El bocado perfecto Capítulo 11
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Capítulo 11

Astrid Falkenberg conduce sin prisa por la carretera que se aleja del centro de la ciudad mientras la música suena en el interior de su coche.

El cielo de la mañana está cubierto por una capa fina de nubes que difumina la luz y vuelve el paisaje más tranquilo de lo habitual.

A ambos lados del camino se suceden campos verdes y algunas casas dispersas que anuncian la proximidad de las afueras.

La ciudad queda atrás poco a poco, y con ella el ruido constante del club, las conversaciones de los clientes, la presión invisible que siempre parece rodearla cuando está allí.

Una presión que, aunque le gusta, a veces también tiene que hacer a un lado.

Astrid mantiene las manos firmes sobre el volante. Su mirada permanece fija en la carretera, pero su mente está lejos de ese trayecto. Desde la noche anterior no ha dejado de darle vueltas a lo mismo. A lo que ha hecho. A lo que ha permitido que ocurra.

A haberse acostado con Mireya. En las cocinas del Aureum. «En las putas cocinas del Aureum».

El pensamiento vuelve una y otra vez con una claridad incómoda.

No es tanto el recuerdo físico lo que la inquieta —aunque ese también aparece en su mente de forma inevitable, con la intensidad de los dedos de Mireya reclamándola contra la encimera, con el eco de sus gemidos ahogados en la cocina silenciosa— sino el hecho de haber cruzado una línea que normalmente nunca se permitiría atravesar.

Astrid siempre ha sido una mujer de normas claras. De límites. De control. Durante años ha construido su vida sobre esa base sólida que le permite mantener todo en orden: el club, su imagen, sus decisiones.

Nada queda al azar cuando depende de ella.

Y, sin embargo, desde que Mireya entró por primera vez en el Aureum, algo empezó a desplazarse lentamente dentro de ese sistema tan cuidadosamente organizado.

No fue inmediato. Al principio se disfrazó como una pequeña irritación.

Después llegó el desafío. Y más tarde, la atracción que se coló entre las grietas de su armadura.

Astrid frunce ligeramente el ceño mientras cambia de marcha.

—¿Por qué no puedo quitármela de la cabeza? —murmura para sí misma.

La melodía continúa sonando cuando el coche gira finalmente por el camino de grava que conduce al vivero.

El lugar se encuentra a las afueras de Copenhague, en una extensión de terreno que durante años permaneció casi abandonada hasta que su madre decidió transformarla en un negocio propio después de la muerte de su padre.

Astrid aparca en la pequeña zona reservada para ella y para Henrik, apaga el motor y durante un instante permanece sentada en silencio, respirando hondo antes de salir del coche.

El aire que la recibe tiene un olor fresco a tierra húmeda y vegetación, muy distinto al ambiente refinado y cuidadosamente controlado del club.

Camina hacia la entrada del vivero con paso decidido, aunque sus tacones no parecen los más adecuados para ese terreno. Nada más cruzar el pequeño arco de madera que marca el acceso, una voz familiar se alza entre las filas de plantas.

—No me digas que te has traído los taconazos para ir caminando por aquí. ¿No aprendes nunca, hija?

Astrid gira la cabeza. Su madre aparece entre dos hileras de macetas con unos guantes de jardinería cubiertos de tierra y el pelo recogido de cualquier manera.

Lleva un pantalón cómodo y una camisa de algodón arremangada hasta los codos.

Cualquiera diría que, en otros tiempos, siempre iba impecable.

La escena provoca en Astrid una sonrisa involuntaria que suaviza por un momento la tensión que arrastra desde la ciudad.

—Alguien tiene que mantenerse cuerdo en esta familia, ¿no? —responde Astrid, en tono bromista.

Su madre la observa un momento con esa mirada tranquila que siempre parece ver más de lo que dice, como si pudiera leer entre líneas las preocupaciones que Astrid intenta ocultar.

—Me alegra que hayas sacado tiempo para ver a tu madre. Últimamente pareces más lejos que nunca.

Astrid se acerca y la abraza. El gesto es natural, cálido, y por un instante cierra los ojos, permitiéndose absorber el olor familiar a tierra y jabón de lavanda.

—Lo sé. Siento no haber podido venir antes.

—Siempre estás ocupada —protesta su madre.

—El Aureum no se dirige solo —replica Astrid, aunque cuanto menos, le parece una excusa.

Su madre le sonríe con sabiduría.

—Eso lo sé mejor que nadie —le recuerda, y después le guiña un ojo—. Anda, vamos a dar un paseo. El movimiento ayuda a ordenar los pensamientos.

Empiezan a caminar entre los pasillos del vivero mientras conversan.

El lugar es amplio y está organizado con un orden que revela el cuidado constante que se le dedica.

Filas de plantas ornamentales se alternan con pequeños árboles frutales, y al fondo se levantan varios invernaderos de cristal donde la humedad empaña ligeramente los paneles.

—Este año hemos ampliado la zona de cultivo —explica su madre mientras señala hacia un nuevo espacio delimitado por estructuras metálicas—.

Hemos empezado a trabajar con variedades más delicadas que antes no podíamos mantener.

Mira estos arces japoneses; sus hojas cambian de color con una elegancia que parece casi intencionada.

Astrid observa el lugar con atención. Siempre le sorprende la transformación que ha experimentado desde que su madre decidió emprender ese proyecto. Lo que antes era un terreno vacío ahora se ha convertido en un negocio sólido que atrae clientes de toda la región.

