Capítulo 18
—¡Abuelaaaa!
La voz de Noah reverbera por todo el pasillo con la fuerza de un vendaval antes incluso de que la puerta termine de abrirse.
Mireya, que se encuentra en la cocina con las manos ligeramente manchadas de harina y el ceño fruncido por la concentración de la receta, levanta la cabeza justo a tiempo para ver cómo el niño irrumpe en el salón.
Noah no camina; corre con esa zancada torpe y veloz propia de sus pocos años, lanzándose hacia su abuela sin ningún tipo de contención.
—¡Ey, lleva cuidado, renacuajo! Que la vas a tirar —lo reprende Mireya desde la distancia.
El cuerpo de Sofia se tambalea ligeramente hacia atrás por el impacto del pequeño cuerpo de su nieto, pero recupera el equilibrio con destreza veterana.
Su sonrisa es amplia, genuina, una de esas expresiones que iluminan el rostro y borran de un plumazo el cansancio del viaje.
No deja de abrazarlo ni un segundo, absorbiendo ese aroma a patio de colegio y a infancia que Noah desprende.
—No te preocupes, cariño, ya sabes que soy un roble —responde Sofia, sujetando a Noah antes de revolverle el pelo con un cariño desbordante—. Yo también estoy muy contenta de verte, cielo. Tenía muchas ganas de este abrazo.
El niño se separa solo lo justo para mirarla a los ojos, con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada por la carrera.
—¿Vas a quedarte mucho? —pregunta.
—El tiempo que haga falta, pequeñin —admite Sofía con un guiño.
Noah asiente con vigor, plenamente satisfecho con la respuesta. Se siente el centro del mundo, y ahora mismo, en esa casa, lo es.
—Mamá y yo estábamos preparando tus galletas favoritas —añade Mireya, señalando con un gesto del mentón hacia el corazón de la casa, de donde ya empieza a escapar un aroma dulce y reconfortante—. ¿Quieres ayudarnos a terminar la masa?
—¡Síiiiii!
El niño se deja caer al suelo de un salto, sus zapatillas rechinan contra el parqué y sale corriendo hacia la cocina sin mirar atrás, como si temiera que el chocolate pudiera evaporarse si no llega a tiempo.
Mireya niega con la cabeza, soltando una pequeña risa mientras se limpia las manos en el paño de cocina que lleva colgado del hombro, y después, observa a su madre.
—No tiene remedio, mamá. En cuanto te ve, se olvida que no puede ser un bruto —comenta Mireya, acercándose para darle un beso rápido en la mejilla—. Me alegra muchísimo que estés aquí.
—Es un niño, Mireya. Déjalo que vuele un poco —replica Sofia, devolviéndole el gesto con una caricia en el brazo—. Además, me ha echado de menos. Igual que yo a vosotros.
En ese momento, Anja aparece en el umbral del salón. Trae consigo la mochila de Noah, que parece pesarle más de la cuenta, y su chaqueta vaquera pequeña en la otra mano. La joven sonríe al ver la escena familiar.
—Ha tenido un día excelente en el cole —comenta Anja, dejando las cosas sobre el sofá—. Pero te aseguro que ha venido todo el camino hablando de las ganas que tenía de ver a su abuela.
—Gracias por todo, Anja. De verdad, me salvas la vida a diario —le responde Mireya.
Anja asiente con una sonrisa cálida.
—No es nada, ya lo sabes. Disfrutad de la tarde. Nos vemos mañana a la hora de siempre.
—Hasta mañana, descansa.
Cuando la puerta se cierra, el silencio dura apenas un suspiro.
Antes de que las dos mujeres puedan intercambiar una palabra más sobre la logística de la cena, desde la cocina llega la voz de Noah, entusiasmada y vibrante, preguntando si se puede comer el chocolate, o antes tiene que pasar por el horno.
Mireya recoge la chaqueta, deja la mochila en su sitio habitual y se toma un instante para ordenar el pequeño caos que el niño ha dejado a su paso.
Hay algo profundamente familiar en ese gesto, en esa rutina doméstica que se repite día tras día y que, sin embargo, hoy se percibe distinta, revestida de un matiz especial.
Quizá sea porque su madre está allí, llenando los huecos con su sola presencia. Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, la casa parece más llena, menos silenciosa en los rincones.
Mireya se mira en el espejo del pasillo un segundo. Se recoloca un mechón de pelo, suspira y sonríe a su reflejo, intentando convencerse de que todo está bajo control. Pero, cuando se dirige de nuevo hacia la cocina, el sonido del timbre corta el aire.
Mireya frunce el ceño y se detiene en seco.
—¿Esperas a alguien, cariño? —pregunta Sofia, asomando la cabeza con curiosidad.
—No... no que yo sepa.
Mireya se limpia las manos de nuevo, de forma casi compulsiva, cruza el salón y abre la puerta. Entonces, el corazón le da un vuelco que le llega a la garganta. Se queda inmóvil, con la mano aún aferrada al pomo.
Astrid está de pie en el umbral del rellano.
Parece un espejismo de alta costura en medio de un edificio de vecinos corriente.
Lleva un conjunto elegante, perfectamente estructurado.
