Capítulo 21
—Todavía no entiendo por qué no me habéis tenido en cuenta para crear el menú.
La queja de Mateo llega como una de esas espinas que se clavan en el orgullo profesional y que, si no se extraen a tiempo, terminan infectando el ambiente de toda la cocina.
Mireya, sin embargo, no levanta la vista de su libreta.
Continúa escribiendo, repasando cantidades, tachando y corrigiendo, como si fuera de eso, o existiera nada más.
A su alrededor, la cocina del Aureum empieza a recuperar su pulso habitual. Lars organiza las bandejas de mise en place e Ingrid revisa temperaturas con el termómetro mientras Jonas comprueba que todo el pescado esté bien fresco. Sin embargo, Mireya nota cómo se le eriza la piel.
—Porque Astrid lo quiso así —le responde a su amigo—. Sabes perfectamente que, con ella, hay ciertas parcelas que no son negociables, Mateo. Y me pidió que hiciéramos una primera prueba a solas.
Mireya continúa emborronando el papel mientras habla, aunque es plenamente consciente de que su segundo de cocina no está escuchando únicamente la respuesta técnica.
Mateo la está evaluando; escruta la curva de sus hombros, la firmeza de su pulso, la aparente naturalidad con la que asume una decisión que, en condiciones normales, ella misma habría peleado.
—Ya… —resopla él, dejando caer el peso del cuerpo sobre la encimera—. Pues tanto que se le llena la boca con mantener el estatus del club y la excelencia del equipo, y resulta que no es capaz de mantener a sus empleados contentos. O informados, que ya sería un detalle.
Mireya detiene el lápiz durante una fracción de segundo.
No es la crítica lo que la frena, sino la verdad incómoda que subyace en sus palabras.
Mateo no suele ser un hombre impulsivo, pero cuando una injusticia —o lo que él percibe como tal— se le mete entre ceja y ceja, la sostiene hasta las últimas consecuencias.
Y esta vez, el brillo de sus ojos delata que no piensa claudicar.
—Esto no es algo que ella pueda decidir en su despacho y que nosotros tengamos que limitarnos a ejecutar como robots —añade él, endureciendo el gesto—. Es nuestra cocina. Es nuestro trabajo el que se pone en el plato. ¿Desde cuándo aceptas tú que te den las recetas masticadas, Mireya?
Mireya cierra la libreta. Después, se gira despacio, buscando la mirada de su compañero.
—Entiendo tu enfado, de verdad que lo entiendo —dice, y no hay rastro de condescendencia en su voz—.
Pero no quiero que las cosas se pongan más tensas de lo que ya están.
¿De acuerdo? Astrid tiene una visión muy específica para esta gala.
Así es como ella lo quiere, y así es como va a ser. Nos guste o no.
Mientras las palabras salen de su boca, Mireya siente el sabor amargo de la hipocresía.
Sabe que no está defendiendo solo una jerarquía laboral.
Hay algo más profundo en esa protección ciega hacia las decisiones de la directora, un hilo invisible que la conecta con Astrid.
Esa contradicción le genera una punzada de incomodidad en el estómago que se esfuerza en ocultar tras su máscara de profesionalidad.
Mateo la observa, entrecerrando los ojos como si buscara una grieta, un error en su discurso que confirme sus sospechas.
—Lo que de verdad me escama es que seas precisamente tú quien lo acepte sin rechistar —suelta después, ladeando la cabeza con una mueca de decepción—.
Pero en fin… supongo que con que nos pongáis al día de vuestras «reuniones secretas» será más que suficiente para que el servicio no sea un desastre.
Mireya asiente, pero guarda silencio. Prefiere morderse la lengua antes de abrir un terreno pantanoso que no se siente con fuerzas de transitar.
Cualquier explicación adicional sería como lanzar cerillas a un reguero de gasolina.
Sabe que Mateo ha olido algo, una irregularidad en la frecuencia de radio entre la dirección y la cocina, y ella no es buena mintiendo cuando se tratan de cosas del corazón.
El eco de unos pasos rítmicos y pesados interrumpe el duelo de miradas. Lars se une al grupo, secándose las manos concienzudamente con un paño de cocina.
