El bocado perfecto Capítulo 13
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Capítulo 13

—Esto no se puede volver a repetir —dice Astrid en cuanto Mireya cierra la puerta del despacho—. Las cocinas del club no son una guardería.

La frase sale de su boca con fuerza, casi como una orden.

Pero al segundo, Astrid es consciente de la tensión que le aprieta la garganta.

Ha estado esperando ese momento desde que entró en cocinas y observó a su alrededor, aunque otra parte de sí misma, sigue reproduciendo la escena que se le ha quedado clavada muy dentro.

Sobre todo, la sonrisa del pequeño Noah cuando le habló de dibujarla con su superhéroe favorito, con los ojos muy abiertos y la admiración brillándole también en la mirada.

Mireya suspira en cuanto escucha el reproche. Avanza hasta quedar a un par de metros del escritorio de Astrid.

—Ya te lo he explicado —responde Mireya—. No he tenido más remedio. Anja estaba ocupada…

Astrid levanta una mano antes de que termine.

—No tienes que darme explicaciones, Mireya. Si necesitas tiempo libre para ocuparte de él, hazlo saber antes del servicio y se reorganizará el trabajo. Pero Noah no puede quedarse más en las cocinas. ¿Qué habría pasado si llega a haber un accidente? No quiero ni imaginarlo.

Mientras habla, Astrid mantiene la espalda recta contra el respaldo de su asiento, con los dedos entrelazados sobre la superficie.

Sin embargo, su mirada se desliza un instante hacia la ventana del despacho, donde las luces del puerto se reflejan sobre el agua del mar, creando destellos temblorosos.

Intenta no recordar al niño observándolo todo con curiosidad, unos ojos que son exactamente igual de bonitos que los de su madre.

—¿Ahora te preocupa el bienestar de los demás? —pregunta Mireya de pronto.

La pregunta cae en la habitación con fuerza.

Mireya ni siquiera parece segura de por qué la ha soltado así; quizá por el cansancio acumulado, quizá por la tensión constante que existe entre ellas desde que se conocieron, como si cualquier conversación pudiera inclinarse hacia un lado u otro sin previo aviso.

Quizá porque simplemente, intenta comprender a la mujer que tiene delante y, por más que lo desee, no lo consigue.

Astrid pone los ojos en blanco.

—Lo que me preocupa es que tengamos un problema que nos lleve a una inspección de trabajo. ¿Te sirve esa respuesta, o prefieres que te lo diga más claro?

El tono es frío. Demasiado frío, y Astrid lo sabe en el mismo instante en que las palabras abandonan sus labios.

En cuanto ve la expresión que cruza el rostro de Mireya, siente que ha ido demasiado lejos, y aunque no lo desea, el estómago se le encoge.

Astrid se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa y suavizando el gesto.

—Mira… —dice poco después, en un intento por encontrar algo de estabilidad en su interior—. Entiendo que no debe de ser fácil criar a un niño sola. Pero ese no es mi problema. No puede serlo si quiero mantener este club a flote.

En cuanto las palabras salen, Astrid percibe de nuevo el error que ha cometido y se muerde el interior de sus mejillas. «Soy un puto desastre».

Mireya se ríe, y después niega con la cabeza.

—No, claro que no es tu problema —replica ella, cruzándose de brazos—.

Tu único problema y deseo es mantener el estatus de este club en lo más alto, tener a los socios contentos para que sigan viniendo a dejarse el dinero y te besen el culo.

El mío es sobrevivir, Astrid. Sobrevivir y que mi hijo tenga todo lo posible para que sonría como le has visto en esas cocinas.

Astrid abre la boca para responder, pero no es capaz de articular palabra.

No porque no tenga argumentos —los tiene, demasiados, afilados y razonables, de hecho—, sino porque el desprecio con el que Mireya ha pronunciado cada palabra le ha tocado en lo más profundo, en la soledad que ella misma arrastra, por mucho que quiera disfrazarlo de profesionalidad.

