Capítulo 12
El ritmo del servicio avanza con rapidez en las cocinas del Aureum, como si cada uno de los miembros del equipo hubiera aprendido finalmente a anticipar los movimientos de los demás.
El sonido de los cuchillos sobre las tablas, el murmullo constante de los fogones y el ir y venir de platos forman una cadena perfecta que, en los últimos días, ha alcanzado una armonía inesperada.
Para cómo se sintió Mireya al principio al menos.
Han pasado tres días desde el encuentro de Astrid y Mireya en esas cocinas.
Tres días en los que el servicio ha salido impecable.
Tres días en los que ambas se han cruzado varias veces por los pasillos del club sin detenerse a hablar demasiado, manteniendo conversaciones breves, estrictamente profesionales, como si el silencio fuera una manera discreta de quitar importancia a lo que sintieron.
El recuerdo de sus cuerpos entrelazados en la cocina vacía flota entre ellas como el secreto denso y eléctrico que fue, pero ninguna se ha atrevido a romper la tregua que hay entre las dos.
Sin embargo, y en este momento, Mireya Kovács no tiene tiempo de pensar demasiado en ello, porque sin quererlo, el mundo profesional y personal se ha vuelto a unir a pesar de sus intentos por mantenerlos separados.
Noah está sentado en una de las pequeñas mesas auxiliares de la cocina con un cuaderno abierto y varios lápices de colores esparcidos alrededor.
Sus pies no alcanzan el suelo y balancea las piernas distraídamente mientras observa todo lo que sucede a su alrededor con una fascinación que ilumina su rostro.
La situación no ha sido exactamente planificada.
Anja ha tenido una urgencia inesperada y ha tenido que marcharse antes de tiempo, y Mireya no ha conseguido encontrar a nadie que pudiera quedarse con el niño después del colegio.
Durante varios minutos valoró la posibilidad de pedir permiso para cambiar los turnos, pero finalmente ha decidido traerlo discretamente al club y mantenerlo en la cocina, donde al menos puede vigilarlo.
Y para su sorpresa, el equipo lo ha recibido con una alegría increíble.
—Así que tú eres el famoso Noah —dice Lars mientras corta zanahorias con rapidez, ofreciéndole una sonrisa amplia y sincera—. Tu madre habla de ti más de lo que imaginas. Dice que eres su pequeño crítico estrella.
Noah levanta la vista con curiosidad, inclinando la cabeza.
—¿De verdad?
—Claro —responde mientras sigue con el trabajo—. Nos ha dicho que eres su crítico culinario más exigente. Que, si un plato no te gusta, lo notas al instante.
El niño sonríe con orgullo, enderezándose en la silla.
Mireya niega con la cabeza, aunque una sonrisa delicada se dibuja en su rostro mientras termina de emplatar una bandeja de entrantes.
—No les hagas caso —comenta ella sin levantar demasiado la voz, aunque el tono rebosa cariño—. Solo quieren ganarse tu simpatía para que les des buenas notas.
—Yo también quiero aprender a cocinar —añade Noah, con los ojos brillantes de ilusión—. ¿Me enseñarás, mami? ¿Y tú, Mateo?
Lars le guiña un ojo, sin dejar de trabajar.
—Eso es fácil. Lo primero es aprender a cortar una cebolla sin llorar.
—Imposible —interviene Mateo con tono divertido, alzando la voz por encima del chisporroteo de una sartén—. Todos lloramos la primera vez.
El niño observa los movimientos del equipo con atención. Sus ojos siguen el recorrido de los ingredientes, el fuego que sube bajo las sartenes, la rapidez con la que los platos van tomando forma, como si estuviera memorizando cada detalle.
—De mayor pienso ser cocinero —declara con convicción.
Mireya levanta la vista hacia él. Durante un segundo su expresión se suaviza, y un calor tierno le invade el pecho.
—Antes tendrás que ponerte al día con los deberes, señorito —le responde su madre, acercándose un instante para revolverle el pelo con la mano limpia—. Y no acepto un no por respuesta.