—Papá estaría muy orgulloso de ver lo que has conseguido… —comenta Astrid, notando cómo la nostalgia vibra en su corazón—. Este lugar es precioso, aunque no tenga nada que ver con el Aureum. Creo que por eso es incluso más mágico.

Su madre resopla con una sonrisa divertida.

—Ya sabes que esos ambientes tan pijos nunca han sido lo mío. Demasiadas normas y demasiado poco suelo bajo los pies.

Astrid levanta una ceja, divertida a su pesar.

—Ya, ya lo sé… aunque hayas estado en esos ambientes la mayor parte del tiempo gracias a tu padre —se corrige poco después.

Su madre suelta una carcajada sincera que resuena entre las plantas.

Astrid nota ese hueco silencioso que siempre aparece cuando recuerdan a su padre, un vacío que el tiempo no ha logrado llenar.

Pero su madre, con esa habilidad que forma parte de ella, cambia al instante de tema.

—Cuéntame. ¿Cómo van las cosas por el club? ¿Esa nueva chef sigue siendo una revolución?

Astrid suspira.

—Si solo fuera eso… La verdad es que no sé ni por dónde empezar.

Su madre la mira con interés, inclinando ligeramente la cabeza.

—A ver, explícame eso. No te quedes a medias.

Astrid duda un momento antes de responder, eligiendo las palabras con cuidado.

—Es brillante en la cocina, no te lo voy a negar —admite, y hay un matiz de admiración en lo que Astrid dice—.

Sus platos tienen una intensidad que sorprenden al paladar.

Pero también es… imposible. No sigue las normas.

Ha cambiado el menú nada más llegar, y me cada decisión que quiero tomar, como si el club fuera su propio laboratorio.

—A mí me suena a que es apasionada —comenta su madre, con un brillo de curiosidad en los ojos.

—Más bien caótica — la corrige Astrid de inmediato.

—¿Y qué más? Porque intuyo que hay algo más que simples cambios en el menú.

Astrid frunce ligeramente el ceño, deteniéndose junto a una hilera de hortensias azules cuyos pétalos parecen absorber la luz difusa de la mañana.

—No sé, creo que hasta disfruta el llevarme la contraria. Cada vez que intento imponer un límite, ella lo empuja un poco más lejos. Es agotador… y, claro, también estimulante a la vez. Nada bueno para seguir con las reglas del club.

Su madre sonríe con un brillo divertido en los ojos, deteniéndose para acariciar una hoja con ternura.

—Por lo que cuentas, esa chica tiene carácter. Y parece que te gusta un poco que lo tenga.

—No es gracioso, mamá —protesta Astrid, aunque una sonrisa traicionera asoma a sus labios.

—No he dicho que lo sea.

Continúan caminando hasta una zona más profunda del vivero donde el ruido de la carretera apenas llega. Su madre se detiene entonces y le acaricia el brazo.

—Para mí estás así… no solo porque desafíe las normas —comenta su madre—, sino porque desafía todo lo que eres.

Esa capa de control que te has construido con tanto esfuerzo.

¿Me equivoco? —Astrid frunce el ceño, y la hace sonreír—.

No puedes estar todo el rato a la defensiva, cariño.

Tienes que dejar que alguien vea qué hay más allá de esta capa de hielo que tienes aquí.

—Su madre coloca una mano sobre el pecho de ella, justo donde late el corazón.

Astrid aparta ligeramente la mirada, sintiendo cómo las palabras se clavan dentro de ella. Durante un momento guarda silencio, dejando que el crujido de la grava y el susurro del viento entre las hojas llenen ese vacío.

—Eso solo trae problemas, mamá —protesta Astrid—. Cuando te abres a la gente, les das el poder de destrozarte si en algún momento deciden marcharse. Y yo decidí hace mucho tiempo que no quiero eso.

La confesión queda suspendida en el aire, pesada y honesta. Su madre la observa con una mezcla de comprensión y ternura.

—El club es todo lo que tengo —continúa Astrid, con la mirada perdida entre las filas de plantas—. Y me gusta la vida que llevo allí. Es predecible y, sobre todo, segura.

—Está bien —responde su madre, retomando el paseo entre la naturaleza—.

Yo solo digo que deberías vivir un poco.

No todo tiene que ser balances y protocolos.

A veces, el desorden trae cosas bonitas.

—Y le acaricia de nuevo el cuello—. Ven, quiero enseñarte las últimas adquisiciones.

¿Ves cómo el color cambia según el suelo?

Es fascinante cómo algo tan delicado puede adaptarse.

Su madre la conduce hacia una nueva sección donde han plantado varios arces japoneses de hojas rojizas que parecen llamas contenidas, magnolios jóvenes que todavía están empezando a florecer y una colección reciente de hortensias azules que ocupan toda una hilera, con sus corolas grandes y redondas vibrando con una suavidad casi etérea.

Astrid escucha las explicaciones de su madre mientras caminan entre las plantas, asintiendo de vez en cuando, haciendo preguntas sobre el riego o la poda para mantener la conversación fluida.

Pero en el fondo de su mente, las palabras que acaba de oír siguen resonando con una claridad incómoda.

Quizá porque una parte de ella sabe que no están del todo equivocadas.

Desde que Mireya ha llegado, las cosas han empezado a moverse en direcciones que no había previsto. Lo que antes parecía simple y ordenado ahora se llena de matices que no sabe muy bien cómo manejar.

Y mientras observa las flores que su madre le muestra con orgullo, Astrid no puede evitar reconocer que, por primera vez en mucho tiempo, el mundo ha dejado de parecerle completamente previsible.