—Faltan algo más de dos semanas para la gala —anuncia Lars, inyectando un tono práctico que busca resetear la atmósfera—. Tenemos tiempo de sobra para hacer los ajustes que la jefa exija. No es la primera vez que cambiamos un menú a mitad de carrera, ¿verdad, chicos?
Mireya le dedica una mirada de gratitud interna. Lars no es ciego ni sordo a las dinámicas de poder que rigen el Aureum; simplemente posee la sabiduría de saber cuándo meterse en el barro y cuándo quedarse en la orilla observando cómo los demás se ahogan.
—Exacto —secunda ella, aferrándose a la tabla de salvación que le lanza su compañero—. Iremos afinando las elaboraciones sobre la marcha. Confío en vosotros para que el resultado sea impecable.
No hay espacio para más réplicas. El reloj de la pared, inclemente, marca el inicio del servicio.
La cocina, en un acto de metamorfosis instantánea, exige una atención absoluta, física y mental.
Mateo se retira a su partida con un último gesto huraño, y desde la zona de pedido, empiezan a cantar los primeros platos.
Poco a poco, el espacio se inunda de la sinfonía de guerra.
Mireya se mueve con la soltura de un director de orquesta, fluyendo entre las estaciones, revisando la densidad de las salsas, corrigiendo el ángulo de un emplatado o anticipándose a los cuellos de botella en la salida de platos.
Su cuerpo responde con una memoria muscular perfecta, casi ajena a su voluntad.
Sin embargo, su mente…. Joder, su mente sí que es un campo de batalla.
En un breve interludio, mientras espera que una pieza de carne alcance el punto exacto de reposo, su mirada se desliza por el acero de la cocina, buscando inconscientemente un punto de fuga.
Y entonces, como un calambre, el recuerdo la asalta.
Recuerda la forma en que el aire parecía escasear cuando Astrid se dedicó a observarla, despojada de su armadura de seda y poder.
El vello de sus brazos se eriza bajo la chaquetilla blanca. Siente un rastro fantasmagórico de ese roce prohibido de cómo probó la salsa en su piel y, por un instante, el bullicio de la cocina se apaga, dejando solo el eco de su propia respiración acelerada.
Mireya sacude la cabeza y desvía la mirada de inmediato, concentrándose en el plato que tiene delante, y termina el emplatado con la misma naturalidad que siempre.
«Esto va a saltar por los aires», piensa.
Pero el deber la reclama. No puede permitirse el lujo de la introspección cuando tiene a un montón de personas esperando su comida en la sala.
Ella es el pilar, la estabilidad del equipo, y cualquier grieta en su fachada podría provocar un derrumbe en cadena.
A pesar del roce inicial con Mateo, el equipo continúa con el servicio. Los platos desfilan hacia la sala. Uno tras otro. Obras de arte efímeras, precisas, consistentes con la marca Aureum.
Cuando el fragor de la batalla empieza a remitir y el ritmo de las comandas se vuelve un goteo manejable, Mireya se permite un respiro. Se apoya en la mesa de emplatado, cerrando los ojos durante tres segundos, buscando el silencio en mitad del ruido. Pero esa calma, le dura un segundo.
Mireya abre los ojos justo cuando Astrid Falkenberg entra en cocinas.
Viste un traje sastre de un azul tan oscuro que parece negro, impecable, sin una sola arruga.
Su mirada recorre la estancia y Mireya siente cómo su cuerpo se tensa, adoptando una postura defensiva que es, a la vez, una invitación.
Astrid se acerca a la estación de salsas. Con una parsimonia que resulta casi insultante para el ritmo de la cocina, y observa una elaboración que acaba de terminar Jonas. Sin decir una palabra, hace un gesto con la mano para apartar el cazo, como si fuera un residuo inservible.
—Está sobrecargada —sentencia Astrid.
Mateo, que está a escasos centímetros, se queda mirándola con los ojos muy abiertos, y con la espumadera suspendida en el aire. La incredulidad se le escapa por cada uno de los poros de su piel.
—Disculpe, pero esa salsa acaba de salir del fuego. Está perfecta —replica él, y la falta de «directora» evidencia que no está nada contento.
Astrid ni siquiera parpadea. No se toma la réplica como una ofensa personal porque, para ella, Mateo es simplemente una variable en una ecuación de calidad.
