Capítulo 16 #2
Henrik consulta otro documento.
—He pensado que Mireya debería ser quien se encargue de ello.
Freja añade, entusiasmada:
—Algo que destaque la técnica que ha ido perfeccionando durante todo este tiempo.
Astrid piensa unos segundos, recordando los sabores que Mireya le ha dado a probar en la intimidad de la cocina, esos bocados que parecían contar una historia propia.
—Y un plato principal que hable de pasión —interviene ella—. Algo que represente el estilo personal de Mireya. Lo que la hace diferente a cualquier otro chef que hayamos tenido antes.
Sebastian asiente con un entusiasmo que raya lo infantil.
—Exactamente. Eso es lo que venderá la gala. Esa pasión.
Astrid dirige el resto de la sesión con mano de hierro, puliendo cada detalle, asegurándose de que la audacia de Sebastian esté respaldada por la seguridad que ella siempre exige.
Cuando la reunión termina, los tres se levantan casi al unísono, recogiendo sus pertenencias.
—Tengo que hacer un par de llamadas a los proveedores —dice Henrik, saliendo ya por la puerta.
—Yo me pondré en contacto de inmediato con el equipo de comunicación internacional —añade Sebastian, dándole un golpecito amistoso en el hombro a Astrid antes de seguir a su hermano—. Buen trabajo, Astrid. Sabía que entrarías en razón.
Freja recoge sus papeles, sin ninguna prisa por marcharse. Sus ojos no se han apartado de Astrid en todo este tiempo. Los hermanos salen primero, y sus voces se pierden por el pasillo.
Cuando Henrik cierra la puerta tras de sí, el despacho queda sumido en un silencio que de pronto parece demasiado pesado. Astrid ya se ha levantado de su silla y camina hacia la pequeña zona de café que tiene dispuesta en una esquina de la habitación, buscando algo que hacer con las manos.
Mientras prepara la cafetera de cápsulas, escuchando el zumbido del agua al calentarse, oye cómo Freja carraspea detrás de ella. Astrid no se gira, manteniendo su atención fija en la taza de porcelana que se va llenando de líquido oscuro y aromático.
—¿Me vas a decir de una vez qué diablos ha pasado para que de repente cambies de opinión de forma tan radical? —pregunta Freja, arqueando una ceja con escepticismo.
—¿Y por qué asumes que ha tenido que cambiar algo, Freja? Simplemente he analizado los datos y he llegado a la conclusión de que Sebastian tiene razón en términos de expansión de marca.
Freja la observa y se inclina hacia atrás en la silla, sin dejar de mirarla.
—Porque hasta hace apenas unos días no soportabas a Mireya… decías que era impulsiva, que no encajaba en nuestro protocolo, que era una distracción… y ahora, de pronto, quieres convertirla en la cara pública de nuestra gala más exclusiva.
Se detiene a mitad de frase. Sus ojos se abren de golpe, como si una bombilla se hubiera encendido en su mente con una potencia cegadora. Una sonrisa pícara empieza a asomar en las comisuras de sus labios.
—Espera, espera un momento… —murmura Freja, procesando la información a una velocidad vertiginosa.
Astrid siente una molesta tensión en el estómago, un nudo de nervios que no debería estar ahí.
—¿Qué ocurre ahora? —pregunta.
Freja la señala con un dedo acusador.
—¿Os habéis…? —Hace una pausa dramática, buscando la palabra adecuada mientras su mente vuela—. No puede ser. ¡No me lo puedo creer!
Astrid suspira, maldiciendo la capacidad de observación de su amiga. Intenta mantener el semblante serio, pero siente que el calor empieza a subirle por las mejillas, traicionándola.
—Freja, no sé de qué estás hablando —dice, aunque sabe que es una batalla perdida.
—¡Has follado con ella! —exclama Freja, olvidando por completo el protocolo y la discreción—. ¡Lo sabía! ¡Y con tu empleada, además! ¡La jefa de cocina! ¡La indomable Mireya!
Freja estalla en una carcajada limpia y sonora que rebota en las paredes del despacho. Astrid la fulmina con la mirada, apretando los dientes mientras deja la taza de café sobre la bandeja con un golpe demasiado ruidoso.
—¿Podrías ser un poco más discreta y bajar la voz? —le sisea Astrid, lanzando una mirada nerviosa hacia la puerta—. Hay gente trabajando al otro lado de esa pared.
Freja se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa, con los ojos brillando de pura curiosidad.
—O sea, que sí. He dado en el clavo por completo. Tu silencio te delata, Astrid. Y ese color rojo que te ha subido al cuello también.
Astrid no responde. No puede. Sabe que cualquier palabra que pronuncie ahora será usada en su contra en el tribunal de la ironía de Freja.
Freja se lleva una mano a la frente, negando con la cabeza mientras sigue riendo entre dientes.
—Madre mía, Astrid… Quién te ha visto y quién te ve. La mujer de hielo derretida por una cocinera con mucha personalidad.
Luego la mira con una sonrisa enorme.
—Quiero que me lo cuentes todo ahora mismo. Cada detalle. Cómo pasó, quién dio el primer paso… Necesito saber si esa fachada de control que tienes se desmoronó tan espectacularmente como me imagino.
Astrid deja escapar un suspiro largo, rindiéndose a la evidencia. Durante un segundo parece debatirse internamente entre ignorar la petición y echarla de su despacho o ceder al impulso de compartir, por fin, lo que siente por dentro. El peso del secreto es demasiado grande para llevarlo sola.
Finalmente, una sonrisa lenta, casi imperceptible aparece en sus labios. Levanta una de las tazas humeantes, ofreciéndosela a Freja como una tregua.
—¿Quieres escucharlo con uno de mis capuchinos? —pregunta, con un tono de voz que ha perdido toda la frialdad anterior.
Freja sonríe de inmediato, acomodándose en la silla dispuesta a no moverse de allí en los próximos minutos.
—Por supuesto.