El bocado perfecto Capítulo 17
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Capítulo 17

La cocina del Aureum se halla en ese punto de equilibrio precario entre el silencio sepulcral de la preparación y el estallido eléctrico que anticipa el primer servicio.

Mireya permanece inclinada sobre su tabla de corte, concentrada en el presente absoluto.

Está terminando de filetear un lomo de lubina salvaje con movimientos que son, a la vez, firmes y delicados.

La hoja del cuchillo, afilada hasta el extremo, se desliza con una suavidad casi lasciva, separando la carne nacarada de la espina con pericia.

A su lado, Jonas supervisa una reducción de chalotas y vino tinto que burbujea perezosa a fuego lento.

—Dale un poco más de tiempo —murmura Mireya sin desviar la mirada de la punta de su cuchillo—. Deja que el fuego haga su magia. Todavía le falta cuerpo, le falta ese brillo sedoso que buscamos.

Jonas asiente con un gesto casi militar, y ajusta la intensidad.

—Lo sé, pero prefiero ir adelantando los fondos —responde él, limpiando una gota rebelde de la encimera—. Presiento que hoy vamos a tener una noche de las que hacen época. El comedor está completo y me han dicho que hay nombres en la lista que dan miedo.

Al otro lado de la isla central, Lars organiza una bandeja de micro-vegetales mientras intercambia comentarios en voz baja con Ingrid, quien revisa el inventario de especias.

El ambiente es fluido, casi orgánico, una atmósfera de camaradería profesional que dista un abismo de la hostilidad soterrada que emponzoñaba la cocina apenas unas semanas atrás.

Mireya lo percibe en cada gesto, en cada mirada que no es esquiva. Y, en lo más profundo de su ser, lo saborea como un triunfo personal, un logro compartido que ha sudado gota a gota.

Sin embargo, a pesar del rigor que se autoimpone, su mente se empeña en desertar del puesto de mando.

No está completamente allí, entre cuchillos y fondos de cocción.

Desde la noche anterior, una parte de su consciencia permanece anclada en el recuerdo de la conversación a través de mensajes.

Visualiza la pantalla iluminada en la oscuridad del salón, las respuestas de Astrid, esa batalla perdida contra un deseo que parecía filtrarse por las grietas de cada frase.

Es la certeza, cada vez más insoslayable, de que el suelo bajo sus pies ya no es el mismo. La arquitectura de su relación ha mutado hacia algo desconocido y, por ello, fascinante.

El sonido de la puerta batiente al abrirse corta el aire como un látigo. Varios rostros se giran por puro instinto, rompiendo la inercia del trabajo, justo cuando Astrid aparece en el umbral.

Hoy no viste la chaquetilla blanca; luce un traje de chaqueta azul medianoche que la sitúa deliberadamente fuera del circuito operativo, en su papel de gestora y alma del club.

Aun así, su mera presencia altera la presión atmosférica de la estancia.

El equipo se detiene apenas un latido, un parpadeo de cortesía.

Mireya levanta la vista, despojándose de la máscara de cocinera jefa por un instante.

Y cuando sus ojos chocan con los de Astrid, el aire se carga de una estática que amenaza con hacer saltar los plomos.

No es algo que el resto pueda decodificar con claridad, pero para ellas es un incendio.

Astrid esboza una sonrisa mínima, casi imperceptible, antes de tomar la palabra.

—Dentro de tres semanas celebraremos el evento anual del club —anuncia, paseando su mirada por el equipo—. Y, como es nuestra cita más relevante, quiero que desde este mismo instante empecemos a diseñar el menú que se servirá.

El tono mantiene su firmeza habitual, pero hay un matiz inédito que Mireya detecta al vuelo.

—La mayoría de vosotros sois veteranos y ya conocéis la magnitud de este compromiso —continúa Astrid, dando un paso corto hacia el interior—.

Así que os agradecería que pongáis al corriente de todos los detalles logísticos a Mireya, porque será ella quien lleve la batuta. No quiero fallos en la cadena de mando.

—Claro, Astrid, cuenta con ello —responde Lars con una naturalidad que antes le habría costado fingir.

Astrid hace una pausa calculada.

—Sin embargo, este año no será una gala más. Habrá novedades significativas.

El interés se propaga por la cocina. Ingrid deja el frasco de cardamomo sobre la mesa y cruza los brazos, entornando los ojos, totalmente atenta al discurso de la jefa.

—La gala va a evolucionar hacia un modelo más abierto —prosigue Astrid, y en este punto sus ojos buscan los de Mireya de forma casi magnética—.

Queremos que el Aureum adquiera la proyección internacional que merece.

Para ello, contaremos con prensa extranjera, una retransmisión parcial de los momentos clave y, lo más importante, la presencia de los críticos gastronómicos más influyentes de Europa. Nos van a mirar con lupa.

El silencio que cae sobre la cocina no es fruto de la incomprensión, sino del impacto que han creado sus palabras. Es la consciencia de estar ante un abismo o una cima.

—Eso nos sitúa en una posición muy vulnerable, Astrid. Vamos a estar en el punto de mira de gente que no perdona ni un error —comenta Ingrid, rompiendo el mutismo con su habitual pragmatismo.

Lars asiente, apoyando el comentario de su compañera.

