Capítulo 19
—No sabía que fueras tan dulce, Astrid Falkenberg.
Astrid no responde de inmediato. Mantiene las manos apoyadas sobre la bancada de acero, cuya frialdad contrasta con el calor que todavía siente en el pecho tras las últimas horas que ha pasado en casa de Mireya.
Sus dedos, largos y de uñas impecables, se tensan ligeramente alrededor de un cuchillo que aún no ha empezado a utilizar.
—Y no lo soy —responde Astrid, sin dignarse a mirarla.
Lo dice con un tono neutro, preciso, como si estuviera afirmando un hecho incuestionable de las leyes de la física.
Sin embargo, el leve carraspeo que acompaña a la frase, casi imperceptible para un oído ajeno, la delata ante Mireya.
La chef lo percibe, y ese pequeño atisbo de vulnerabilidad le arranca un chasquido irónico con la lengua, seguido de una negación con la cabeza mientras se cruza de brazos, apoyando su cadera contra el borde de la mesa de trabajo.
—¿Entonces lo que he visto en mi casa qué ha sido? —insiste Mireya, acortando la distancia con un paso casi felino—. Porque yo juraría que esa mujer que hacía bolitas de masa con mi hijo y escuchaba las batallitas de mi madre no era precisamente la gélida directora del Aureum.
Astrid levanta la vista. Esta vez sí sostiene la mirada de Mireya, y el choque de sus iris es casi tangible.
Astrid se aferra a su armadura como si fuera lo único que la mantiene en pie, decidiendo cuánto puede permitirse mostrar sin que toda su estructura se desmorone frente a la calidez —y la increíble atracción— de la mujer que tiene delante.
—Digamos que Noah tiene un extraño efecto en mí —concede poco después, mientras empieza a disponer los ingredientes sobre la bancada.
Hay chalotas de piel cobriza, un manojo de eneldo fresco que perfuma el ambiente, una pieza de lubina de carne firme y nacarada, y un pequeño cuenco con mantequilla clarificada.
No piensa permitir que la conversación derive hacia lo que sintió cuando la mano de Noah se cerró sobre la suya.
En su interior, sin embargo, la imagen de la escena doméstica sigue demasiado presente: la calidez de la luz, la risa de la abuela del pequeño, la sensación de haber bajado la guardia y, sobre todo, la mirada constante de Mireya observándola desde el umbral.
—Pues a mí me ha gustado mucho veros así de bien juntos —responde Mireya, relajando los hombros, pero sin apartar los ojos de los de la otra mujer—. Aunque lamento que no hayamos podido avanzar nada en el menú por mi culpa. Solo te he hecho perder el tiempo.
«En realidad, no».
Astrid enarca apenas una ceja, desviando la atención hacia el cuchillo que ahora sí comienza a deslizarse sobre la tabla con ritmo.
—No importa si estamos aquí hasta las tantas. Para eso existe el maquillaje —suelta Astrid, con esa agudeza que la caracteriza.
Mireya sonríe. No le sorprende que Astrid tenga siempre una respuesta preparada, un escudo de ingenio capaz de reconducir cualquier conversación hacia un terreno donde ella se sienta la dueña de las reglas.
Unas reglas que ya ha roto más de una vez, por cierto.
Durante unos segundos, ambas se quedan en silencio, escuchando únicamente el sonido regular de los utensilios que usan.
La madrugada ha caído por completo sobre el club, y la cocina, despojada del bullicio frenético del servicio, adquiere una atmósfera íntima maravillosa.
El eco de los pasos de Mireya resuena mientras se acerca a la estación de trabajo, colocándose justo al lado de Astrid, lo suficiente para que el roce de su aliento le acaricie en el cuello.
—Vamos a trabajar —dice Mireya un segundo después, casi con malicia. Después se incorpora y se remanga la chaquetilla que ya lleva puesta—. ¿Seguro que estará bien que hagamos la primera prueba nosotras solas?
Astrid asiente sin discutir. En el fondo, necesita ese objetivo concreto que le devuelva la sensación de autoridad.
—Tú eres la estrella del club, y la que manda en cocinas.
Quiero un menú que esté a la altura, como ya imaginarás.
Así que, por ahora, prefiero verlo contigo antes de que los chicos aporten su esencia —indica Astrid, recuperando la firmeza habitual de su voz.
Después, mira a su alrededor—. Hay que crear una simbiosis entre alta cocina y técnica, pero sin caer en artificios innecesarios.
Tiene que ser elegante, coherente y, por encima de todo, memorable.
Los inversores que vendrán a la gala no quieren solo comida, quieren una experiencia que justifique cada uno de sus cheques.
Mireya se cruza de brazos, pensativa, dejando que las palabras de la directora se asienten mientras estudia el producto.
