Capítulo 20
El eco de la palabra «sorpréndeme» queda suspendido en el aire viciado de la cocina, vibrando entre las dos mujeres con la intensidad de un relámpago que se niega a disiparse.
Astrid mantiene la barbilla elevada, sosteniendo el desafío con una determinación que empieza a agrietarse por las comisuras.
Siente el frío del acero de la encimera traspasando la fina tela de su pantalón, un recordatorio de la realidad profesional que debería estar imperando, pero el calor que emana de Mireya es como un sol abrasador que desdibuja cualquier contorno de lógica o prudencia.
Mireya, por su parte, no retrocede; al contrario, sus ojos recorren el rostro de la directora con una lentitud predadora, deteniéndose en la curva de su cuello, donde el latido de la yugular de Astrid deja muy claro qué es lo que siente.
Mireya alarga la mano hacia el cazo donde descansa la salsa y, con parsimonia, sumerge una cuchara de degustación en la mezcla y la extrae, observando cómo el líquido resbala pesadamente.
Sus pensamientos son un torbellino; sabe que está cruzando una línea de no retorno, que mañana el club seguirá siendo el club y Astrid seguirá siendo su jefa, pero el instinto —ese mismo instinto que la hace una chef magistral— le grita algo muy distinto.
—Has dicho que querías una experiencia memorable, Astrid —murmura Mireya, y sus palabras se cuelan por los recovecos de la seguridad de la otra mujer—. En la cocina, como en la vida, el orden de los factores sí altera el producto, y el sabor cambia dependiendo de dónde se deposite.
Astrid siente un escalofrío que le recorre la espalda cuando ve a Mireya acercarse con la cuchara.
Su mente, siempre tan analítica, intenta formular una protesta, pero su cuerpo está gobernado por una pulsión primaria que la mantiene anclada al sitio.
Mireya no le ofrece la cuchara a los labios.
En lugar de eso, con un movimiento seguro, desabrocha el primer botón de la blusa de seda de Astrid.
El ligero roce de los nudillos contra la piel de la base del cuello hace que esta suelte un suspiro entrecortado.
Mireya deposita una gota de la salsa templada justo en la pequeña hendidura de la clavícula de Astrid.
Mireya deja la cuchara sobre la mesa y se inclina.
Sus labios buscan la gota dorada sobre la piel de seda de Astrid.
El sabor del cítrico se mezcla con el aroma natural de la mujer —un perfume caro con notas de sándalo—, creando una alquimia que nubla los sentidos de la chef.
La lengua de Mireya recorre la línea de la clavícula con una delicadeza experta, saboreando cada matiz, mientras sus manos encuentran la cintura de Astrid, apretándola contra el borde de la bancada.
Astrid, por su parte, echa la cabeza hacia atrás, dejando que su garganta quede expuesta, un gesto de entrega que Mireya aprovecha para ascender con sus besos hacia la mandíbula.
—Es... deliciosa —jadea Mireya contra su piel, y el juicio interno de Astrid colapsa.
Ya no son directora y empleada, solo dos cuerpos que se reconocen en la penumbra de una cocina que ha dejado de ser un lugar de trabajo para convertirse en un escenario de conquista.
Astrid hunde sus dedos en el pelo de Mireya.
La autoridad que suele ejercer con tanta naturalidad se ha evaporado, sustituida por una urgencia que la empuja a buscar más de ese contacto, más de esa mujer que ha osado desafiarla en todos los niveles posibles.
Mireya la eleva con un movimiento firme y decidido, sujetándola por las caderas y sentándola sobre la superficie fría de la encimera.
El contraste del metal helado contra los muslos de Astrid arranca un jadeo agudo de su garganta.
El frío se clava en su piel caliente, pero solo aviva el fuego que le quema el vientre y le humedece el sexo.
Las manos de la chef se deslizan inmediatamente bajo la ropa de Astrid, subiendo por su espalda, desabrochando el sujetador con un solo gesto.
La prenda cae al suelo junto con el resto de la ropa una vez se la quita, dejando los pechos plenos y endurecidos de Astrid expuestos ante ella.
Mireya la acaricia, pellizcando los pezones ya duros entre el índice y el pulgar, tirando de ellos hasta hacer gemir a su jefa.
Astrid arquea la espalda, empujando sus tetas hacia la boca de Mireya, que las devora con hambre sin pensárselo dos veces.
Después, se dedica a quitarle los pantalones, arrastrados por los muslos de Astrid junto a las bragas que ya están empapadas.
Completamente desnuda sobre la encimera, Astrid abre las piernas sin pudor, mostrando su coño brillante de excitación. Mireya se coloca entre las piernas abiertas de Astrid y la besa con ferocidad.
—Quiero comerte entera —murmura Mireya contra sus labios.
Se gira un momento hacia la sala y Astrid la mira con los ojos entrecerrados de lujuria, respirando agitada.
Mireya vuelca un poco sobre el pecho izquierdo de Astrid.
