Capítulo 22
Aproximadamente una hora después de haber abandonado el santuario de acero y vapor que son las cocinas, Astrid Falkenberg se encuentra en su despacho.
Mantiene la espalda recta, casi rígida, mientras su mirada permanece fija en la pantalla del ordenador.
Sobre la mesa de caoba, descansan varios documentos impresos: listas de invitados de honor, confirmaciones de embajadas y notas logísticas sobre la gala.
Sus labios se curvan en una sonrisa mínima, contenida, una expresión de triunfo silencioso mientras sus ojos repasan los nombres de la aristocracia financiera y cultural.
Hay figuras cuya mera presencia consolida el posicionamiento del Aureum mucho más allá de los límites que, hasta hace poco, ella misma había considerado infranqueables.
Ese detalle, precisamente, le provoca una punzada de ambigüedad: siente orgullo, por supuesto, pero también una ligera incomodidad, ese picor bajo la piel propio de quien ha tenido que ceder terreno y reconocer que sus métodos, a veces, necesitan de manos ajenas para alcanzar la perfección.
Desliza el dedo índice por la pantalla táctil, deteniéndose en algunas confirmaciones de última hora.
En el silencio del despacho, sus pensamientos se desvían inevitablemente hacia Sebastian y Henrik.
Recuerda la insistencia casi impertinente de ambos por abrir nuevos horizontes, por expandir la imagen del club hacia una dimensión más ambiciosa y menos hermética.
Durante semanas, Astrid había interpretado esa propuesta como una brecha en su muralla.
Ahora, sin embargo, los resultados brillan con una luz que no puede ignorar.
—Tampoco estaría mal que se lo agradecieras públicamente durante el brindis de la gala. Una capitana no es nada sin sus oficiales —interviene Freja con una naturalidad pasmosa.
Freja está sentada frente a ella, con una pierna cruzada sobre la otra, balanceando el pie con un ritmo perezoso mientras sostiene un vaso de agua entre las manos.
Astrid alza la vista, arqueando una ceja con estudiada suficiencia.
—¿De verdad me estás pidiendo que me rebaje a eso? —El comentario brota con un matiz irónico, una pequeña punzada de humor que suaviza la aparente dureza de sus palabras. Un segundo después, la sombra de una sonrisa se dibuja en sus labios.
Freja responde con un leve encogimiento de hombros, divertida por la predecible resistencia de su amiga.
—No te estoy pidiendo que te humilles en público. Solo que reconozcas, aunque sea por una vez, que no todo el éxito tiene que pasar necesariamente por el filtro de tu infalibilidad.
Astrid sostiene la mirada de Freja durante unos segundos, valorando la afirmación. Después, deja el bolígrafo de plata sobre la mesa y se recuesta lentamente en la silla de cuero.
—La verdad es que no puedo negar que se han dejado la piel en esto —admite Astrid, con un tono más reflexivo—. Y supongo que mi madre tiene razón en algo… debo aprender a dejarme asesorar mejor. Permitir que el resto también aporte su visión, aunque me cueste no corregir cada coma.
Freja sonríe con un brillo particular en los ojos.
—Quién te ha visto y quién te ve —comenta, inclinándose ligeramente hacia delante—. Se nota que Mireya está haciendo su trabajo. Y no me refiero solo a los fogones.
Astrid carraspea casi de inmediato, sintiendo cómo el nombre de la chef actúa como un detonante en todo su cuerpo. Se recoloca el puño de la blusa, un gesto nervioso que intenta ocultar tras una máscara de indiferencia.
—Digamos que su presencia… me aporta una perspectiva diferente. Me alegra los días, si es que esa expresión encaja en este entorno —responde Astrid con una cautela.
Sin embargo, el matiz aterciopelado que acompaña a su voz al pronunciar el nombre de Mireya no pasa desapercibido para Freja. La amiga alza las cejas, ocultando una sonrisa cómplice tras el borde del vaso de agua.
—Tan fría como siempre, querida —añade Freja con malicia.
Astrid está a punto de replicar, de buscar una frase para reconducir la conversación hacia otro terreno, pero tres golpes suaves y decididos en la puerta la distraen. Ambas fruncen el ceño al unísono.
—Adelante —indica Astrid, recuperando de inmediato su postura.
La puerta se abre y Mateo aparece en el umbral.
—¿Puedo hablar contigo un momento? Es importante —pide Mateo
—Yo os dejo. —Freja se levanta de la silla—. Mañana nos vemos para repasar el protocolo de prensa —dice, acercándose a Astrid para depositar un beso en su mejilla. Al pasar junto a Mateo, le dedica un asentimiento que él devuelve con un gesto breve y algo rígido.
Astrid siente cómo la atmósfera se carga de una electricidad estática que le eriza el vello de los brazos.
—Siéntate —ordena ella, señalando con un gesto elegante la silla frente a su escritorio.
Mateo obedece, pero no se relaja. Se sienta con la espalda despegada del respaldo, entrelaza los dedos sobre la superficie de madera y fija sus ojos en los de ella con una determinación que no intenta ocultar. Astrid lo observa en silencio durante un instante.
—Sé que probablemente esté cruzando los límites de mi contrato —comienza Mateo—, pero como segundo de cocina, y como profesional, quería dejarte saber que me parece una falta de respeto que se haya diseñado el menú de la gala de espaldas al equipo.
Astrid permanece inmóvil, analizando durante un momento su inflexión.
—Mateo, creo que olvidas un detalle fundamental: yo soy la directora de este club —responde ella, y endereza la postura—. Las decisiones estratégicas, incluida la dirección gastronómica de los eventos de alto nivel, están bajo mi supervisión directa.
