Capítulo 14
Las manos de Astrid ya se han colado entre los pantalones de Mireya cuando el beso se reanuda con urgencia.
Los dedos se deslizan bajo la cinturilla del uniforme, encuentran el calor húmedo de la tela interior y presionan contra la carne blanda y ansiosa.
Mireya jadea contra su boca, un sonido ronco que Astrid acalla al instante con otro beso más profundo, más devorador, mientras su palma entera la cubre y frota con lentitud deliberada.
El despacho está en penumbra, solo iluminado por la lámpara de escritorio y el resplandor lejano del puerto que se filtra a través de las persianas entreabiertas.
Al otro lado de la puerta de roble, el club sigue latiendo y la conciencia de que solo una madera las separa del resto del mundo añade una capa eléctrica a cada movimiento.
Mireya arquea la espalda contra la puerta, separando ligeramente las piernas para facilitarle el acceso. Sus manos se aferran a los hombros de Astrid, clavando las uñas a través de su camisa impecable.
—Joder, Astrid… —susurra contra sus labios, y la mujer tiene la sensación de que le está suplicando.
Astrid no dice nada. En lugar de eso, hunde dos dedos bajo la tela húmeda y los curva con maestría, buscando el sexo de la chef.
El movimiento es lento al principio, casi torturador, mientras su pulgar dibuja círculos sobre el clítoris hinchado de ella.
Mireya muerde su propio labio inferior para no gemir alto, pero el sonido se le escapa de todas formas.
Astrid lo captura con su boca, tragándose el gemido, besándola con tanta fuerza que sus dientes chocan suavemente.
El control que Astrid tanto defiende se resquebraja un poco más con cada segundo.
Siente el calor que emana del cuerpo de Mireya, el modo en que sus músculos internos se contraen alrededor de sus dedos, la humedad que empapa ya sus nudillos.
Empuja más profundo, moviendo la muñeca con ese ritmo que sabe que la vuelve loca.
Sus propios muslos se aprietan uno contra otro, buscando alivio, porque Astrid desea que Mireya se deshaga primero.
—Shhh… —le susurra Astrid al oído, sin dejar de mover la mano—. No se te ocurras a hacer ruido.
Mireya asiente con los ojos entrecerrados, y la respiración agitada.
Una de sus manos baja hasta la nuca de Astrid y tira de ella para besarla otra vez, acallando así sus propios jadeos.
El beso es húmedo, y desesperado. Mientras tanto, los dedos de Astrid aceleran el ritmo, entrando y saliendo con una cadencia que imita el pulso acelerado de las dos.
Mireya separa un instante la boca para tomar aire y apoya la frente contra la de Astrid.
—Más… por favor —le suplica—. No pares.
Astrid sonríe contra sus labios, una sonrisa oscura y satisfecha.
Aumenta la presión del pulgar y curva los dedos con más insistencia, golpeando el punto interno del coño de Mireya, haciendo que sus rodillas tiemblen.
Siente cómo el cuerpo de la otra mujer se tensa, cómo sus caderas empiezan a moverse por instinto, buscando más fricción, cabalgando su mano dentro de los pantalones.
—Así… —murmura Astrid—. Muévete contra mí.
Mireya obedece. Sus caderas ondulan en círculos, presionando contra la palma de Astrid, mientras sus manos se deslizan bajo la camisa de la jefa para arañar la piel caliente de su espalda.
El roce de las uñas arranca un gemido bajo a Astrid, que lo acalla hundiendo el rostro en el cuello de Mireya y mordiendo suavemente la curva donde le late el pulso.
Fuera, alguien pasa por el pasillo. El sonido de los pasos llega nítido. Ambas se quedan inmóviles un segundo, con la respiración contenida. Mireya aprieta los dientes y cierra los ojos con fuerza, y cuando los pasos se alejan, Astrid reanuda el movimiento, ahora más rápido.
—Eres una puta imprudente —le susurra al oído, y esa palabra, hace que Mireya se estremezca entera.
—Y tú… una jefa que no sabe mantener las manos quietas —responde Mireya entre dientes, con una sonrisa desafiante que se le rompe en otro gemido.
Astrid la besa para callarla, tragándose el sonido mientras sus dedos trabajan sin piedad, sintiendo cómo los músculos internos de Mireya se contraen con más intensidad, cómo el calor se vuelve líquido alrededor de su mano.
—Voy a correrme… —avisa Mireya en un susurro roto.
—Hazlo —ordena Astrid contra su boca—. Córrete en mi mano, Mireya.