La salsa tibia resbala por la curva del seno, cubriendo el pezón endurecido.
Inmediatamente se inclina y la lame con su lengua, recogiendo la salsa mezclada con el sabor salado de la piel de su jefa.
Chupa el pezón con fuerza, succionando hasta que Astrid gime alto y le agarra la cabeza, enredando los dedos en su pelo.
Mireya repite la acción en el otro pecho, derramando más salsa y la devora con avidez, mordisqueando la carne mientras sus manos aprietan los muslos abiertos de Astrid.
La salsa sigue bajando. Mireya vierte otro chorro generoso sobre el vientre de Astrid, viendo cómo la mezcla dorada se desliza hacia el ombligo y más abajo.
Se agacha y lame el abdomen con parsimonia, siguiendo el rastro pegajoso, hundiendo la lengua en el ombligo para recoger hasta la última gota.
Astrid se retuerce, jadeando, con sus caderas moviéndose involuntariamente.
—Joder, Mireya… —susurra su jefa.
La chef sonríe con malicia y derrama la salsa directamente sobre el sexo abierto de Astrid.
El líquido tibio cubre los labios hinchados, resbala entre los pliegues y se mezcla con los jugos abundantes de su excitación.
Mireya se arrodilla casi por completo, sujetando los muslos de Astrid para mantenerlos bien abiertos, y entierra la cara entre sus piernas.
Su lengua lame con hambre la salsa mezclada con el sabor de su coño empapado.
Chupa los labios mayores, y después, succiona el clítoris hinchado, hundiendo la lengua dentro de la entrada resbaladiza de Astrid.
De inmediato, la mujer grita de placer, empujando su pelvis contra la boca de Mireya, follándose literalmente su cara.
Mireya introduce dos dedos en el sexo de Astrid, curvándolos mientras su lengua sigue atacando el clítoris. Su jefa maldice una y otra vez.
—Me… encantas… joder…
Astrid recupera algo de control y tira de Mireya hacia arriba para besarla de nuevo, compartiendo la mezcla de sabores.
Ahora es Astrid quien actúa y baja la mano para encontrar entre la ropa el sexo caliente y empapado de Mireya.
Al segundo, empieza a frotar su clítoris con movimientos rápidos y circulares, y luego introduce sus dedos de golpe, follándola con fuerza mientras la besa con devoción.
No obstante, sabe que con la chef siempre tiene algo que «perder» en ese terreno, y Mireya está a punto de demostrárselo.
Se separa de golpe y la mira a los ojos con malicia.
—Te he dicho que sería una experiencia memorable, Astrid Falkenberg —le guiña un ojo y se acerca para susurrar cerca de su boca—: Ponte contra la mesa.
Cuando su jefa obedece, Mireya vuelve a tomar la salsa y vierte lo que queda sobre el culo y los muslos de Astrid, antes de inclinarla sobre la superficie.
Astrid apoya los antebrazos en el acero, sacando el culo hacia atrás y Mireya se arrodilla y lame la salsa de sus nalgas, separándolas con las manos para llegar hasta el coño chorreante. Su lengua la lame, recorriendo su clítoris, rozándola más allá, saboreando la mezcla de cítricos y sexo.
Astrid gime sin control, empujando hacia atrás.
—Dios… ¡fóllame, por favor! —le suplica.
Mireya obedece e introduce sus dedos en el coño de Astrid desde atrás, dándole estocadas profundas y rápidas.
Su otra mano va por delante de un muslo y se encuentra con el clítoris hinchado de su jefa, mientras se la sigue comiendo a placer.
El cuerpo de Astrid se tensa, sus paredes internas aprietan los dedos invasores de Mireya, mientras se inclina y abre para ella.
Poco después, Astrid se corre con fuerza, gritando el nombre de Mireya mientras su sexo chorrea alrededor de los dedos de la chef.
Pero Mireya no le da tregua. La gira de nuevo, la sienta en el borde de la mesa y se coloca entre sus piernas, metiendo la mano de Astrid entre sus bragas para que la folle mientras ella vuelve a acariciarla sin piedad. Mireya agarra el culo de Astrid, clavando los dedos en su carne.
—Quiero correrme contigo —gruñe pegada a sus labios.
Astrid alcanza un segundo orgasmo, gimiendo contra la boca de Mireya. El placer arrastra también a la chef, que se corre con un gemido largo y profundo.
Después, Mireya apoya la frente en el hombro de Astrid, besando su cuello y Astrid acaricia su espalda sudorosa con movimientos perezosos, todavía con los dedos temblando.
Cuando se vuelve a vestir, Mireya ayuda a Astrid sin perder de vista el brillo que hay en sus ojos.
—Mañana seguiremos con el menú —comenta con una sonrisa pícara—. Aunque creo que ya tenemos el ingrediente principal.
Astrid asiente y la besa de nuevo, consciente de lo maravillosa y peligrosa que es Mireya Kovács.