El bocado perfecto Capítulo 10
36%

Capítulo 10

Los impulsos no son buenos. Y Astrid lo sabe muy bien.

Los ha combatido toda su vida. Y sin embargo, aquí está, en la cocina del club a las siete y media de la mañana, con el pulso latiéndole en la garganta como un tambor de guerra y los ojos de Mireya clavados en los suyos.

Astrid siente el calor subirle por el cuello, traicionero, mientras intenta mantener la compostura.

Su mente racional grita que dé un paso atrás, que recuerde quién es: la directora del club, quien impone las normas, la que no se deja llevar por una chef demasiado segura de sí misma.

Que lo que están haciendo es solo probar unos platos, y que Mireya no puede ofrecerle nada más.

Pero su cuerpo, ese traidor, responde de otra manera.

—No deberíamos… —murmura Astrid, consciente de lo que está pasando.

Pero Mireya no retrocede. Al contrario, da un paso más, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se rozan bajo la chaquetilla blanca que Astrid aún lleva puesta. Sus ojos brillan con arrogancia y un hambre que Astrid ha aprendido a detestar… y a desear en igual medida.

—¿No deberíamos? —repite Mireya, y la sonrisa que curva sus labios es lenta, peligrosa—. Entonces dime que pare. Tienes la opción…

Astrid abre la boca, pero las palabras se le atascan en la garganta. Porque no quiere que pare. Porque el choque de voluntades que las ha enfrentado desde el primer día ha estado ardiendo bajo la superficie como un fuego que ahora, por fin, encuentra oxígeno.

Mireya levanta una mano, la apoya en la nuca de Astrid y tira de ella con una autoridad que no admite réplica.

El beso es inmediato, brutal, sin preámbulos.

Sus labios exigen, dominan, y Astrid responde con la misma ferocidad, porque su carácter no le permite menos, pero es Mireya quien la empuja contra la encimera de acero que hace tintinear un par de cucharas.

El frío del metal contra su espalda contrasta con el calor del cuerpo de Mireya pegado al suyo, reclamándola.

—Solo déjate llevar… directora —gruñe Mireya contra su boca, separándose apenas un centímetro para poder mirarla a los ojos.

Las manos de Mireya se cuelan bajo la chaquetilla y la blusa de marfil con determinación posesiva, subiendo por el torso de Astrid como si quisiera marcar el territorio de cada centímetro que es capaz de acariciar.

Astrid siente cómo Mireya la agarra por las caderas, tirando de ella con fuerza para pegarla más a su propio cuerpo, como si quisiera fundirla de inmediato.

—Joder, Astrid… —susurra Mireya, en un ronroneo bajo—. Llevo imaginando esto desde que te vi el primer día con tu mirada de «no te atrevas a tocarme».

Astrid no dice nada. En cambio, hunde los dedos en el pelo de Mireya, deshaciendo su recogido, y tira de él con igual intensidad, desafiándola incluso mientras se deja llevar.

Su otra mano baja por la espalda de la chef, se cuela bajo el delantal y el pantalón, y aprieta la curva firme de su culo.

Mireya gruñe y empuja una rodilla entre sus piernas, separándolas con urgencia.

El roce de la tela contra su sexo es casi insoportable.

Astrid siente cómo se humedece al instante, cómo el calor se concentra ahí, palpitante, y arquea las caderas buscando más fricción.

Mireya lo nota. Por supuesto que lo nota.

Y por eso, sonríe contra su boca —esa sonrisa posesiva que Astrid reconoce demasiado bien— y desliza una mano entre sus cuerpos, por debajo de la cinturilla de los pantalones de Astrid, sin molestarse en desabrocharlos.

Los dedos se hunden directamente en la humedad caliente que la espera, reclamándola con sus dedos de una sola vez.

—Estás empapada… —murmura Mireya—. ¿Tanto me deseas? Dilo.

Astrid cierra los ojos con fuerza, mordiéndose el labio inferior para no gemir demasiado alto.

La vergüenza y el placer se mezclan en una espiral que la marea.

Ella, siempre tan correcta, ahora está siendo follada contra una encimera de cocina por una mujer que debería ser su subordinada.

Y lo peor —o lo mejor— es que no quiere que pare.

Su cuerpo traiciona cualquier intento de recuperar el mando; sus caderas se mueven solas, follándose los dedos de Mireya con una urgencia que roza la desesperación, pero es Mireya quien dicta el ritmo, curvando los dedos justo donde sabe que la hará temblar, presionando el clítoris con el pulgar en círculos implacables.

—Cállate de una vez y sigue —jadea Astrid, abriendo los ojos para observarla con desafío.

Mireya suelta una risa oscura, y acelera el ritmo, follándola con más fuerza, con más profundidad. Sus dedos entran y salen con pasión, y su otra mano sube hasta el pecho de Astrid, apretándolo por encima de la blusa, pellizcando el pezón endurecido a través de la tela.

