El bocado perfecto Capítulo 16
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Capítulo 16

La mañana es gris sobre el puerto cuando Astrid Falkenberg entra en su despacho.

El cielo de Copenhague tiene ese tono perlado, una amalgama de ceniza y nácar que suele acompañar al final de la primavera.

Es una luz engañosa que se filtra por los amplios ventanales, iluminando las motas de polvo que bailan en el aire estático de la estancia.

Astrid deja el bolso de piel sobre la silla de diseño y se quita el abrigo con un movimiento pausado.

Sebastian Lindholm acaba de volver de su último viaje por el sudeste asiático, y la energía en el club Aureum ha cambiado en cuestión de horas.

Ella, por su parte, se siente como si caminara sobre una cuerda floja.

En realidad, lo ha estado desde que leyó aquel último mensaje en la penumbra de su habitación.

«Descansa mucho… y sigue pensando en mí. No quiero ser la única que pase la noche en vela.»

Astrid releyó esas palabras una y otra vez, con la pantalla del móvil iluminando su rostro en la oscuridad, antes de atreverse a apagarlo. El eco de esa frase, se instaló en su pecho como un huésped permanente.

Y lo cierto es que no ha dejado de hacerlo.

Respira hondo, llenando sus pulmones.

Es el día en que deben decidir los detalles de la gala del club Aureum, el evento más importante del calendario anual, la joya de la corona del lugar. Una velada que siempre se ha mantenido dentro de unos márgenes que Astrid no desea romper.

Astrid siempre ha sido la guardiana de ese modelo. Ha defendido la elegancia del silencio y la sobriedad del prestigio heredado.

Al menos, hasta ahora. Porque algo ha roto parte de sus cimientos, y no es solo el suelo de madera bajo sus tacones.

Un golpe rítmico en la puerta interrumpe el flujo de sus pensamientos.

—Adelante —anuncia, recuperando instantáneamente esa máscara que es su armadura.

Al despacho entran Sebastian, su hermano Henrik y Freja casi en formación. Sebastian encabeza el grupo; se le nota el rastro del sol extranjero en la piel y una vitalidad renovada que suele ser presagio de tormentas creativas.

—Buenos días —comenta Sebastian con una sonrisa amplia mientras toma asiento en uno de los sillones de cuero—. Veo que ya estás operativa, Astrid. Te he echado de menos en la coordinación de la semana pasada.

—Buenos días —responde ella, acomodándose tras su escritorio, buscando la seguridad que le proporciona ese parapeto físico—. Alguien tiene que asegurar que los contratos se firman, Sebastian.

Freja ocupa su silla habitual a la derecha de Astrid, cruzando una pierna sobre la otra con elegancia felina mientras deja la carpeta frente a sí. Henrik, siempre más pragmático, se sienta a su lado y ya está revisando algunos documentos con el ceño ligeramente fruncido.

—Bien —comienza Sebastian, entrelazando los dedos y apoyando los codos sobre la mesa—. Supongo que todos somos conscientes de por qué estamos aquí.

Henrik asiente sin levantar la vista del papel.

—La gala anual.

—Exacto —Sebastian abre su carpeta y desliza varias hojas impresas hacia el centro de la mesa—. Este año, tras ver cómo se mueven las tendencias internacionales durante mi viaje, quiero proponer algo diferente. Algo que nos saque de nuestra zona de confort.

Astrid arquea ligeramente una ceja, un gesto mínimo que en ella equivale a un grito de alerta. Sebastian rara vez introduce cambios de última hora sin haberlos rumiado durante semanas, lo que significa que ha regresado de su periplo con una idea grabada a fuego.

—Te escuchamos —dice ella

Sebastian se inclina hacia delante, y sus ojos brillan con una ambición casi contagiosa.

—La gala siempre ha sido un evento exquisito, privado y muy selecto. Nos hemos enorgullecido de ser el secreto mejor guardado de Dinamarca. Y eso ha funcionado… pero creo que estamos perdiendo una oportunidad de oro que nos está pasando por delante.

Freja inclina un poco la cabeza, analizando a su interlocutor con la mirada afilada que la caracteriza.

—¿Qué tipo de oportunidad, Sebastian? No me digas que quieres vender entradas en taquilla.

—La mediática —responde él, ignorando el sarcasmo—. La oportunidad de posicionar al Aureum no solo como un club social, sino como un referente de estilo de vida global.

Henrik levanta finalmente la vista, dejando el bolígrafo sobre la mesa.

—Sabes perfectamente que nuestros socios pagan precisamente por lo contrario. Buscan el anonimato.

—Sí, y lo tendrán —Sebastian habla ahora con un tono más vibrante, gesticulando para dar énfasis a sus palabras—.

No hablo de paparazzis en la puerta ni de escándalos amarillistas.

Quiero convertir la gala en un evento que tenga repercusión en la prensa especializada internacional.

Una retransmisión parcial del evento, muy cuidada, y la presencia de los críticos gastronómicos más influyentes de Europa.

Astrid observa a Sebastian con una atención gélida, tratando de encontrar las fisuras en su discurso.