«La gente cambia, Astrid. Y yo me he dado cuenta… demasiado tarde… de que la vida son dos días. Que uno se pasa controlándolo todo y al final se queda con las manos vacías.»

Las palabras de su madre le vienen a la cabeza, y ahora, toman mucha más importancia dentro de ella.

Sin embargo, lo primero que ve es a una Mireya arrepentida, que se pasa la mano por la nuca, evitando su mirada, con un gesto que deja al descubierto muchas más tristezas que certezas.

—Lo siento —murmura Mireya poco después—. No tengo derecho a meterme con tu trabajo cuando eres quien me da de comer. Quien nos da de comer, en realidad.

Astrid recupera el control de su expresión con esfuerzo.

—Exacto —le responde.

Se levanta del asiento, rodea el escritorio y se detiene frente a este, apoyando las manos en el borde de madera. Desde allí, la altura le da una ligera ventaja, pero no la suficiente para ignorar cómo los ojos de Mireya la recorren un instante.

—Ganaste el concurso por tu talento, Mireya. Tu forma de cocinar es… especial, demasiado temeraria, pero, al fin y al cabo, especial —le recuerda Astrid—. Aunque no debes olvidar que al final del día, son mis reglas las que tienes que seguir. ¿Estamos?

Mireya ladea la cabeza. Hay algo desafiante en la curva de su boca, en la forma en que sus labios se entreabren ligeramente.

—Claro… tú y tus malditas reglas —responde Mireya—. ¿Alguna vez aflojas un poco Astrid Falkenberg? No sé… ¿te dejas llevar alguna vez?

La pregunta queda suspendida entre ellas.

Astrid sabe que no se refiere solo al trabajo. Y antes de dar paso a los recuerdos, aprieta la mandíbula.

—Depende de las circunstancias —responde, midiendo cada sílaba que pronuncia—. En los negocios, nunca. Aquí mando yo, y las cosas se hacen a mi manera.

Mireya da un paso hacia el escritorio. Luego otro. Hasta que queda a unos centímetros de ella y se inclina hacia delante. El escote de su chaquetilla de trabajo se abre ligeramente, y Astrid nota cómo su propia respiración se altera.

—¿Y fuera de los negocios? —inquiere Mireya entre susurros—. ¿Qué pasa cuando alguien te mira como si viera más allá de la jefa fría e intocable que te crees que eres?

Astrid siente cómo su propio cuerpo reacciona antes que su mente: la respiración se vuelve un poco más lenta, más consciente; un calor traicionero se extiende por su pecho.

Mantiene la mirada fija en la suya. Desde tan cerca, puede distinguir los pequeños detalles de su rostro: la ligera sombra de cansancio bajo los ojos, la curva firme de su mandíbula, el brillo oscuro de sus pupilas que parece guardar secretos que ella misma quiere desenterrar.

—¿Y si te encuentras con alguien interesante delante de ti? —continúa Mireya—. Alguien que te haga dudar de todas esas normas que te protegen tan bien.

Astrid siente cómo parte de esa disciplina empieza a tambalearse.

—Lo que pasó el otro día… —empieza.

—¿Qué? —la interrumpe Mireya.

Astrid sostiene su mirada durante un segundo más.

—Que no puede volver a pasar —suelta como respuesta. Aunque Astrid tiene muy claro que eso no es lo que desea.

Mireya no se mueve. Sus ojos bajan un instante a los labios de Astrid antes de volver a subir.

—¿No? —pregunta, y hay una nota de burla en su tono—. Porque a mí me pareció que te gustó bastante. Que las dos lo disfrutamos.

Astrid respira hondo antes de añadir:

—Y yo te recuerdo que tu hijo está en la cocina con el resto de tus compañeros. No es el momento ni el lugar para… esto.

Durante un instante cree ver algo pasar por los ojos de Mireya, un destello de decepción.

Mireya se endereza lentamente, pero no termina de retroceder.