—Me encanta —susurra Mireya contra su cuello, mordiéndole la piel justo debajo de la oreja con posesión descarada—. Pero esto no es nada…

La cocina, testigo silencioso de su choque inicial, ahora es escenario de algo mucho más primitivo.

Astrid busca con manos torpes el cuerpo de Mireya.

No puede quedarse pasiva; su carácter no se lo permite.

Así que, cuela la mano entre la cintura del pantalón de la chef lo justo para colar la mano y encontrar su coño caliente y resbaladizo.

Mireya jadea cuando Astrid la toca, y ese sonido es la mejor venganza.

Astrid introduce dos dedos sin piedad, imitando el ritmo que le están dando a ella, pero es Mireya quien toma el control del movimiento cuando agarra la muñeca de Astrid con la mano libre y la guía, como si incluso en eso quisiera marcar las reglas.

—Así… joder, así —gruñe Mireya, y tiembla de placer, pero sus ojos siguen fijos en los de Astrid, dominantes—. Más fuerte, Astrid. Quiero sentirte.

Astrid obedece sin querer, hundiendo los dedos más profundo, curvándolos, frotando el punto que hace que Mireya se arquee y apriete los muslos alrededor de su mano.

Mireya mantiene el control absoluto: sus caderas dictan el ritmo, su mano en la nuca de Astrid la mantiene pegada, su boca roza la de ella sin besarla del todo, negándole el alivio hasta que decide dárselo.

El placer sube rápido, imparable. Astrid siente cómo se tensa por dentro, cómo el orgasmo se acerca como una ola que no podrá detener. Sus piernas tiemblan, y por eso, se aferra al hombro de Mireya con la mano que no está dentro de ella, clavando las uñas a través de la tela.

—Voy a correrme —susurra Astrid, casi con rabia, como si admitir la derrota le doliera y le excitara al mismo tiempo—. No pares, Mireya. No te atrevas a parar.

Mireya acelera el ritmo, follándola con los dedos más rápido, más profundo, mientras su propio coño se contrae alrededor de los dedos de Astrid. Su mano libre baja hasta el culo de Astrid y lo aprieta con fuerza posesiva, tirando de ella para que el contacto sea aún más intenso.

—Hazlo —ordena Mireya—. Córrete para mí. Quiero sentir cómo te deshaces en mis dedos.

Y Astrid lo hace. El orgasmo la golpea con fuerza, arrancándole un grito que ahoga contra el cuello de Mireya. Su cuerpo se convulsiona, los músculos internos aprietan los dedos de la chef una y otra vez, mientras un placer líquido y abrasador la recorre desde el vientre hasta la punta de los pies.

Mireya no tarda en seguirla. Con un gemido largo y gutural, se corre también, mordiéndole el hombro a través de la blusa para ahogar el sonido. Sus caderas se mueven espasmódicamente contra la mano de Astrid, empapándola aún más, pero incluso en el clímax no se mueve ni un poco..

Durante unos segundos solo se oye la respiración agitada de las dos.

El corazón de Astrid late tan fuerte que parece que va a salírsele del pecho.

Todavía tiene los dedos dentro de Mireya, y siente los últimos espasmos de su placer.

Lentamente, casi con reticencia, las dos retiran las manos.

Astrid mira sus dedos brillantes y, sin pensarlo, se los lleva a la boca.

Mireya observa el gesto con ojos oscuros, hambrientos todavía, y luego agarra su muñeca con firmeza, llevándose esos mismos dedos a sus propios labios para saborearlos.

—Esto no cambia nada —dice Astrid.

Mireya suelta una risa, y le aparta un mechón de pelo que se le ha pegado a la frente sudorosa. Sus manos vuelven a posarse en las caderas de Astrid, posesivas, como si no estuviera dispuesta a soltarla todavía.

—Claro que no —responde Mireya, irónica pero con un filo delicioso—. Solo que ahora las dos sabemos que los impulsos pueden ser jodidamente buenos. Y que en esta cocina mando yo.

Astrid cierra los ojos un instante, apoyando la frente en el hombro de Mireya. El acero de la encimera sigue frío contra su espalda, pero el cuerpo de la chef es un horno. Siente el latido de su propio corazón ralentizarse poco a poco, y con él, la realidad vuelve a filtrarse.

Mireya la besa en la sien, un gesto extrañamente dulce después de la crudeza de lo que acaban de hacer, y sus manos se deslizan de nuevo bajo la blusa de Astrid, acariciando su piel caliente.

—¿Seguiremos fingiendo que solo somos una chef y su directora? —pregunta, sin apartar las manos.

Astrid levanta la cabeza y la mira.

—Quién sabe…

Mireya sonríe, y se acerca para robarle otro beso, más lento esta vez, casi perezoso.

Sus manos vuelven a colarse bajo la ropa, pero ahora con una caricia más exploradora, menos urgente, aunque igual de posesiva.

Y mientras la cocina sigue oliendo a salsa de setas y estragón, Astrid suelta un suspiro, consciente de que los impulsos no son buenos.

Aunque en este momento, ya no esté tan segura.