—Pero ya voy adelantado, mami —protesta Noah.
—Aun así, hay que estudiar. No todo es fuego y sartenes.
Noah suspira exageradamente, dejando caer los hombros con dramatismo. El equipo suelta algunas risas discretas y Lars se acerca a donde está el niño, para dejar junto a su cuaderno una onza de chocolate que tiene un pintón.
—Un pajarito me ha dicho que es tu favorito —le comenta agachándose hacia él, como si compartieran un secreto—. Pero no se lo menciones a tu madre, ¿eh?
Noah lo mira como si acabara de recibir un tesoro, y sus ojos se iluminan.
—Gracias. Eres el mejor.
Lars vuelve al trabajo mientras Mateo le pasa una bandeja de ingredientes.
A pesar de las rencillas iniciales, la cocina ha terminado por convertirse en un equipo sólido.
Cada uno conoce su función y la respeta, y bajo la dirección firme pero justa de Mireya el servicio fluye con una eficiencia que incluso los camareros han empezado a comentar para bien fuera de las cocinas.
Pero la tranquilidad se rompe de forma abrupta cuando la puerta de la cocina se abre. Astrid entra con un pequeño dossier en la mano, y su mirada recorre la cocina con rapidez.
Noah, concentrado en su dibujo, permanece ajeno al leve temblor que acaba de introducirse en el aire. El ceño de Astrid se frunce rápido, y la escena resulta tan inesperada que durante un segundo parece no saber cómo reaccionar.
—¿Qué hace él aquí? —pregunta, dirigiendo la mirada hacia Mireya.
El silencio que se instala en la cocina es inmediato. Mireya deja el plato que estaba preparando sobre la encimera y se limpia las manos en el delantal.
—No me ha quedado más remedio —responde Mireya, y nota cómo los hombros se le tensan de inmediato—. Anja ha tenido una emergencia y no he encontrado a nadie. Te lo prometo, no interferirá en el servicio.
Astrid parece a punto de responder, pero entonces Noah levanta la cabeza, observándola con inocencia.
—¿Me perdonas por decirte el otro día que eras la jefa borde? —pregunta con absoluta naturalidad.
La frase cae en mitad de la cocina con un golpe seco.
Las mejillas de Astrid se encienden al instante, y el rubor se extiende por su cuello.
Después carraspea, visiblemente desconcertada, y mira brevemente a su alrededor, como si buscara una reacción que le indique cómo manejar esta situación.
El equipo permanece en silencio, concentrado de repente en tareas que ni siquiera requieren de su atención, aunque más de una sonrisa asoma en sus rostros.
Astrid vuelve a mirar al niño. «No debe ser distinto a tratar con las flores de mamá», piensa. Y de repente, la expresión de Astrid se ablanda de forma perceptible.
—Depende de si me dices lo que estás dibujando —responde Astrid.
La cocina se ha quedado momentáneamente suspendida y Astrid levanta la vista hacia el equipo.
—¿Es que no vais a seguir cocinando? —añade con autoridad.
La reprimenda es suficiente para que el movimiento vuelva a activarse de inmediato. Cuchillos, sartenes, órdenes sencillas… El servicio continúa, aunque con un matiz de diversión.
Noah levanta su cuaderno con entusiasmo.
—Mira, estoy con mi superhéroe favorito.
Astrid se acerca un poco más, pero con cuidado, como si temiera romper el encanto de la escena. El dibujo muestra a Superman volando sobre una ciudad llena de edificios torcidos y trazos infantiles llenos de energía.
—Si quieres también puedo pintarte con él —añade Noah con absoluta naturalidad—. Eres una mujer muy elegante. Como las superheroínas de las pelis que veo con mamá.
Astrid se queda inmóvil un instante, procesando la inocencia del cumplido. Sobre todo, porque el niño la sigue mirando fijamente, y ella no sabe qué hacer.
—Es verdad cuando mamá dijo que tenías unos ojos bonitos —continúa Noah, observándola con franqueza—. Son como el cielo cuando no hay nubes.