El orgasmo la atraviesa como una ola. Mireya arquea la espalda contra la puerta, con todo el cuerpo en tensión.
Un gemido largo y profundo intenta escapársele, pero Astrid lo ahoga con un beso feroz, cubriéndole la boca por completo mientras sus dedos siguen moviéndose, prolongando el placer.
Mireya tiembla, y mientras convulsiona, sus manos se aferran con desesperación a la ropa de Astrid, arrugándola sin piedad.
Cuando el clímax empieza a remitir, Astrid no retira la mano. La mantiene allí, dentro de los pantalones, recogiendo los últimos espasmos del orgasmo. Mireya respira entrecortadamente contra su cuello.
—Dios… —murmura—. Eres… insoportable.
Astrid se ríe, un sonido grave y satisfecho, y por fin saca la mano con lentitud.
Los dedos le brillan y sin pensarlo, los lleva a la boca de Mireya, que los lame con obediencia, saboreándose a sí misma mientras mira a Astrid a los ojos con una intensidad que hace que el estómago de la jefa se contraiga.
—No hemos terminado —le deja muy claro Astrid.
Empuja a Mireya con más fuerza contra la puerta y, sin darle tiempo a recuperarse del todo, baja la otra mano hasta el cierre de sus propios pantalones, aflojándolos lo suficiente para poder frotarse contra el muslo firme de Mireya.
Astrid empieza a moverse, buscando fricción, mientras sus labios vuelven a capturar los de Mireya en un beso que acalla sus propios gemidos.
Mireya, todavía temblorosa, separa más las piernas y deja que Astrid se frote contra ella con desesperación contenida. Una de sus manos baja hasta el culo de Astrid y la aprieta, guiándola, animándola a moverse más rápido mientras Astrid guía su otra mano a su interior.
—Sí, joder… —murmura Mireya—. Úsame.
Astrid gime contra su boca. El roce es perfecto. Astrid se mueve, mientras sus manos se aferran a la cintura de la otra mujer. Cada embestida hace que la puerta vibre ligeramente. Cada gemido es devorado por sus besos.
El aire del despacho está cargado, caliente. Astrid siente cómo el placer se acumula en su bajo vientre, mientras Mireya la besa con más fuerza, acallando los sonidos que se le escapan de entre sus labios.
—Estás tan mojada… —murmura Mireya contra sus labios.
Astrid no responde. Solo acelera el ritmo, frotándose con más urgencia, persiguiendo el orgasmo que ya siente cerca. Sus caderas se mueven en círculos, y Mireya la ayuda, apretando el muslo contra ella, moviéndolo para aumentar la fricción.
Cuando el clímax llega, Astrid entierra el rostro en el cuello de Mireya.
El orgasmo la recorre como una descarga eléctrica, intenso y prolongado.
Tiembla contra el cuerpo de la otra mujer, con los dedos clavados en sus caderas.
Mireya la sostiene, besándole la sien, la mejilla, la comisura de los labios…
Astrid es la primera en moverse. Retira la cara del cuello de Mireya y la mira a los ojos, disfrutando del calor del cuerpo pegado al suyo, del olor familiar de Mireya mezclado con el aroma de su propio placer.
—Creo que hemos aprovechado bien el tiempo, ¿verdad? —murmura Mireya, con una sonrisa pícara en los labios—. Pero tengo que irme.
Astrid asiente. Sus manos bajan hasta ajustar los pantalones de Mireya con cuidado, casi con cariño, y luego arregla los suyos propios. La distancia que se abre entre sus cuerpos es casi dolorosa.
Mireya se pasa una mano por el pelo revuelto y sonríe de medio lado.
—Qué lástima… ojalá tuviéramos más tiempo.
Astrid la observa en silencio. El pulso todavía le late fuerte en las sienes.
La besa una última vez, como si quisiera guardar el sabor para después.
—Vete —susurra contra sus labios—. Antes de que cambie de idea y te vuelva a follar contra esa mesa.
Mireya se ríe.
—Promesas, promesas… —responde, y abre la puerta con cuidado.
El pasillo está vacío. Mireya sale sin mirar atrás, aunque Astrid sabe que lleva la marca de sus dedos en la piel, el recuerdo de su boca en los labios y el eco de sus gemidos ahogados todavía vibrando en el pecho.
Astrid se queda sola en el despacho. Se apoya en el escritorio, respirando hondo, y se pasa los dedos —aún con el olor de Mireya— por el pelo. El control, ese que tanto defiende, se ha resquebrajado una vez más. Aunque la verdad, es que ya no desea recomponerlo.