—De acuerdo —responde Mireya, y su mente ya ha volado entre sabores y texturas—. Creo que es buena idea empezar con un entrante frío. Algo limpio, fresco, que despierte el paladar sin saturarlo de texturas con grasa demasiado pronto.
Mireya se acerca a la cámara frigorífica y saca una bandeja con vieiras, grandes y tersas.
—Vamos a cortarlas en láminas finas, casi traslúcidas.
Después, las podemos aliñar con un aceite suave de cítricos, ralladura de lima y un toque mínimo de sal ahumada que nos recuerde a la leña —le comunica a Astrid, mientras esta la mira con un brillo especial en los ojos—.
Y para finalizar, le añadimos perlas de pepino encurtido para dar contraste y unas hojas de shiso para aportar ese punto herbal y ligeramente picante.
Mientras habla, sus manos ya están en movimiento.
Es una danza que Astrid no puede evitar seguir con la mirada.
Mireya maneja el cuchillo con una gracia que raya lo artístico.
Astrid, llevada por una inercia que no comprende del todo, se acerca para colaborar sin que nadie se lo pida.
Toma una lima, siente su textura rugosa y empieza a rallar la piel con cuidado, evitando llegar a la parte blanca.
—¿Y no crees que es demasiado evidente? —dictamina Astrid tras unos segundos—. Creo que podríamos buscar un poco más de riesgo.
Mireya no se ofende; al contrario, sus ojos brillan con el desafío. Y después, asiente, como si hubiera estado esperando exactamente esa reacción para soltar su verdadero as bajo la manga.
—Entonces elevaremos la textura para jugar con las temperaturas —propone, inclinándose un poco más hacia Astrid—.
Y si le añadimos un granizado ligero de manzana verde con un toque de jengibre, servida en el último momento, no solo refrescará y limpiará los sabores, sino que romperá con el sabor habitual de la vieira.
Astrid se detiene los siguientes minutos, evaluando la propuesta. Y cuando está todo listo, toma una pequeña muestra de la mezcla, se la lleva a la boca y cierra los ojos apenas un segundo. Mireya se queda petrificada observando el movimiento de su garganta al tragar.
—Mejor —admite Astrid, abriendo los ojos y encontrándose con la mirada intensa de la chef—. Pero el jengibre debe ser casi imperceptible. Como un susurro.
—Lo será —promete Mireya.
Las dos siguen trabajando en esa coreografía dentro de cocinas. El siguiente plato surge rápido. Mireya propone pescado, algo que reconforte pero mantenga la sofisticación del club.
—Lubina a baja temperatura —explica, mientras prepara el roner—, cocinada en mantequilla clarificada con tomillo y ajo. La podemos terminar con un marcado rápido en plancha, solo por el lado de la piel, para que quede como una especie de cristal que estalle en la boca.
Astrid ya está cortando las chalotas con una rapidez que sorprende a Mireya.
—La acompañaremos con una emulsión de hinojo y un fondo ligero de pescado reducido con vino blanco seco —continúa Mireya, acercándose por detrás de Astrid para alcanzar un cazo—. Y, para romper la monotonía del hinojo, un toque de naranja sanguina.
Astrid levanta la vista del corte, dejando el cuchillo a un lado.
—¿Naranja?
—Créeme, quedará muy bien —aclara Mireya, reduciendo la distancia entre ambas hasta que el aire que comparten parece escasear—. Solo unas gotas de su zumo reducido. No quiero que domine el plato, solo que aparezca al final del paladar.
Astrid asiente, convencida ante las ideas de Mireya.
—Vale. Hagámoslo.
Durante la siguiente hora, trabajan en una sincronía que roza lo irreal. Astrid pica, mide con báscula y organiza cada recipiente; Mireya cocina, prueba directamente de la cuchara y ajusta los puntos de sal y diferentes especias.
—¿Seguro que nunca has estado en cocinas profesionalmente? —pregunta Mireya en un momento dado, sin apartar la vista de la sartén donde la mantequilla empieza a burbujear—. Porque se te da sospechosamente bien.
Astrid limpia el cuchillo con un paño blanco y lo deja perfectamente alineado con el resto de los utensilios sobre la mesa antes de hablar. Se toma su tiempo, disfrutando de la expectación que ve en el rostro de la otra.
—Hay muchas cosas que se me dan bien y que la gente no conoce —suelta poco después.
—¿Cómo qué? —inquiere Mireya, dejando la cuchara a un lado y girándose por completo hacia ella. La curiosidad le brilla en los ojos.
Astrid se queda mirándola en silencio. Entrecierra los ojos, analizando el matiz juguetón y a la vez serio en la voz de Mireya. Detecta la intención, la ligera provocación, el terreno pantanoso al que la está invitando a entrar y donde las jerarquías de «jefa» y «empleada» ya no significan nada.