Mireya siente que el corazón le da un vuelco, y una ternura profunda la invade al ver cómo Astrid, siempre tan rígida, titubea ante la pureza de Noah.
—Noah… —murmura, intentando llamar su atención.
Pero el niño ya está mirando otra vez a Astrid, ajeno a la tensión que hay entre las dos mujeres.
—¿Por qué eres la jefa del club?
Astrid tarda un momento en responder, como si la pregunta infantil la obligara a mirar dentro de sí misma.
—Porque antes fue de mi padre —le contesta con total naturalidad—. Y ahora me toca a mí ser la jefa. Es una responsabilidad grande.
Noah asiente volviendo de vez en cuando a su dibujo.
—¿Tu papá no está? —La pregunta surge con la misma sencillez con la que el niño ha hecho todas las demás. Astrid siente un nudo inesperado en el estómago—. El mío también se marchó hace tiempo… —añade Noah, encogiéndose de hombros.
Astrid observa al niño sin saber muy bien qué decir, hasta que decide acercarse a la mesa y apoyar una mano sobre el metal frío, inclinándose ligeramente hacia él.
—Pero tienes a una mamá maravillosa —le dice, y su voz adquiere un matiz cálido y protector—. Y seguro que con eso es más que suficiente. ¿A que sí?
Noah sonríe, radiante.
—Claro. Es la mejor mamá del mundo. Hace que todo sea divertido, incluso cuando llueve.
Astrid levanta la vista hacia Mireya. El corazón helado de Astrid, siempre tan resguardado, parece derretirse ante la dulzura espontánea del niño. Por un instante, la gerente estricta desaparece y solo queda una mujer conmovida por la inocencia y el afecto de ese pequeño ser de luz.
—Me gusta que me haya traído a esta ciudad —continúa Noah, sin soltar el lápiz—. Aquí todo huele rico. ¿Vas a ser su amiga?
La pregunta deja a Astrid en silencio. Durante unos segundos parece no encontrar una respuesta, como si la idea de tener una amistad —o de algo más— fuese algo que no puede tocar con sus propias manos.
—Creo que tu madre y yo todavía estamos decidiendo eso —le responde, y una sonrisa genuina aparece en sus labios.
—Pues deberías serlo —dice Noah con convicción—. Las amigas se ayudan. Y mamá siempre dice que las personas buenas se encuentran cuando menos lo esperas.
Astrid suelta una pequeña risa, un sonido ligero y raro en ella, que hace que Mireya sienta un calor suave extenderse por su interior.
—Tendré en cuenta tu consejo, Noah.
—También podrías venir a cenar a casa —propone el niño con entusiasmo, cerrando el cuaderno con energía—. Mamá cocina mejor que nadie. Hace un arroz con cosas verdes que está riquísimo.
—Eso ya lo he comprobado —admite Astrid, lanzando una mirada breve hacia Mireya—. Y debo decir que es difícil resistirse.
Mireya aparta la mirada, intentando concentrarse en los platos que tiene delante, pero una sonrisa traicionera asoma a sus labios. El corazón le late con una fuerza peligrosa. Al menos, hasta que la jefa borde carraspea y vuelve a su postura habitual.
De hecho, Astrid parece recordar el motivo de su visita, se incorpora con elegancia y recoge el dossier que había dejado sobre la encimera.
—Necesito los informes del último servicio —le pide al personal.
Mateo se los entrega enseguida. Astrid los revisa brevemente, pasando las páginas en silencio, pero su atención parece dividida, como si una parte de ella siguiera anclada en la mesa auxiliar y en la conversación inocente que acaba de tener.
Después levanta la vista hacia Mireya.
—Cuando termines con todo… ven a mi despacho —le pide.
Mireya asiente en silencio, sosteniéndole la mirada durante un rato.
Y mientras el ritmo de la cocina continúa avanzando, ambas saben que esa conversación todavía pendiente no será tan sencilla como parece.