Capítulo 15
—¿Por qué sonríes tanto, mami?
La pregunta llega desde el suelo del salón, acompañada del suave roce de las ceras de colores contra el papel rugoso.
Noah levanta la mirada del dibujo que está pintando y se queda observando a su madre con una mezcla de curiosidad y esa concentración tan propia de su edad, como si estuviera analizando un misterio arcan.
Sus ojos infantiles, siempre alerta, escudriñan cada gesto de Mireya, tratando de descifrar el origen de esa alegría inusual que parece haber transformado la atmósfera del piso.
Mireya, de pie frente a la cocina abierta, se detiene un segundo con la cuchara de madera suspendida sobre la sartén.
Está removiendo la salsa con un ritmo distraído, casi hipnótico, mientras tararea una melodía que ni siquiera recuerda haber empezado a cantar.
El aroma a tomate frito y especias inunda la estancia, pero ella parece flotar en una dimensión distinta, lejos de las tareas domésticas y la rutina de un día cualquiera.
La sonrisa sigue en sus labios, perenne y luminosa.
—Porque estoy disfrutando del día contigo, cariño —responde, girándose para mirarlo por encima del hombro con un guiño cómplice.
Noah entrecierra los ojos con una expresión casi cómica de sospecha, arrugando su naricilla.
Es un niño perspicaz, capaz de detectar los cambios de humor de su madre.
Levanta una de las ceras, de un rojo intenso, y la apunta hacia ella como si estuviera señalando una prueba irrefutable en un juicio de alta importancia.
—¿Y por qué los ojos te hacen chispitas? —pregunta con seriedad, ladeando la cabeza—. Ayer no te pasaba, aunque sonrieras.
Mireya siente cómo la cuchara deja de moverse por completo en su mano. El calor de los fogones parece subirle de pronto por las mejillas, y no precisamente por el vapor de la cocción.
«Madre mía…», piensa para sus adentros. «¿Tan evidente es?».
Tiene que contener la risa. Se gira del todo hacia él, dejando la cuchara sobre un reposaplatos y cruzándose de brazos, como si necesitara adoptar una postura más firme para responder a semejante interrogatorio.
Durante un segundo infinito, se pregunta qué respuesta podría satisfacer la mente inquisitiva de su hijo sin entrar en terrenos que, evidentemente, no son apropiados para un niño.
¿Cómo explicarle que esa luz en su mirada tiene nombre y apellido?
¿Cómo decirle que el mundo ha dejado de ser gris para teñirse de los matices que solo una persona puede provocar?
Porque lo cierto es que sabe perfectamente por qué sonríe.
Y también sabe por qué siente esa extraña electricidad, ese hormigueo persistente que todavía parece recorrerle el cuerpo cada vez que recuerda lo sucedido en el despacho de su jefa.
La memoria del momento vuelve a su mente con una claridad cinematográfica que le provoca un leve cosquilleo en el estómago.
Mireya parpadea varias veces, obligándose a regresar al presente, a esa cocina y a las ceras de colores de Noah.
—Digamos que las cosas van mejor en el trabajo, cielo —responde Mireya—. He tenido una reunión muy buena y me siento... satisfecha.
No es exactamente una mentira. El trabajo con Astrid es ahora el epicentro de su universo, y esa reunión en el despacho había sido, sin duda, la mejor de su vida.
Noah vuelve a inclinarse sobre el papel, aparentemente satisfecho con la explicación, aunque solo durante un par de segundos.
—¿Ya eres amiga de la jefa borde?
Mireya abre la boca, sorprendida, al mismo tiempo que él vuelve a concentrarse en su dibujo con una naturalidad pasmosa, como si la pregunta hubiera sido lanzada sin mayor importancia.
—Te he dicho que no le digas así —replica ella con paciencia—. Se llama Astrid, Noah. Y es... es una persona muy profesional.
Noah hace un pequeño gesto con los hombros, restándole importancia.
—Bueno… Astrid —corrige, pronunciando el nombre con una formalidad exagerada, casi pomposa, que hace que a Mireya se le escape una sonrisilla—. ¿Ya no te regaña tanto y sois amigas?
Mireya se queda un momento en silencio, sopesando la pregunta. La palabra «amigas» flota en su mente con una ambigüedad deliciosa que la hace sonreír otra vez. Se imagina la cara de Astrid, tan seria, escuchando que alguien la define como su «amiga» después de lo que pasó en aquel despacho.
«Si tú supieras, enano…», piensa, sintiendo un calorcito reconfortante.
—Sí —contesta Mireya—. Ya somos amigas. O estamos en camino de serlo. Se ha dado cuenta de que formamos un buen equipo.
Noah levanta la cabeza de inmediato, claramente satisfecho por la noticia. Sus ojos brillan con un entusiasmo que siempre conmueve a Mireya.
—Me alegro mucho —dice con rotundidad—. Porque parece muy simpática. El otro día, cuando me dejó dibujarla, no parecía tan borde.