La chaqueta realza la línea de sus hombros de forma impecable, y la caída precisa de la tela sobre su figura delata una calidad que Mireya sabe que cuesta más que su alquiler mensual.
Pero no es solo la ropa. Es la seguridad con la que Astrid sostiene su mirada y que, de nuevo, provoca que salten chispas entre ellas.
Astrid levanta el maletín de cuero que lleva en la mano.
—He venido para que trabajemos en el menú de la gala —anuncia, con naturalidad—. ¿Estás muy ocupada?
Mireya tarda un instante en responder. El mundo exterior parece haberse detenido.
No es que no tenga la respuesta, es que su mente aún está ajustándose a la imagen que tiene delante, intentando encajar la figura imponente de Astrid en el marco de su vida cotidiana.
En la colisión de esas dos perfectas galaxias.
—¡¿Quién es, cariño?! —La voz de Sofia llega desde la cocina, rompiendo el hechizo.
Astrid alza la vista por encima del hombro de Mireya, y ve a la mujer aparecer en el marco de la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal con una expresión abierta y curiosa.
Hay algo en su rostro que remite de inmediato a Mireya.
Es como ver una versión del futuro, una proyección llena de sabiduría.
Astrid se queda quieta. Durante un segundo demasiado largo, su máscara de frialdad profesional se agrieta. Mireya lo nota y se apresura a romper el silencio, sintiéndose extrañamente expuesta.
—Astrid, ella es mi madre. Ha venido de visita a la ciudad por unos días —explica con rapidez, girándose un poco para incluir a ambas en la escena—. Mamá, ella es Astrid, la directora del Aureum.
Como si hubiera sido invocado, Noah aparece en el pasillo a toda velocidad. Lleva unas manoplas de cocina rojas que le llegan casi hasta el codo y tiene una mancha de harina en la mejilla que parece una pintura de guerra. Se queda mirando a Astrid con los ojos muy abiertos.
—¡¡Hola!! —saluda el niño con un entusiasmo—. ¡Hoy llevas ropa de capitana! ¿Quieres ayudarnos?
Astrid parpadea, visiblemente confusa. Su mirada se mueve de Noah a Mireya una y otra vez. Y enseguida, sus labios se entreabren, aunque las palabras parecen habérsele escapado.
Mireya percibe esa vacilación, y hasta le resulta algo tierno. Ver a la gran Astrid, de nuevo intimidada por un niño de ocho años y una abuela con delantal, le hace sonreír.
—Anda pasa… —le pide Mireya—. Seguro que podemos sacar tiempo para revisar ese menú mientras las galletas se hornean.
Astrid asiente con un leve movimiento de cabeza, recuperando parte de su porte, y entra en el piso. El cambio de ambiente es inmediato y radical para ella.
Astrid se quita la chaqueta y la deja junto al maletín sobre el sofá del salón.
Observa el espacio con discreción educada, pero sus ojos no pierden detalle: las fotos en las estanterías, los dibujos de Noah pegados en la nevera, el desorden controlado de una vida vivida con intensidad.
Nada que ver con el minimalismo aséptico de su propia casa.
—¡Ven! ¡Ven! —insiste Noah, acercándose y tirando suavemente de la mano de Astrid—. Que se nos pasa el punto de la masa. Estamos haciendo galletas de estrellas.
Astrid se deja arrastrar. Literalmente. Mireya contiene una carcajada al ver a su jefa siendo conducida por el pasillo por un niño que apenas le llega a la cintura, y cuando cruzan el umbral de la cocina, Astrid se encuentra de frente con la mirada cálida de Sofia.
—Mucho gusto, Astrid —dice la mujer mayor, terminando de limpiarse las manos antes de extender una hacia ella—. Perdona que te recibamos así, pero cuando estoy con ellos, la repostería es sagrada.
Astrid responde al gesto, estrechando la mano de Sofia.
—El placer es mío —responde Astrid—. Siento interrumpir su tarde familiar.
Sofia asiente con una sonrisa franca.
—No te preocupes por nada. Te agradezco mucho la oportunidad que le has dado a mi hija. Sé que es una mujer difícil a veces, muy terca con sus fogones, pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho y un gran talento. No lo digo porque sea su madre.
—No tiene que agradecerme nada, de verdad —responde Astrid, bajando la vista un segundo—. Su talento habla por sí solo, desde luego. Mireya es la mejor chef que hemos tenido, y su dedicación es... ejemplar.
Mireya, apoyada ligeramente en la encimera, observa la escena en silencio, sin poder creer lo que su jefa acaba de admitir.
—Abueli, las galletas —interrumpe el niño, golpeando ligeramente la bandeja con sus manoplas—. ¡Hay que ponerles el chocolate!
Sofia ríe de buena gana, llenando por completo el espacio.
—Primero hay que darles forma, cielo. No seas ansioso.
—Pero están casi. Mira, esta parece un meteorito —dice Noah, señalando un pegote de masa amorfo.
El niño ya está colocando pequeños montones de masa sobre la bandeja, y Astrid se fija en que está sacando la punta de la lengua por la comisura de los labios, igual que hace Mireya cuando emplata en sus cocinas.
Mireya se acerca para supervisar la operación.