—Le he dicho que en unos veinte minutos nos iríamos —explica—. Que tenía que hablar de algo importante con mi jefa.

La palabra «jefa» suena ligeramente enfatizada, casi provocadora.

Astrid nota cómo la boca se le seca.

—Pero si la conversación ha terminado… —añade Mireya, encogiéndose de hombros.

Después se gira y comienza a caminar hacia la puerta del despacho con suma tranquilidad, aunque Astrid percibe la rigidez en su espalda.

En silencio, se dedica a observar cada paso. Sabe que debería dejarla marchar. Sería lo correcto. Lo lógico. Lo profesional. Mantener la distancia que debe haber entre ellas dos.

Sin embargo, mientras la ve acercarse al picaporte, algo dentro de ella se resiste con una intensidad inesperada.

Quizá es el recuerdo de lo ocurrido entre ellas.

Quizá es el modo en que Mireya siempre parece ser capaz de atravesar la coraza que Astrid ha construido.

O quizá es simplemente que, por primera vez en mucho tiempo, alguien la ha mirado como si detrás de todas sus reglas hubiera una persona real, vulnerable y, sobre todo, deseable.

Mireya ya tiene la mano sobre la puerta. Pero Astrid se mueve antes de pensarlo dos veces.

Cruza la sala en apenas dos pasos.

—Espera… —le dice a Mireya.

La otra mujer se gira justo cuando Astrid alcanza su muñeca. El contacto es inmediato, cálido, eléctrico. Durante una fracción de segundo ambas se quedan inmóviles, sorprendidas por la intensidad que hay entre ellas.

Astrid tira de ella y sin darle tiempo a nada más, la besa.

Los labios de Mireya son cálidos, turgentes, firmes contra los suyos, y saben ligeramente a sal y a la mezcla de especias de los platos que ha ido probando durante el servicio.

Por un momento, Mireya se queda inmóvil, sorprendida. Pero enseguida responde con la misma intensidad. Sus manos suben hasta los hombros de Astrid, sujetándola con una fuerza increíble mientras sus dedos se clavan en la tela de la camisa, tirando de ella como si quisiera acercarla aún más.

El mundo alrededor desaparece. Astrid nota cómo el pulso le golpea en las sienes, cómo una corriente eléctrica le recorre la espalda y se instala en la boca del estómago.

Durante ese breve momento ya no existe el club, ni las normas, ni la distancia que intenta mantener entre su vida y cualquier cosa que pueda complicarla.

Solo está Mireya: su olor a especias y perfume, el calor de su cuerpo, la forma en que su respiración se entrecorta contra su boca.

Astrid profundiza el beso, inclinando la cabeza, y un gemido bajo escapa de la garganta de Mireya. Es un sonido que despierta algo primitivo en ella, una necesidad que creía controlada.

—Dios, Astrid… —susurra Mireya contra sus labios cuando se separan apenas un centímetro para tomar aire—. No puedes decirme que no puede volver a pasar y luego besarme así.

Astrid apoya la frente contra la suya.

—No sé qué hacer contigo —admite Astrid, casi para sí misma—. Me vuelves loca. Me haces querer romper todas mis putas normas.

Mireya sonríe con provocación.

—Entonces rómpelas —responde, y sus manos bajan hasta la cintura de Astrid, atrayéndola más cerca—. Al menos, solo un poco.

Astrid cierra los ojos un instante, luchando contra la razón que le grita que pare. Pero el cuerpo de Mireya contra el suyo es una tentación demasiado fuerte. Vuelve a besarla, explorando su boca, saboreando la suavidad de sus labios y la urgencia que crece entre las dos.

Las manos de Mireya se deslizan bajo la camisa de Astrid, acariciando la piel caliente de su espalda.

—Tu hijo… —murmura Astrid, aunque la protesta suena débil.

—Quince minutos —responde Mireya, mordisqueando suavemente su labio inferior—. Tenemos quince minutos antes de ir con él. Y pienso aprovecharlos.