Durante un segundo eterno, algo en el interior de Astrid titubea. El control, ese pilar sobre el que ha construido su vida, flaquea ante la cercanía de la chef. Después, una sonrisa breve cruza su rostro.
—Como a trabajar cuando hay que trabajar —responde Astrid, intentando restablecer el muro.
La respuesta es limpia, cortante, y sin embargo deja un eco que no engaña a nadie. Es un reto, una forma de decir «acércate más si te atreves», y ambas lo saben perfectamente.
Mireya arquea una ceja, divertida, sin dejarse amedrentar por la frialdad fingida de su jefa.
—Estoy trabajando, ¿o me lo vas a negar? —dice Mireya, dando un paso que elimina cualquier vestigio de espacio personal—. He diseñado tres platos en lo que va de noche, casi a la velocidad de la luz y te he aguantado las críticas. Creo que me merezco algo más que una respuesta de manual.
Astrid ya está organizando los ingredientes para el siguiente plato, pero su atención no está en sus manos, que empiezan a temblar imperceptiblemente. Es consciente de cada movimiento de Mireya, de la forma en que su pecho sube y baja, del olor a cítricos y piel que desprende.
—Lo que no voy a negar es que tenemos muchas ideas por delante que plasmar —replica Astrid, tratando de fijar la vista en la hielera—, y que el tiempo no nos sobra precisamente.
Se inclina ligeramente sobre la encimera, revisando proporciones, fingiendo una concentración absoluta. Pero su cuerpo la traiciona. Está en alerta máxima, sintiendo cómo Mireya se desplaza a su espalda, casi rodeándola sin llegar a tocarla.
—Venga… —insiste Mireya, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una caricia auditiva mientras da un paso más—. No te va a pasar nada por tomarte unos segundos de descanso y prestar atención a… otras cosas que no sea la gala.
Astrid no levanta la vista. Siente el calor de Mireya en su espalda, el aroma de su perfume mezclado con el hinojo fresco.
Se pregunta en qué preciso momento la noche ha dejado de ser exclusivamente sobre el trabajo.
En qué punto la línea profesional se ha vuelto de nuevo tan difusa que ya es imposible encontrar el camino de vuelta.
Cuando alza la mirada, Mireya ya está demasiado cerca. Mucho más de lo que el protocolo permitiría.
Aunque a ellas el protocolo siempre les ha dado un poco igual.
El espacio entre ambas se reduce a una distancia ínfima que deja de ser profesional para volverse puramente instintiva.
Astrid percibe la humedad en respiración de Mireya, la dilatación de sus pupilas…
Su primer impulso, es retroceder, recuperar el terreno perdido, restablecer esos límites que la mantienen a salvo del mundo.
Pero sus pies parecen clavados al suelo de la cocina.
Y no puede moverse.
Mireya inclina ligeramente la cabeza, estudiando las facciones de Astrid como si fueran los ingredientes del plato más complejo de su carrera.
Sus labios se curvan con una intención que no necesita ser explicada con palabras.
Y cuando roza los labios de Astrid, el contacto es mínimo, una caricia eléctrica, pero suficiente para dinamitar el ritmo interno que Astrid lleva horas intentando mantener bajo control.
Es un beso que sabe a desafío y a alivio.
El mordisco leve que Mireya propina en el labio inferior de Astrid no es más que una pregunta que espera una respuesta.
Astrid contiene el aire sin darse cuenta, cerrando los puños sobre el borde de la encimera de acero, sintiendo cómo el frío del metal la ancla a la realidad mientras su mente se pierde en el calor de Mireya.
Durante un instante, el universo entero —el club, la gala, los inversores, el pasado— se reduce a ese punto de contacto. Todo queda suspendido en un segundo que se estira, desafiando las leyes del tiempo.
Mireya se separa lo justo para hablar.
—Me apetece mucho probar esa salsa de cítricos… —murmura Mireya, provocando que la piel de Astrid se erice—, … aunque con un ingrediente distinto. Uno que no está en la receta.
Astrid parpadea una vez, lenta, como si estuviera despertando de un trance.
Su mente tarda un segundo en reorganizarse, en intentar volver a encontrar el hilo lógico de la conversación, pero sabe que es una batalla perdida.
Algo ha cambiado irrevocablemente. Lo nota en la forma en que su corazón golpea contra sus costillas, en cómo sus dedos se apoyan con más fuerza de la necesaria sobre la encimera para no desfallecer.
Levanta una ceja, haciendo un esfuerzo titánico por recuperar su compostura de hierro, aunque la sombra de una sonrisa —una de verdad, y sin defensas— se dibuja en su rostro de forma más evidente que nunca.
—Sorpréndeme.