El bocado perfecto Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Eso es demasiado grande, amor —le corrige al pequeño—. Si las haces así de gordas, se van a quedar crudas por dentro y se van a quemar por fuera. No se van a cocinar bien.

—Pero a mí me gustan grandes. Para que duren más —protesta Noah.

—Pues a mí me gusta que no se quemen y que no nos duela la barriga —replica ella, dándole un toquecito cariñoso en la nariz con un dedo manchado de harina.

Astrid observa la escena sin decir palabra. Está ahí de pie, con su ropa carísima, en una cocina de barrio, sintiéndose como un astronauta en un planeta desconocido.

Se fija en la forma en que Mireya se mueve, en su naturalidad. Esta no es la chef exigente que siempre le discute en el Aureum. Es… otra versión de ella. Una versión que Astrid todavía no conocía del todo y que, de algún modo, le resulta mucho más peligrosa para su propia estabilidad emocional.

—¿Vas a ayudar o solo vas a mirar con cara de estar analizando los costes de producción? —le espeta Mireya de repente, sacándola de sus pensamientos con una chispa de picardía en los ojos.

Astrid levanta la vista, sorprendida por el desafío.

—No sabía que tenía permiso para intervenir en una receta familiar tan secreta —responde, intentando recuperar su tono sarcástico de siempre.

Aunque la verdad, falla estrepitosamente.

—Ahora lo tienes. Además, si quieres que hablemos del menú, tendrás que ganarte el tiempo —insiste Mireya, ofreciéndole un hueco a su lado.

Sofia, que observa el intercambio con una inteligencia silenciosa, le ofrece un trozo de masa a Astrid.

—Tenga, pruebe. Pero cuidado, que esto de las galletas es una adicción. Una empieza haciendo una estrella y termina queriendo abrir una pastelería.

Astrid duda apenas un segundo. Mira su blusa inmaculada, mira a Mireya, mira la sonrisa expectante de Noah y, finalmente, acepta.

Se quita el reloj de pulsera de lujo, lo deja con cuidado sobre la encimera junto a los limones, y se arremanga la blusa, dejando al descubierto sus antebrazos. El contacto con la masa es extraño al principio. Pero enseguida se acostumbra.

Noah la observa con los ojos muy abiertos, juzgando su técnica.

—Así no, jefa de mamá —le dice con total seguridad, dándose importancia—. Tienes que hacer una bolita primero. Si no haces la bolita, luego la estrella sale coja.

—Puedes llamarme Astrid —rectifica la mujer, y después, sigue sus instrucciones al pie de la letra—. ¿Así? —pregunta con una sonrisa que, esta vez, sí llega a sus ojos.

—Más redonda. ¡Dale más vueltas!

Mireya no puede evitar sonreír mientras observa el perfil de Astrid. La escena, en su conjunto, tiene algo de onírico, casi irreal. Astrid, la impecable y sofisticada jefa, está con los dedos manchados de harina y mantequilla, mientras sigue las instrucciones de un niño con entrega absoluta.

«Quien la ha visto, y quien la ve».

Sofia intercambia una mirada breve con su hija. Es una de esas miradas de madre que no necesitan ninguna traducción; una que dice «esta mujer no ha venido solo por el menú» y «¿desde cuándo te mira así tu jefa?».

Mireya evita la mirada de su madre, fingiendo una súbita y urgente necesidad de revisar la temperatura del horno.

Sabe perfectamente lo que Sofia está pensando, y lo que ella misma está empezando a sentir, pero no está preparada para ponerle palabras, ni mucho menos para admitirlo frente a los testigos más importantes de su vida.

El tiempo parece diluirse, perdiendo su rigidez habitual, en esa actividad compartida.

Las bandejas se van llenando poco a poco de estrellas, círculos y alguna que otra forma inclasificable cortesía de Noah.

El horno ya desprende un calor reconfortante y las conversaciones fluyen con una facilidad pasmosa.

Hablan de la ciudad, de los ingredientes locales, de anécdotas de la infancia de Mireya que Sofia relata ante la mirada divertida de Astrid y la vergüenza fingida de la chef.

Astrid, en medio de todo ello, se permite algo que rara vez hace en su vida pública o privada: bajar la guardia, zambullirse de lleno en esas «distracciones» que siempre ha odiado.

Se olvida de la postura perfecta, de las palabras calculadas.

Se ríe de un comentario de Noah, se mancha la mejilla de harina sin darse cuenta y descubre que siente una paz que no encontraba en su soledad perfecta.

Como si, por unas horas, el peso de su cargo hubiera desaparecido.

Cuando finalmente introducen la primera bandeja en el horno, el sonido metálico de la rejilla encajando marca el final de la tarea.

El calor que se libera al cerrar la puerta los envuelve en una sensación acogedora, un abrazo térmico que parece extenderse también entre los cuatro, borrando las distancias sociales y los contratos laborales.

Mireya se apoya contra el mueble, cansada pero con el corazón pleno de felicidad, mirando a Astrid, que ahora se limpia las manos con un papel con una expresión de satisfacción casi infantil.

Y al instante se da cuenta de algo que no había entrado en sus planos:

Se está enamorando de Astrid Falkenberg.