—¿Y cómo encaja esa exposición con la naturaleza hermética y privada del club? —pregunta ella—. La exclusividad se basa en que no todo el mundo puede ver lo que ocurre dentro. Si lo mostramos, rompemos el hechizo.

Sebastian sonríe levemente, como si hubiera anticipado esa objeción.

—Ahí es donde entra la parte realmente interesante, la que justifica el riesgo.

Desliza otra hoja hacia el centro, un gráfico que muestra picos de interacción en redes sociales y menciones en revistas de lujo.

—Quiero que la gala funcione como la culminación pública del concurso culinario que ganamos este año. Que no se quede en una anécdota de pasillo.

Astrid siente un vuelco en el estómago.

—La final del concurso fue un éxito rotundo, todos lo vimos —continúa Sebastian, mirando a cada uno de los presentes—.

Pero, siendo honestos, apenas tuvo repercusión fuera del círculo del club y de tres o cuatro revistas del sector.

Es un desperdicio de talento. Si convertimos la gala en el cierre oficial y solemne del proyecto gastronómico que inició Mireya, podríamos atraer una atención internacional sin precedentes.

Podríamos elevarla a ella, y al club con ella, al siguiente nivel.

—A ella y a todo el equipo, no te olvides Sebastian —recalca Freja.

Henrik se recuesta ligeramente en la silla, frotándose la barbilla con gesto pensativo.

—Eso supondría abrir el club a una exposición que nunca hemos permitido. Sería un cambio de paradigma total. Pasaríamos de ser conservadores a ser vanguardistas.

—Precisamente —sentencia Sebastian—. Es hora de renovarse o morir.

Todos los presentes giran la cabeza hacia Astrid. El peso de la decisión recae, como siempre, sobre sus hombros. Ella guarda silencio unos segundos, permitiendo que la tensión crezca. No solo está evaluando la propuesta desde una perspectiva estrictamente empresarial o logística.

También está pensando en otra cosa. En alguien que habita sus pensamientos más íntimos.

Está pensando en Mireya.

En lo que significaría para una mujer como ella, verse situada en el centro neurálgico de un evento de ese calibre.

—Podría ser interesante —comenta tranquilamente, pero sus dedos aprietan ligeramente el borde del escritorio.

Sebastian parpadea, sorprendido por la falta de resistencia. Henrik se queda literalmente boquiabierto, con el bolígrafo a punto de caer de su mano. Freja no articula palabra, pero su mirada, siempre sagaz, se posa sobre Astrid con una intensidad que le quema la piel.

—Vaya… Pensaba que no estabas de acuerdo con la idea de querer llamar un poco más la atención —comenta Sebastian, recuperando el habla—. Ya tenía preparada una lista de argumentos para convencerte de que no íbamos a convertir esto en un circo.

Astrid entrelaza las manos sobre la mesa, manteniendo el contacto visual.

—La gente cambia, Sebastian. Y las instituciones que no se adaptan terminan siendo museos de sí mismas.

Hace una pausa breve, buscando la frase exacta para justificar su postura sin revelar demasiado del torbellino interno que la domina.

—He tardado un poco en darme cuenta, lo admito, pero los clientes están más que satisfechos con los nuevos menús. El feedback es unánime. Así que… supongo que eso debe significar algo tangible. ¿No? Si tenemos un activo tan valioso, sería un error estratégico no potenciarlo.

Henrik asiente lentamente, aceptando la lógica de su hermana, aunque aún con ciertas reservas.

—Sí, claro. Visto así, tiene sentido.

Sebastian, entusiasmado por haber ganado la batalla principal, recupera el hilo conductor de la reunión.

—¡Fantástico! Entonces, si estamos de acuerdo en explorar esta nueva vía, necesitamos definir el formato para que nada parezca descuidado.

Abre otra página de su dossier, llena de anotaciones manuscritas.

—La gala se celebraría dentro de tres semanas, el último viernes de mayo. Es la fecha ideal antes de que todo el mundo se escape de vacaciones.

Freja hojea los papeles con rapidez, asintiendo para sus adentros.

—Eso nos deja un margen de maniobra aceptable para preparar la estrategia de comunicación. Tenemos que filtrar muy bien qué prensa invitamos. Solo lo mejor de lo mejor.

—Exacto —Sebastian se gira hacia Henrik—. ¿Qué hay de los costes adicionales?

Henrik señala una línea específica del documento.

—Es una inversión considerable. Especialmente por la logística de la retransmisión. ¿Qué tipo de cobertura estás planteando exactamente?

—Nada invasivo, te lo aseguro —explica Sebastian con paciencia—.

Una cobertura parcial y muy estilizada: la llegada de los invitados que deseen a la alfombra azul, la presentación formal del menú en el gran salón y algunas entrevistas breves y pactadas con los críticos más destacados. Todo con una edición cinematográfica.

Astrid asiente, visualizando la escena en su mente.

—Eso podría funcionar si se controla el acceso. No quiero que nadie se sienta observado mientras cena. El club debe seguir siendo un refugio.

—¿Ideas concretas para el menú? —pregunta Astrid, tratando de reconducir la reunión.