Mateo asiente, pero no baja la mirada.
—Y también sé que estoy aquí porque la chef Kovács pidió expresamente que formase parte de su equipo.
Que ella confió en mí cuando otros no lo hacían —admite él—.
Pero el hecho de que ella me trajera no me quita el derecho a sentirme valorado.
Soy humano. Y soy un cocinero que pone su alma en cada servicio.
Astrid entrecierra ligeramente los ojos.
—Amo la cocina y amo mi trabajo en el Aureum —continúa Mateo—.
Sé que la gala es vital para el futuro del club.
Pero también es vital que los que estamos en la trinchera nos sintamos parte del proyecto, no simples peones que ejecutan las ocurrencias de la dirección.
Me resulta extraño, por no decir sospechoso, que Mireya no haya protestado ante esta decisión tan unilateral.
Teniendo en cuenta cómo empezó ella aquí, defendiendo su autonomía a capa y espada.
.. me cuesta creer que haya aceptado esto sin más.
El nombre de Mireya cae entre ambos con fuerza. Astrid siente una contracción súbita en el pecho, un espasmo de alerta que lucha por no exteriorizar.
—¿A dónde quieres llegar exactamente con este discurso, Mateo? —pregunta ella—. ¿Quieres que claudique, que pida disculpas y me ponga a tus pies para que diseñes tú el menú?
—No —responde él con una rapidez que descoloca a Astrid—. Quiero que nos trates a todos como el equipo que somos. Y, sobre todo, quiero que dejes de tomarte tantas… libertades con Mireya. Porque eso está afectando a la dinámica del grupo.
«Libertades». Astrid repite la palabra mentalmente, paladeando el sabor amargo de la sospecha.
Siente un calor súbito subiendo por su cuello, una reacción física que odia.
Durante un momento, desvía la mirada hacia sus propias manos, que descansan sobre el escritorio, y después, una sonrisa breve, casi imperceptible, aparece en sus labios.
—Libertades… —Astrid exhala una risa, carente de alegría.
Niega con la cabeza, como si encontrara la idea de Mateo no solo ofensiva, sino profundamente absurda—.
Qué poco sabes, Mateo, de las responsabilidades que conlleva mi puesto.
Y qué poco sabes, sobre todo, de la naturaleza de mi relación con Mireya.
La frase sale de su boca antes de que su cerebro, siempre tan precavido, pueda filtrarla. Ha sido una reacción visceral, un arrebato de posesividad y orgullo que la traiciona en el momento más inoportuno.
Astrid percibe el error en el mismo instante en que las palabras abandonan sus labios, y el frío congela su espalda. Sus dedos se tensan sobre la madera de la mesa.
Mateo abre la boca para replicar, pero no le salen las palabras. Sus ojos se dilatan, fijos en los de Astrid, mientras las piezas del rompecabezas encajan en su mente.
—Entiendo… —murmura él—. Claro. Ahora lo entiendo todo perfectamente. Las excepciones, los tratos de favor, las reuniones en secreto…
Mateo niega con la cabeza y se levanta de la silla.
—Cómo he podido ser tan tonto. Pensaba que era una cuestión de respeto profesional, pero es algo mucho más bajo.
Astrid lo observa sin moverse, paralizada por la magnitud de su propia indiscreción.
—La tenía por una mujer de cabeza fría, una estratega —continúa Mateo, ya de pie, mirándola desde arriba—. Pero veo que hasta las más poderosas caen ante sus instintos primarios. Es una lástima. Por Mireya, sobre todo.
Mateo se gira hacia la puerta, dispuesto a abandonar el despacho y, quizás, a esparcir ese veneno por toda la estructura del club.
Ese movimiento activa un resorte de supervivencia en Astrid. No es miedo a la verdad, es el pavor a perder el control sobre la narrativa de su vida y la estabilidad del Aureum.
—Mateo.
Su voz lo detiene justo antes de que alcance el pomo.
Él se vuelve lentamente, con una ceja alzada, desafiándola a decir algo que pueda cambiar lo que ya es obvio. Astrid se incorpora, apoyando ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia delante. Su postura es firme, pero la tensión en sus hombros delata que está al límite de su resistencia.
—Lo que creas haber entendido… no saldrá de estas cuatro paredes. ¿Ha quedado claro?
Mateo la observa un rato. Finalmente, una sombra de cinismo cruza su rostro.
—No se preocupe, jefa. No es asunto mío con quién decida perder el norte —responde, aunque el veneno en su tono sugiere que el silencio tiene un precio que ella tendrá que pagar tarde o temprano.
Cuando la puerta se cierra, Astrid se queda quieta, con las manos aún apoyadas en la mesa. Solo entonces, cuando se sabe a solas, se permite exhalar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Su mirada se desliza de nuevo hacia la mesa, hacia los documentos, hacia la lista de invitados que minutos antes le había provocado una satisfacción absoluta.
Ahora, esa sensación ha cambiado por completo.
El éxito de la gala, que antes parecía una cima gloriosa, se le antoja como un campo de minas.
Astrid siente que hay un elemento vital fuera de su control. Y no es la logística de la gala. No es la rentabilidad del club ni la presión de los inversores. Es algo mucho más difícil de gestionar.
Es la vulnerabilidad. Es el rastro que Mireya ha dejado en su estructura, una grieta por la que se ha filtrado la mirada de terceros. Algo que, si no actúa rápido, podría desestabilizar lo que ha construido a lo largo de los últimos años.