—Cierto. La discreción siempre ha sido el ADN del Aureum. Exponernos así es... arriesgado.

Astrid sostiene las miradas de su equipo con una calma imperturbable

—Pero los tiempos cambian, y nosotros debemos liderar ese cambio —sentencia con una convicción que resulta contagiosa—. Quiero que el club gane la notoriedad que le corresponde en el panorama internacional. No somos solo un club privado; somos un referente culinario.

Mireya la observa en silencio, fascinada. Y, aunque se muerde la lengua para no demostrarlo, siente un ramalazo de orgullo al reconocerse como parte activa de esa transformación.

Astrid continúa, bajando un poco el tono:

—Además, este año os echaré una mano de forma directa.

La frase provoca un murmullo eléctrico entre los fogones. Astrid nunca se «manchaba» las manos con la intendencia diaria si no era estrictamente necesario.

—Estaré más presente durante la fase de diseño del menú, supervisando los tiempos de pase y, por supuesto, encargándome personalmente de la armonización con las joyas de nuestra bodega —añade, y esta vez su sonrisa es un poco más franca—.

Quiero que vosotros también disfrutéis del proceso creativo.

Vamos a esforzarnos al máximo para que esta noche sea inolvidable. ¿Cuento con vosotros?

El asentimiento es unánime.

Mireya sostiene la mirada de Astrid un segundo más de lo estrictamente necesario, un tiempo robado al resto del mundo donde se dicen cosas que no caben en un menú.

Por un instante fugaz, Astrid parece olvidar que hay un equipo entero observando; su máscara de hierro se agrieta y deja ver a la mujer que escribe mensajes a medianoche.

Luego, como si se diera cuenta del peligro de esa desnudez, parpadea, recupera la verticalidad de su porte y añade con voz firme:

—Buen servicio a todos.

Se gira sobre sus talones y desaparece tras la puerta con la misma rapidez con la que llegó.

La cocina retoma su ritmo, pero la atmósfera ha quedado impregnada de un aroma distinto, una mezcla de ambición y nerviosismo.

—No sé qué mosca le habrá picado a la jefa, pero esto es totalmente nuevo —comenta Lars, inclinándose hacia Ingrid mientras recupera sus verduras—. Nunca la había visto tan... motivada con la parte creativa.

Ingrid alza una ceja, escéptica por naturaleza.

—Esperemos que tanto entusiasmo no acabe por desbordarnos. Una cosa es querer salir en las revistas y otra muy distinta aguantar la presión de los críticos de París.

Mireya deja el cuchillo sobre la tabla, atrayendo la atención de los demás.

—No tiene por qué salir mal —interviene una calma—. Si cada uno de nosotros da lo mejor de sí mismo y trabajamos como el equipo que ya somos, no hay crítico que pueda con nosotros.

Lars e Ingrid la miran fijamente. Ya no hay en sus ojos ese rastro de sospecha o la resistencia altiva del principio. Ahora hay una consideración distinta, un reconocimiento de su autoridad que nace del talento compartido. Hay un gran respeto.

Mireya sostiene esas miradas con naturalidad, sin arrogancia, y luego vuelve a su lomo de lubina.

—Vamos, equipo —ordena—. Tenemos el primer servicio en menos de una hora y no quiero ver ni una mota de salsa en esos platos.

La maquinaria se reactiva. Los movimientos se vuelven más ágiles, las órdenes vuelven a cruzar el aire como saetas y el estruendo metálico de la cocina recupera su ritmo habitual.

Mateo se acerca discretamente a ella mientras organiza las bandejas de servicio en la zona de emplatado.

—Tenemos que dar el do de pecho, Mireya —murmura con el brillo de la ambición en los ojos—. Si esto sale bien, nuestras carreras van a despegar como cohetes. Es la oportunidad de nuestras vidas.

Mireya asiente, aunque sus pensamientos ya están volando hacia otra parte.

—Lo sé. Lo sé perfectamente.

Se limpia las manos en el delantal blanco, comprobando por centésima vez la frescura de los ingredientes que tiene ante sí.

—Y precisamente por eso, estoy convencida de que vamos a dejar a todo el mundo con la boca abierta.

Lo dice con seguridad, pero hay una corriente subterránea bajo sus palabras que prefiere guardar bajo llave. Porque mientras coordina el servicio, mientras ajusta los puntos de cocción y revisa cada salsa, su mente regresa, una y otra vez, a la misma conclusión inevitable.

Piensa en las semanas que tiene por delante.

En las horas que pasará con Astrid en el despacho o en la cocina de pruebas.

En las reuniones donde sus manos podrían rozarse y la cercanía podría ser una mezcla explosiva.

Piensa en esa tensión que, lejos de amainar, parece alimentarse de cada uno de sus gestos.

Mireya inspira profundamente, dejando que el aroma a mar, hierbas frescas y fuego la envuelva como una armadura. Pero esta vez, el olor de la cocina no es lo único que la mantiene en vilo.

Porque sabe que lo que se avecina no es solo el mayor reto de su trayectoria profesional. Es un desafío personal que no sabe si está preparada para ganar. Es un juego de espejos, una danza en el filo de la navaja que amenaza con desdibujar todas sus líneas rojas.

Y, quizá, mucho más peligroso.