Mireya arquea ligeramente una ceja, intrigada.
—¿Ah, sí? ¿Ahora te parece simpática?
—Sí. Es como una superheroína de esas que al principio parecen malas pero luego salvan a todo el mundo —dictamina el niño.
Noah gira el papel para enseñárselo, orgulloso de su progreso. Mireya deja lo que está haciendo y se acerca unos pasos, apoyando una mano en la encimera para mirar mejor la obra de arte que su hijo ha creado.
El dibujo es un festival de colores intensos y líneas que se retuercen en todas direcciones, pero la escena resulta sorprendentemente clara para alguien que sabe mirar.
Hay una figura alta, imponente, con una capa roja que ondea detrás de ella.
Lleva un gran escudo en el pecho y lo que claramente pretende ser una corona dorada sobre una melena que, casualmente, tiene el mismo tono que la de Astrid.
Junto a esa figura, aparece un niño pequeño con una máscara azul y una capa verde, ambos situados frente a un edificio que, según el cartel irregular sobre la puerta, representa el club donde Mireya trabaja.
Encima de todo, con letras grandes, temblorosas e inclinadas, Noah ha escrito: «SUPER ASTRID».
Mireya siente cómo algo cálido y tierno se le instala en el pecho. Ver a Astrid a través de los ojos de su hijo, convertida en una figura protectora y heroica, es algo que no esperaba.
—¿Crees que le gustará? —pregunta Noah con una sonrisa enorme—. ¿Crees que se pondrá contenta?
Mireya asiente con entusiasmo, sintiendo una punzada de emoción.
—Seguro que sí, cariño. Es muy bonito. Le va a encantar que la veas así.
Se acerca a él y se agacha hasta quedar a su altura en el suelo. Le aparta un mechón de pelo de la cara y le da un beso suave, prolongado, en la frente.
—A lo mejor hasta lo cuelga en su despacho —añade, imaginando la escena y la expresión de sorpresa que pondría la sofisticada Astrid ante tal regalo.
Noah vuelve a concentrarse en su obra con evidente satisfacción, dándole los últimos retoques al escudo de la superheroína.
Mireya se levanta y regresa a los fogones.
El agua ya está hirviendo con fuerza, soltando nubes de vapor blanco, así que añade la pasta con cuidado mientras termina de ligar la salsa cremosa con pollo y champiñones.
Es un plato sencillo, el favorito de Noah para los días de celebración, y hoy, sin duda, hay mucho que celebrar.
El apartamento se llena pronto del aroma cálido y reconfortante.
Durante unos minutos reina una tranquilidad doméstica preciosa, una pausa en el ajetreo diario que Mireya valora más que nada.
Mientras escurre la pasta, observando cómo el vapor empaña momentáneamente los cristales de la ventana, no puede evitar que su mente vuelva a deslizarse, como si tuviera voluntad propia, hacia Astrid.
Se pregunta qué estará haciendo ella en este momento. ¿Estará también cenando sola en su impecable y moderno piso? ¿O estará repasando mentalmente, al igual que ella, la suavidad de su piel y la urgencia de sus manos?
«Concéntrate, Mireya», se dice, sacudiendo la cabeza.
Porque la sonrisa, esa sonrisa que se le ha metido tan adentro, sigue ahí.
*
Una hora y media después, el apartamento se ha sumergido en un silencio acogedor, solo interrumpido por el murmullo lejano del tráfico de la ciudad.
Noah duerme profundamente en su habitación, con el cuerpo relajado y el pelo aún un poco húmedo después del baño.
Sobre la mesita de noche, el dibujo de «SUPER ASTRID» descansa bajo el flexo, colocado con sumo cuidado para que no se arrugue y no olvidarse de llevárselo al día siguiente.
Mireya se ha dejado caer en el sofá del salón, rendida tras una jornada de emociones fuertes. Tiene el teléfono apoyado contra la oreja, sosteniéndolo con el hombro mientras se quita los pendientes, hablando con su madre.
—¿Lo ves, hija? —dice la voz maternal y serena al otro lado de la línea—. Ya te dije que esa oportunidad te iba a cambiar la vida. Que el club era solo el principio.
Mireya sonríe mientras se acomoda entre los cojines, estirando las piernas sobre la mesa de centro, algo que normalmente no le deja hacer a Noah.
—Pero no me gusta tenerte tan lejos, mamá. A veces echo de menos que aparezcas por aquí sin avisar con un táper de mi plato favorito.
La respuesta llega acompañada de una risa.
—Anda ya, no digas tonterías, mujer. Si estamos a una hora en tren, que parece que te hayas ido a la otra punta del mundo.
Mireya deja escapar un pequeño suspiro, cerrando los ojos.
—Lo sé… pero no es lo mismo. A veces se me hace cuesta arriba compaginar todo sola.
