrid se retuerce sobre el escritorio y enreda una mano en el pelo de Mireya, tirando de ella sin saber si quiere apartarla o apretarla más contra sí.

El placer es abrumador, insoportable. Astrid siente que se acerca al borde demasiado rápido, como si estuviera a punto de romperse en mil pedazos.

—Para… por favor, para un momento… —suplica.

Pero Mireya no lo hace. Succiona su clítoris, moviendo los dedos en un ritmo implacable mientras sus propios dedos se hunden más profundo en su sexo, follándose con desesperación.

Sus gemidos vibran directamente contra la carne hinchada de Astrid, amplificando cada sensación hasta volverla casi dolorosa.

Astrid intenta cerrar las piernas, pero los hombros de Mireya se lo impiden y el orgasmo la golpea con violencia.

Todo su cuerpo se tensa como un arco y un grito ahogado escapa de su garganta mientras convulsiona sobre el escritorio.

Las oleadas la atraviesan una tras otra.

Mireya no se detiene; sigue lamiendo y follándola a través del clímax, prolongándolo hasta que Astrid tiembla de forma incontrolable y las lágrimas asoman a sus ojos por la intensidad.

—Basta… basta, por favor… —suplica Astrid entre sollozos de placer—. No puedo… es demasiado… para…

Mireya ralentiza un poco el movimiento de sus dedos, pero no los retira.

Levanta la cabeza y sonríe con los labios brillantes y la barbilla húmeda por los jugos de Astrid.

Su propia respiración es agitada; sus dedos siguen moviéndose dentro de ella, un poco más lento ahora, buscando su propio orgasmo.

—Dame una más, Astrid —casi le ordena—. Córrete de nuevo para mí. Lléname la boca, joder.

Astrid niega con la cabeza, débilmente, pero su cuerpo la traiciona una vez más. Sus caderas se mueven por instinto contra la boca de Mireya, buscándola de nuevo.

Mireya vuelve a bajar la cabeza. Su lengua es casi consoladora, pero sus dedos siguen follando a Astrid con ritmo constante.

Al mismo tiempo, acelera el movimiento de su propia mano.

Sus gemidos se vuelven más altos, desesperados, vibrando directamente contra el sexo sensible de Astrid y enviando nuevas ondas de placer.

El segundo orgasmo llega incluso más fuerte que el primero.

Astrid arquea la espalda con tanta fuerza que casi se levanta del escritorio.

Un gemido largo y entrecortado escapa de su boca, que intenta acallar mordiéndose el dorso de la mano.

Las piernas le tiemblan violentamente y los músculos internos se contraen alrededor de los dedos de Mireya con espasmos casi dolorosos, como si su cuerpo ya no pudiera soportarlo más.

Mireya se corre casi al mismo tiempo, gimiendo contra la carne caliente de Astrid mientras sus dedos se hunden hasta el fondo y su cuerpo convulsiona en oleadas intensas.

El orgasmo la recorre entera, pero no deja de lamer a Astrid, recogiendo cada gota de su placer hasta que siente que está saciada.

Solo entonces Mireya retira los dedos. Se levanta lentamente, con las piernas temblorosas, y se inclina sobre Astrid. Le besa los labios, compartiendo el sabor de su propio sexo. Astrid responde débilmente, aún aturdida.

—Eres… insoportable —murmura Astrid contra su boca.

Mireya sonríe, acariciándole la mejilla con el pulgar.

—Y tú te pones preciosa cuando me suplicas que pare —responde Mireya—. Aunque las dos sabemos que nunca quieres que lo haga.

Astrid cierra los ojos, todavía temblando, incapaz de negar la verdad que late entre sus piernas.

El silencio solo se rompe por sus respiraciones agitadas.

Y, por unos minutos más, el mundo fuera de esa puerta deja de existir por completo, como si solo quedaran ellas dos y el eco de los gemidos que aún vibran en el aire.