—Precisamente por eso, porque acaba de salir, puedo decirte que el fondo está demasiado reducido. Si no somos capaces de verlo aquí, en el origen, la queja nos llegará desde la sala. Y eso es algo que no me puedo permitir.
Mireya interviene antes de que Mateo suelte la genialidad que tiene en la punta de la lengua, y se cruza en el campo de visión de ambos.
—La arreglo ahora mismo —comenta Mireya.
Astrid gira la cabeza para mirar a Mireya.
El contacto visual dura apenas un segundo, pero es una eternidad comprimida.
Mireya ve en los ojos de la directora una chispa de lo que compartieron en esa misma cocina que se niega a morir bajo el traje que lleva puesto.
«¿Vas a seguirme el juego o vas a enfrentarte a mí? »
—Muy bien, que sea pronto —ordena Astrid, cortando la conexión con la misma frialdad con la que la inició—.
Supongo que la chef Kovács ya os habrá puesto al tanto de los avances para la gala del club —comenta Astrid, elevando la voz para dirigirse a todo el equipo, aunque sus ojos permanecen clavados en Mireya.
El asentimiento es unánime, un coro de cabezas que bajan en señal de sumisión.
—Bien —prosigue ella, paseándose entre las mesas de acero como si fuera un general que inspecciona sus tropas—.
Entonces empezaremos con las pruebas técnicas de inmediato.
No quiero que los platos estén «bien». Quiero que sean excepcionales.
Quiero que cada bocado cuente una historia de exclusividad que nadie pueda replicar.
Mireya escucha la perorata con cierta admiración.
Conoce ese estándar. Es el motor que ha llevado al Aureum a la cima, pero también es el látigo que agota a su gente.
Sin embargo, hoy las palabras de Astrid tienen un matiz distinto en sus oídos, porque cada vez que dice «excepcional», Mireya recuerda el tacto de su piel.
—Dada la complejidad de lo que hemos diseñado —continúa la directora, y ese «hemos» vibra en el aire—, realizaremos varias sesiones de prueba durante las próximas dos semanas. Se harán al finalizar el servicio de noche. ¿Podréis cumplir con ello sin que afecte a vuestro rendimiento?
Su mirada vuelve a Mireya, atrapándola en un rincón del que no puede escapar, porque está claro que es una pregunta con trampa.
La tensión en la cocina es tan espesa que casi podría cortarse con un cuchillo. Mateo aprieta la mandíbula hasta que le duelen los dientes.
—Sí —responden todos, casi de forma mecánica.
—Excelente —concluye Astrid, con esa sonrisa mínima que nunca llega a los ojos—. Seguid así. Los clientes vuelven a estar satisfechos —añade—. Un día más en la excelencia.
Cuando se marcha, Mateo es el primero en reaccionar. Suelta un suspiro largo y ruidoso, pasándose una mano por el rostro.
—Espero que estas dos semanas pasen volando —murmura entre dientes—, porque como siga dándonos órdenes como si fueran los caprichos de una reina, alguien va a terminar perdiendo los papeles.
Ingrid niega con la cabeza, Lars se limita a encogerse de hombros y retomar su puesto. Saben que quejarse es como gritarle a un muro de piedra.
Mireya no articula palabra. Se queda inmóvil frente a la estación, observando el espacio vacío que Astrid ha ocupado hace apenas unos segundos. Nota cómo sus órganos parecen recolocarse dentro de su cuerpo, buscando un nuevo equilibrio ante el seísmo que acaba de vivir.
Es dolorosamente consciente de la grieta que se está abriendo.
Por un lado, la exigencia técnica de la gala, el respeto de sus compañeros, la estabilidad de su vida profesional.
Por otro, ese punto intermedio, esa zona de penumbra donde Astrid y ella dejan de ser piezas de ajedrez para convertirse en un fuego que apenas puede acabar.
Aprieta los dedos alrededor del paño que sostiene, sintiendo la rugosidad de la tela contra sus palmas, obligándose a sentir el suelo bajo sus pies, el calor de los hornos, la realidad del trabajo.
Necesita volver a ser la Chef Kovács, la mujer de que no se deja distraer por perfumes caros ni miradas de medianoche.
Pero no sabrá cuanto tiempo pueda llegar a conseguirlo.