—Además —continúa su madre con un tono mucho más animado—, ya tengo todo arreglado para ir la semana que viene a quedarme unos días con vosotros. He echado de menos a mi nieto y, por lo que veo, tú también necesitas que te echen una mano.
Mireya se incorpora de golpe en el sofá, olvidando el cansancio.
—¡¿Lo dices de verdad?! ¡Qué alegría me das!
En cuanto se da cuenta del volumen de su voz, que ha resonado en el salón vacío, baja el tono inmediatamente y lanza una mirada instintiva hacia el pasillo que conduce al dormitorio de Noah, temiendo haberlo despertado.
—¿Una madre mentiría en algo así? —responde su madre con una ofensa fingida que hace que Mireya sonría de nuevo—. No me perdería ver cómo te va en ese trabajo nuevo por nada del mundo.
—No, claro que no. Me va a venir de perlas, mamá.
—He estado mirando los horarios de los trenes —añade su madre, que siempre ha sido una mujer de acción—. Saldré por la mañana y llegaré antes de la hora de comer. Así te tengo la cena lista cuando vuelvas de trabajar.
—Perfecto —dice Mireya, sintiendo una oleada de alivio y gratitud que no esperaba—. A Noah le va a encantar la sorpresa. No deja de preguntar por ti.
—¿Y a ti?
Mireya guarda silencio unos segundos, mirando las sombras que proyecta la lámpara de pie sobre la pared. Piensa en Astrid, en el dibujo de Noah, en el beso del despacho y en cómo su vida parece haber dado un vuelco de ciento ochenta grados en apenas unas semanas.
—A mí también —admite, con una sinceridad que le sale del alma—. A mí también me va a venir muy bien tenerte aquí.
Siguen hablando un rato más, desgranando las novedades del barrio.
Y cuando cuelgan, el apartamento vuelve a quedar sumido en ese silencio denso y nocturno.
Mireya deja el teléfono sobre la mesa y se estira un poco en el sofá, notando cómo el sueño empieza a ganar la partida.
Está a punto de levantarse para irse a la cama cuando el dispositivo vibra sobre la madera con un mensaje.
Mireya frunce el ceño con curiosidad. A estas horas, pocas personas le escribirían si no fuera algo urgente. Toma el teléfono con cierta vacilación. La pantalla se ilumina, y lee el texto que aparece en la notificación.
«No puedo dejar de pensar en ti.»
El corazón le da un vuelco tan violento que siente el latido en la garganta. No necesita mirar el nombre del remitente para saber quién lo ha enviado. Una sonrisa lenta, cargada de una picardía que creía olvidada, se dibuja en sus labios mientras se recuesta de nuevo en el sofá.
«Interesante… has buscado mi teléfono entre los datos personales de la empresa… ¿Estamos ante otra regla más rota, jefa?»
La respuesta no tarda ni un minuto. Parece que al otro lado también hay alguien que no puede conciliar el sueño.
«Tal vez. Hay reglas que son demasiado rígidas para situaciones tan... excepcionales.»
Mireya se muerde ligeramente el labio inferior, sintiendo un calor placentero subirle por el cuello. Se imagina a Astrid escribiendo eso, quizá despojada de su traje de chaqueta impecable, con el pelo algo más revuelto de lo habitual.
«Cuidado. Se supone que eres muy estricta con las normas y la ética laboral», escribe de nuevo, disfrutando del juego.
«Solo con las que importan. Y ahora mismo, mi prioridad no es el manual de recursos humanos.»
Mireya siente un leve rubor. El tono de Astrid es directo, casi desafiante, y eso la atrae muchísimo. Durante unos segundos duda, con el cursor parpadeando en la pantalla, pero luego, se deja llevar:
«¿Y yo no soy una de esas normas?»
«Precisamente por eso.»
Mireya se reclina de nuevo en el sofá, con el teléfono apretado contra el pecho y una sonrisa imposible de disimular.
El intercambio continúa durante varios minutos; cada mensaje está cargado de una tensión juguetona y un erotismo latente que inevitablemente las lleva a recordar, una y otra vez, lo sucedido en la penumbra del despacho.
Mireya le cuenta, sin entrar en detalles, que Noah ha hecho un dibujo de ella, y la respuesta de Astrid, un simple «me muero de ganas de verlo», suena más íntima que cualquier declaración de amor convencional.
Mireya sonríe y escribe un último mensaje.
«Me voy a dormir, que mañana el «superhéroe» me despertará temprano. Descansa mucho… y sigue pensando en mí. No quiero ser la única que pase la noche en vela.»
Lo envía y deja el teléfono en la mesa, sintiendo el vacío de la pantalla apagada.
Se queda un momento allí, en la oscuridad, dejando que las palabras de Astrid dancen en su mente como si fueran luciérnagas.
Después, camina hacia su habitación y se mete en la cama, arropándose con una sensación de plenitud que hacía años que no experimentaba.
La pantalla vuelve a oscurecerse en el salón.
Pero la sonrisa que permanece en su rostro tarda bastante en desaparecer.